🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 11 junio 2023: Corpus Christi
“La Eucaristía es evento de comunión”, afirmaba san Pablo VI (Homilía 1978).
El Cuerpo y la Sangre del Señor se ofrecen como alimento que nos salva de la esclavitud (cf. Ex 8,14) y nos introduce en la comunión trinitaria, haciéndonos participar de la vida de Cristo y de su comunión con el Padre. En su gran oración (Jn 17), Jesús glorifica al Padre e intercede por todos, en el contexto de la Cena y el Lavatorio de pies. Sus palabras “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que ellos estén en nosotros…” (Jn 17,21) son inseparables de la realidad eucarística y su misterio.

La Eucaristía postula e implica la comunión. Así lo entendió Pablo, que escribiendo a los cristianos de Corinto, les pregunta: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?» Intuición fundamental que implica la conclusión: “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Cor 10, 16-17).
La Eucaristía es comunión con Cristo, en Cristo. Él nos transforma y se manifiesta en la comunión con nuestros hermanos. Es la invitación divina a realizar entre nosotros reconciliación y unidad. Cristo nos hace nuevamente hermanos, juntos construimos la Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo. Desde el tiempo de la primer Iglesia hasta hoy, el encuentro eucarístico es fuente de la comunión de amor. De nuestra participación en ella, brota el amor verdadero, que se expande a nuestros hermanos del mundo (Jn 13). Y nos introduce desde ahora en la experiencia de la existencia gloriosa, anticipo de la gloria plena del avenir. Somos testigos de esta realidad del amor divino y anunciadores de esta esperanza.
Y oí una voz potente que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios” – (Apocalipsis 21,3)
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 4 junio 2023: Santísima Trinidad
Jesús dijo a sus discípulos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”. (Jn 16,12-15)

La Santísima Trinidad. La fiesta que hoy celebramos en la Iglesia universal, presenta uno de los misterios más grandes y esenciales del cristianismo. Entre millares de estudios teológicos y obras espirituales o artísticas, en torno a la santísima Trinidad, en este instante, simplemente, contemplemos un ícono ruso, el de Rublev.
El ícono de “La Trinidad” de Andréi Rublev representa un misterio verdaderamente único, reflejando la visión cristiana de Dios y de su amor. El monje-pintor consiguió expresar uno de los dogmas más importantes y difíciles de entender del cristianismo sobre la divina Trinidad y lo hizo al más alto nivel artístico.
La historia del icono está relacionada con la Laura de la Trinidad de San Sergio, uno de los principales monasterios ortodoxos fundados por Sergio de Rádonezh. Probablemente la Trinidad fue pintada entre 1422 y 1427. Supuestamente, Nikón, discípulo de Sergio de Rádonezh y segundo higumeno del monasterio, pidió a Andrei que pintara una imagen de la Santísima Trinidad «en alabanza a su padre Sergio», para la recién construida Catedral de la Trinidad del monasterio.
Su inspiración bíblica en el Antiguo Testamento fue la escena de Mambré, en la que Abraham recibe a tres personajes celestiales (Gn 18,1-5). Escena que fue entendida por los primeros cristianos como revelación trinitaria y conocida posteriormente en iconografía como “Coloquio divino” o “Consejo eterno”, combinando elementos de las dos Alianzas.
Los tres seres se interpretan como las tres divinas personas, sus bastones son los cetros de su majestad. La mesa es el altar, en el que está posada una copa con el cordero pascual. La roca es evocación de la montaña de Mambré, de la roca del sacrificio de Isaac y de la roca del Calvario y del sepulcro en el que Jesús resucitó. El árbol es la encina de Mambré y también el árbol de Vida del Edén y el árbol de la cruz de dónde surgió la Vida. La casa, tienda de Abraham, es el templo de la Iglesia y la ciudad de la Jerusalén celestial.
Gracias al diseño artístico, a los colores simbólicos, los tres personajes, personas de la Trinidad, reflejan no sólo comunicación sino comunión y concordia íntima, irradian paz. Nos quieren llevar hacia ese instante en la eternidad cuando Dios crea el Universo y a su criatura más amada, el hombre, por puro amor.
La perspectiva invertida iconográfica, tal como lo presenta el altar, y los círculos esbozados para la estructura y diseño trinitario, hacen descubrir el cuarto personaje. Ese personaje que está de este lado, somos nosotros, que estamos contemplando el ícono. El misterio se va revelando en su esplendor. La comunión de amor trinitario no sólo es entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. La comunión de amor trinitaria es la comunión de amor con nosotros, entre nosotros, comunidad de Iglesia, comunidad humana. Esta es nuestra fe, nuestra alegría, desde ahora y por la eternidad.
“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno –yo en ellos y tú en mí– para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste. Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya meamabas antes de la creación del mundo”. – (Jn 17,21-24)
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 28 mayo 2023: Pentencostés
por Cristina Muñoz
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan». – (Jn 20,19-23)

En la celebración de Pentecostés, la Iglesia nos da nuevamente a leer la narración del don del Espíritu el día de la Resurrección, relato particular del Cuarto Evangelio. Corresponde a la presentación de la glorificación de Jesús en su Pascua, propia del escrito joánico, tal como lo expresa Jn 7,39: “El Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado”.
En el “discurso de despedida”, el anuncio del don del Espíritu es claro (Jn 14,16-17.26; 15,26; 16,7.13). Leemos en Jn 14,26 “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre…”. Esa promesa se cumple con la resurrección.
Según la narración de Jn 20, los discípulos no sólo experimentan paz y alegría ante la presencia física del Señor, sino que deben llevar al mundo el testimonio de la victoria del Resucitado. Él se entregó totalmente, dándoles a conocer el amor del Padre (Jn 17,18-19). Ahora, luego de reiterar el don de la paz, el Shalom, el Señor resucitado envía a los discípulos y les entrega el Espíritu prometido.
El narrador revela que Jesús sabe que los discípulos son frágiles y pecadores (Jn 13,22; 13,38; 14,9; 16,32;…). Para ser enviados, como él lo fue por el Padre, necesitan ser santificados por el Espíritu de santidad que Jesús les entregará. Entonces, gracias a su fuerza divina, podrán ser testigos de su amor (Jn 13,35; 15,12.17;…) y “dejar libres” de los pecados a “quienes dejen libres” (Jn 20,23). El signo externo del don del Espíritu será el acto de “soplar”, seguido de la Palabra “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,23).
El Cuarto Evangelio ha enseñado mucho acerca del Espíritu Santo desde el principio. Y teniendo en cuenta su contexto judío, cuando el Resucitado entrega a los discípulos el Espíritu, resuenan los anuncios proféticos del Espíritu de la primera Alianza, particularmente de los profetas del Pueblo elegido.
Citando entre los profetas sólo a Ezequiel, cuando el Señor sopla sobre los discípulos confiriendo el Espíritu, se están cumpliendo las promesas escritas.
“Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes” (Ez 36,26-27). “Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor-” (Ez 37,14). “Y ya no les ocultaré más mi rostro, porque habré derramado mi espíritu sobre la casa de Israel -oráculo del Señor-” (Ez 39,29).
El esencial tema del don de la Vida, ya se destaca en una de las visiones del profeta…
“Entonces el Señor me dijo: «Convoca proféticamente al espíritu, profetiza, hijo de hombre, Tú dirás al espíritu: Así habla el Señor: Ven, espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que revivan».
Yo profeticé como él me lo había ordenado, y el espíritu penetró en ellos. Así revivieron y se incorporaron sobre sus pies. Era un ejército inmenso” (Ez 37,9-10).
Este tema del don de la Vida está fuertemente relacionado con la creación de Adán, cuando el Señor Dios “sopla” en su nariz el espíritu de vida, Ruah. “Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gn 2,7).
Vemos que el narrador realiza en el mismo Evangelio un itinerario progresivo que va revelando la “identidad” del Espíritu, hasta el cumplimiento de la promesa. Descubrimos tres momentos claves:
⋅ En el contexto de la fiesta de Sucot, Jesús anuncia el Espíritu, como manantiales de agua viva en el tiempo de la glorificación de Cristo, su pasión y resurrección. “Como dice la Escritura: «De su seno brotarán manantiales de agua viva» (Jn 7,38)
⋅ Cuando la hora de su gloria llega, Jesús “entrega” libremente su espíritu, como un misterioso adelanto de la gran efusión de 20,22, en la gloria de la resurrección. “Dijo Jesús: «Se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (19,30).
⋅ Ya en el contexto pascual, quien vino para traer la vida (cf. Jn 1,4; 3,6.15; 5,26; 10,10), sopla el Espíritu dador-de-vida en los discípulos actualizando el acto creativo original y cumpliendo la promesa escatológica, comienzo de la nueva creación. Entrega el Espíritu, no solamente a la madre y al Discípulo Amado (19,25-26) sino a los discípulos reunidos luego de su resurrección. Los discípulos, nueva comunidad, podrán continuar la misión que él comenzó.
Todos nosotros, comunidad, discípulos como esos primeros discípulos, recibimos el Espíritu Santo y el Resucitado nos envía hoy hacia nuestros hermanos.
¡Anunciemos con nuestra vida el Amor, la Alegría y la Vida plena que el Resucitado nos ofrece a todos, ahora y por la eternidad!
🕯 Comentario al Evangelio del domingo 21 mayo 2023: Ascensión
por Cristina Muñoz
La resurrección de Cristo implica su ascensión al cielo, su pasar de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1). Resurrección y ascensión son un acontecimiento único “simultáneo”, junto con la entrega del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). Según narran los evangelios Sinópticos, en su última aparición el Resucitado se muestra en su ascensión. Por razones catequéticas, pastorales, la liturgia de la Iglesia, fue separando progresivamente en celebraciones diferentes al único misterio pascual, revelado en su Palabra y tantas veces plasmado en imágenes, que se ofrecen a nuestra veneración.

El ícono de la Ascensión del Señor que hoy contemplamos, a una primera mirada, evidencia imágenes separadas en la parte superior e inferior, gracias a una línea de horizonte que esboza al Monte de los Olivos. El ámbito de la mitad superior muestra el mundo celestial, mientras que la tierra y los hombres dominan la parte inferior. Una línea vertical une la virgen con Cristo. Ambas líneas, horizontal y vertical, designan una cruz.
La presencia de los discípulos y la Virgen determinan el carácter fuertemente eclesial de la obra. Cristo resplandece en la mandorla de la luz divina, con toda su soberanía, resucitado y glorificado. Realiza el gesto de la bendición y porta el libro de la Palabra.
Cristo está acompañado por dos serafines que portan vestiduras rojas, signo de nuestra humanidad, de nuestra carne asumida por Jesucristo y que ahora asciende con él al ámbito celestial. Los ángeles junto a la Virgen tienen vestiduras blancas, signo de la divinidad que descendió con el Verbo y permanece con nosotros. Los seres angelicales representan así el misterio de su divino-humanidad.
El ícono escribe en su totalidad, con la imagen, el misterio de la Resurrección-Ascensión a la vez que el de su segunda manifestación, al final de los tiempos.
El ícono de la Ascensión del Señor narra en imagen, lo escrito por el autor de los Hechos de los Apóstoles: “Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días… Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra. Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos” (Hech 1,3-5.8-9).
Imágenes iconográficas y escriturales nos revelan luces esenciales de nuestra fe. El Reino de Dios ya está aquí y debe venir en su plenitud en el Día del Señor, en su segunda manifestación (cf. Col 3,4). La promesa del Espíritu que ya entregó y nos va transfigurando (2 Cor 3,18) hasta que el Señor se manifieste y lo veamos tal cual es, en la felicidad eterna (cf. 1Jn 3,2). Esa espera es comunitaria, en Iglesia, su tiempo es un misterio. La plenitud que recibimos del Señor no es para guardarla entre nosotros, es para transmitirla, para comunicar a nuestros hermanos, hasta los confines de la tierra, la alegría de un Dios vivo que nos salva, que nos tiene preparado un lugar con él en la gloria sin fin (Jn 17,24).
El evangelio de la fiesta nos revela que el Señor que nos salva y resucita, nos acompaña en nuestra vida y misión: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos…Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,18.20).
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 7 mayo 2023: quinto de Pascua
por Cristina Muñoz
Jesús le respondió: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. (Jn 14,6)

Jesús revela primero que él es el camino, luego, que el Padre es la meta. Enseguida explicará “yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,10). Dios Uno y Trinidad de amor, comunión perfecta que se da a nosotros por amor (cf. Jn 17,26).
Los discípulos tienen que recorrer un camino. El “camino”, como símbolo, expresa dinamismo de vida, progresión, meta, término que puede ser decepción o plenitud.
Para los discípulos y la comunidad naciente, esa plenitud significa desarrollo de las potencialidades en germen, madurez personal y comunitaria en la dirección que Jesús indica. Esa dirección es aquella en la que el hombre se realiza como hombre, hijo de Dios, deviniendo cada vez más semejante al Hombre-Dios.
El Señor dice “Yo soy – ἐγώ εἰμι – el Camino”. El camino que ha abierto, trazado y recorrido es el del amor, el de la solidaridad sin excepción con nuestros hermanos, el de la radicalidad en las opciones de nuestra vida…hasta dar la vida. Ahí se encuentra la Vida. Al darnos totalmente a Dios y a nuestros hermanos, hayamos la verdadera Vida, la meta. Vida que es encuentro verdadero con Dios Trinidad.
Jesucristo no es sólo un “ejemplo” en ese recorrido que hacemos en él, nuestro Camino, sino que nos entrega el Espíritu Santo para recorrerlo. Ese Espíritu de la Verdad (Jn 14,16-17), Paráclito, nos va transfigurando en camino con su energía y amor divinos.
Esta Palabra que el Señor nos da y que la liturgia de la Iglesia nos ofrece hoy, no es una teoría sino la experiencia de vida a la que estamos todos llamados.
La 1º Carta de Juan nos revela una vez más el término…dónde todo comienza. “¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él. Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. (1º Jn 3,1-2)
“Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que si no mirásemos otra cosa que el Camino, pronto llegaríamos…” Teresa de Jesús, Camino de perfección 16,11
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 30 abril 2023: cuarto de Pascua
por Cristina Muñoz

“Las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz…Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”… (Jn 10,3-4.10)
La liturgia del IV domingo de Pascua nos presenta uno de los iconos más bellos que desde los primeros siglos de la Iglesia han representado al Señor Jesús: el buen Pastor. El Cuarto Evangelio revela la relación entre Cristo Pastor y su rebaño, una relación tan íntima, que nada ni nadie podrá jamás arrebatar las ovejas de sus manos. Pastor y ovejas están unidos por un vínculo de amor y conocimiento mutuo, que porta el don divino e infinito de la Vida.
El evangelista presenta la actitud del rebaño hacia el buen Pastor: “Las ovejas escuchan su voz… Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz… Les habla y guía. Escuchan, conocen su voz, lo siguen. Nuestro buen Pastor nos ama y nos eligió el primero (Jn 15,16), viene a nosotros (Jn 1,9-14) para darnos la Vida (Jn 17,2), nos hace conocer el Nombre divino y acompaña con su amor (Jn 17,26). En el Espíritu Santo, reconocemos su voz en su Palabra, en los hermanos (Jn 21,15-17), la comunidad, la creación,… y lo seguimos. Y del Pastor que nos enseña que es Cordero, recibimos la vida, “la Vida en abundancia”.
Santa Teresa de Jesús revela en un breve e inspirado poema, ese misterio del amor del Pastor, que es el Cordero de Dios, Señor Resucitado (Apo 21-22) que seguimos.
¡Ah, pastores que veláis,
por guardar vuestro rebaño,
mirad que os nace un Cordero,
Hijo de Dios Soberano!…
Viene pobre y despreciado,
comenzadle ya a guardar,
que el lobo os le ha de llevar,
sin que le hayamos gozado.
Dame acá aquel cayado
que no me saldrá de mano,
no nos lleven al Cordero:
¿no ves que es Dios Soberano?
¿No ves que gana renombre
de Pastor de gran rebaño?…
Teresa de Jesús
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 23 abril 2023: tercero de Pascua
Por Cristina Muñoz
Los ojos de los discípulos se abrieron…

Vamos descubriendo al Resucitado al avanzar hacia nuestro Emaús. La luz de su Palabra nos penetra con resplandor de Vida. El Señor crea comunión en su Comunión, crea comunidad en comunión.
Después del canto exultante de Pascua, la liturgia de la Iglesia nos ofrece un largo tiempo para “reconocer” al Resucitado, que camina con nosotros.
Dos de sus discípulos, “en el camino hablaban sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran” (Lc 24,14-16).
Reconocer, conocer, amar, aprender a amar a nuestros hermanos. ¿No es esa la tarea de toda nuestra vida? El Cristo de nuestra fe, el Resucitado, el Viviente, el Señor de la gloria, camina con nosotros, está en cada uno de nosotros, entre nosotros. “Les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras” (Lc 24,27).
Cristo Resucitado, el Verbo Dios, explica e ilumina a los discípulos con su Palabra. También a nosotros nos explica e ilumina con su Palabra, en la fuerza del Espíritu Santo ya entregado: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Jn 14,26). Escuchemos su Palabra con todo nuestro ser, hasta que la Palabra se haga carne en nosotros.
“Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista” (Lc 24,30-31).
Cristo Resucitado se da a conocer en la fracción de pan eucarístico y en la fracción del pan que compartimos con los hermanos que él nos ha dado, todos hijos de Dios. El Resucitado sale a nuestro encuentro y permanece entre nosotros (Jn 1,14) y su permanencia de amor es comunión entre todos. Lo sabemos, es en el amor que nos tengamos unos con otros que todos nos reconocerán como discípulos (Jn 13,35).
Es tiempo de pasar de la tristeza a la alegría pascual, de las puertas cerradas y grises, hacia la esperanza. No porque no haya tristezas o puertas grises, sino porque Cristo resucitó, está Vivo. Y camina con nosotros, nos ilumina en el Espíritu Santo con su Palabra, nos ofrece su Pan y en él hacemos la experiencia de ser todos hermanos, en comunión, en comunidad. Sólo nos queda anunciarlo en la fuerza del Espíritu: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado!” (Lc 24,34)
¡Cristo Resucitó! ¡Verdaderamente resucitó! ¡Aleluya!
🕯 Comentario al Evangelio del domingo 16 abril 2023: segundo de Pascua
por Cristina Muñoz

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió “Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Jn 20,19-23)
Al término de la narración de la tumba abierta (20,1-9), luego de la mención del “vio y creyó” del Discípulo Amado (20,7), el narrador introduce un comentario que se refiere a los personajes fundacionales, pero sin dudas implica a otras generaciones de discípulos: “Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos” (20,9).
No habían comprendido que Jesús debía resucitar. Todavía. Lo comprenderían más tarde, ellos y, seguramente, muchos otros.
Jn 20,19-23 presenta como situación última la alegría de los discípulos (20,20b) y los gestos y palabras de Jesús con el don de la paz, el envío, la entrega del Espíritu Santo y la autoridad de los discípulos sobre los pecados (20,21-23). Se registra así una situación final “abierta” que llega a los futuros lectores, a nosotros.
El recorrido de los personajes fundacionales en la narración pascual evidencia un itinerario oscilante entre dudas y temores que, aún con conflictos, evoluciona hacia una fe que se profundiza y amplía, lleva al anuncio, los convierte en testigos de su amor, actualizando la anticipación de la nueva creación.
Estos discípulos son el comienzo de numerosas generaciones de creyentes (Jn15,26-27). Todo partió con esos primeros discípulos enviados por el Resucitado, en el soplo del Espíritu Santo. Con el designio expresado por Jesús en su gran oración al Padre: que sus discípulos, en su alegría y unidos con los hermanos del mundo, crean. Y amando como él ama, lleguen todos juntos a contemplar su gloria (Jn 17,13-26).
Luego de las narraciones pascuales del capítulo 20 (Jn 20,1-29), con la “conclusión” (Jn 20,30-31), la narración joánica se une en cierta forma al punto de partida del Prólogo: el Verbo “permaneció entre nosotros y hemos visto su gloria” (Jn 1,14). El tema de la fe, de “los que creen en su Nombre” (Jn 1,12), retorna al reanudar el narrador sus palabras explícitas a los lectores, al llevar al libro a una conclusión, que se abre en nuevos comienzos.
A los discípulos que no hemos visto pero hemos creído, nos dice que esta narración de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús y el don del Espíritu Santo, ha sido escrita para nosotros.
Como los discípulos fundacionales, también nosotros somos llamados a ir más allá de la incredulidad, con fe, sabiendo que el Resucitado nos entrega el Espíritu y nos envía como testigos de su amor (Jn 20,19-23).
¡Cristo Resucitó! ¡Verdaderamente resucitó! ¡Aleluya!
🕯 Comentario al Evangelio del domingo 9 abril 2023: PASCUA
por Cristina Muñoz
Homilía para Pascua – San Juan Crisóstomo, s. IV

“Aquél que es devoto amante de Dios, que disfrute de la hermosura de esta fiesta resplandeciente.
Aquél que es un siervo agradecido, que entre alegre en la alegría de su Señor.
Aquél que se cansó ayunando, que lleve ahora el denario.
Aquél que trabajó desde la primera hora, que acepte su justa gratificación.
Aquél que ha llegado después de la hora tercera, que festeje agradecido.
Aquél que llegó después de la hora sexta, que no dude, ya que nada pierde.
Aquél que tardó hasta la hora novena, que se aproxime sin vacilación.
Aquél que llegó la hora undécima, que no tema por su tardanza, porque el Soberano es Gracioso y
Generoso, acepta al último como al primero; concede el descanso al que trabaja desde la hora
undécima como al que ha trabajado desde la hora primera; se apiada del último y satisface al
primero; da a esté y concede a aquél; recibe las obras y se complace con la intención. Honra los
hechos y alaba el empeño.
Entren, entonces, todos ustedes a la alegría de su Señor.
¡Primeros y últimos! Reciban su recompensa.
¡Ricos y pobres! Alégrense juntos.
Ustedes que hicieron abstinencia y ustedes perezosos, celebren el día.
Guardaron el ayuno o no lo hicieron, alégrense hoy.
La Mesa está colmada, deléitense todos.
Que nadie se marche hambriento. Participen todos de la bebida de la fe y disfruten de la riqueza de la
bondad.
Que nadie se aflija quejándose de la pobreza, porque el Reino Universal se ha manifestado.
Que nadie se lamente por haber pecado una y otra vez, porque el Perdón ha surgido brillando del
sepulcro.
Que nadie tema la muerte, porque la Muerte del Salvador nos ha liberado.
Él ha destruido la muerte habiéndola padecido y destruyó al infierno cuando descendió a él, porque
éste se amargó cuando saboreó Su Cuerpo. Como Isaías anticipó, lo contempló y clamó diciendo:
El Infierno, fue amargado cuando Te encontró en él abajo.
Ha sido amargado porque ha sido anulado. Ha sido amargado porque ha sido burlado.
Ha sido amargado porque ha sido destruido. Ha sido amargado porque ha sido encadenado.
Recibió un Cuerpo, y he aquí descubrió que este cuerpo era Dios.
Tomó tierra y contemplándola, encontró Cielo.
Tomó lo que estaba viendo, y fue superado por lo que no vio.
¡Muerte! ¿Dónde está tu poder? ¡Infierno! ¿Dónde está tu victoria?
Cristo resucitó y tú fuiste aniquilado.
Cristo resucitó y los demonios cayeron.
Cristo resucitó y los ángeles se alegraron.
Cristo resucitó y la Vida vino a todos.
Cristo resucitó y los sepulcros se vaciaron de los muertos.
Cristo resucitó de entre los muertos llegando a ser el Primogénito de los muertos.
A Él sea la gloria y el Poder por los siglos de los siglos. Amén”.
¡Cristo Resucitó! ¡Verdaderamente resucitó! ¡Aleluya!
🕯 Comentario al Evangelio del domingo 2 abril 2023: domingo de Ramos
por Cristina Muñoz
¡HOSANNA!

“Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, respondan: «El Señor los necesita y los va a
devolver en seguida». Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:
“Digan a la hija de Sión:
Mira que tu rey viene hacia ti,
humilde y montado sobre un asna,
sobre la cría de un animal de carga”.
Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas.
La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba:
“¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!”.
Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: «¿Quién es este?».
Y la gente respondía: “Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea” (Mt 21,1-11).
“¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros!”, gritan los dos ciegos sentados al borde del camino, al enterarse que pasaba Jesús, escribe el evangelista en la narración previa). Jesús se compadece, toca sus ojos y recobran la vista. Y lo siguieron. (Cf. Mt 20,29-34)
De pronto, la intrínseca esperanza mesiánica que suscita el nombre “David”, se apodera de la multitud. Este Jesús que sanó a los ciegos ¿no será acaso verdaderamente el nuevo David? El texto del profeta Zacarías, que Mateo y Juan eligen (Mat 21,5; Jn 12,5), revela el origen real al mismo tiempo que la mansedumbre del secularmente esperado Señor: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna” (Za 9,9). Es el rey de la Paz, de un Reino universal y eterno, que ha venido para que todos los hombres sin excepción, hijos del Padre, sean salvados. Como haciendo eco al profeta, la multitud grita de júbilo ante el Señor montado en un asno: “¡Hosanna!”
La exclamación “¡Hosanna!” originalmente era una expresión de súplica. Durante la fiesta de Sucot, los sacerdotes, dando siete vueltas en torno al altar del incienso, la repetían para implorar la lluvia. Así como la fiesta de Sucot se transformó en una fiesta de alegría, la súplica “¡Hosanna!” se convirtió cada vez más en una exclamación de júbilo y había probablemente asumido también un sentido mesiánico en tiempos de Jesús.
“¡Hosanna!” es entonces una expresión de múltiples sentimientos de peregrinos y discípulos: alabanza jubilosa a Dios en el momento de aquella entrada en Jerusalén y esperanza que hubiera llegado la hora del Mesías y, al mismo tiempo, demanda para que se instaure de nuevo el reino de David y el reinado de Dios sobre Israel.
En Iglesia, aclamemos hoy y siempre al Señor que vino, viene y ha de venir y nos prepara para su venida. Peregrinos y discípulos. El Salvador sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su «subida» hacia la cruz y la Resurrección, hacia la Jerusalén celestial, que ya está surgiendo en nuestro mundo.
¡HOSANNA!
“Vengan, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo que hoy vuelve de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y bendecida Pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres… Ea, corramos juntos con quien se apresura a su Pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humilde que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que recibamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros. Alegrémonos, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra más pequeña debilidad, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda llevarnos hasta la intimidad con Él… Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: “¡Bendito el que viene, como Rey, en nombre del Señor!” (San Andrés de Creta, Sermón 9, Para el Domingo de Ramos, s. VIII).
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 26 de Marzo de 2023: quinto de Cuaresma
por Cristina Muñoz

“Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dio a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”.
Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”. Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn 11,18-28).
El diálogo de Jesús con Marta es parte esencial del último signo realizado por Jesús, según narra el Cuarto Evangelio. Con sus palabras revela su Ser mismo “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11,25). Marta se abre y recibe la revelación del Señor. Como había ocurrido a la mujer de Samaría y a tantos discípulos, su fe y conocimiento del misterio divino van creciendo. Jesús no es sólo el que hace milagros (Jn 11,22), la resurrección no es sólo una realidad futura (Jn 11,25).
Llevada por el Maestro, descubre que Él es la Resurrección, la Vida. “Yo soy”, Ἐγώ εἰμι. Sólo Dios podía decir “yo soy”, único Ser que es totalmente. Tal como lo había revelado Dios a Moisés desde la zarza ardiente (Ex 3,14), y que traducimos difícilmente “Yo soy el que soy” אֶהְיֶה אֲשֶׁר אֶהְיֶה .
Marta cree radicalmente. Su fe permite que le sea revelado aún más profundamente el misterio del Salvador: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo” (Jn 11,27). Confesión de fe, misterio divino revelado a la mujer, para toda la humanidad.
Los Sinópticos ponen esa confesión de fe en palabras de Pedro (Mt 16,16). El Evangelio según Mateo, como la mayoría de los escritos y tradiciones de ese siglo, exalta el rol de los Doce y de Pedro, lo que sin dudas marcará la eclesiología posterior. En cambio, el Cuarto Evangelio, en la tradición del Discípulo Amado, acentúa el rol y misión de todos los discípulos sin excepción. No utiliza el término “apóstoles” sino “discípulos”, en una concepción del cristianismo en el que lo esencial no son las jerarquías sino el seguimiento del Señor y el amor (cf. Jn 13,34-35). La misión de Pedro o de cada discípula o discípulo debe venir exclusivamente del amor y espíritu de servicio (cf. Jn 21,15-17).
La experiencia de la Comunidad Joánica, en la senda del Discípulo Amado, nos invita a rever pautas y prejuicios en nuestra comunidad eclesial. Tanto para las mujeres -relegadas a un lugar secundario en la Iglesia desde tiempos ancestrales- como para los hombres, lo esencial para el discernimiento de su rol y misión en la comunidad eclesial, debería ser la comunión y seguimiento del Resucitado en la fe y las capacidades propias desarrolladas en el Espíritu Santo. Entonces, discípulas y discípulos, podremos anunciar todos juntos a nuestros hermanos: “El Maestro está aquí y te llama. ¡Es el Mesías, el Hijo de Dios, nuestro Salvador!”
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 19 de Marzo de 2023: cuarto de Cuaresma
por Cristina Muñoz

“Alégrate, Jerusalén, y que se congreguen cuantos la aman. Compartan su alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad” Cf. Is 66,10-11 (Antífona de entrada)
La liturgia de hoy se abre con esta invitación a la alegría. Este cuarto domingo de Cuaresma, llamado tradicionalmente Laetare, comienza con tonalidad de alegría. El auténtico camino cuaresmal es una búsqueda de la verdadera alegría pascual, nacida de la comunión con el Señor y con nuestros hermanos. Pascua está cerca. Pronto celebraremos nuestra liberación del mal y de la muerte, en la Vida nueva ofrecida por Cristo resucitado.
La alegría y la luz son los temas que destacan en esta liturgia. Hace unos días, nos dejamos iluminar por el misterio de la transfiguración de Cristo, figura de nuestra propia transfiguración. El Señor había revelado la luz de su divinidad a los discípulos. Hoy, declara abiertamente “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9,5).
El ciego de nacimiento representa a la humanidad marcada por el pecado, nuestra humanidad. Sólo Jesús, Luz del mundo, puede sanarlo. A él y a nosotros. Si nos dejamos engendrar por él a una Vida nueva, en el Espíritu Santo (cf. Jn 3,3-8). Vida nueva surgida de la muerte y resurrección de Cristo y que significa comunión con Dios y con los hermanos, con la fe ejercida en la caridad. La 1° Carta de Juan nos ilumina: “Si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado” (1 Jn 1,7)
La Palabra de la liturgia nos exhorta aún “Hermanos: Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad” (Ef 5,8-9).
¡Vivamos como hijos de la luz!
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 12 de Marzo de 2023: tercero de Cuaresma
por Cristina Muñoz

El Evangelio se refiere con frecuencia a las ciudades de Samaría y a los Samaritanos. La Escritura reporta su fundación en el siglo IX a.C. y después de la deportación su población era heterogénea, con multiplicidad de religiones (cf.1 Re16, 24; 2 Re 17, 3-6, 24). Las relaciones entre judíos y samaritanos en tiempo de Jesús, eran tensas y conflictivas. Los samaritanos eran considerados heréticos y legalmente impuros (cf. Lc 9, 52; Jn 4, 9; 8,48). Uno de los motivos era que se habían construido su propio templo en el monte Garizín y no iban a rendir culto al Señor al templo de Jerusalén. Como resultante de diversas razones reinaba una fuerte intolerancia mutua entre judíos y samaritanos. Intransigencias y nacionalismos llegaban al extremo de negarse la palabra (cf. Jn 4,8-9) y la hospitalidad (cf. Lc 9,52). La narración del encuentro de Jesús con la samaritana se desarrolla en ese contexto.
Profundizando en el mensaje de la narración, percibimos el personaje de la samaritana como un desafío a nuestra libertad en el seguimiento del Señor. Desafío para dejarnos transfigurar por Él, al escucharlocon confianza en su infinito amor. Sabemos que puede transformar situaciones de vacío, de carencia, de indiferencia (cf. Lc 14,1-6), en vida nueva llena de esperanza y comunión.
La samaritana está en situación de carencia (cf. Rut 1,20-21), precariedad (Lc 5,4-7), exclusión. Es sólo una mujer, es viuda, su marido actual no lo es verdaderamente, es objeto de sospecha y prisionera de convencionalismos religiosos. Jesús también está en situación de desamparo y vulnerabilidad. Extranjero, tiene sed, no tiene cántaro para sacar agua del pozo. Pero tiene todo su amor liberador.
La samaritana es recreada (cf. Is 62,4) por ese Maestro lleno de bondad que no la desprecia, que le revela lo mejor de ella misma y le ofrece el Manantial de Vida eterna. Se hace prójimo de la samaritana. Es ese el milagro que transforma situaciones y personas. En eso se percibe que el enviado de Dios habita en nuestra tierra: ¿No será el Mesías? (Jn 4,29)
Ella está llamada a anunciar que Cristo vive realmente, que el Hijo de Dios, que se hizo hombre, murió y resucitó, es el único Salvador de todos los hombres y de todo el hombre. Como Señor de la historia, continúa vivo en nosotros, en el mundo, por medio de su Espíritu Santo. Espíritu Santo que es el Manantial inagotable de la vida de Dios en nosotros, en medio de nosotros.
Muchas mujeres y hombres de Samaría viven en esta ciudad. En nuestro camino de Cuaresma, en Iglesia, escuchemos su sed, descubramos que somos todos conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (Ef 2,19), desde ahora y por la eternidad. Y démosle a beber del Manantial que nos ofrece el Señor.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 5 de Marzo de 2023: segundo de Cuaresma
por Cristina Muñoz

Este segundo domingo de Cuaresma, “de la Transfiguración”, meditamos sobre este inmenso misterio de la vida de Cristo. Después de anunciar a sus discípulos su pasión, “tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mt 17, 1-2). La luz del sol es la más intensa que conocen nuestros sentidos en la naturaleza, pero los discípulos vieron interiormente, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso: el esplendor de la gloria divina del Señor Jesús, Luz resplandeciente de toda la historia de la salvación. Dice el Evangelio que, junto a Jesús transfigurado, “aparecieron Moisés y Elías conversando con él” (Mt 17, 3). Moisés y Elías, figura de la Ley y los Profetas. Fue entonces cuando Pedro, extasiado, exclamó: “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mt 17, 4). El Padre proclama: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Escúchenlo” (Mt 17, 5).
La Transfiguración no es un cambio de Jesús, sino que es la revelación de su divinidad, la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en Luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. Pedro, Santiago y Juan, contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un himno de la fiesta de la liturgia bizantina: “En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre” (Kontákion eis ten metamórphosin).
Contemplemos un momento el ícono de la Transfiguración del Señor, para profundizar la Palabra de Dios y el misterio que nos revela, en Iglesia. Contemplar este maravilloso icono de Teófanes el Griego, nos recuerda la palabra de Pablo: “Porque en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9). En su cuerpo y hasta en sus vestidos resplandece la Luz de la Trinidad. El icono muestra a Cristo “Dios”, destacando fuertemente su naturaleza divina. La parte superior del icono es pura luz, no hay allí ninguna sombra. Pero esa luz no proviene de ninguna creatura, de ningún astro, sino de la irradiación interior del mismo Cristo. Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas, fueron los dos grandes testigos de la Primera Alianza. Sobre el Sinaí y sobre el Carmelo, experimentaron las primicias de la presencia de Dios.
En la zona inferior, los tres apóstoles. La luz que brota de Cristo transfigurado es tan resplandeciente que Pedro, Santiago y Juan no la soportan y caen como deslumbrados -“aterrados” y “llenos de temor” (Mc 9, 6 y Lc 9, 34)- en las laderas del Tabor, en extrañas posturas. Uno de ellos, levanta la mano para protegerse de la luz. Al mostrar a sus apóstoles el resplandor de su divinidad, Cristo los prepara para la dura prueba de la cruz. Así lo recuerda la liturgia: “Tus discípulos contemplaron tu gloria, oh Cristo Dios, para que viéndote luego crucificado, comprendiesen que tu pasión era voluntaria”.
Según pautas iconográficas, si tendemos una línea imaginaria en la parte superior logramos un círculo perfecto, símbolo del reposo eterno, adelanto luminoso del cielo. La parte inferior, en cambio, incluible en un semicírculo, expresa el movimiento tumultuoso de la tierra, de lo terreno. A los discípulos les será preciso recorrer el arduo camino que va de la zona inferior a la superior, de la Pasión de Cristo al mundo transfigurado. Las líneas de las rocas traducen visualmente la difusión de los rayos luminosos, la irradiación de Cristo-Luz para que Dios sea todo en todos (cf. Col 3,11).
La Transfiguración del Señor es también el anticipo de la venida final de Cristo, del Octavo Día, de la escatología gloriosa. Este icono preludia la Parusía. En medio de los dos círculos, que representan las esferas del universo creado, el Cristo glorioso se muestra Señor de la historia y de la eternidad y centro del cosmos.
Como cumbre de este misterio de la Transfiguración, la Luz tabórica se revela fuente de nuestra transfiguración actual y de nuestra transfiguración eterna. Entre los Padres griegos, Gregorio de Nissa describe el ascenso del alma que, aspirada desde lo alto, oye en esa cumbre una voz que le dice: “Te has hecho hermosa acercándote a mi Luz” (Gregorio de Nissa, Sermón 90).
Las “Revelaciones de San Serafín de Sarov”, gran santo ruso del XXº siglo, narran un testimonio de este misterio de nuestra transfiguración. En cierta ocasión, un discípulo que estaba conversando con Serafín en el linde de un bosque, fue testigo de la transfiguración de su maestro espiritual. “Tu rostro se ha vuelto más resplandeciente que el sol y a fuerza de mirarte me siento mal de la vista”. Y lo describía a un compañero: “Imagina en medio del sol, en el fulgor de sus rayos rutilantes del mediodía, el rostro del hombre que te habla. Esa luz se difundía a todo el ambiente, iluminando la estepa cubierta de nieve”. La gracia alcanza su grado extremo con la irradiación de la Luz divina. Cuando esa Luz no encuentra tropiezo en los corazones, “transforma en luz a los que ilumina”, según las inspiradas palabras de San Simeón (Serm 57, Simeón el Nuevo Teólogo)
Por eso, resplandecía el primer testigo de la obra de Cristo, Esteban protomártir: “Los que estaban sentados en el Sanedrín tenían los ojos clavados en él y vieron que el rostro de Esteban parecía el de un ángel” (Hech 6, 15).
Un teólogo contemporáneo ilustra así nuestra transfiguración en la Luz del Señor, por obra de su Espíritu Santo, al consentir con nuestra libertad: “Es espléndida la semejanza del proceder de Dios, al guiar por el camino de la santidad, con el método del artista. No en vano es Dios el Artista Supremo, quien nos eligió en Cristo desde antes de la constitución del mundo (cf Ef 1, 4) para que llegáramos a ser hijos de la Luz. Lo que el pintor hace en pequeño, Dios lo realiza con nosotros en grande: comienza con un boceto preliminar, delinea luego las futuras imágenes, y termina su trabajo con la aplicación de la luz y del oro resplandeciente” (P. Florenskij Le porte regali. Saggio sull’icona, Marsilio, 2018).
Una vez más el Apóstol, seguramente ya transformado por la Luz del Señor, nos ilumina con la Palabra: “Nosotros, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu” (2 Cor 3,18).
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 18 de Diciembre de 2022: cuarto domingo de Adviento
por Cristina Muñoz

“Jesucristo fue engendrado así: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros” Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa”. Mt 1,18-24
La Palabra de Dios de este cuarto domingo de Adviento es de una gran densidad cristológica. Nos lleva a descubrir cada vez más el misterio del Emmanuel, del “Dios con nosotros” de nuestro Salvador.
El Evangelio de Mateo, por su contexto y destinatarios, hace frecuentes referencias a la Biblia Hebrea -Antiguo Testamento- y sus profecías. En la cultura propia de una sociedad patriarcal y con vestigios de Midrash, el evangelio presenta la figura de José como introductora de cumplimiento. Una forma bíblica de expresar la experiencia religiosa es el sueño y he aquí que José tiene un sueño…Luego de las palabras tan fundamentales y consoladoras para él “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo”, el Ángel le encomienda poner al hijo de María el nombre de Jesús.
Según el profeta Isaías, en la primera lectura, el nombre del hijo de la joven embarazada sería “Emmanuel” – עִמָּנוּאֵל- (Is 7,14). Observamos la diferencia semántica con el nombre “Jesús” -del Arameo ישוע (Yeshua), a través del griego Ιησούς (Ieshoua)- pero emerge una unidad teológica fundamental.
El nombre Emmanuel – significa Dios con nosotros- señala simbólicamente la presencia de un Dios que se hace próximo, ahora y por la eternidad. El libro del Apocalipsis lo revela nuevamente: “Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos” (Apo 21,3). El nombre Jesús -significa “Dios salva”- señala que nos salva del mal, de la muerte, dándonos la Vida. Es así que por puro amor Dios viene a nosotros y -Emmanuel- permanece. Es el Dios que nos salva -Ieshoua- para la felicidad y amor eternos.
La esperanza del Adviento ya nos abre e ilumina con el misterio de la Natividad. Para encarnar en nuestra vida el amor infinito del Señor, compartiéndolo con nuestros hermanos.
Urs Von Balthasar escribe: “Finalmente aparece en el evangelio María, la puerta por la que Dios quiere entrar en el mundo. «Resultó que ella esperaba un hijo», antes de haber hecho vida marital con José, el hombre con el que estaba desposada. María es el receptáculo del silencio. No le toca a ella desvelar el acontecimiento silencioso que ha tenido lugar entre ella y el Espíritu Santo. José, en cuya casa ella todavía no habita, lo nota. ¿Cómo podrían no haberlo notado también otros? Las murmuraciones son inevitables, pero ella no puede hacer nada para acallarlas. La gente, como dice el evangelio, ve al Niño como un hijo de José. Pero hay algo extraño en este Niño. Dios tiene tiempo, no tiene prisa; decenios más tarde los evangelios arrojarán luz sobre el misterio. Tampoco José lo ve claro al principio, está profundamente turbado: ¿cómo podría él hacerse a la idea de que es el mismo Dios el que viene a través de su esposa? El silencio de María hace que José decida repudiarla en secreto. Pero con ello la condenaría a la deshonra. Con bastante retraso, se le aclara el misterio y se le invita a recibir a María en su casa. Dios tiene tiempo, no tiene prisa”. Urs von Balthasar, Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994, p.17.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 11 de Diciembre de 2022: tercer domingo de Adviento
por Cristina Muñoz
¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca,
alégrese y florezca la estepa!
¡Sí, florezca como el narciso,
que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo!
Le ha sido dada la gloria del Líbano,
el esplendor del Carmelo y del Sarón.
Ellos verán la gloria del Señor,
el esplendor de nuestro Dios.
Fortalezcan los brazos débiles,
robustezcan las rodillas vacilantes;
digan a los que están desalentados:
«¡Sean fuertes, no teman:
ahí está su Dios!
Llega la venganza, la represalia de Dios:
él mismo viene a salvarlos.»
Entonces se abrirán los ojos de los ciegos
y se destaparán los oídos de los sordos;
entonces el tullido saltará como un ciervo
y la lengua de los mudos gritará de júbilo.
Volverán los rescatados por el Señor;
y entrarán en Sión con gritos de júbilo,
coronados de una alegría perpetua:
los acompañarán el gozo y la alegría,
la tristeza y los gemidos se alejarán.
Is 35,1-6a.10

Al comenzar el Adviento, la liturgia orienta nuestra mirada hacia la segunda y definitiva venida del Señor, su venida escatológica en gloria y majestad. Después de este tercer domingo nuestra mirada será orientada hacia la contemplación del misterio de la Encarnación, contemplación del Verbo que se hace carne.
Este tercer domingo de Adviento, denominado Gaudete (lat. “alegría”), anuncia ya el misterio de la Encarnación, al mismo tiempo que revela que el Señor viene continuamente a nuestra vida, a nuestro mundo, ofreciéndonos su amor y alegría, ahora y cuando venga definitivamente. La Palabra aspira a avivar la alegría de conocer que Cristo está cerca, está en nosotros. Él quiere que su alegría sea plena en cada uno (Jn 15,11).
El profeta Isaías revela la magnitud de esa alegría divina, que revitaliza la naturaleza, transforma los hombres y es signo de su salvación. La alegría es don de Dios que revitaliza y transforma la creación. El desierto y la tierra reseca se alegrarán, florecerá la estepa,…. todo se verá pleno de una vegetación magnífica. El canto del profeta invita a la más intensa alegría, El verbo לְשַׂמֵּחַ traducido como “alegría”, no se encuentra posteriormente en Isaías 1-35 pero sí en el Tercer Isaías -Is 61,10; 62,5; 65,18s; 66,10.14…- estableciendo así una relación que ilumina nuestro texto. Porque en el Tercer Isaías, escrito al retorno del Exilio, el profeta destaca la fidelidad de Dios, anima la esperanza de su Pueblo, que es invitado a experimentar alegría, aún en las situaciones difíciles que vive. Esa alegría, es don del Espíritu Santo, escatológica, distinta a otras formas de alegría y puede ser experimentada en cualquier circunstancia, estando estrechamente relacionada con el cumplimiento del proyecto de amor del Señor.
La transfiguración de la creación llega a su creatura más bella: el hombre. “Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: ¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios!” El hombre es sanado, fortalecido, consolado. Esta transformación, es nueva invitación a la alegría. El desierto se asombraba y exultaba al constatar la vegetación y el florecimiento de la estepa, sólo posibles a la acción de Dios, un Dios que hace posible lo imposible. El profeta se torna ahora al Pueblo, que necesita una transformación sólo posible con la intervención del Creador. Creador y Recreador que “ahí está”, Dios lejano que se hace próximo, prójimo, por amor.
La salvación, fuente de alegría, llega a todo hombre. “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”. En medio de la experiencia de sufrimiento, de una liberación que parece no llegar, la promesa y proclamación de la universalidad de la salvación es nueva fuente de esperanza y alegría del Pueblo, un día ellos “entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua: los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán”.
En este Adviento, el relieve teológico y soteriológico de este texto de Isaías, es para nosotros una llamada intensa a la esperanza: Dios cumple su promesa, promesa de amor y felicidad eterna para la humanidad. Dios está con nosotros, Emmanuel, nos sana, salva, transfigura. Desde ahora, en la esterilidad de nuestros desiertos, de los desiertos de cada hermano, en medio de exilios o post exilios, puede hacer surgir una alegría profunda, misteriosa, fruto del Espíritu Santo.
Es la experiencia de Teresa de Jesús.
“Mirad que es así cierto, que se da Dios a los que todo lo dejan por El. No es aceptador de personas; a todos ama. No tiene nadie excusa por ruin que sea, pues así lo hace conmigo trayéndome a tal estado…Mas no puedo decir lo que se siente cuando el Señor le da a entender secretos y grandezas suyas, la alegría que sobrepasa cuanto acá se puede entender, que bien con razón hace aborrecer los deleites de la vida…No hay ninguna comparación aquí. Aunque será para gozarlos sin fin, de estos da el Señor ahora sola una gota de agua del gran río caudaloso [de alegría] que nos está aparejado”. Teresa de Jesús, Vida, 27,12
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 4 de Diciembre de 2022: segundo domingo de Adviento
por Cristina Muñoz

“Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor-y lo inspirará el temor del Señor-.
El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas.
El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá; la vaca y la osa vivirán en compañía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey. El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora meterá la mano el niño apenas destetado” Is 11,1-7 “Sobre Él reposará el Espíritu del Señor”
Dios viene ahora en una figura terrena, “rama del tronco de Jesé y retoño que brotará de sus raíces”.Su venida es única y definitiva.
El profeta Isaías revela al Mesías que esperamos, presentándolo como Ungido por el Espíritu. “Sobre Él reposará el Espíritu del Señor”. “Mesías” (heb.) y “Cristo” (gr.): el “Ungido”. Él tiene la plenitud del Espíritu de Dios y lo vierte en nosotros. El Cristo que esperamos en Adviento viene a inundarnos con su Espíritu, a bautizar “con Espíritu Santo y fuego” (Mt 3,11). ¿Ser cristiano no es estar inmerso en el Espíritude Cristo?
Isaías nos ilumina sobre las características de esta venida. De la plenitud del Espíritu del Señor en su Ungido, fluye la justicia en favor de los pobres y desamparados contra los violentos y malvados, y se realiza la instauración de la paz divina que transforma totalmente la naturaleza y la humanidad. El Espíritu de sabiduría
y de conocimiento que llena al Ungido, se derrama sobre el mundo, y “el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar”. Según el pensamiento bíblico, conocer a Dios nunca es un conocimiento teórico, sino un impregnarse totalmente de la comprensión íntima de lo que es Dios: paz y amor. Conocer a Dios es participar a su amor y paz. “Él los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego”
El evangelio presenta al Precursor en plena actividad. Prepara el camino al Ungido, confesando a los pecadores que se convierten y bautizándolos, a la espera del que viene detrás de él y puede más que él. Juan se prosterna ante él en una actitud de profunda humildad. Él bautizará con el Espíritu Santo y el fuego. Un fuego que es Dios mismo, fuego del amor divino que viene a «arrojar sobre la tierra», fuego que consume todo egoísmo en las almas: el fuego del Amor.
“Sean mutuamente acogedores, como Cristo los acogió a ustedes para la gloria de Dios” Esa llama de amor que trae el Ungido del Señor desborda los límites del pueblo de Israel y llega al mundo. Judíos y paganos, somos todos admitidos a la Salvación. Debemos entonces ser uno en Cristo, en el amor. En el Hijo de Dios se cumplen todas las profecías y la plena misericordia y, portador del Espíritu que Isaías ve venir, instaurará la paz verdaderamente divina sobre la tierra. Los pueblos, al buscar este “retoño de Jesé”, estamos también inmersos en el “Espíritu de la ciencia del Señor”, su amor y paz, para derramarlos como Cristo, en Cristo, en nuestro mundo. Esto es ser verdaderos discípulos del Señor.
“Que perdure su nombre para siempre
y su linaje permanezca como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos
y todas las naciones lo proclamen feliz” Sal 71,17
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 26 de Noviembre de 2022: primer domingo de Adviento
por Cristina Muñoz

“La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz”. Rom 13,12 Dios viene. Uno de los mensajes centrales del Adviento: Dios está en camino hacia nosotros. Intuición creciente en todo el Primer Testamento. Con el advenimiento de su Mesías, el Pueblo esperaba también el final de los tiempos. Este era también el presentimiento inmediato de Juan Bautista según los Sinópticos,
preparar en el desierto un camino al Señor y anunciar la salvación. «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios»(Lc 3,4-6).
La liturgia del 1º domingo de Adviento está orientada hacia esta venida de Dios: la Palabra pretende despertarnos del sueño y la indiferencia, exhortarnos a esperar ardientemente al Señor, con la fuerza de su Luz.
La espera. El estado de vigilancia exige en primer lugar discernir, distinguir el curso del mundo que no tiene esperanza o que a lo sumo aspira a metas intramundanas u “obras de las tinieblas». Obras que no han sido realizadas faz a la Luz que comienza a brillar. Pero, la meta “mundana” es regulada, superada, por la espera de Dios. La actividad del mundo es un adormecimiento y ha llegado la hora, el mejor momento para despertar. Este estar despierto, esta espera, es ya el comienzo del permanecer en su Luz.
A la Luz del Señor. La gran visión inicial de Isaías revela que los que esperan a Dios caminan hacia su Luz, Luz que quiere orientar todos los pueblos. La interminable guerra intramundana cesará y se transformará en Paz de Dios. “Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra”. El mundo, tantas veces en la oscuridad, podrá caminar a la Luz del Señor: “¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!” (Is 2,4-5).
Dios viene, adviene. Lo esperamos vigilantes en su Luz. Caminamos a su Luz. Es nuestra vida de discípulos.
«Hay dos venidas (del Verbo): una oscura como la lluvia sobre un velo, otra resplandeciente de gloria, la que llegará. En la primera venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la luz como en un manto», escribe san Cirilo de Jerusalén. Vivimos en «estado de espera esperanzada”, orientando nuestra mirada y toda nuestra vida en dirección a las dos venidas del Señor, que viene sin cesar hoy a nuestro mundo. Cuando el Señor se presente en su advenimiento de gloria, nos encontrará comprometidos con Él, en Él, en el Espíritu Santo, construyendo una ciudad terrena más fraterna, más justa, plena de su luz y amor.
“Cuando la luz suave de las velas del Adviento (una luz misteriosa, en medio de una oscuridad también misteriosa) brilla en las tardes oscuras de diciembre, se despierta en nosotros el pensamiento consolador que la Luz divina, el Espíritu Santo, nunca dejó de alumbrar en las tinieblas de la humanidad caída. El Espíritu permaneció fiel a la creación sin tomar en cuenta las infidelidades de ésta. Y aun cuando las tinieblas no querían dejarse penetrar por la luz celestial, siempre hubo lugares abiertos donde esa luz pudo ser derramada. (…) Los corazones de todos los hombres fueron acariciados a lo largo de los siglos por ese rayo de luz divina, de la misma manera que lo había hecho con los corazones de nuestros primeros padres. La luz divina, escondida a los ojos del mundo, iluminaba y acrisolaba esos corazones, ablandaba su materia dura, enquistada y, a veces, deformada, y les daba nueva forma, con mano segura de artista, según la imagen de Dios. De esa manera, oculta a los ojos de los hombres, fueron y son formadas las piedras vivas que constituyen la Iglesia primeramente invisible. De esa Iglesia invisible brota, sin embargo, la Iglesia visible, que se manifiesta siempre de nuevo con acontecimientos admirables y revelaciones divinas; con “epifanías” siempre nuevas”. Edith Stein, Los caminos del silencio interior, Obras Completas V, Escritos Espirituales, Monte Carmelo, 2005.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 20 de Noviembre de 2022: hoy estarás conmigo en el paraíso
por Cristina Muñoz

Cómo coronación del Año Litúrgico, celebramos en Iglesia a Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Por encima de catástrofes y sufrimientos, ocurridos en todos los tiempos, aparece en el horizonte nuestro Señor, Rey. Un rey que se manifestó sin poder en nuestro mundo, con el único poder o “no-poder” de su amor infinito y humildad. Un rey que sobre la cruz recibe burlas de muchos, abandono de otros, es percibido como fracasado por todos, o casi todos. Por ese mismo misterio de amor, en la inmensidad de su amor pascual, el que padeció la cruz es hoy el Resucitado que nos da Vida y alegría eterna.
En la narración lucana, un malhechor crucificado junto a él, lo invoca por su nombre: “Jesús”.
A ese malhechor le ha sido revelada la inocencia del gran Inocente “Él no ha hecho nada malo”. Y revelada su grandeza divina que lo hace suplicar “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”.
Ese hombre había comprendido lo que dice en la lectura de hoy la carta paulina a los cristianos de Colosa, refiriéndose al Padre y a su Hijo: “Él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados… Él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” Col 1,12.20
Si el personaje de la narración del evangelio, pudiera hablarnos, seguramente nos diría que ese había sido el instante más feliz de su vida en este mundo. Porque él escuchó del mismo Salvador “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Contemplemos el inmenso amor de nuestro Salvador, nuestro Rey, manso y humilde de corazón, presente en nosotros, entre nosotros. Testigos, transmitamos a nuestros hermanos sus Palabras para cada uno, a cada instante: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Ese Paraíso, ese Reino, ya lo podemos vivir como “anticipado”, aunque aún sin la luz plena del fin de los tiempos.
Una carmelita, Isabel de la Trinidad, intuyó ese gran misterio y lo transmitió en sus escritos. «Llevamos el cielo dentro de nosotros, porque el mismo Dios que sacia a los bienaventurados con la luz de la visión se entrega a nosotros por la fe y el misterio. ¡Es el mismo Dios! Creo que he encontrado mi cielo en la tierra, pues el cielo es Dios y Dios es mi alma. El día en que comprendí esto, todo se iluminó en mi interior» (Isabel de la Trinidad, Carta 122).
Sólo nos queda cantar con el salmista ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la Casa del Señor»! Nuestros pies ya están pisando tus umbrales, Jerusalén” (Sal 121,1-2)
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 13 de Noviembre de 2022: con determinada determinación
por Cristina Muñoz

“Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir…
Ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”. Lc 21,15.17-19
La Palabra en el evangelio según Lucas continúa con los denominados “discursos apocalípticos” que comenzaron en Lc 17,20-37. Una vez más el evangelista aborda espinosas cuestiones relacionadas con el final de los tiempos, las catástrofes, la presencia y fuerza invencible dada por Cristo, la actitud del discípulo, testigo – μάρτυς (martis) en griego, término del que deriva “mártir”- del Señor. El último versículo señala una actitud esencial del discípulo: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21,19).
El término ὑπομονή (jupomone) traducido como “perseverancia, constancia, paciencia, paciencia en el sufrimiento”, se presenta numerosas veces en el Nuevo Testamento. El evangelio según Lucas, además del texto de hoy, lo reporta en Lc 8, 4-15, la Parábola del Sembrador: “Lo que cayó en tierra fértil son los que escuchan la Palabra con un corazón bien dispuesto, la retienen, y dan fruto con constancia” Lc 8,15. A veces se traduce como “gracias a su constancia” pero la traducción más exacta sería “dan fruto con constancia”. Se trata de la constancia de dar fruto.
Pruebas, falta de crecimiento o compromiso, entre otras razones, pueden afectar el seguimiento y servicio del Señor y, por lo tanto, del fruto que se generan. Entonces el discípulo deja de dar fruto constante. Agrego que ambas traducciones no se excluyen en la realidad existencial: es necesaria la constancia para dar fruto con constancia…
El Apocalipsis ilumina el significado. La constancia ayudó a la Iglesia de Éfeso y Tiatira a enfrentar las dificultades y seguir sirviendo, dando fruto -obras- con constancia, aún en el sufrimiento. El Señor lo resaltó: “Conozco tus obras, tus trabajos y tu constancia…Sé que tienes constancia y que has sufrido mucho por mi Nombre sin desfallecer” Apo 2,2-3.
Para el discípulo, ὑπομονή significa soportar la prueba y avanzar con Cristo, no simplemente con resignación, sino con una esperanza ardiente. No es sentarse estáticamente en un lugar soportando, sino soportar porque ama y sabe que el Señor conduce a todos a su gloria. No es la paciencia que espera sombríamente el final, sino la paciencia y determinación del amor que espera radiantemente el amanecer. “Para ustedes, los que temen mi Nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos”, dice el profeta Malaquías (Mal 3,19-20a).
La Palabra del evangelio “Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21,19) recuerda al discípulo, a todos nosotros, que el Salvador nos acompaña constantemente, con paciencia y amor infinito. Nos ha elegido para que demos fruto en abundancia, fruto de amor a nuestros hermanos, ahora y en la gloria eterna. ¿No es eso ser salvados? Sólo necesitamos hacer crecer con nuestra libertad los dones que el Espíritu Santo nos entrega por amor…y tener la determinación de perseverar, para dar fruto con constancia.
Teresa de Ávila nos enseña con palabras y con su vida, la importancia de determinarse por el Señor, con determinada determinación, para permanecer en él y ser testigos de su amor con constancia.
“Ahora, tornando a los que quieren ir por él y no parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de Vida, cómo han de comenzar, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, si quiere llegar allá”… Teresa de Jesús, Camino de perfección 21,2.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 6 de Noviembre de 2022: hijos de la Resurrección
por Cristina Muñoz
“Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él”. (Lc 20, 37-38)

En el itinerario hacia el Adviento, la Palabra que la Iglesia nos propone puede a veces parecernos un poco “difícil” sin ciertas claves de lectura, fundamentadas en la misma Biblia y en la experiencia del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros. Hoy, la Palabra sigue revelando aún más el misterio de ese amor, manifestado en la realidad y esperanza de la resurrección. La Palabra se puede hacer imagen y la contemplación de un ícono iluminar ese inmenso misterio.
Los íconos de la Resurrección forman parte de las imágenes que acompañan nuestra fe y desde los primeros siglos surgieron en la comunidad cristiana. En el siglo III nace el ícono de las Mujeres Miróforas. Según la narración lucana de la “tumba vacía”, ellas fueron al sepulcro al amanecer y encontraron los ángeles que dijeron: “No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,6). Más tarde, aparecerá el ícono del Descenso de Cristo al Hades, venerado especialmente en Pascua.
El ícono del la Resurrección que muestra el Descenso del Señor al Hades expresa los fundamentos básicos de nuestra fe: Cristo resucita venciendo a la muerte, haciendo prevalecer su Luz sobre las tinieblas, encadenando al Diablo -que encarna la muerte, el mal- y liberando a los cautivos.
“¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Porque lo que provoca la muerte es el pecado y lo que da fuerza al pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Cor 15,55-57), escribe el Apóstol.
En el ícono, Cristo está en el centro de la escena. De pie sobre la Cruz, un lugar oscuro -el infierno- es vencido y es destruida la muerte que tenía cautivo a la humanidad. El color de la vestimenta del Señor es el blanco, significando la Gloria de Dios y cómo símbolo de la revelación, de la transfiguración. De su vestimenta, emana la Luz Divina.
Las manos de Cristo, tienen las marcas de los clavos de la pasión. Con su diestra, Cristo toma la mano de Adán. En otros íconos toma también las manos de Eva. Revela que, vigorosamente y con poder, los arranca de la muerte y lleva a la Vida.
“Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas: su mano derecha y su santo brazo le obtuvieron la victoria”(Sal 98,1). Detrás de ellos aparece una multitud de justos. David, a su lado Salomón, que señala a Cristo como uno de su linaje. Ambos ataviados con vestidos reales expresando su dignidad. Se asoma Juan el Bautista, señalando al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Ambos grupos, de la derecha y de la izquierda de la imagen, representan al pueblo sumergido en las tinieblas, sobre los que se ha elevado la Luz de la Vida. Todos tienden sus manos hacia Cristo, esperanza de la humanidad. Su Encarnación y Resurrección son la realización de las profecías y enseñanzas del Primer Testamento y comienzo de una nueva era.
Ahí están, frente a frente, el primero y el nuevo Adán, Cristo. Él renueva a la humanidad, exalta al hombre, abre las puertas de la redención para todos, ilumina y deifica la naturaleza humana. Otorga nueva vida, la Vida eterna. La imagen anuncia la resurrección a los muertos, mostrando la estrecha unión entre Cristo resucitado y Adán, a quien él “incorpora” en su propia resurrección. Adán, despertando del sueño de la muerte, permite, con su mano extendida, ser tomado por su Redentor, mientras lo contempla.
Nosotros somos ese Adán, necesitamos de Cristo, de su ayuda, misericordia, fuerza. La mirada de Cristo se dirige hacia todos, Él es el Salvador de la humanidad entera. Dios se abaja e inclina para levantar a Adán. Se ha revestido de nuestra carne para elevarnos y exaltarnos a la condición divina por su Resurrección.
Cristo camina victorioso hacia Adán, sacado de la postración. Eva extiende sus manos hacia la Vida, perdida en el Paraíso. Vestida de rojo, rojo que simboliza la carne, la humanidad, ya que es la “madre de los vivientes”. Una de sus manos está cubierta, señal de adoración al Liberador.
La escena, los personajes del ícono, todo está creado para enseñarnos y confirmarnos la verdad del Evangelio y animarnos en la esperanza de la Vida Eterna. Cristo resucitó, realidad innegable. Pero, ¿cómo hacer de esta realidad una verdad y una experiencia en nuestras vidas? Depende de nosotros, de las opciones tomadas con nuestra libertad, de nuestra apertura a Dios y fe.
Al igual que en el ícono, Cristo desciende a lo más profundo de nuestro ser y nos arranca de las tinieblas, nos resucita con Él. (cf. Col 2, 12). Para alcanzar la Vida debemos morir al viejo hombre, al egoísmo, renunciar a la soberbia y al no-amor. Necesitamos a Dios. Como si ocupáramos un lugar en el ícono, permitámosle que nos tome de la mano y nos salve con su Amor. Él es la Fuente de la Vida, principio de toda Luz. Llevemos su Luz a nuestros hermanos, seamos testigos del amor del Señor Resucitado.
Imagen: Descenso a los infiernos, Ícono, Rusia, s. XVI
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 30 de Octubre de 2022: descubriendo sicomoros
por Cristina Muñoz
“Allí [Jericó] vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque Jesús iba a pasar por allí”. (Lc 19,2-4)

Zaqueo. Una narración muy conocida…y portadora de muchos secretos, que el Espíritu Santo quiere revelarnos para que la Palabra ilumine nuestra vida. Una narración que el evangelista sitúa en Jericó, al final de la gran subida de Jesús a Jerusalén (Lc 9,51), caminando libremente hacia su Pascua. Narración en la que se entrelazan tantos temas lucanos y de nuestra existencia cristiana: viaje, riqueza, deseo, búsqueda, encuentro, valores, salvación, identidad, misión del Salvador…
El original hebreo de Zaqueo es זַכַּאי (Zakkai). Este nombre es mencionado en Esd 2,9 y Ne 7,14, en la genealogía de “los hombres del pueblo de Israel” que volvieron de la deportación realizada por Nabucodonosor a Babilonia. La Biblia de los Setenta transcribe el nombre como Ζακχαῖος (Zakaios).
Los nombres en la Biblia tienen un significado, son simbólicos. El significado del término Zaqueo es “inocente, puro, honesto”. En los libros de Esdras y Nehemías, Zakkai era uno de esos auténticos israelitas “inocentes” que retornaron a la tierra prometida y, según la concepción de un grupo político-religioso, debían preservar la identidad y pureza del Pueblo.
¿Y en la narración lucana? Un hombre, jefe de publicanos, rico. Profesión sospechosa, colaboracionista con el opresor. No parecería que se pudiera aplicar el simbolismo propio del significado del nombre Zaqueo. Pero precisamente, el Salvador irrumpe en su vida y “la salvación” llega a él, “”a su casa”. Porque “el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido”, a transformar en inocente, puro, honesto al que no lo era.
“Ha venido a salvar lo que estaba perdido”. Lucas recrea la temática del capítulo 15. El Buen Pastor salva a la oveja perdida (Lc 15,3-7) y convoca a todos a la alegría, el padre misericordioso se alegra y organiza una fiesta porque su hijo “estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (Lc 15,24). Vemos así que la historia de Zaqueo es una historia de salvación, en la que Jesús revela nuevamente toda su misión salvífica.
Sin embargo, hubo un camino previo que debió recorrer el pequeño hombre poderoso, todo un jefe, y rico. Zaqueo es un ser del deseo y la búsqueda. “Él quería ver quién era Jesús”. Literalmente “Estaba buscando (ἐζήτει del verbo ζητέω) ver a Jesús”. El verbo ζητέω, “buscar”, lo encontramos 25 veces en Lucas: búsqueda de la verdad, la salud, el sentido de la vida, la salvación… En relación con Zaqueo es significativo Lc 11,9: “Busquen y hallarán”. Zaqueo buscaba. Pero “era de pequeña estatura”, es decir, de condición humana, limitado para hallar lo que buscaba o a quien buscaba. Buscó cómo hallar, quizás sin saber bien lo que buscaba y conociendo sus límites humanos. Por eso decide subir a un sicomoro. Lo que ocurre luego supera todas las expectativas del pequeño hombre. “Jesús miró hacia arriba” y lo ve, Zaqueo desciende, Jesús permanece con él, la alegría reina. Alegría de la liberación, de la permanencia del Hijo de Dios en su casa, en él, salvado, transformado…
Cómo Zaqueo, somos seres de deseo, buscadores de sentido de la vida, de la Verdad, de Dios y, al mismo tiempo, conscientes de nuestros límites de creaturas. Sin embargo, el Espíritu Santo susurra en nosotros: “busca y hallarás”. Entonces descubrimos el sicomoro. Si con nuestra libertad subimos a él, nos permitirá ver a Cristo que nos vio primero, permanecerá en nosotros y nos transfigurará. ¿Has descubierto tu sicomoro? ¡Sube a él, opta por Cristo! El Señor te espera con su amor: “Hoy tengo que alojarme en tu casa”.
«Dios es la verdad. Quien busca la verdad, busca a Dios, sea de ello consciente o no». Edith Stein
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 23 de Octubre de 2022: creaturas del creador humilde
por Cristina Muñoz
El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano…” En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho… (Lc 18,9-14)

¿Qué vemos los lectores en la escena del Evangelio según Lucas?
Observemos particularmente el personaje del publicano. Un hombre, se mantiene a distancia. ¿Distancia del fariseo? ¿De otros fieles? Quizás, distancia del espacio sagrado. Así expresa el publicano su respeto a Dios en tanto que Dios y la conciencia de la propia humanidad, de ser creatura y haberse convertido en pecador. Reconoce su responsabilidad, pero su oración expresa la esperanza de un rencuentro, de una nueva proximidad. También por esa conciencia de creatura pecadora no se anima a levantar los ojos al cielo, como si se excluyera de contemplar la gloria divina…
El contraste entre la postura del fariseo y la actitud del publicano es claro. Recuerda el contraste entre el fariseo Simón y la pecadora a la que perdonó Jesús “porque mostró mucho amor” (Lc 7,36-50). La invocación “oh Dios” es la misma en el fariseo y el publicano, pero el tono y significado es distinto. El publicano considera que nada de lo suyo tiene valor, como el hijo pródigo de la parábola -“padre, ya no merezco ser llamado hijo tuyo”- (Lc 15,19) y que sólo confía en la misericordia del padre. Cómo el hijo pródigo, el publicano suplica al Padre “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Y “volvió a su casa justificado”.
El publicano volverá a su casa, aunque no escapará de la condición humana. Pero no volverá a su casa como antes. Se ha operado una profunda transformación en él. Por su gran humildad puede pasar de la auto-condenación, a la justificación de Dios. Sabe ver la verdad de la condición de creatura. “La humildad es andar en verdad” (VI Moradas 10,7), señala Teresa de Jesús. Ante la conciencia del publicano de ser humilde creatura, puede actuar el Creador manifestando su misericordia. Y transfigurar su vida.
San Silvano del Athos, monje ruso del siglo XX, transfigurado por Dios, expresa en oración su experiencia del misterio de la contemplación de la humildad de Cristo, fuente en el Espíritu Santo de toda humildad, desplegada con nuestra libertad y amor.
“¡Oh Humildad de Cristo! ¡Tú das una alegría indescriptible al alma! Tengo sed de ti, porque en ti el alma olvida a la tierra y tiende siempre más ardientemente hacia Dios. Los hombres no conocen la fuerza de la humildad de Cristo, por eso ha dado al hombre la libertad y lo atrae por la humildad hacia su Amor…Hay una sola cosa importante: llegar a ser humilde, pues el orgullo nos impide amar. Al Espíritu Santo se lo conoce en la oración realizada con humildad. ¿Cómo amar sin rezar? Nuestra alegría es el Espíritu Santo, que da la oración a quien ora. La humildad es la luz en la que nosotros podremos ver la Luz. Con el Espíritu Santo todo va bien, todo rebosa de alegría, todo es maravilloso. El Espíritu Santo se manifiesta en el amor. Concédeme el humilde Espíritu Santo. Todo hombre que se humille será glorificado por Dios y contemplará la Gloria del Señor”.
“Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que lo oigan los humildes y se alegren”. Sal 33,2-3
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 16 de Octubre de 2022: «brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos» (Dn 12,3)
por Cristina Muñoz
“Después Jesús le enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse…Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?…Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” Lc 18,1.7.8
Lucas introduce una parábola (Lc 18,2-6) cuidando de expresar el sentido que le confiere: la oración incesante es imprescindible en la vida del discípulo, que debe luchar con determinación para rezar con perseverancia.

El marco de la parábola es completado con la “promesa” apocalíptica de justicia – en este caso felicidad eterna – que tendrán los que rezan sin cesar (Lc 18,7). Sin dudas, en relación con el don divino de la fe y su desarrollo, gracias a la responsabilidad y libertad del que la recibe.
Dos personajes en la parábola: el juez y la viuda.
Aunque da una descripción detallada del juez inicuo, para Lucas el personaje principal, la protagonista, es la viuda. Otorga a la viuda un valor colectivo, es figura de la comunidad de los creyentes, comunidad de los elegidos.
La perseverancia en la oración es un tema que se encuentra frecuentemente tanto en Lucas como las epístolas paulinas. El Jesús lucano reza en momentos decisivos de su vida (1).
Por ejemplo en el bautismo: “Mientras estaba orando…” (Lc 3,21-22). Y el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles formulan a menudo invitaciones a la oración: “Estén prevenidos y oren incesantemente” (Lc 21,36). Recordamos la parábola de Lc 11,5-8, sobre la perseverancia en la oración, que se presenta como una parábola “hermana” de la narración de hoy y su mensaje.
De las Cartas paulinas, mencionamos sólo la primera escrita: “Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús” (1Tes 5,17-18).
Volvamos al personaje de la viuda. Ella encarna la fragilidad y desamparo social. Privada de su marido, no aparece progenie en la narración. Sola, dependiente de egoísmos y excesos de la sociedad patriarcal. Ya la Biblia Hebrea, lo señala, revelando también la bondad y protección divina: “Dios en su santa Morada es padre de los huérfanos y defensor de las viudas: él instala en un hogar a los solitarios y hace salir con felicidad a los cautivos…” (Sal 68,6-7). Lucas, que se interesa por los débiles y sus carencias, considera a la viuda un símbolo, y la muestra también favorecida por la bondad de Cristo, el Salvador.
La viuda de la parábola, decíamos, es figura de la comunidad creyente. Con carencias, dependiente de sus límites, en un mundo hostil que margina… Queriendo rezar, suplicar, gritar a su Señor, y no sabiendo cómo hacerlo por su debilidad. Entonces la Palabra le revela la verdad: “Si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con constancia. Igualmente, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,25-26).
Lucas compara la viuda con los elegidos, que claman día y noche hacia el Señor. Lo que los une es el grito de súplica hacia Dios, fundado en la fe. Fe que implica libertad del creyente, su parte de responsabilidad para dejar crecer esa fe. Fe en el amor del Dios que escucha los gemidos de su Pueblo (Ex 3,7). Fe madura que supera todo obstáculo para rezar sin cesar, con la fuerza del Espíritu.
Por eso, la estructura de las Bienaventuranzas resuena en esta narración. Sí, ¡feliz el que ama y ora en la fuerza del Espíritu Santo! El desamparo de la viuda, de la comunidad creyente que reza, de cada discípulo, recibe la luz de la esperanza, de los elegidos de Dios.
“Las obligaciones y preocupaciones del día se acumulan en nuestro entorno en el momento mismo de despertarnos por la mañana, si es que no interrumpieron ya la tranquilidad de la noche. En ese momento se plantean ya cuestiones tan incómodas como estas: ¿Cómo puedo sobrellevar tantas cosas en un solo día?… Pero lo realmente importante es no dejarse turbar en ese momento. Mi primera hora en la mañana le pertenece al Señor. Hoy quiero ocuparme de las obras que el Señor quiere encomendarme y El me dará la fuerza para realizarlas… Y cuando recibo luego al Señor en la comunión puedo preguntarle: Señor, ¿qué quieres de mí? En ese momento me decido a realizar aquello que, después de un diálogo silencioso con Dios, considero que es mi próxima empresa. Una profunda paz inundará mi corazón, y mi alma se vaciará de todo aquello que pretendía perturbarla y sobrecargarla…y será ella colmada de santa alegría, de valentía y de fortaleza. Sus horizontes se agrandan y amplían, porque ella salió de sí misma para entrar en la vida divina. El amor arde en ella como una llama suave que ha encendido el Señor y la incita a expresar ese amor y a transmitirlo a los otros”.
Edith Stein, Caminos del silencio interior, Obras V, Escritos Espirituales, Monte Carmelo, 2004.
(1) Cf. Lc 5,16; 9,18.28; 11,1; 22,41; 23,34.46.
Imagen: Mujer orante, Catacumba de Priscila, Roma, s.III
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 09 de Octubre de 2022: nuestros encuentros en la línea de frontera
por Cristina Muñoz
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: “¿Cómo? ¿No quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?” Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”. (Lc 17,15-17)
“Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasa entre Samaría y Galilea”. El evangelista recuerda la itinerancia de Jesús. El Hijo de Dios pasa por la línea de la frontera. No quiere fronteras ni separaciones entre los hijos de Dios. Pasa para encontrarnos y para que lo encontremos.

Los leprosos se paran a la distancia exigida por los “sanos”, por el límite legal. A diferencia de la sanación que realiza en Lc 5,13, Jesús no toca a los leprosos, los “ve”. Sin embargo, todo es ENCUENTRO. O casi todo. La palabra griega απαντώ se traduce con frecuencia “avanzar para encontrar a alguien”, “ir al encuentro”. Es el término que se utilizaba en la Iglesia de los primeros tiempos, para designar el encuentro con Cristo Resucitado en la parusía (1Tes 4,17; Mt 25,6), la segunda (¿o tercera?) Venida del Señor. La narración de la sanación de los leprosos no describiría directamente esa Venida, pero sí un encuentro. Jesús “entra en un poblado” y los leprosos van a su encuentro (απαντώ). ¿Quién va al encuentro de quien?
Los leprosos invocan a Jesús, como si fuera divino, y le piden ayuda con confianza: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”. Sin embargo, lo llaman Ἰησοῦ ἐπιστάτα, “Jesús, maestro”. Jesús, hijo de José, el de Nazaret. “Maestro”, “patrón”, en Lucas es empleado como apelativo del que más sabe, el que tiene poder, pero al mismo tiempo indica una fe incipiente por parte del que así llama a Jesús. Está lejos del κύριος, “Señor”, de una fe más madura, como en las narraciones de aparición del Resucitado: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!” (Lc 24,34). Los leprosos muestran las ambigüedades, comportamientos dualistas, de todo ser humano en su relación con Dios. Fe y confianza pero…
El “¡Ten compasión de nosotros!” siguiente hace eco a súplicas la Biblia entera. Expresadas particularmente en los Salmos, como en “Señor ten piedad de mí, sana mi alma” (Sal 40 (41),5), o en los Profetas “Señor ten piedad de nosotros” (Is 33,2). Eco de nuestras propias súplicas…
“Al verlos”, Jesús los ve. Mirada de compasión de Dios. “He visto la opresión de mi pueblo” dice el Señor a Moisés (Ex 3,7). La mirada del Padre, como la de su Hijo, van al encuentro del que sufre, del marginado, del débil que es cada uno de nosotros, que somos todos. Y su mirada de misericordia da fuerza, sana.
Enriquecidos con esa mirada de Jesús, los leprosos pueden partir con confianza, con fe en su sanación, y en camino son purificados. Sin embargo, la fe que los ha sanado, no basta para salvarlos, porque no se encontraron verdaderamente con Jesús. El verdadero encuentro con el Señor, no reside solamente en recibir sus dones, su gracia. Requiere nuestra libertad para volver a su encuentro, agradecido por sus dones y gracia. Únicamente el samaritano volverá para dar gracias. Y sólo él escuchará “Tu fe te ha salvado”. Una fe que es reconocimiento del amor de Dios y que, por tanto, lleva al agradecimiento por amor. Una fe que es encuentro, que salva y es resurrección y Vida.
El Evangeliario de Echternach refleja bien las dos escenas de la narración. En la primera, la súplica de los leprosos y Jesús que los encuentra y bendice con su amor y misericordia. En la segunda escena, Jesús sigue bendiciendo, pero nueve de los leprosos curados no responden agradeciendo, no llegan al verdadero encuentro. El samaritano en cambio, se encuentra verdaderamente con el Señor al agradecer, y es salvado, resucitado. “Levántate” ἀναστὰς (anastas), es uno de los términos griegos que en el Nuevo Testamento se traduce como resurrección. “Levántate y vete”, ¡ve a anunciar la Buena Noticia! Te has encontrado con el Resucitado que te buscaba para sanarte y resucitarte. Gracias a esa acción de gracias en la que expresabas tu amor, el Señor pudo cumplir sus maravillas.
“Te doy gracias, Señor, de todo corazón
y proclamaré todas tus maravillas
Quiero alegrarme y regocijarme en ti,
y cantar himnos a tu Nombre, Altísimo”. (Sal 9,2-3)
Foto: Codex Aureus de Echternach (Codex aureus Epternacensis) o Évangéliaire d’Echternach, manuscrito ilustrado, pergamino, 1030-1050. Museo Nacional Germano de Núremberg.
🕯 Comentario al Evangelio del 02 de Octubre de 2022: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», ella los obedecería” (Lc 17,6).
por Cristina Muñoz
“¡Auméntanos la fe!”, piden los discípulos. Jesús, según el evangelista, responde que no se necesita demasiada fe para conseguir maravillas. “Porque no hay nada imposible para Dios” (Lc 1,37), nos ha recordado en el primer capítulo del evangelio.

Ya con la imagen del grano de mostaza Lucas describía la presencia del Reino (Lc13,19): un grano de mostaza sembrado que crece, se convierte en arbusto y los pájaros del cielo se cobijan en sus ramas. Porque no hay nada imposible para Dios…Una semilla y el árbol, una oruga y la mariposa, la fe y un discípulo cumpliendo su misión.
Sigamos con nuestro análisis botánico. συκαμίνῳ es traducido como morera o morera negra, cuyas penetrantes y fuertes raíces hacen muy difícil arrancarla. Es menos frecuente traducir como sicomoro, considerado un árbol también inarrancable y cuya gran altura establece aún más el contraste con el pequeño grano de mostaza. El término griego hubiera sido entonces συκομορεα, utilizado en Lc 19,7, en la narración sobre Zaqueo.
Morera o sicomoro (aunque veremos que no es indiferente para el mensaje teológico), las palabras de Jesús no tienen un contenido conceptual de suplemento o añadido en la fe, sino de fe viva y activa. Tener fe es entrar en el ámbito de Dios, en quien todo es posible.
Cuando Dios confía a un hombre algo de su poder divino, lo hace entrar en su ámbito divino, esto va unido siempre al cumplimiento de una misión. Y la misión imposible, deviene posible. Sólo dos ejemplos: el llamado a Jeremías (Jr 1,4-10) o a Pablo (Gal 1,15-16).
Jesús parece decir que los discípulos tienen fe pero su fe no alcanza para arrancar árboles y `plantarlos en el mar, es “embrionaria”. Al don de la fe que ofrece el Señor, los discípulos tienen que responder suficientemente con su libertad para que ella crezca, se transforme, sea viva y bella.
La 2º Carta a Timoteo, nos ofrece una clave importante para ese crecimiento: “reavivar el don de Dios” (2 Tm 1,6).Usamos el verbo “reavivar” cuando una hoguera está por extinguirse y debe ser cuidada para que no se apague y cumpla con su función.
Así puede ocurrir con nuestra relación con Dios. El don de la fe que hemos recibido va perdiendo intensidad por otros intereses que la van sofocando. Y como es necesario soplar suavemente para reavivar una hoguera que se extingue apagada por un viento huracanado, es necesario dejar pasar el soplo de Dios, la brisa suave del Espíritu Santo, para reavivar la fe.
Entonces nuestra fe será, por lo menos, grande como un grano de mostaza y, en el Espíritu Santo, podremos realizar mucho más que plantar moreras en el mar…
Precisamente, moreras negras. En las hojas de esta morera, la mariposa deposita miles de huevos fecundados. Ellos evolucionan hacia la etapa larvaria (gusanos de seda) y de la larva surge la pupa o crisálida (capullo de la mariposa). Todo está preparado para la asombrosa metamorfosis que permite a la oruga modificar su aspecto y convertirse en una maravillosa mariposa adulta.
La fe que nos entrega el Señor, “con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros” (2 Tm 1,14) y la colaboración de nuestra libertad, también tiene que crecer y experimentar una metamorfosis, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef 4,13).
Teresa de Jesús mucho meditó sobre…el gusano y la mariposa y nos transmite su experiencia de vida de fe y amor. “Ya habréis oído sus maravillas en cómo se cría la seda, que sólo Él pudo hacer semejante invención,… Con el calor, en comenzando a haber hoja en las moreras,… y (los gusanos) con hojas de morera se crían hasta que, después de grandes, les ponen unas ramillas y allí con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y hacen unos capuchillos muy apretados adonde se encierran; y acaba este gusano que es grande y feo, y sale del mismo capucho una mariposica blanca, muy graciosa. Mas si esto no se viese, sino que nos lo contaran de otros tiempos, ¿quién lo pudiera creer?…
Para un rato de meditación basta esto, hermanas, aunque no os diga más, que en ello podéis considerar las maravillas y sabiduría de nuestro Dios… Comienza a tener vida este gusano, cuando con el calor del Espíritu Santo se comienza a aprovechar del auxilio general que a todos nos da Dios y cuando comienza a aprovecharse de los remedios que dejó en su Iglesia,… Pues veis aquí, hijas, lo que podemos con el favor de Dios hacer: que Su Majestad mismo sea nuestra morada, como lo es en esta oración de unión, labrándola nosotras” (5 M 2,2.3-5). Teresa de Jesús, Libro de las Moradas o Castillo Interior, 5º Morada.
🕯 Comentario al Evangelio del 25 de Septiembre de 2022: «Llevados por los ángeles al seno de Abraham»
por Cristina Muñoz
Las lecturas de la liturgia de este domingo nos interpelan fuertemente. El profeta Amós hace una aguda denuncia social de las prácticas que se habían generalizado en la sociedad de su tiempo. Recrimina los excesos y la falta de solidaridad de quienes han anestesiado su sensibilidad y capacidad de compasión: “No se afligen por la ruina de José” (Am 6,6). El evangelista Lucas nos relata la parábola del rico, que disfrutaba de todos los placeres que le proporcionaba su inmensa fortuna, y del pobre Lázaro que pedía limosna a la entrada de la mansión.

La 1º Carta de Pablo a Timoteo presenta el extremo opuesto, ofreciendo un perfil del creyente: “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la Vida eterna” (1 Tm 6,11). El profeta Amós nos presentó los rasgos de una sociedad decadente, Pablo nos propone el perfil ideal.
Los lectores del evangelio de Lucas, ya conocen esas temáticas: la inversión de destinos -en la tierra y en el “más allá”- y el contraste entre la riqueza y la pobreza. El Magnificat había anunciado el primer tema (Lc 1,46-55), el segundo fue proclamado en las Bienaventuranzas y Ayes (Lc 6,20-26). Con el itinerario de un viaje, el evangelista recuerda el peligro de las riquezas en contraste con el ideal cristiano (Lc 12,33-34; 14,33) y narra la parábola del rico que olvida la precariedad de la vida (Lc 12,16-21). Finalmente, desarrolla el capítulo 16 con una parábola seguida de la sentencia inequívoca “No pueden servir a Dios y al Dinero” (Lc 16,13).
El evangelio de hoy desvela nuevamente ese conflicto entre Dios y los ídolos, la cuestión de nuestra libertad y la opción idolátrica. La 1º Carta de Juan lo transmite con claridad: “Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y ostentación de riqueza. Todo esto no viene del Padre, sino del mundo” (1Jn 2,15-16). Aclarando que “mundo” tiene aquí el sentido de “mundano”. La narración se revela como una alerta sobre el peligro del egoísmo que subyace en el personaje del rico epulón. Egoísmo, gran ídolo que lleva a la destrucción de las criaturas más amadas por el Creador: nuestros hermanos y nosotros mismos. Ídolo que se opone a la vida y a la Vida.
Como toda parábola, la historia del rico epulón y del pobre Lázaro evoca una cierta realidad para sugerir otra diferente. La primera, explícita, contando lo que sucede a los personajes en el mundo de los muertos. La segunda, implícita, la realidad del mundo de los vivos. La relación entre estos dos mundos implica a la vez la voluntad divina y la responsabilidad humana. El narrador y posteriormente el lector, comprenden que tienen en sus manos el núcleo del problema…y la llave del cielo. Con la gran ventaja de estar todavía con vida, poder escuchar la Palabra de amor de Dios y actuar, en el Espíritu Santo.
Pero ¿cómo escuchar mejor la Palabra y actuar según Dios? ¿No sería la expresión el “seno de Abraham” una clave-llave para cumplir el itinerario hacia la Vida verdadera, cómo Lázaro?
En el Nuevo Testamento la expresión “el seno de Abraham”-τὸν κόλπον Ἀβραάμ-, se encuentra únicamente en Lc 16,22, simbolizando ese cielo de felicidad eterna. Sin entrar en las riquísimas interpretaciones del judaísmo basadas especialmente en la Biblia Hebrea, uno de sus orígenes e interpretaciones se remontaría a la costumbre universal de los padres de tomar en sus brazos a sus hijos o colocarlos sobre sus rodillas (cf. 2 Sam 12,3; 1 Re 3,20; 17,19), haciéndolos disfrutar de descanso y seguridad en el seno de un padre amoroso. Se suponía que el padre de todos, Abraham, actuaría de la misma manera con sus hijos, tras las dificultades de la vida presente. Siendo Abraham el “representante” de Dios, el que lo hace “presente”, la expresión “estar en el seno de Abraham”, significaría estar en reposo y felicidad con Dios, en el amor.
Este sentido es apoyado en el Cuarto Evangelio, cuando se lee “en el seno”, κόλπον (kolpon). En el Prólogo, expresa la infinita comunión de amor entre el Padre y el Hijo: “Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre” (Jn 1,18). En la Cena, el Discípulo Amado se reclina en el seno de Jesús (Jn 13,25), signo de su intimidad y comunión de amor con el Maestro.
Nuestra fe nos revela la realidad del cielo: todos en el amor y felicidad de Dios Trinidad, como el Hijo en el Padre, cómo el Discípulo Amado en el Maestro. La Palabra, en el Espíritu Santo, nos revela el camino: el amor al Señor y a nuestros hermanos. Sólo nos queda avanzar, determinados, en el buen combate de la fe, de la mano de Cristo y permaneciendo en él.
“Si le volvemos las espaldas a Dios y nos vamos tristes, como el mancebo del Evangelio (Lc 18,23), cuando nos dice lo que hemos de hacer para ser perfectos, ¿qué queréis que haga Su Majestad, que ha de dar el premio conforme al amor que le tenemos? Y este amor, hijas, no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras; y no penséis que ha menester nuestras obras, sino la determinación de nuestra voluntad” (3M 1,7). Teresa de Jesús
🕯 Comentario al Evangelio – 18 de Septiembre de 2022: libertad vesus idolatría: «no pueden servir a Dios y al dinero» (Lc. 16,13)
por Cristina Muñoz
El evangelista Lucas nos pone ante una opción que supone una decisión radical, una tensión interiorconstante. La vida implica optar entre mal y bien, egoísmo y don, mentira y verdad, no-amor y amor. Esdecir, elegir entre Dios y los polimorfos-polifacéticos ídolos.Para todo hombre, para el discípulo, no hay ambigüedades. Optar por captar y cerrarse en el ego y supropio interés o abrir las manos en el don y el amor al otro. Cuanto más para el discípulo que no sóloreconoce al otro sino también al Otro, nuestro Dios Uno.El texto griego es claro “No pueden servir a Dios y al dinero”.οὐ δύνασθε θεῷ δουλεύειν καὶ μαμωνᾷ.Literalmente: “no pueden servir (ser esclavos de) a Dios y a Mamon”.¿Qué es o quién es “Mamon”?Mamon es el término arameo para denominar al “dios de la avaricia”. Se representa como undemonio llamado Mamon, figura de la avaricia. La transcripción griega para mamon es μαμωνάς(mamonás), origen del término no sólo de Lc 16,13 sino también del utilizado en Mt 6,24, durante el Sermónde la Montaña. (1)

Jesús en el evangelio afirma que necesitamos hacer una opción fundamental acerca de los bienes de la tierra: liberarnos de su tiranía. La idolatría a Mamon, es incompatible con el servicio a Dios. (2) Cediendo a la tentación del poder, del poseer, el corazón se cierra a Dios y se cierra al prójimo, nuestro hermano. La 1°Carta de Juan lo recuerda “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado yle cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17).La imaginería de la Edad Media, talló en la piedra el significado de la idolatría. En la basílica deVézelay, un capitel representa la idolatría del Pueblo, que construyó un ternero de oro para adorar, mientrasMoisés estaba en la Montaña hablando con Dios (Ex 32).Sobre el ternero de oro se ve un horrible demonio riendo burlón. Pero, si miramos bien todo el capitel, se ve un personaje que se aproxima, con la figura de un pastorque carga sobre sus hombros una oveja…Ese personaje, que no está en la narración del Éxodo, ¿no será elPastor misericordioso, Nuevo Moisés, que viene para salvar a su pueblo de ídolos que conducen a la muertey para darnos la Vida? (Lc 15,1-10).Nuestro Dios, por amor, nos ha creado a su imagen. Significa que somos criaturas con el don de lalibertad, capaces de amar. Sólo podemos amar porque somos libres. Podemos optar libremente entre losdioses polifacéticos, Mamon, y el Dios verdadero Trino y Uno. Nuestra libertad estaba opacada, herida, pornuestras malas opciones, por el pecado. Sin embargo Dios jamás nos abandona y el Hijo de Dios se encarnópara darnos de nuevo la Vida y la libertad. “Esta es la libertad que nos ha dado Cristo” (Gal 5,1).¿Cómo colaborar con el Señor para que, con libertad más plena, aprendamos a dejar la esclavitud delos ídolos y adorar a Dios y amar a nuestros hermanos, en el Espíritu Santo?La 1º Carta a Timoteo, nos da claves esenciales. “Te recomiendo que hagan peticiones, oraciones,súplicas y acciones de gracias por todos los hombres,… y lleven una vida de piedad y dignidad. Esto esbueno y agradable a Dios, nuestro Salvador…” (1Tm 2,1-2). Abriéndonos al Espíritu Santo con la oracióny una vida agradable a Dios, él nos va transfigurando, transformando, para que tengamos la verdaderalibertad de los hijos de Dios y optemos siempre por él, por el amor.Otro capitel de la Basílica de Vézelay, nos muestra al profeta Daniel, que supo optar rechazando alos ídolos y adorando al Dios Único (Dn 6,17-24). Él lo ha salvado de los leones que aún lo rodean y se love con paz en su rostro, transfigurado. Está rodeado de una mandorla, signo de la luz divina que ilumina su interior. Porque él “había confiado en su Dios”.
(1) “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón… Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno yamará al otro, o se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero” (Mt 6,21.24).(2) 1 Jn 2,16
🕯 Comentario al Evangelio del 11 de Septiembre de 2022: ¡alégrense conmigo! Nuevas historias de un pastor, una mujer, un padre…
por Cristina Muñoz

La liturgia de este domingo nos conduce por un itinerario de misericordia.
“Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo” (Ex 32,14). En el libro del Éxodo, la misericordia de Dios se manifiesta perdonando la infidelidad de su pueblo. “¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas!” (Sal 50,3). En el Salmo 50 el pecador arrepentido confiesa sus faltas y su confianza infinita en la misericordia de Dios.
“Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús” (1 Tm 1,14). El amor misericordioso de Jesucristo ha hecho de Pablo un hombre nuevo, revela la 1º Carta a Timoteo.
El Evangelio según Lucas en el capítulo 15, presenta tres narraciones que revelan la misericordia divina: la oveja perdida y su pastor, la dracma perdida buscada por la mujer, el hijo alejado y esperado por el padre. Con la liturgia de hoy, nos centraremos en la narración de la oveja y el pastor.
“Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: «Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,4-7).
Contemplando esta narración en la experiencia de nuestra vida, podemos percibir el esplendor de la misericordia del Señor y su locura de amor por nosotros en su “entusiasmo” para buscarnos, protegernos y salvarnos.
Deja noventa y nueve ovejas para ir en busca de la oveja perdida. Dios nos ama con locura y su amor misericordioso es algo misterioso, increíble, infinito. Nos lleva a permanecer con él, en él, Buen Pastor que nos pastorea e invita a pastorear a nuestros hermanos.
La Biblia Hebrea presenta con frecuencia esta imagen del Pastor bueno del Pueblo de Dios. Siempre en relación con el amor, la misericordia de Dios, su רַחֲמִים ra’hamim O revelando su היסד hesed, bondad amorosa y fiel, que nos une a él.
“Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a descansar –oráculo del Señor–.Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y curaré a la enferma…” (Ez 34, 15-16).
“Como un pastor él apacienta su rebaño; lo reúne con su brazo, lleva sobre su pecho a los corderos y guía concuidado a las que han dado a luz” (Is 40, 11). “Naciones escuchen la Palabra del Señor; anúncienla en las costas más lejanas: «El que dispersó a Israel, lo reunirá y lo cuidará como un pastor a su rebaño” (Jer 31, 10).
En el Nuevo Testamento también es frecuente el simbolismo del Pastor bueno misericordioso. Citamos solos dos de las narraciones que lo presentan, en los Sinópticos. «Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas sin pastor» (Mt 9, 36). «Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato» (Mc 6, 34).
El Cuarto Evangelio revela ampliamente la riqueza de esta imagen del Salvador, Dios protector que da Vida y Vida en abundancia. El contexto donde el narrador sitúa la alegoría del Buen Pastor es la celebración de Sucot, fiesta que celebra la protección divina durante la marcha del Pueblo en el desierto e invita a la hospitalidad y protección de los hermanos.
“Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre– y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor… Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos” (Jn 10,14-16.27-28).
En la época Paleocristiana, una de las pinturas más frecuente en las catacumbas era precisamente la imagen del Buen Pastor. Imagen que integraba al Buen Pastor del Cuarto Evangelio (Jn 10) con el pastor que busca a la oveja perdida y se alegra cuando la ha hallado, de los Sinópticos (Lc 15,1-10; Mt18,12-14).
La primer Iglesia, en esa época de persecuciones, simbolizaba así a Jesucristo, salvador bondadoso, protector. La figura del Buen Pastor es interpretada como una de las imágenes emblemáticas en la creación y expansión de la iconografía cristiana. Su relación con mitos y leyendas del mundo greco romano, enriquece aún más el significado cristiano.
Descubrimos este vínculo legendario en el evangelio de la liturgia de hoy. Lucas es el único en mencionar que el pastor trae la oveja sobre sus hombros: “Cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría” (Lc 15, 5). El origen probable de este tema es el Hermes Crióforo, que porta la oveja del sacrificio, una figura habitual en el mundo tardo-romano (ca. 325 d.C.), pieza realizada durante el periodo constantiniano. “Crióforo” (κριοφόρος “portador del carnero”), en la cultura griega es un epíteto de Hermes. Designa además un tipo de representación iconográfica que conmemora el solemne sacrificio de un carnero. Según la tradición, Hermes había librado a la ciudad de una peste al rodear las murallas de la ciudad llevando un carnero sobre los hombros. Una vez más el simbolismo del dios que salva, protege, da vida (1).
El tema del Buen Pastor en las catacumbas paleocristianas presenta un pastor de aspecto romano, con pelo rizado. En iconografía, es la primera imagen de Cristo conocida, al mismo tiempo que su símbolo.
La pintura de las catacumbas posee una técnica poco desarrollada, plantea problemas de perspectiva y volumen. Es esquemática, hecho que al contemplarla produce un mayor impacto sobre su significado (2). En la catacumba de San Calixto, el Buen Pastor es el centro de la composición. Aparece rodeado por un círculo rojo, enmarcado por cuatro lunetas, cada una de ellas con la figura del pavo real. El pavo real simboliza la inmortalidad y el recuerdo del Paraíso. El árbol de la Vida crece junto al Pastor. El conjunto está dentro de otro gran círculo. En iconografía el círculo representa lo eterno y lo divino, mientras que el cuadrado, lo terrestre y perecedero.
La imagen revela así la divinidad del Pastor bueno, eterno, que nos porta en su encarnación y cruz y nos lleva
con todas nuestras pobrezas, para elevarnos en su resurrección y darnos la Vida.
La profundidad de los escritos bíblicos que revelan al Buen Pastor y la iconografía cristiana que con sus líneas y colores nos hace percibir la belleza de nuestro Dios, nos abren aún más al misterio de su amor. Misterio de amor que nos transfigura y envía a nuestros hermanos, para anunciarles que la Vida nos es dada y seremos por toda la eternidad en la alegría del cielo, un solo Rebaño con un solo Pastor.
“Para los cristianos no existen los “extraños”. Nuestro “Prójimo” es todo aquel que en cada momento está delante de nosotros y que nos necesita, independientemente de que sea nuestro pariente o no, de que nos caiga bien o nos disguste, o de que sea “moralmente digno” o no de ayuda. El amor de Cristo no conoce fronteras, no se acaba nunca (1Cor13,4-7) y no se echa atrás frente a la suciedad y la miseria. Cristo ha venido para los pecadores y no para los justos, y si el amor de Cristo vive en nosotros, entonces obraremos como El obró, e iremos en busca de las ovejas perdidas”.
Edith Stein, El misterio de la Navidad, Obras completas V, Escritos espirituales, Monte Carmelo, Burgos, 2005
(1) Otro antecedente residiría en el “Moscóforo” griego, sustituyendo el ternero por una oveja.
(2) La figura de Cristo como Pastor, es recurrente en la iconografía paleocristiana como dijimos y observamos en las catacumbas de Priscila, de Domitilia y en la cripta Lucine de San Calixto en Roma (s.III) y en Gala Placidia en Ravena (del 430)
🕯 Comentario al Evangelio del 4 de Septiembre de 2022: ser discípulos. Llamado y libertad
por Cristina Muñoz

“El que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo (1). El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26-27).
El evangelio de este domingo siempre nos inquieta un poco. A los consagrados quizás nos confirma en nuestro llamado pero…el evangelio no es sólo para monjas y monjes. El evangelio es para todos nosotros, discípulos.
Leamos en clave positiva: “Si quieres ser mi discípulo”…
Ser un auténtico discípulo de Jesús, implica un llamado de Dios que significa radicalidad y propone rupturas, pide una respuesta con nuestra libertad…y la poderosa sabiduría y fuerza del Espíritu Santo.
“¿Y quién habría conocido tu voluntad si Tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu Santo Espíritu?” Sab 9,17
¿Por qué desapego, separación, renuncias, para ser discípulos de Cristo? Una vez más, la respuesta es el amor. La radicalidad que nos pide el Señor para ser sus discípulos deja claramente formulada la exigencia de evitar las ambigüedades. Seguirlo significa definirnos y decidirnos con toda nuestra libertad. Dios nos ha creado por amor y para amar. Todo nuestro ser está hecho para amar. Por eso la primacía del amor a Dios, que nos amó primero y nos transfigura en el Espíritu, es esencial para llegar a amar verdaderamente a nuestras familias y hermanos cercanos y lejanos. Entonces seremos capaces de amar al “Dios que no vemos” y amar “al hermano que vemos” (cf. 1Jn 4,20-21).
Por cierto nuestra “cruz” estará en el camino, como lo está en todos los caminos de todos nuestros hermanos del mundo. Pero no es para detenernos en ella, sino cargarla y atravesarla con Cristo, siguiendo a Cristo, para que ella sea fuente de Vida para nosotros, nuestros hermanos, nuestro mundo.
En la Carta a los Filipenses, Pablo nos enseña con su propia experiencia.
“Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos. Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús” (Fil 3,8-14).
El mismo Espíritu Santo nos dará ese conocimiento (cf. Jn 16,13-14; 1Jn 2,27).
“Así debemos pensar los que somos maduros; y si en alguna cosa ustedes piensan lo contrario, Dios los iluminará” (Fil 3,15).
La Madre, Teresa de Jesús, nos revela todo en su poema “Dichoso el corazón enamorado”:
“Dichoso el corazón enamorado
que en solo Dios ha puesto el pensamiento;
por él renuncia todo lo criado,
y en él halla su gloria y su contento.
Aun de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso”.
La tarea es despertarnos a amar.
Sin temor, con nuestra libertad de hijos de Dios, también escribe Teresa:
“No haya ningún cobarde.
Aventuremos la vida.
Pues no hay quien mejor la guarde
que quien la da por perdida”.
Imagen: Jesús enseña a sus discípulos, ícono, Rusia, s. XV.
(1) Aunque frecuentemente ambos términos son traducidos de la misma forma, Mateo (Mt 10,37) ha preferido “amar… más que a mí” (φιλεω… ὑπὲρ ἐμὲ) al término “odiar” (μισώ) que existe en Lucas, hecho que denota que ha habido una corrección. La mayoría de los autores piensa que el tenor original, más semítico, propio de los predicadores itinerantes que pusieron muy en práctica la vida de Jesús, se ha mantenido en Lucas (también se usa “odiar” en el Evangelio de Tomás 55 y 101). Algunos profetas itinerantes llevaron hasta el extremo la renuncia al estatus familiar y utilizaban “odiar”, con todo el semitismo que ello comporta. Esto explicaría el uso en Lc del término “odiar”, que contradeciría el hecho que Jesús sin cesar pide amar, incluso a los enemigos (cf. J.H. Peláez s.j., Homilítica, Pontificia Universidad Javeriana).
🕯 Comentario al Evangelio del 28 de Agosto de 2022: «amigo acercate más» (Lc13,24)
por Cristina Muñoz
Como eclipsado por la celebración dominical, festejamos hoy a Agustín de Hipona. Fue sin dudas una mujer, su madre Mónica, su inspiradora y guía hacia Jesucristo, en el itinerario de vida del gran doctor de la Iglesia, profundamente humilde. (1) ¿El gran Agustín y la humildad?
“Quisiera, que te sometieras con toda tu piedad a Dios y no buscaras, para perseguir y alcanzar la verdad, otro camino que el que ha sido garantizado por Jesucristo, y por eso vio la debilidad de nuestros pasos. Ese camino es: primero, la humildad; segundo, la humildad y tercero, la humildad. No es que falten otros preceptos, es decir otros mandatos impuestos o establecidos por Dios como nuestra suprema autoridad; pero si la humildad no va delante, no nos acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones, entonces, el orgullo nos arrebatará de las manos todo cuanto hayamos alcanzado de bueno, cuando nos felicitemos por una buena acción” (Carta 118,22).
A través de un camino laborioso, Agustín, transfigurado por el Señor, fue encarnando la sabiduría y la humildad del Maestro. Percibió que toda la Escritura nos llama a la humildad, que la Palabra nos hace descubrir esa humildad, como fuente de plenitud y alegría.

Así lo proclama el profeta Sofonías:
“Busquen al Señor, ustedes, todos los humildes de la tierra, los que ponen en práctica sus decretos. Busquen la justicia, busquen la humildad… ” (So 2,3)
El profeta revela que el pueblo del Señor será pobre y humilde, desbordante de alegría.
“Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde (2), que se refugiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá injusticias ni hablará falsamente; y no se encontrarán en su boca palabras engañosas. Ellos pacerán y descansarán sin que nadie los perturbe. ¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!…” (So 3,12-14).
Lo maravilloso es que esa alegría no es sólo la de la hija de Jerusalén sino la del Dios que nos ama primero y exulta por nosotros.
“Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos! ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso! Él exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta” (So 3,16-18).
¡El Dios que nos ama tanto, que está en nosotros y en medio de nosotros, ante nuestra pobreza y humildad, exulta de alegría por nosotros!
Humildad y alegría, también humildad y confianza. El Señor pone toda su confianza en los humildes. La Palabra lo expresa con el gran Moisés, mediador para liberar al Pueblo.
“Ahora bien, Moisés era un hombre muy humilde, más humilde que cualquier otro hombre sobre la tierra… Y el Señor les dijo: “Escuchen bien mis palabras: Cuando aparece entre ustedes un profeta, yo me revelo a él en una visión, le hablo en un sueño. No sucede así con mi servidor Moisés: él es el hombre de confianza en toda mi casa” (Nm 12,3.6-7).
Nosotros, por el don de la fe, sabemos que la verdadera humildad es la del Hijo de Dios. Escribe Agustín: “Donde está la humildad, allí está Cristo” (Tratado sobre la primera Carta de San Juan, Prólogo).
Él nos llama a seguir su camino, único posible para poder amar. Lo proclaman las cartas paulinas, entre ellas, Efesios: “Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor” (Ef 3,2). Humildad que es, como el amor y la fe, don del Dios Trino.
La humildad deviene alegría en Cristo, confianza, amor mutuo. Y en esencia, reconocimiento de todos los dones que el Señor nos entrega, para que portemos mucho fruto, fruto en abundancia (Jn 15,8-9). Esa es la gloria del Padre y del Hijo, en el Espíritu, para nosotros sus hijos amados.
“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor, y nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús. Porque el mismo Dios que dijo: «Brille la luz en medio de las tinieblas», es el que hizo brillar su luz en nuestros corazones para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo. Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, y se ve bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios (2 Cor 4,5-7).
Por eso, desde ahora y por la eternidad,“mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador… ”
(1)“No sabía esto mi madre (que estaba gravemente enfermo), pero oraba por mí ausente, escuchándola tú, presente en todas partes allí donde ella estaba, y ejerciendo tu misericordia conmigo donde yo estaba, a fin de que recuperara la salud del cuerpo, todavía enfermo y con un corazón sacrílego”( Conf. 5,16).
(2) דָ֑ל וְ עָנִ֖י Lit. “pobre y humilde”.
🕯 Comentario al Evangelio del 21 de Agosto de 2022
«LA PUERTA DEL CIELO. Traten de entrar por la puerta estrecha…” (Lc 13,24)
por Cristina Muñoz
Las puertas hablan. Hacemos la experiencia en nuestra vida: puertas cerradas que atemorizan o prohíben o aíslan, puertas abiertas que comunican e invitan o abren a nuevos caminos…
En la historia de la Salvación, la Palabra nos presenta también puertas que hablan y pueden ser inicio de renacimientos.

Una de ellas es revelada a Jacob en Gn 18,11-17.
“Entonces Jacob tuvo un sueño: vio una escalinata que estaba apoyada sobre la tierra, y cuyo extremo superior tocaba el cielo. Por ella subían y bajaban ángeles de Dios. Y el Señor le decía: Yo soy el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac. A ti y a tu descendencia les daré la tierra donde estás acostado. Tu descendencia será numerosa como el polvo de la tierra… Yo estoy contigo: te protegeré dondequiera que vayas… Jacob se despertó de su sueño y exclamó: “¡Verdaderamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía!…Es nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo”.
Jacob se convirtió en Israel, padre de una multitud…Ese Pueblo fue descubriendo por tantas experiencias de mal y de bien, de desiertos, estepas y valles fértiles, que por sí solo no era capaz de subir al cielo, subir hasta la puerta de ese cielo.
El Señor, siempre atento al clamor de su pueblo, “escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob” (Ex 2,24). El pueblo es liberado y llega a la tierra prometida. Dios cumple sus promesas: la tierra y la descendencia numerosa. Israel experimenta nuevamente el “Yo estoy contigo’. Te protegeré dondequiera que vayas”.
Dios está con sus hijos, su pueblo, pero ellos multiplican los ídolos.
El salmista clama «Abran las puertas de la justicia y entraré para dar gracias al Señor». Pero Dios responde «Esta es la puerta del Señor: sólo los justos entran por ella» (Sal 118,19-20). ¿Dónde están los justos?
Así, durante siglos Israel sigue haciendo la experiencia que por sí solo no es capaz de subir al cielo, subir hasta la puerta de ese cielo.
Sólo resta al profeta gritar “¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti!” (Is 63,19).
Y se rasga el cielo, el Verbo se hace carne, el Hijo de Dios desciende para abrirnos nuevamente la puerta del cielo.
En el llamado de los primeros discípulos, una promesa de eternidad actualiza el sueño de Jacob: “Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn 1,51).
Es cierto, la puerta del cielo es “una puerta estrecha”. ¿Cómo haremos para abrirla? ¿Para entrar? En el Cuarto Evangelio, el Buen Pastor lo revela:
“El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas… Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas… Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento” (Jn 10,2-9).
Pero ¿por qué esa puerta es “estrecha”? Porque pueden pasar los que siguen al Buen Pastor en lo esencial: “Ámense los unos a los otros cómo yo los he amado” (Jn 15,12). Y pasan los que no lo pueden seguir porque no lo conocen, pero viven ese amor.
Por eso, es la radicalidad del amor en nuestra vida de discípulos que nos permite pasar sin dificultad y con alegría la puerta del cielo. Y no entraremos solos, sino con la multitud de hermanos con quienes compartimos el amor de Dios.
Es más. Sabemos con certeza que ninguna puerta cerrada, ni en nosotros ni en los otros, puede impedir la presencia de Jesucristo Resucitado y su envío para que seamos testigos de amor y anunciemos el Evangelio de la Paz.
“Estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20,19).
Si. “¡Felices los que lavan sus vestiduras para tener derecho a participar del árbol de la vida y a entrar por las puertas de la Ciudad!” (Apo 22,14). Si, “sus puertas no se cerraran durante el día y no existirá la noche en ella, porque la gloria Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero” (Apo21,22-23).
Teresa nos da una llave para entrar por esa puerta del amor, desde ahora y por la eternidad.
“Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración… que advierte con quién habla y lo que pide y quién es quién pide”. Teresa de Jesús, El Castillo interior, 1º Morada 1,7.
🕯 Comentario al Evangelio del 14 de Agosto de 2022
EL FUEGO DE DIOS… “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra,
¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49)
por Cristina Muñoz
El fuego, símbolo polisémico en la Biblia, posee a veces un significado aparentemente “negativo” pero que refleja en realidad su acción purificadora y transformadora del hombre (cf. Jb 1,16). Frecuentemente es signo “positivo” de la visita y presencia divina. Un itinerario muy breve de ciertos personajes de la Biblia Hebrea nos permite percibirlo.

Desde la misteriosa alianza divina con nuestro padre Abraham, sellada con “una antorcha encendida” (Gn 15,17), el signo del fuego resplandece en las narraciones bíblicas iluminando la relación auténtica de Dios con el hombre, con su Pueblo.
Se revela a Moisés en el fuego mismo.
“Allí se apareció a Moisés el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. La zarza ardía sin consumirse… El Señor lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió él… Entonces Dios siguió diciendo: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». ..” (Ex 3,2-6). Más tarde, ese fuego, como luz divina, resplandecerá en el rostro de Moisés al bajar del Sinaí.
Las narraciones sobre el profeta Elías, están signadas por el fuego “Después surgió como un fuego el profeta Elías, su palabra quemaba como una antorcha”. (Ecli 48,1). En la revelación de la Montaña, “Dios no estaba en el fuego” (1Re 19,12) sino en otro símbolo que también anuncia la presencia de Dios: el soplo, la brisa ligera. Literalmente del hebreo “el murmullo del silencio”. ¿No sería ese “murmullo del silencio” el fuego crepitante divino en el silencio contemplativo de una montaña? Como un cumplimiento de su itinerario con el fuego de la presencia divina, el profeta es arrebatado al cielo bajo su signo: “Mientras iban conversando por el camino, un carro de fuego, con caballos también de fuego, los separó a uno del otro, y Elías subió al cielo en el torbellino”. (2Re 2,11).
Aluden al fuego de Dios narraciones de los Profetas Mayores – Isaías (Is 6) o Ezequiel (Ez 6)- o de los demás Escritos –Ketuvim– con Daniel (Dn 7,10), al igual que otros libros de la Biblia Hebrea.
¿Pero qué misterio encierra ese fuego-presencia de Dios? Quizás el Cantar, el poema del amor recitado en la celebración de Pesah, nos revela ampliamente ese misterio.
“Grábame como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu lazo, porque el Amor es fuerte como la Muerte, inflexibles como el Abismo son los celos. Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas del Señor. Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo…”. (Ct 8,6-7).
Si, el fuego es fuego del Amor de Dios, presente en nosotros, sus hijos, su Pueblo. Amor presente y eterno y Vida sin fin, que nada ni nadie puede apagar.
Lo van revelando esa Alianza sellada con Abram, con una antorcha inflamada que separa para unir, o las llamas que no consumen la zarza y signan el envío de Moisés, o el fuego de la elevación de Elías en la montaña hasta su elevación al cielo.
En la plenitud de tiempos, Jesucristo, Hijo de Dios, revelará plenamente con su encarnación la identidad de ese fuego.
Juan Bautista, en el evangelio de Mateo anuncia un “itinerario del fuego”: “Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego” (Mt 3,11).
Lucas presenta el itinerario de la promesa y cumplimiento en el Espíritu Santo.
“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49). Fuego inextinguible que se alumbrará con su vida y el bautismo de la pasión y resurrección.
Desde esa hora, es fuego de Amor y Vida en los discípulos que caminan con él “Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». (Lc 24,32). En la catequesis de Lucas, el fuego alumbrado por el Resucitado no sólo estará en los corazones de los discípulos sino que vendrá sobre la comunidad reunida como fuego del Espíritu en Pentecostés “Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. (Hech 2,3-4).
Ese fuego divino de Amor y Vida permanece en nosotros. Sus llamas nos transfiguran en testigos y discípulos anunciadores del Señor.
¡Locura de Amor de Dios que nos inflama en su Amor y envía para que todos nuestros hermanos, nuestro mundo, sean alumbrados por él!
«Vía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla. […] No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman Querubines […]. Viale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios»
Teresa de Jesús, Libro de la Vida, XXIX.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo de Pascua del 17 de Abril 2022
por Virginia Azcuy
«María Magdalena va al sepulcro y observa que la piedra está retirada» (Jn 20,1).
¿Se han llevado al Señor? No, ha resucitado y camina en medio nuestro…
¡Que sepamos tener ojos para verlo y voz para anunciarlo!
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo de Ramos del 10 de Abril 2022: preparando la Pascua
por Virginia Azcuy

La liturgia cristiana, en la mayoría de sus confesiones, propone el domingo anterior a Pascua la celebración de la fiesta del Domingo de Ramos para dar inicio a la Semana Santa. En ella conmemora la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén, un episodio que está presente en los cuatro evangelios. Una característica distintiva de esta fiesta es la bendición y distribución de ramas de palma o de olivo, que representan las ramas de árboles nativos utilizados por la multitud en la entrada de Cristo en Jerusalén y se emplean en la procesión de los ramos. Luego de la celebración los cristianos/as llevan estas ramas a sus casas y muchas veces arman o renuevan sus altares domésticos con los ramos bendecidos.
La lectura de la Palabra de Dios que acompaña la fiesta de Ramos se inicia con el relato de la entrada en Jerusalén y continúa con el relato de la pasión (cf. Lc 22,14-23,56). Con esta secuencia lo que se pone de manifiesto es que Jesús, primero, es aclamado como Rey con entusiasmo por la multitud, pero luego -cuando él es detenido y acusado- es la misma multitud la que pide su condena. Lo que hace Jesús una vez llegado a Jerusalén no es algo distinto a lo que ha enseñado: que la vida cristiana es servicio y entrega de sí, como lo simboliza en el don del pan y el vino que comparte en la cena pascual con sus discípulos (cf. Lc 22,26-28). Para seguir al Señor en este camino, necesitamos renovar el espíritu de conversión y la disposición a la reconciliación.
Ante todo, el Domingo de Ramos podemos leer pausadamente el relato de la pasión, recordar los detalles, los rostros de quienes rodean a Jesús, los diálogos. El himno pre-paulino de Fil 2,6-11 nos resume el misterio del abajamiento y la exaltación de Cristo: Cristo es el Dios abajado, el que toma la condición humana, se hace siervo y obediente hasta la muerte de cruz. Todo esto por amor, por nuestra salvación (cf. 2Cor 8,9). Porque Cristo se abaja, Dios lo eleva y exalta, es decir, lo resucita y lo hace Señor, para que por la fe de los creyentes -nosotros- sea alabado. En esta fiesta de Ramos, nos preparamos para celebrar el gran misterio cristiano que es la Pascua, el paso del abajamiento de la cruz a la elevación de la resurrección. Nos preguntamos cómo nos habla el Señor en las humillaciones de nuestra vida y le hablamos a él de ellas: Jesús, ayúdanos a sobrellevarlas con paciencia y a luchar para superarlas. Agradecemos a Dios que rescata de la cruz y de la muerte, para darnos nueva vida: danos, Señor, la esperanza que no defrauda.
Entre los distintos personajes que encontramos en el relato de la pasión, quisiera llamar la atención sobre la escena de las hijas de Jerusalén: “Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres llorando y lamentándose por él. Jesús se volvió y les dijo: Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque llegará un día en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, los vientres que no concibieron, los pechos que no amamantaron!” (Lc 23,27-29). ¿Cómo entender este mini-relato? Las mujeres muestran su compasión hacia Jesús como rey y profeta; sus lágrimas recuerdan la petición que David hace a las mujeres de Israel de llorar por la muerte de su hijo Saúl (2 Sam 1,24). Al lamentarse por Jesús, dan cumplimiento a la profecía de Zacarías: “Se lamentarán por él como por un hijo único y lo llorarán amargamente como se llora al primogénito” (Zac 12,10b). Jesús, hijo único y amado, llorado como rey humillado. Jesús, el que lloró por Jerusalén (cf. Lc 19,41-44), también llora por nosotros/as, por nuestros sufrimientos y humillaciones, para regalarnos la esperanza de la pascua. Que este Domingo de Ramos nos conceda comprender aquellas lágrimas de Jesús…
🕯 Comentario al Evangelio del Quinto Domingo de Cuaresma del 3 de Abril 2022: desde ese otro lugar
por Virginia Azcuy

La historia humana está llena de páginas bellas, pero también está plagada de escenas de horror. Cómo quisiéramos, en tantos momentos de la vida personal y común, que la fidelidad en el amor, el perdón sincero y el don de la paz, tuvieran la última palabra. Sin embargo, sabemos por experiencia que la vida y la liberación se abren paso desde la muerte y la esclavitud. La esperanza de un nuevo comienzo reposa en la memoria de una acción salvadora llamada a renovarse: “Así habla el Señor, el que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas (…) No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?” (Is 43,16.18-19). En cada éxodo y en cada pascua, se prolonga la invitación a una vida de fe capaz de continuar la obra de la justicia.
El relato de Juan 8,1-11, conocido la historia de “la mujer adúltera”, nos ilustra de manera contundente cómo la salvación cristiana no viene por la ley (por más que esta tenga su valor), sino por una fe que pone en práctica la justicia de Dios (cf. Fil 3,9). Una mujer sorprendida en adulterio fue llevada por los escribas y los fariseos ante Jesús y puesta en medio de todos. La acción de los acusadores interrumpe, en principio, la enseñanza del Señor, quien continuará lo suyo en la escena provocada por los defensores de la ley. Nada se sabe de quien estaba cometiendo adulterio con la mujer, de manera que solo ella es acusada. Ellos se basan en la ley de Moisés que prescribía apedrear a quien fuera encontrado en adulterio y tratan de probar a Jesús y ponerlo de parte de ellos: “Y tú, ¿qué dices?” (Jn 8,5). Pero Jesús se sitúa desde otro lugar, no del lado de una ley que condena, sino desde una justicia que perdona. Lo sorprendente del relato es que Jesús, con una intervención certera, invierte la situación de sus interlocutores: “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra” (Jn 8,7). Como si les dijera: olviden ahora la ley de Moisés y miren sus propias vidas ¿están en condiciones de acusar a otro/a? El planteo de Jesús opera como criterio de examen de conciencia y todos se retiran de la escena.
¿Cómo termina el relato? Veamos: “Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». Yo tampoco te condeno –le dijo Jesús–. Vete, no peques más en adelante” (Jn 8,9-11). Las preguntas de Jesús apuntan a una constatación: los que vinieron a acusarte en público, se fueron acusándose a sí mismos en privado. La inversión: los acusadores terminaron acusados y la acusada sin acusación, aunque no se eliminó su pecado, pero sí la condena. Porque Jesús no vino a juzgar y condenar, sino a salvar por la fe (cf. Jn 3,17-18). ¿Cuál es ese otro lugar desde el cual Jesús habla y mira? Lo dice también este evangelio: “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no muera” (Jn 3,16). Jesús habla el lenguaje del amor de Dios, no está dispuesto a condenar sino a salvar. A esta altura podemos renombrar el relato que hemos leído, por ejemplo, como la historia de “la mujer perdonada” o “liberada de sus acusadores”, la historia de “la mujer rescatada”.
¿Qué podemos aprender de este evangelio? ¿Cómo se manifiesta la pasión salvadora de Jesús frente a la ley de Moisés? ¿Qué razones existen para criticar la absolutización de la ley y el castigo? El relato de Jn 8,1-11 es quizás uno de esos pasajes de las Escrituras que nos muestran la función “desbaratadora” de las palabras y acciones de Jesús. Que siguiendo sus pasos podamos contribuir a desbaratar toda forma de legalismo o moralina elitista, las fachadas de santidad realizada. Que seamos encontrados y sepamos encontrar desde ese otro lugar.
🕯 Comentario al Evangelio del Cuarto Domingo de Cuaresma del 27 de Marzo 2022: reinicio
por Virginia Azcuy
En medio de un mundo atravesado por las guerras, en días en que el conflicto entre Rusia y Ucrania parece lejos de retroceder y acabarse, resulta difícil y a la vez importante preguntarse por el significado de la reconciliación, el perdón y la paz. No se trata evidentemente de asuntos teóricos y abstractos, sino de tareas inmensas y desafiantes de todos los tiempos, en todos los niveles, desde lo personal y vincular hasta lo internacional y geopolítico. En la liturgia cristiana, el tiempo de cuaresma, como preparación a la pascua, incluye un conjunto de lecturas sobre la alegría de la salvación, la reconciliación y el perdón en su cuarto domingo: la lectura del libro de Josué recuerda la salida de Egipto y el sustento de la tierra prometida (Jos 5,9-12), el salmo responsorial invita a gustar la bondad de Dios (Sal 33), la segunda lectura trata de la reconciliación (2Cor 5,17-21) y la parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso completa el panorama con la fiesta del perdón para el hijo arrepentido (Lc 15,11-32).

Al meditar estas lecturas, podemos considerar algunos aspectos de la salvación liberadora que nos llega de parte de Dios en Cristo, por su santa Ruaj-Espíritu, a partir de la segunda lectura. Como en otros textos paulinos, la concentración cristológica es evidente y nos abre senderos misteriosos, llenos de gracia, para la vida cristiana: “Porque el amor de Cristo nos apremia, al considerar que, si uno murió por todos, entonces todos han muerto. Y él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2Cor 5,14-15). La cuaresma se interrumpe de algún modo este domingo, para mirar la pascua como paso de la muerte a la vida, por amor; el amor de Cristo, que lo lleva a dar la vida para que nosotros vivamos, nos empuja a ser solidarias y solidarios con otros/as. La clave de la pascua está en que cada uno/a, por el bautismo, puede participar en la vida de Cristo (cf. Rm 6). En la parábola del hijo que vuelve a casa, se vislumbra la alegría del reencuentro.
La obra salvífica de Dios se explica, además, como reconciliación en Cristo: “El que vive o la que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación” (2Cor 5,17-18). La idea de “nueva creación” resalta la profundidad de la renovación obrada en la pascua, esta representa la posibilidad de un reinicio. La referencia a lo antiguo y lo nuevo se vincula, en este texto, al pecado humano y la justicia de Dios, consistiendo esta en su acción redentora: el Señor no tiene en cuenta nuestro pecado y rechazo del bien, sino que nos ofrece el perdón y la reconciliación (cf. Rm 4,8), así como el padre de la parábola no tuvo en cuenta el despilfarro de bienes actuado por su hijo menor, sino que consideró la sinceridad de su humilde arrepentimiento. Pero, a no confundirse: hubo fiesta porque hubo regreso, de la misma manera que brotará la alegría si hay deseo de vida nueva.
La función de reiniciar, en la vida cristiana, se vincula con aquello que la tradición llamó admirable intercambio: Dios tomó nuestro pecado, nuestra libertad herida, para regalarnos su justicia, su perdón misericordioso, así nos reconcilió, dándonos la oportunidad de una vida nueva. A esta humanidad capaz de ir a la guerra y matar a tantas hermanas y hermanos -en la cual tenemos parte-, Dios la vuelve a apremiar a una vida nueva, a reiniciar el camino hacia la pascua y la liberación. Que seamos capaces de emprender siempre el camino de regreso.
🕯 Comentario al Evangelio del Tercer Domingo de Cuaresma del 20 de Marzo 2022: lo inesperado
por Virginia Azcuy
En el tiempo de cuaresma, somos invitadas/os a reconocer la tentación, la debilidad que acompaña a la existencia humana, nuestra capacidad de infidelidad; pero eso no es todo: el tiempo de cuaresma que prepara a la pascua es un tiempo para meditar que Dios es fiel, como lo recuerda san Pablo a la comunidad de Corinto: “Hasta ahora ninguna prueba han tenido que sobrepase lo humanamente soportable. Dios es fiel y no permitirá que sean probados por encima de sus fuerzas, sino que junto con la prueba hará que también encuentren el modo de sobrellevarla” (1Cor 10,13). La fidelidad de Dios se manifiesta en la tentación, en la debilidad y la prueba, despertando en nosotros la capacidad de búsqueda, oración y conversión. Meditar sobre la fidelidad de Dios en Israel, en la Iglesia de todos los tiempos y en el presente puede ser una fuente de consolación y esperanza para aquello que nos toca vivir hoy.

Las lecturas de este tercer domingo de cuaresma nos ayudan en esta meditación de la Palabra. La lectura del libro del Éxodo nos presenta el relato de la revelación de Yahvé Dios a Moisés en la zarza ardiente y el envío del profeta (cf. Ex 3,1-15). Las parábolas de la misericordia contenidas en el capítulo 15 de Lucas, sobre todo la del hijo pródigo o el padre misericordioso (cf. Lc 15,1-3.11-32), son una especie de traducción cristiana del Salmo 102 que canta que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. El texto de la primera carta a los cristianos de Corinto (cf. 1Cor 10,1-6.10-12), a diferencia de la parábola que muestra las relaciones de un padre con sus dos hijos, nos invita a profundizar la tentación y la infidelidad en clave de pueblo de Dios, es decir, como comunidad eclesial pecadora y necesitada de reforma. La clave de la alegría que nos propone Lucas con insistencia nos ayuda a mirar nuestra infidelidad con esperanza, no porque transitar el desamor sea una meta sino porque podemos regresar.
Estas lecturas y el evangelio de la fiesta de san José (me han llamado la atención sobre lo inesperado de Dios. La fidelidad misericordiosa del padre en la parábola del hijo alejado y arrepentido es algo totalmente inesperado (Lc 15,11ss); el comportamiento de Jesús en relación con sus padres en el viaje de regreso desde Jerusalén y su permanencia en el templo entre los doctores de la ley también resulta una situación doblemente inesperada (2,41-51a). Lo inesperado de Dios puede entenderse como una irrupción en medio de lo cotidiano, de la normalidad y también como una señal diferenciadora entre la ley, lo acostumbrado y la acción novedosa e imprevisible del Señor en nuestra vida. La fiesta del perdón es algo inesperado, siempre de alguna manera inmerecido; los designios de Dios también lo son, tanto los de la vida de los hijos como aquellos que rodean la vida de los padres, como lo fue para José y María cuando Jesús les anunció misteriosamente que debía ocuparse de las cosas de su Padre. La acción de la Ruaj-Espíritu es siempre algo inesperado en nuestra vida, porque es don.
Que en esta cuaresma nos dejemos sorprender por el amor misericordioso de Dios por caminos nuevos, desde lo inesperado; que la tan ansiada vuelta a la normalidad no nos impida mantener la apertura para aquello que trasciende los moldes y las rutinas que nos fabricamos para vivir; que el evangelio del perdón y la alegría de la hermandad nos enseñe los caminos de la paz.
🕯 Comentario al Evangelio de Segundo Domingo de Cuaresma del 13 de Marzo 2022: ojos para ver
por Virginia Azcuy
Se dice comúnmente que no hay peor ciego que el que (la que) no quiere ver, lo que puede significar que ver o no ver es, al menos en cierto sentido, una cuestión de querer, de decisión. Esta afirmación de verdad puede verificarse en la vida corriente cuando una persona, grupo o comunidad, se niega a aceptar una realidad evidente, un hecho concreto. Ver y querer ver es también en la vida de fe una cuestión fundamental: “Nadie lo ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre” (Jn 1,18). Este segundo domingo de Cuaresma, leemos el evangelio de la Transfiguración (cf. Lc 9,28-36) y nos encontramos con la cuestión de la fe como visión y del ver como camino de transformación.

El contexto del relato de la transfiguración, en el evangelio de Lucas, es el cuarto discurso de Jesús que se refiere al seguimiento. El primer discurso es el de la llanura o las bienaventuranzas (cf. Lc 6,20-49), el segundo trata sobre las parábolas (8,4-21) y el tercero se refiere a las instrucciones dadas a los Doce (9,3-5). Si en los primeros tres discursos se manifiesta la importancia de la relación con Jesús para vivir lo enseñado por él, en el cuarto se hace claro que la adhesión al Maestro incluye la comunión de destino, es decir, compartir la cruz. Esta es, por cierto, una primera clave para meditar: la transfiguración o transformación es el fruto del darse y entregarse, de la fidelidad que es capaz de una coherencia radical. Seguir a Jesús supone compartir su vida, con todas sus consecuencias, incluyendo la tentación y el mayor amor.
El relato de la transfiguración puede resumirse con un versículo: “Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante” (Lc 9,29). Jesús, Dios humanado, manifestó la gloria divina en su carne ¿por qué lo hizo? Para preparar a sus discípulos, anticipando la resurrección (gloria) que vendría después de la cruz (pasión). La transfiguración es un misterio de sombra y de luz, de abajamiento y de esplendor; estas son claves importantes para la fe cristiana y el seguimiento del Señor, porque siempre vamos por la cruz a la luz, por la noche hacia el resplandor, por la oscuridad a la claridad. También podemos constatar que la transfiguración acontece mientras Jesús oraba: es un camino que se recorre en la fe, en comunidad y en presencia del Dios que se da a conocer. Jesús se manifiesta como profeta que anuncia la pascua; esta transfiguración pascual -dice el exégeta Bovon- se da “para” los discípulos y “en ellos(as)”, indicando el camino de la Iglesia (El evangelio según san Lucas I, 707). Cuando hablamos hoy de reforma y reformas en la Iglesia, estamos apuntando a cambios de estructuras que no pueden darse sin conversión y transfiguración espiritual.
Además del registro cristológico, el relato lucano nos ofrece una perspectiva antropológica referida a nosotros. Ella se condensa en este versículo: “Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús…” (Lc 9,32). Esta parte del relato es fundamental porque no es suficiente que Dios se manifieste: el asunto está en que esa manifestación sea vista, percibida, comprendida. En un sentido estético, no hay transfiguración sin visión y toda auténtica visión lleva a una transfiguración; desde una estética teológica, se puede decir que sólo si somos capaces de contemplar y tocar la humanidad de Jesús, podemos ser transformados, salir de la oscuridad y ser traspasados por la luz. El camino hacia la pascua es exigente, pero nos ofrece la esperanza de crecer, sanar, transformar, reformar e irradiar. ¿Cómo hacer posible, en nuestra vida y para otros, el encuentro personal con Dios?, ¿cómo vivirlo y anunciarlo, retomarlo y comunicarlo, profundizarlo y recrearlo?
El relato de la transfiguración encierra un camino de santidad para todos, quienes viven en la puerta de al lado y quienes son lejanos, los que viven en Ucrania o en Rusia. Pidamos tener ojos para ver y entrañas para compartir con Jesús y los demás el camino hacia la pascua.
🕯 Comentario al Evangelio del Primer Domingo de Cuaresma del 6 de Marzo 2022: equipaje ligero
por Virginia Azcuy
La cuaresma es el tiempo litúrgico del calendario cristiano que sirve de preparación espiritualidad a la fiesta de la Pascua. La palabra cuaresma (lat. quadragesima, cuarenta días desde el miércoles de ceniza hasta la víspera del domingo de resurrección) evoca la memoria de los cuarenta días que Jesús pasó, en ayuno y oración, en el desierto. Este tiempo también sintoniza con los 40 días del diluvio universal, los cuarenta años del camino del pueblo judío en el desierto y las cuarenta décadas que duró la esclavitud de los hebreos en Egipto. Por esta serie de resonancias simbólicas que acompañan el significado de la cuaresma, la Iglesia está llamada ella misma a entrar en el desierto, de manera personal y comunitaria.

¿Qué sentido espiritual va ligado a la marcha por el desierto? No es fácil resumir toda su riqueza, pero algunas claves pueden servir para expresar su valor: la oración, la penitencia, la conversión, el ayuno y el perdón. El desierto se ofrece a nuestra experiencia sobre todo como ámbito en el cual somos invitados/as a percibir nuestras tentaciones; la importancia de este discernimiento encuentra su explicación en que sin tentación no hay salvación. Esto quiere decir que Dios nos participa su salvación en la medida en que somos capaces de reconocer nuestra tentación y pedimos, como en el Padrenuestro, no caer en ella sino ser liberados del mal. En este primer domingo de Cuaresma, el evangelio nos invita a entrar en el desierto con Jesús, para compartir con él las tentaciones, hacerlas propias y lanzarnos a nuestro propio itinerario (cf. Lc 4,13).
El relato de las tentaciones de Jesús en el desierto es conocido por los evangelios sinópticos. En la narración de Lucas, esta escena se ubica entre el bautismo de Señor y su ministerio público, como un momento determinante en la preparación a su misión. La introducción nos da una pista importante para la comprensión del conjunto: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lc 4,1). Jesús lleno del Espíritu Santo hace referencia a él como enviado, depositario de una misión y el que fuera llevado por el Espíritu destaca quien conduce el movimiento en el desierto, que es lo mismo que decir las “mociones” o “movimientos interiores”. Las tentaciones en la vida espiritual buscan alejarnos de las mociones del Espíritu o Ruaj Santa de Dios, reconocerlas nos ayuda a visualizar nuestros puntos débiles y nos fortalece.
Veamos más de cerca las tentaciones padecidas y afrontadas por Jesús: la primera tentación se aprovecha de su hambre: “Si eres el Hijo de Dios -le propuso el diablo-, dile a esta piedra que se convierta en pan” (Lc 4,3). La tentación invita a ejercer el poder en favor de un proyecto propio, pero Jesús no sucumbe y responde: “Está escrito: No solo de pan vive el hombre [Dt 8,3]” (Lc 4,4). Jesús podía haber usado su poder para convertir la piedra en pan, pero no lo hace; ¿cuál es la forma de entender y ejercer el poder que tiene Jesús?, ¿cómo se comporta con respecto a las tramas de poder? La segunda tentación seduce con la riqueza: el diablo le mostró todos los reinos del mundo y le prometió la autoridad sobre ellos a cambio de ser adorado por Jesús, pero él renuncia a este culto idolátrico que le propone reemplazar a quien adorar. Jesús vuelve a citar un pasaje bíblico: “Adorarás al Señor tu Dios y sírvele solamente a él [Dt 6,13]” (Lc 4,8). Es importante darse cuenta que el plano de la respuesta se corresponde con el lugar de dios o absoluto que el diablo da a las riquezas; la adoración solo debe darse a Dios y no al ídolo. La tercera tentación, según el orden que propone Lucas, propone una crítica al prestigio por medio de una invitación a manifestar una acción gloriosa en lugar de otra propia de la cruz. Esta última tentación tiene lugar en el ámbito del templo de Jerusalén, lugar de destino del profeta, a la cual Jesús responde con un rechazo: “No tentarás al Señor, tu Dios [Dt 6,16]” (Lc 4,12).
En esta cuaresma podemos explorar nuestro espíritu y nuestras acciones, en busca de claridad sobre nuestras tentaciones, muchas veces agazapadas detrás de nobles propósitos y lógicas razones. ¿Qué llamados de conversión experimentamos?, ¿qué estilos de vida nos alejan del evangelio y cuáles nos acercan más a Jesús?, ¿qué reformas podemos alentar en la Iglesia, si nos atrevemos a reconocer sus propias tentaciones? Que la Ruaj que nos empuja hacia el desierto nos conceda salir de él con equipaje más ligero.
🕯 Comentario al Evangelio del 27 de Febrero 2022: una fe práctica
por Virginia Azcuy
A pocos días de la invasión de las tropas rusas a Ucrania, surgen muchos interrogantes sobre la guerra, la paz, la condición humana y el lugar de la fe en la convivencia entre las naciones. ¿Qué significa, en este contexto, ser un instrumento de paz?, ¿cómo desandar el espiral de la violencia?, ¿qué manifiesta del corazón humano la acción pacífica y la acción violenta?, ¿cómo discernir la práctica del evangelio en un mundo atravesado por las fuerzas del mal? El evangelio de este domingo, que contiene un conjunto de enseñanzas de Jesús, puede acompañarnos hoy en estos discernimientos por medio de la meditación de la Palabra.

Los versículos de Lucas que leemos este domingo (Lc 6,39-45), son parte del llamado “Sermón de la Llanura” (6,17-49), que se corresponde al “Sermón de la Montaña” en Mt 5-7. Isabel Gómez-Acebo resume muy bien el cuadro general del sermón lucano: “los pobres acostumbrados a ser los últimos, serán tratados como los primeros, los enemigos como si no lo fueran y la violencia deberá dejar paso a la misericordia” (Lucas, 169). Los vv. 39-49 del capítulo 6 de Lucas, en el contexto de una exhortación a la misericordia: “sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36), puede caracterizarse como un discurso parabólico o conjunto de imágenes, que se orienta a completar las enseñanzas de Jesús dirigidas a las discípulas y los discípulos sobre las exigencias prácticas de la escucha de la Palabra: “Todo(a) el(la) que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica…” (Lc 6,47).
Repasemos las parábolas (παραβολή) propuestas por Lucas en 6,39-49: una sentencia sobre los dos ciegos (v.39b), la frase sobre el discípulo y su maestro (v.40), la sentencia sobre la paja y la viga (vv.41-42), la metáfora de los frutos del árbol con dos proverbios sapienciales negativos (v.43.44b) y una regla en forma positiva (v.44a), la sentencia sobre los frutos humanos (v.45a-b), una acusación (v.46), la parábola de las dos casas (vv.48-49) con una introducción en labios de Jesús, que da la clave de la escucha de la Palabra para todo discípulo/a (v.47). Lo primero que llama la atención es la repetición del número dos y de la pareja bueno-malo, que sirven al evangelista para recordar la seriedad de los dos caminos. Lo segundo que se puede decir es que Lucas ha reunido diversas frases de Jesús que contienen imágenes para dar una enseñanza: “Cada uno(a) de los(as) creyentes tiene ante sí una opción. Las palabras de Jesús están allí para ayudarles a elegir el buen camino con conocimiento de causa y darles la fuerza de actuar bien: con su Señor y Maestro, con sus hermanos y hermanas. Sólo la práctica revelará quienes son esos creyentes” (F. Bovon, El Evangelio según Lucas I, 485-486).
Cada una de las parábolas o imágenes abre una cantera de exploración, pero solo señalamos algunos elementos orientadores: la enseñanza de los dos ciegos apunta a la importancia de los buenos maestros y para ser buen maestro, se debe aprender primero el camino de no juzgar a los demás sino practicar la misericordia; la paja y la viga son indicadoras de la importancia de empezar por una/o mismo el camino de la conversión, en lugar de entretenerse con las debilidades de los otros/as; los frutos del árbol y los frutos humanos expresan muy bien el contenido de ética cristiana de estas enseñanzas: el discipulado se muestra en la acción; por último, las imágenes de la construcción muestran el valor de los cimientos en la vida cristiana. Si meditamos estas diversas enseñanzas parabólicas en el contexto actual, podemos descubrir cómo la vida humana está atravesada por los dos caminos y cómo la fe siempre contiene una ética (siempre que no caigamos en las deformaciones del legalismo o el gnosticismo).
Que en este tiempo que la paz entre las naciones se encuentra amenazada, podamos crecer en nuestro compromiso de no juzgar, no ejercer violencia y sobre todo de hacer la paz.
🕯 Comentario al Evangelio del 20 de Febrero 2022: confrontación de amor
por Virginia Azcuy
Luego del mensaje de la llanura, que contiene las bienaventuranzas según Lucas (cf. 6,20-26) e inclusive las maldiciones para dejar en claro los dos caminos en la vida, el tercer evangelio prolonga su enseñanza con un llamado desconcertante y demoledor: el amor a los enemigos (cf. 6,27-38). Ante todo, cabe recordar que los cristianos en tiempos de Jesús sufrían persecución y tribulaciones, es decir, vivían en un contexto adverso; pero también se puede pensar en una finalidad misionera oculta contenida en esta enseñanza, porque los adversarios de los primeros cristianos y cristianas eran también destinatarios del anuncio del evangelio de salvación dirigido a todos. En nuestros días, la enseñanza sobre el amor a los enemigos plantea una confrontación.

La lectura del libro de Samuel nos ofrece una historia de persecución, la de Saúl a David. Sabiendo Saúl que David se escondía en el desierto, acampó con tres mil hombres en la colina de Jaquilá para perseguirlo (cf. 1Sm 26,2). David se acercó de noche al campamento, mientras dormían; la lanza de Saúl estaba clavada en tierra, a su cabecera y Abisai, quien acompañaba a David, le dijo a este: “«Dios ha puesto hoy a tu enemigo en tus manos. Déjame clavarlo en tierra con la lanza, de una sola vez; no tendré que repetir el golpe». Pero David replicó a Abisai: «¡No, no lo mates! ¿Quién podría atentar impunemente contra el ungido del Señor?»” (1Sm 26,8-9). El redactor añade un detalle que da a entender la complicidad de Dios en la historia: “Nadie vio ni se dio cuenta de nada, ni se despertó nadie, porque estaban todos dormidos: un profundo sueño, enviado por el Señor, había caído sobre ellos” (1Sm 26,12). En el diálogo posterior, David enuncia una regla: “El Señor le pagará a cada uno según su justicia y su lealtad” (1Sm 26,23). David no cedió a la tentación de la violencia y Saúl, al ser confrontado por este, reconoció su pecado y bendijo a David, quien siguió su camino.
Las enseñanzas del evangelio, en otro contexto, también hablan de los temas que observamos en el relato del Libro de Samuel. En las bienaventuranzas, se anuncia la felicidad ante el odio, la exclusión, el insulto y la proscripción (cf. Lc 6,22). A continuación, Jesús enseña el amor a los enemigos: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odian. Bendigan a quienes los maldicen, rueguen por quienes los difaman” (Lc 6,27-28). También en este caso Lucas propone una regla de oro: “Hagan por los demás lo que quieren que los humanos hagan por ustedes” (Lc 6,31). No se trata simplemente de una pauta de comportamiento, sino de la verdadera clave para comprender el amor al prójimo. En el amor a los enemigos, se hace patente lo auténticamente cristiano, la novedad del seguimiento de Jesús. Nos encontramos en un punto del evangelio que plantea una confrontación: ¿quieres amar de verdad?, ¿estás dispuesto a elegir el amor al enemigo/a, al opositor/a?
Una interpretación de la exégeta Luise Schottroff puede ayudarnos en la meditación de este evangelio. Para ella, el mandamiento de Jesús sólo tiene sentido en una situación social o política concreta y plantea a los discípulos un camino de no-violencia contra el poder de los enemigos. De este modo, el amor a los enemigos queda ubicado no en el plano de los sentimientos, sino de las acciones. En nuestro tiempo, ¿cómo traducir en acciones el amor al prójimo y la confrontación del amor a los enemigos?
🕯 Comentario al Evangelio del 13 de Febrero 2022: gratuidad que suscita confianza
por Virginia Azcuy
Uno de los textos más bellos del evangelio es el de las bienaventuranzas con su doble versión: una del evangelio de Lucas (6,20-26), que leemos este domingo y otra del evangelio de Mateo (5,1-12), con sus propias características. En el caso de Mateo, las bienaventuranzas constituyen la instrucción inaugural del mensaje de Jesús y tienen como escenario la montaña (cf. Mt 5,1), por lo que reciben también el nombre de “Sermón de la Montaña” y recuerdan que Dios se revela en la altura, como lo hizo al entregar la ley a Moisés. En la versión lucana, la referencia a la montaña es anterior a esta predicación y Jesús pronuncia las bienaventuranzas al bajar a la llanura (cf. Lc 6,12.17). Aunque la doble versión contiene también otras diferencias, las visiones ofrecidas por cada evangelista, Mateo y Lucas, son coincidentes en lo fundamental: que el reino de Dios ha llegado y que la salvación que él nos trae conduce a la felicidad. ¿Cuál es el significado de esta buena noticia?, ¿qué sentidos podemos dar hoy a esta prédica de Jesús?

Para profundizar en el relato lucano de las bienaventuranzas, conviene detenerse a ver cómo está estructurado. Cada bienaventuranza se inicia con (1) una proclamación: “¡Felices!” (Lc 6,20ss), sigue con (2) un enunciado de un grupo o situación particular: “los(as) pobres”, “los(as) que lloran”, “los(as) que tienen hambre”, etc. y se completa dando (3) una razón por la cual ese grupo o situación recibirá la felicidad o bienaventuranza. Recordemos las dos primeras bienaventuranzas para ver la explicación en concreto: “¡(1)Felices ustedes, (2) los[as] pobres, (3) porque el Reino de Dios les pertenece!” ¡(1)Felices ustedes, (2) los[as] que ahora tienen hambre, porque serán saciados!” (Lc 6,1-2). A diferencia de Mateo que destaca las virtudes morales de quienes siguen a Jesús (“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos” (Mt 5,3) subraya la virtud de la humildad), en la versión de Lucas no aparece la virtud como razón de la bienaventuranza y eso deja mejor en evidencia que la felicidad es una promesa gratuita de parte de Dios. Eso no quiere decir que el mensaje no nos comprometa a la acción, sí lo hace, pero el acento no está puesto en nuestras obras sino en la gratuidad divina.
Entonces llegamos, por fin, al núcleo de las bienaventuranzas: que Dios nos promete la felicidad porque sí nomás, sin supeditar sus promesas a nuestro rendimiento moral. La lógica del Dios cristiano se sitúa en un horizonte de gratuidad, no en una dinámica de la ley; la salvación cristiana reclama en primer lugar la fe y no las obras, que son consecuencia de la vida de fe. En definitiva, el secreto de las bienaventuranzas está en el reino de Dios, en el don que él nos regala para que podamos vivir más plenamente, con la dignidad y la libertad de hijas e hijos de Dios. Un detalle más: a Lucas le gusta subrayar la importancia del tiempo presente, “los que ahora tienen hambre”, “los que ahora lloran” (6,21-22). Por eso también nos podemos preguntar a qué grupos o situaciones dirige Dios hoy sus promesas, en qué circunstancias o necesidades nos llega hoy este mensaje de las bienaventuranzas. La gratuidad del reino alcanza nuestro presente y ese es el motivo central de nuestra alegría y felicidad, la cual podemos compartir hoy.
La lectura del libro de Jeremías nos permite completar nuestra meditación sobre el sermón de Jesús: “¡Bendito[a] el hombre [la mujer] que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza! Él [ella] es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto” (Jer 17,7-8). Este fragmento de sabor sapiencial invita a la confianza y al abandono en el Señor como fuente de seguridad. También podemos orar con las bienaventuranzas en esta clave, poniendo en el Señor la confianza y abandonando en sus manos todos los grupos, las situaciones o necesidades que nos atemorizan e inquietan. Sí, al meditar las bienaventuranzas, también podemos reescribirlas: ¡Felices las que ahora sufren violencia, porque Dios las defiende y las protege! ¡Felices los que ahora están enfermos, porque el Señor es la fuente de la salud y la salvación! ¡Felices ustedes ahora que tienen sed de absoluto, porque la belleza y el amor que salvan les será dado gratuitamente!
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 6 de Febrero de 2022: si tú lo dices
por Virginia Azcuy
Nada más desafiante que salir de pesca con el equipo de pesca y la carnada adecuada; el tiempo dedicado a obtener un buen resultado y la incertidumbre que lo acompaña así lo ponen de manifiesto. Todos conocemos, por experiencia propia y ajena, algo del aburrimiento, la desilusión y los sentimientos encontrados que surgen cuando nada o poco sucede de lo esperado o cuando los resultados que obtenemos defraudan nuestras expectativas. El relato de “la pesca milagrosa” que leemos este domingo (cf. Lc 5,1-11) nos muestra una escena de Jesús y sus discípulos que tiene que ver con esta realidad y nos invita a renovar la confianza.

El evangelio de Lucas, luego de haber presentado la misión mesiánica de Jesús (cf. Lc 4,16-20), relata la llamada de los primeros discípulos. De este modo, la escena de la pesca milagrosa, que quiere decir sobreabundante, se da en un contexto vocacional. Dirigiendo la palabra a Simón, Jesús habla a los pescadores: “Navega mar adentro y echen las redes” (Lc 4,4). Él contesta: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada”, pero sabe que no puede oponerse del todo a la petición y agrega: “pero si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 4,5). En la primera parte de la respuesta, hay una cierta queja escondida: Señor, ¿cómo nos pides que echemos las redes, si perdimos el tiempo toda la noche inútilmente, sin resultado. Se trata de una reacción comprensible, humana, que trasluce el esfuerzo, la fatiga y el desaliento. Sin embargo, Simón trata de sobreponerse y mostrar algo de buena voluntad con un añadido que se acerca mucho a lo “políticamente correcto”: en fin, pienso que no tiene sentido, pero igual haré lo que me dices. Es decir, la noche me arrebató la fe confiada, ya no espero nada.
De todos modos, también podemos pensar que Simón se dejó tocar por el pensamiento “si tú lo dices” (Lc 4,5b). Porque, como le sucedía a la multitud que se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, él también debía sentirse urgido a la escucha y la disposición inmediata a la acción (cf. Lc 4,1). Si tú lo dices, ¿podría yo negarme? Si tú lo dices, puede comenzar la escucha en mí. La palabra de Jesús se manifiesta como una roca, un cimiento donde se puede construir. Si tú lo dices, mi vida encuentra un punto de apoyo. ¿Será esto lo que experimentó Simón al escuchar el pedido de echar las redes? Quizás pudo haber entendido algo así: si quieren ser mis discípulos, la condición es que sean capaces de echar las redes con confianza, en definitiva, si quieren ser discípulos o discípulas, es necesaria la fe que nos despierta la confianza en el Señor. En definitiva, lo que hace Jesús es tomar la situación cotidiana de la pesca, para mostrar lo que significa el discipulado y el seguimiento.
Lo cierto es que sucedió de acuerdo a la palabra de Jesús: “sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse” (Lc 4,6) y entonces Simón tuvo un sentimiento distinto que fue el arrepentimiento: “aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador” (4,8). Se dio cuenta que había perdido la confianza, que su fe era inmadura; no se sentía digno de estar cerca de su maestro y tuvo miedo, pero Jesús lo alentó y lo llamó hacia sí: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de seres humanos” (Lc 4,10). La misión consistirá en anunciar el evangelio de Jesucristo y despertar la fe en quienes escuchan la buena noticia de la resurrección, como se relata en 1Cor 15. Entonces, el si tú lo dices posiblemente resonó de otro modo en el corazón de los discípulos, según la hermosa imagen que da conclusión al relato: “Ellos atracaron las barcas a la orilla y abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11).
Algunas pistas para meditar con el evangelio: ¿en qué medida la queja de Simón resuena en nosotros?, ¿qué cansancios nos pesan en el presente?; ¿qué situaciones o experiencias de vida nos hacen perder la esperanza?, ¿descubrimos lo que Dios quiere decirnos a través de ellas?; por último, podemos detenernos es ese si tú lo dices… Lo repetimos interiormente, como para suscitar la escucha; intentamos orar con esas palabras, pidiendo recibir el valor y la decisión del seguimiento, más allá de los cansancios y los resultados. Si tú lo dices, que así sea. Si tú lo dices, me apoyo en ti. Si tú lo dices, todo lo puedo en ti…
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 30 de Enero de 2022: habla la vida
por Virginia Azcuy
Existe una diferencia fundamental entre pasarse la vida hablando y dejar que hable la vida. En el primer caso, se puede observar que se devalúa el peso de la palabra de tanto hablar, las palabras se pueden vaciar de sentido cuando se repiten sin profundidad o se utilizan sin mesura; el exceso de palabra o mensaje también puede conducir a la confusión y el aturdimiento. En cierto modo, esto es lo que recuerda santa Teresa: “Una de dos: o no hablar o hablar de Dios”. El segundo caso se refiere a la palabra que está enraizada en la vida, es decir, a la capacidad de la vida humana e incluso de la creación de manifestar un mensaje o comunicar una palabra desde la vida. En la historia de salvación, son los profetas y las profetisas quienes hablan de parte de Dios y Jesús de Nazaret quien habla con la vida. Su palabra y su vida van juntas: Jesús es la misma Palabra.

El libro de Jeremías comienza con un hermoso relato de vocación: “La palabra del Señor llegó a mí en estos términos: «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones»” (Jer 1,4-5). Como Jeremías manifiesta sus temores por ser muy joven, Dios toca su boca y pone sus palabras en ella, para que el profeta pueda obrar con la fuerza de Dios (cf. Jer 1,10). De manera semejante, Dios envía a quienes elige como profetas o profetisas para anunciar la conversión a su pueblo. Luego de comunicarse a través de distintos mediadores, Dios lo hace por medio de su Hijo Jesús, quien recibe la unción del Espíritu para realizar su misión mesiánica: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos” (Lc 4,18). Jesús es la Palabra que habla en la vida, en su acción de salvación. ¿Cómo nos relacionamos con Él?
En el evangelio de este domingo, se detallan diferentes reacciones frente a Jesús, el Ungido. Después de su lectura en la sinagoga, se nos dice: “Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca” (Lc 4,22a). Con lo cual, vemos que la primera reacción ante Jesús es positiva, como si al comienzo todo hubiera ido bien. Pero, a continuación, se observa un cambio brusco: “Y decían: «¿No es este el hijo de José?»” (Lc 4,22b). Esta pregunta deja entrever el paso de la admiración al desconcierto y la animosidad; el interrogante pone de manifiesto las dudas y reservas frente al origen de Jesús y su identidad. El cambio repentino de quienes lo rodean también explica su respuesta en tono de reproche, por la falta de fe de quienes lo escuchan y el posterior enojo de ellos: “todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado” (Lc 24,28-29). De alguna manera, la contraposición entre la admiración y el rechazo representa un anticipo de lo que vendrá en la vida pública del Señor. También en nuestro caso podemos preguntarnos por las etapas y los sentimientos que surgen en la relación con él.
A pesar de la confrontación, el relato concluye positivamente: “Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino” (Lc 4,30). A este camino con Jesús somos invitados e invitadas cada día. Como en su caso, también en el de quienes hemos recibido el bautismo, el llamado es acoger el Espíritu y dejarnos mover para que hable la vida. Ser profeta o profetisa es dejar que Dios pueda decir su palabra en nosotros para los demás, aprender a pasar entre medio de la adversidad y la incertidumbre. Pidamos al Señor que nos muestre su paso en nuestra vida y en el tiempo que nos toca vivir, que no dejemos de confiar en su cuidado desde el vientre materno y que sepamos alabarlo por medio de nuestras acciones (cf. Sal 70). Pidamos cada día que hable la vida.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 23 de Enero de 2022: la escucha de Jesús
por Virginia Azcuy
Muchas veces se habla de la vocación de las personas como algo diferente de la profesión, en alusión de aquello a lo cual cada una y cada uno se siente llamado en la vida. De alguna manera, se trata de la pregunta por el sentido: qué da sentido a mi vida, qué me motiva a levantarme cada día, cuál es la fuente de mi alegría. En las comunidades cristianas también es frecuente hablar de la misión en el sentido del anuncio de la Buena Noticia del evangelio. Se trata de la pregunta por la misión de la Iglesia, del don y la tarea de cada bautizada y bautizado en su ambiente y su cultura. El evangelio de este domingo nos da pistas para pensar en estos temas desde la vida de Jesús de Nazaret.

La lectura de este domingo pone en el centro el relato de la unción mesiánica de Jesús, con la cual se da comienzo formal a su ministerio público (cf. Lc 4,14-21). En el comienzo de este capítulo, Lucas muestra a Jesús movido por el Espíritu: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se alejó del Jordán [lugar del bautismo] y se dejó llevar por el Espíritu al desierto, donde permaneció cuarenta días…” (Lc 4,1-2a). Jesús entra al desierto, lugar de la tentación, conducido por el Espíritu y dejándose llevar por el soplo de la Ruaj. También en el sumario posterior al relato de las tentaciones, se repite una caracterización semejante: “Impulsado por el Espíritu, Jesús volvió a Galilea, y su fama se extendió por toda la región. Enseñaba en sus sinagogas y era respetado por todos” (Lc 4,14-15). En estos pasajes podemos contemplar al Espíritu actuando en Jesús.
A continuación, se relata la ida de Jesús a Nazaret, la entrada en la sinagoga un sábado según su costumbre y el ponerse de pie para hacer la lectura: “Le entregaron el libro del profeta Isaías. Lo abrió y encontró el texto que dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres: me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de la gracia del Señor” (Lc 4,17-19). Al finalizar la lectura, ante los ojos de todos, dijo: “Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido este pasaje de la Escritura” (Lc 4,21). Lo profetizado ayer, se cumple hoy. Jesús es el Ungido, el Espíritu está sobre él, para acompañarlo en su misión. Este relato nos recuerda la anunciación a María, cuando el Espíritu la cubrió con su sombra (Lc 1,35).
La profecía de Isaías, hecha suya por Jesús, explica en cierto modo cuál será su misión como Salvador, según el título que él recibe en este evangelio (cf. Lc 2,11). Jesús se presenta con una misión liberadora dirigida a los pobres, los ciegos y los cautivos, que hoy puede ampliarse a otros grupos humanos necesitados de salvación. Lo interesante de su misión es que esta se realiza bajo el impulso del Espíritu y la Palabra; si meditamos el relato lucano podremos ver cómo Jesús practica la escucha: escucha del Espíritu que lo mueve internamente, escucha de la Palabra que se lee en comunidad y también escucha de las reacciones que se generan ante su presencia, que van de la admiración a la indignación y el rechazo, porque nadie es profeta en su tierra (cf. Lc 4,15.22.28ss).
Que en este domingo podamos revisar la calidad de nuestra escucha en relación con nuestra misión en la vida. Cómo escuchamos el soplo del Espíritu-Ruaj, cómo es nuestro tiempo y espacio de escucha de la Palabra y de qué otros modos practicamos la escucha.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 16 de Enero de 2022: milagro compartido
por Virginia Azcuy
Cuando unimos nuestra oración y pensamiento por una intención, por una persona enferma o que pasa por una necesidad y se trata de una situación muy difícil, solemos decir que “se necesita un milagro”. De este modo, se pone en marcha una corriente de fe y amor que hace posible la esperanza del milagro y parte de la esperanza se apoya en la fuerza de la comunidad. ¿Será que la infrecuencia de los milagros tiene que ver con la debilidad de la comunidad? El evangelio de este domingo, junto a la segunda lectura, pueden darnos pistas de meditación.

El relato de “las bodas de Caná” (cf. Jn 2,1-11) no tiene paralelos en los otros evangelios, aunque presenta parentescos con las narraciones que tratan sobre la familia de Jesús (Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21), como veremos. El cuarto evangelio presenta esta historia como inauguración de la vida pública de Jesús, en la cual tiene lugar el primer “signo”, que es la forma de nombrar los milagros en este evangelio según Juan. La vida pública concluye con otro relato que está pensado en espejo con este y trata sobre María al pie de la cruz (cf. Jn 19,25-27). Una posibilidad de lectura de los dos pasajes puede hacerse con la pregunta por el principio y el fin del ministerio público de Jesús; otra es centrar la mirada en María, para observar cómo ella está presente en la vida de Jesús desde el comienzo hasta el final; finalmente, se puede considerar la realidad de la familia de Jesús y su reconfiguración al inicio de la misión de Jesús.
En atención a la lectura cristológica, de las bodas de Caná, llama la atención que es la única vez que se habla de una boda en el evangelio y, sin embargo, la figura esponsal es una clave que lo atraviesa de forma permanente y que está evocada por distintas mujeres del evangelio: la samaritana, que no tiene marido, pero encuentra a Jesús; María de Betania, quien unge a Jesús; María Magdalena, quien lo busca y lo encuentra cerca de la tumba vacía, evocando el Cantar. La biblista Mercedes Navarro nos recuerda que el símbolo de la boda, a partir de este relato, ilumina todo el evangelio que invita a la unión con Cristo. Desde el punto de vista de María, en el relato de Juan 2 se muestra una conversación, entre Jesús y María, que trasluce una transformación: María dice a su hijo “no tienen vino” (Jn 2,3) y Jesús le responde otra cosa “¿qué quieres de mí, mujer? Aún no ha llegado mi hora” (2,4). Algunas lecturas intentan entender este versículo en sí mismo; otras se sitúan en un contexto más amplio.
Pasamos, entonces, a una tercera clave de lectura del texto: la que se refiere a la familia de Jesús. En el relato de estas bodas, cuando se presentan los invitados se nos dice que “estaba la madre de Jesús” (Jn 2,1) y, a continuación, se aclara: “también Jesús y sus discípulos estaban invitados a la boda” (2,2). Queda en evidencia que Jesús ya tiene su propia vida, él y sus discípulos son mencionados aquí como grupo, que participa de la boda independientemente de su madre. En este sentido, el semitismo de la frase del v. 4 qué tenemos que ver tú y yo (que La Biblia de Nuestro Pueblo traduce como “¿qué quieres de mí, mujer?”), representa una distancia que Jesús pone con su familia de origen, similar a la que aparece en Mc 3,33: “¿quién es mi madre y mis hermanos?”. Según Mercedes Navarro, la reacción de Jesús ante la comunicación de María es una indicación de la reconfiguración familiar que Jesús lleva adelante. Al inicio de su ministerio público, ya no es la familia de origen el grupo de Jesús, sino los discípulos que comparten con él la misión y sin embargo la familia de origen se suma:
“Después [del signo], bajó a Cafarnaún con su madre, sus hermanos y discípulos, y se detuvo allí varios días” (Jn 2,12). Ahora bien, ¿quién realizó el signo? Resulta evidente que Jesús es quien actúa los signos o milagros en los evangelios. Sin embargo, en las bodas de Caná, se nos transmite la idea de una fiesta y un milagro compartido; difícilmente podremos negar que María interviene (cf. Jn 2,3) y en ella lo hace la comunidad. Al ser llamada “mujer” (Jn 2,4), puede tratarse de una evocación de la comunidad de discípulas y discípulos (cf. Jn 16,21). De este modo, el relato de Caná muestra que la comunidad de discipulado acompaña a Jesús en su acción de los signos, participa de su misión y nos invita a ser parte de la vida compartida.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 9 de Enero de 2022: en sus brazos (Bautismo del Señor)
por Virginia Azcuy
Pocas experiencias humanas pueden ser tan positivas como el saberse en brazos de quien nos ama y eso se aplica a los distintos tipos de relaciones, pero quizás especialmente a la vivencia de la hija o el hijo en los brazos de su madre y su padre. Por esta razón, el uso de esta imagen para expresar nuestra relación con Dios, padre y madre nuestra, resulta tan significativa para la vida de los cristianos. Eso sí, para hacer tal experiencia espiritual se requiere de mucha confianza, de modo tal que logremos la confianza radical de poner nuestra vida en sus manos.

La fiesta del Bautismo del Señor que celebramos este domingo nos introduce en este misterioso mundo de la filiación, el abandono en Dios y el descanso en sus brazos, que somos invitados a profundizar. Este domingo leemos el relato del bautismo de Jesús según el evangelio de Lucas (cf. Lc 3,21-22), que nos recuerda cómo Dios guía a su pueblo como un pastor cuida a su rebaño: “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres” (Is 40,11). El profeta Isaías aplica las imágenes pastoriles a Dios mismo que no sólo actúa por su intermedio, sino que acompaña directamente a su rebaño. Estas lecturas nos evocan rápidamente el Salmo 22, que comienza proclamando: “El Señor es mi pastor” (22,1) y también la identificación de Jesús con el buen Pastor, “Yo soy el buen Pastor” (Jn 10,11a), en la hermosa comparación ofrecida por el cuarto evangelio (cf. 10,7-18).
Veamos más de cerca el relato lucano del bautismo de Jesús, que está precedido por la narración de la misión y el encarcelamiento de Juan, el Bautista. La secuencia sirve para establecer una comparación entre el bautismo que ofrece cada uno: Juan bautiza “con agua”, pero Jesús “bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). En el bautismo, precisamente, contemplamos la voz del Padre y el descenso del Espíritu en una escena de manifestación: “Jesús se bautizó, y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y se oyó una voz del cielo: «tú eres mi hijo querido, mi predilecto»” (Lc 3,21-22). ¿Cómo habrá sido ese momento de oración de Jesús? Quizás él hizo la experiencia de estar en los brazos de Dios…
Otro detalle del breve relato nos da la ocasión de detenernos: “Todo el pueblo se bautizaba y también Jesús se bautizó” (Lc 3,21a). La relación entre Jesús y el pueblo queda en el centro: él se comporta como uno más de su pueblo, pero su bautismo no es para el perdón de los pecados sino para prepararse a su misión como Mesías destinado a este pueblo (cf. Lc 4,16ss). En el bautismo de Jesús, se manifiesta el plan de Dios sobre él y se anticipa que él es el Ungido: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que de la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Jesús es el Salvador (cf. Lc 2,11) y su bautismo es la prepara para el inicio de su misión de salvación.
¿Qué significa en nuestra vida el bautismo de Jesús? Ante todo, podemos pensar que el bautismo de Jesús es una manifestación de su relación con Dios y el Espíritu; somos invitados a entrar en la escena del bautismo para asomarnos a la oración de Jesús y a su estar en los brazos de su Padre-madre; junto a él, oramos: el Señor es mi pastor y, de María, aprendemos a decir: mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (cf. Lc 1,47). La fiesta del bautismo nos recuerda que los bautizados somos hijas e hijos queridos de Dios: un buen motivo para agradecer de corazón. Otro tema importante que se vincula al bautismo es la misión o envío; como Jesús, somos convocadas/os a comunicar la buena noticia de la llegada de la salvación. Entonces, podemos preguntarnos qué significa ser evangelizadores, cuál es el estilo de cristianismo que hoy puede hablar mejor de la salvación a quienes nos rodean. Jesús, buen Pastor, nos guía en el camino.
🕯 Comentario al Evangelio del 26 de Diciembre de 2021: regalo de Navidad
por Virginia Azcuy

El tiempo de Navidad y año nuevo nos invita a mirar el camino recorrido, dar gracias por lo vivido y despedir lo pasado, preparar con esperanza lo nuevo que viene y recibirlo. La Navidad nos vincula con el nacimiento de Jesús, Mesías y con las distintas experiencias de vida en la humanidad y en la creación. El año nuevo nos recuerda que el nacimiento acontece en el tiempo y en el espacio que nos es dado para habitar, reconciliar y santificar. Vivimos estas fiestas como una oportunidad de despertar en nosotros la apertura a la novedad, el cuidado de toda vida y la audacia de los nuevos comienzos, justamente en los límites de no renovado y caduco.
El evangelio de este domingo nos recuerda que, en la Navidad, la Palabra de Dios acontece en la historia: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14a). No solo nos habla Dios en su Palabra, sino que ella viene a vivir en medio nuestro. Jesús es el Dios en medio, la Palabra en medio de lo humano, la Sabiduría que echó raíces en medio de su pueblo (cf. Eclo 24,12). Por este estar en medio, Dios se hace cercano y amiga de quienes habitamos la casa común y, misteriosamente, somos invitados a morar en su presencia y a caminar en su amistad: “hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad” (Jn 1,14b,c). Que en este tiempo de Navidad sepamos escuchar su voz y descubrir su cercanía: “La luz verdadera que ilumina a todo ser humano estaba viniendo al mundo” (Jn 1,9). Pidamos hoy que esta luz que viene de Dios, ilumine la oscuridad y fragilidad de nuestra existencia.
El himno que da comienzo a la carta a los Efesios nos recuerda el llamado que recibimos cada una y todos los cristianos: “nos eligió para que por el amor fuéramos consagrados e irreprochables en su presencia; él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos” (Ef 1,4b-5). Pablo de Tarso nos sitúa en la perspectiva del plan de salvación y en la elección que Dios hizo del pueblo de Israel para llevar su mensaje, por medio de Cristo su Hijo, a todos los pueblos. Cristo es presentado como un salvador que nos rescata por su sangre y un revelador que nos da a conocer el designio misterioso de Dios (cf. Ef 1,7-9). Por esta razón, el tiempo de Navidad nos señala el centro del plan de salvación: “su Hijo muy querido” (Ef 1,6b). Que seamos capaces de hacerlo muy querido por cada uno y todas nosotras, a quien vino a compartir su vida en medio nuestro. La Ruaj-Espíritu nos alienta en la fe, por el don del bautismo, para escuchar su Palabra (cf. Ef 1,13). El himno nos recuerda que la vida de Cristo es un don que se nos regala: Bendito sea Dios que nos ha bendecido, en Cristo, con toda clase de bienes (cf. Ef 1,3). ¡Gracias, Señor!
Otro himno dedicado a la Sabiduría preanuncia la misión del Hijo, la Palabra que viene a habitar entre nosotros. Vale la pena reproducir la exhortación en boca de la Sabiduría: “Vengan a mí los que me aman, y coman todo lo que quieran de mis frutos; mi recuerdo es más dulce que la miel, poseerme es mejor que los panales. El que [y la que] me come tendrá más hambre, el [y la] que me bebe tendrá más sed; el [y la] que me escucha no fracasará, el [y la] que me pone en práctica no pecará” (Eclo 24,19-22). La semejanza con algunas expresiones del discurso del pan de vida puestas en labios de Jesús es sorprendente: “Yo soy el pan de vida: el [y la] que viene a mí no pasará hambre, el [y la] que cree en mí no pasará nunca sed” (Jn 6,35). Que este nuevo año que comienza podamos redescubrir nuestro hambre y sed de humanidad plena, para vencer lo caduco y crecer en novedad de vida y solidaridad con los demás.
Unamos todas las voces para pedir la Sabiduría divina en este nuevo año que comienza. Que ella nos acompañe, nos guíe y alimente en el camino de este nuevo comienzo, que tengamos valor para despedir lo que no es bueno y justo, para abrazar con libertad lo que es bello y santo. Porque si la Palabra de Dios habita en medio nuestro, su bendición estará en nuestra casa.
🕯 Comentario al Evangelio del Cuarto Domingo de Adviento 2021: ponerse en camino
por Virginia Azcuy
A pocos días de la celebración de las fiestas de Nochebuena y Navidad, la liturgia del IV Domingo de Adviento nos sigue invitando a una preparación. Esta vez lo hace mediante la escena de la visitación o visita de María a su prima Isabel (cf. Lc 1,39-45.56). Un episodio que forma parte del “relato de infancia” en el evangelio de Lucas, destinado como indica su nombre a relatar los orígenes de Jesús, el Mesías que está por llegar. ¿Qué detalles de esta escena nos hacen más eco en estos días?, ¿qué podemos aprender de este encuentro?, ¿qué nos muestra el testimonio de Isabel y María como discípulas?

¿Cómo resumir la visitación? En el relato lucano, la visita se puede comprender como el encuentro entre dos mujeres que han sido protagonistas de un anuncio de nacimiento: el de Juan el Bautista y el de Jesús (cf. Mercedes Navarro Puerto, “De casa en casa”, 35ss). Por medio de esta escena, Lucas enlaza ambas historias y personajes, a la vez que pone de relieve la importancia de Jesús. La lectura hecha por distintas teólogas ha puesto de relieve la presencia femenina: “El derramamiento del Espíritu sobre Isabel y María acaece en el espacio doméstico tradicionalmente femenino. Mujeres son los actores que ocupan el centro; mujeres las que toman la palabra para transmitir con fuerza la buena nueva que resuena; mujeres, también, las que encarnan la misericordia de Dios que ellas mismas proclaman. Y actúan así en el contexto de un encuentro y afirmándose la una a la otra” (Elizabeth A. Johnson, Verdadera hermana nuestra, 302). El relato de la visitación es el único texto de las Sagradas Escrituras en el cual dos mujeres embarazadas se encuentran y hablan entre sí, e incluso cantan, si se tiene en cuenta la voz profética de cada mujer (cf. Ivoni Richter Reimer, “Lucas 1-2 bajo una perspectiva feminista …y la salvación se hace cuerpo”, 33).
De cara a la visitación, me interesa resaltar la actitud de María al inicio de su viaje. El relato comienza con su acción en el v.39: habiéndose levantado o puesto de pie, por medio del participio aoristo en femenino ἀναστάς, del verbo ἀνίστημι. Algunas lecturas tradicionales lo han asociado a la obediencia, mientras otras más renovadas apuntan a su decisión libre, impulsada por el Espíritu. Ambos aspectos no se contraponen, pero el Espíritu que ha cubierto a María en la anunciación (Lc 1,35) nos hace pensar en la fuerza de la Ruaj-Espíritu que mueve a María y en ella que se deja mover para ponerse en camino. Podemos ver en esta actitud la disposición obediente a la llamada y también la disponibilidad a salir de sí. ¿Cómo resuena en nosotras/os esta actitud espiritual?, ¿en qué sentido somos invitadas/os a emprender el camino?
Si en María el Espíritu actúa poniéndola en movimiento y comunicando la vida nueva en su saludo, en Isabel se manifiesta en la alegría y las palabras proféticas dedicadas a su parienta. La figura profética de Isabel, llena del Espíritu Santo (cf. Lc 1,41), indica la promesa de Dios ya cumplida en la virgen nazarena. La voz del saludo de María da a conocer la presencia del Señor en sus entrañas a Isabel y al niño que esta lleva en su vientre. Luego de las palabras de Isabel, María prolongará su canto en el Magnificat (cf. Lc 1,46b-55). Ahora veamos cuáles son las palabras de Isabel a María, sobre todo sus dos “bendiciones” dirigidas a ella. La primera bendición se expresa con un participio pasivo en femenino: εὐλογημένη (bendita) en v.42 y recupera una fórmula dirigida a mujeres famosas en la historia de Israel. María se encuentra “entre las mujeres” que han tenido un papel decisivo en el plan salvífico de Dios y como “prototipo de los nuevos cristianos” (Isabel Gómez Acebo, Lucas, 46). En este sentido, la alabanza de Isabel “pone a María en solidaridad con una larga herencia de mujeres” (Johnson, Verdadera hermana nuestra, 304). La segunda bendición proclamada por Isabel sobre María tiene la forma de una bienaventuranza, la primera del evangelio de Lucas y utiliza el adjetivo en femenino μακαρία (feliz) (cf. Lc 1,45). La importancia de la segunda alabanza pronunciada por Isabel señala a María como la primera en actuar como discípula en razón de su fe (Lc 1,38).
En nuestra vida podemos reconocer la bendición de Dios de distintas maneras, una de ellas es la que nos llega por parte de nuestros seres queridos, familiares y amigas/os. Las próximas fiestas de Nochebuena y Navidad son la ocasión para ir al encuentro de los demás, con actitud de salida de sí, para dar cabida a la salvación en el espacio de nuestras casas y en nuestros vínculos. Que la alegría de Isabel y la fe de María sean un evangelio viviente para meditar en estos días que quedan para preparar el nacimiento.
🕯 Comentario al Evangelio del Tercer Domingo de Adviento 2021: motivos de alegría
por Virginia Azcuy
La llegada de Navidad viene asociada a distintos sentimientos. Algunos de ellos ligados a nuestra vida personal y familiar; otros relacionados directamente con nuestra vida espiritual. Este año en particular, el segundo de pandemia y que ciertamente nos ha dado un cierto respiro, nos preguntamos cuál es nuestro sentir en este tiempo, cómo estamos en nuestras relaciones con los demás y en lo profundo de nuestro interior. A esta altura del año, el cansancio se hace notar, pero quisiéramos ir más allá: ¿tenemos motivos para dar gracias?, ¿estamos alegres?

Las lecturas del tercer domingo de Adviento, llamado Gaudete, que en latín significa “alégrense”, en referencia a la invitación de Pablo a los filipenses, conducen nuestra meditación: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense. (…) El Señor está cerca. No se angustien por nada y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios” (Fil 4,4.5b-6). El tema de la alegría atraviesa esta carta desde el comienzo: “siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes” (Fil 1,4). La alegría se presenta vinculada a la comunidad y a la oración; la invitación apunta a alegrarse en el Señor. Él es motivo de alegría, la razón para deponer la angustia, el destinatario de nuestra petición. Se trata, en estos textos, de una alegría espiritual, un don de la Ruaj-Espíritu en nosotros y nos preguntamos cómo cultivar este regalo del espíritu.
En la Escritura, un grupo de salmos que se conocen como “himnos de acción de gracias” presentan sentimientos de alegría y utilizan la fórmula de alegrarse en el Señor. En ellos también encontramos los “motivos” de la alabanza, que son también los motivos de la alegría. Para este domingo, en lugar de un salmo del salterio se nos propone la lectura del capítulo 12 del libro de Isaías, que es un canto de alabanza y acción de gracias: un salmo que da gritos de alegría. Un tema dominante en los himnos de acción de gracias es la salvación e Isaías 12 no es la excepción. En él se evoca el Éxodo, el gran motivo para agradecer: “El Señor es mi fuerza y mi protección, él me salvó” (Ex 15,2a). El salmo de Isaías lo expresa así: “Este es el Dios de mi salvación: yo tengo confianza y no temo, porque el Señor es mi fuerza y mi protección; él fue mi salvación” (Is 12,2). Los motivos se refuerzan al comienzo y al final de la oración: “porque te habías irritado contra mí, pero se ha apartado tu ira y me has consolado” y “porque es grande en medio de ti el Santo de Israel” (Is 12,1b.6b). Se habla de la alegría de las fuentes de la salvación y se exhorta a quien habita en Sión a aclamar y gritar de alegría (cf. Is 12,3.6a).
El texto del profeta Sofonías que la liturgia nos ofrece como primera lectura también nos ayuda a comprender que la presencia de Dios salvador en nuestra vida es un motivo de alegría. Su contexto son las promesas de salvación y de restauración de Jerusalén: “¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén” (Sof 3,14) ¿El motivo? “El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal” (Sof 3,15b). El advenimiento del reino de Dios está, además, en el centro de la predicación de Juan Bautista y por cierto de Jesús; las aguas de la salvación llegan con el bautismo dado por ambos, siendo el dado por Jesús un bautismo “en el Espíritu Santo y en el fuego” (Lc 3,16). Junto al don de la salvación, el evangelio nos recuerda la enseñanza social del Bautista, en respuesta a la pregunta que repiten los distintos grupos de oyentes: “¿qué debemos hacer?” (Lc 3,10.14). La llegada de la salvación representa a la vez una llamada a la conversión que debe traducirse en acción.
Para la meditación de este domingo, algunas pistas: ¿cómo descubrir y profundizar en los motivos de la alegría? Reconocer la salud y la salvación en nuestras vidas es un camino que nos vuelve agradecidas/os y suscita en nosotras/os la alegría. ¿Somos capaces de reconocer al Señor en medio nuestro?, ¿cómo se hace presente su llamado, su perdón y su fuerza? El tiempo que dedicamos a la oración, al encuentro con el Señor, nos llena de alegría y de paz. Que este domingo podamos proclamar, con María, “mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador” (Lc 1,46b-47).
🕯 Comentario al Evangelio del Segundo Domingo de Adviento 2021: boca de Dios
por Virginia Azcuy
Los creyentes y los buscadores de sentido nos preguntamos por las palabras de Dios, tratamos de reconocer sus voces y escuchar lo que, en ellas, nos dice. No siempre es fácil hacer esta experiencia, sobre todo en tiempos de explosión de la comunicación y creciente manipulación mediática. Nos suele faltar la capacidad de silencio, lo que muchas veces nos hace más difícil el discernimiento, el arte de percibir y comprender los caminos de la salvación. A veces también queremos escuchar, pero no sabemos bien cómo hacerlo, dónde prestar atención, cómo afinar el oído, de qué forma podemos preparar el corazón. ¿Sigue hablando Dios hoy?

El evangelio de este segundo domingo de Adviento nos introduce en la predicación de Juan el Bautista, conocido como profeta y precursor de Jesús (cf. Lc 3,1-6). Ante todo, Lucas nos sitúa en el tiempo histórico concreto: el gobierno romano de Tiberio, con Poncio Pilatos como procurador en Judea, dando cuenta de la importancia de la historia como lugar de la manifestación de Dios. A continuación, nos presenta un relato de vocación al estilo de los libros proféticos: “Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto” (Lc 3,2). El desierto, marcado por la travesía, el silencio y la incertidumbre, representa simbólicamente el lugar en el cual resulta más propicio escuchar, lejos de las distracciones externas.
Lo distintivo en los evangelios, al hablar del Bautista, es su relación con el desierto y con la profecía de Isaías sobre el anuncio de la salvación (cf. Is 40,3-5). En el relato de Lucas que leemos, lo principal no se relaciona con las acciones del profeta Juan sino con la acción de Dios: “Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el Libro de Isaías: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los humanos verán la salvación de Dios” (Lc 3,3-6). Como otros profetas en la región del Jordán, el rito del bautismo con agua va ligado a la penitencia y la conversión. Las imágenes apocalípticas referidas a la preparación de los caminos de salvación parecen, sin duda, vinculadas al cambio de vida que supone la fe. Preparar, allanar, rellenar, aplanar, enderezar y nivelar pueden ser acciones materiales, pero también pueden entenderse en sentido moral y espiritual. Una profecía semejante a la de Isaías se encuentra en el libro de Baruc, anunciando que Dios dispuso preparar los caminos (cf. Bar 5,1-9). En ambos profetas están presentes los dones de la consolación y la esperanza para Israel. En el evangelio de Lucas, al aplicar la profecía de Isaías a Juan, se indica que este es un mediador de la palabra divina. Como otros profetas y profetisas, el Bautista es “boca de Dios”.
¿Qué nos sugiere esta lectura para la meditación? Algunas pistas: la primera está dada por el desierto, indicación sobre la actitud interior para escuchar las palabras que nos dirige Dios. Como el pueblo que sale de Egipto, liberado de la esclavitud, para cruzar el desierto en busca de la tierra prometida, también los cristianos somos invitados a “ver la salvación”, es decir, participar en ella: preparar, allanar, rellenar, aplanar, enderezar y nivelar los caminos. Una segunda pista se nos da en la vocación profética: Juan no es el primero ni el único llamado a esta misión, Lucas lo presenta luego de Zacarías e Isabel, María, Simeón y Ana. Cada uno/a de nosotros somos llamados por el bautismo a ser “boca de Dios”, porque ¿cómo podría hablar la ruaj-Espíritu Santo en este tiempo si las amigas y amigos de Jesús no le prestan sus voces? La profecía perdura en el cristianismo por la fuerza de la Palabra de Dios que suscita esperanza. Que el testimonio de Juan y de quienes anunciaron y anuncien con su vida anticipen la consolación que se renueva en cada Adviento y Navidad.
🕯 Comentario al Evangelio del Primer Domingo de Adviento 2021: tiempo de esperar
por Virginia Azcuy

La liturgia cristiana nos invita este domingo a entrar en el Tiempo de Adviento, un tiempo dedicado con mayor énfasis a la oración y a la preparación espiritual para la celebración de la Fiesta de Navidad. El año litúrgico comienza precisamente en Adviento y se extiende entre la “primera venida” del Señor en Navidad y la “segunda venida” o Parusía, al fin de los tiempos, que es cuando el Resucitado vendrá de forma definitiva. En definitiva, lo que caracteriza la vida de cada bautizado y bautizada es esta espera del Señor y de su reino que advienen progresivamente en nuestra historia y en toda la creación, por lo cual tiene sentido plantearnos la espera. ¿Cómo esperamos al Señor?, ¿cómo nos preparamos para recibirlo?, ¿qué necesitamos cambiar antes de su llegada?, ¿qué le pedimos para aprender a esperar?
La profecía de Jeremías nos pone en sintonía con la venida del Señor: “en aquellos días y en aquel tiempo, haré brotar para David un germen justo, y él practicará la justicia y el derecho en el país” (Jr 33,15). Vemos las dos partes de la profecía. [1] Haré brotar para David un germen justo: los evangelios han destacado este tipo de profecías al proponer el nacimiento de Jesús del linaje de David; Lucas, por ejemplo, nos habla de María como una virgen desposada con José, perteneciente a la familia de David (cf. Lc 1,27). La primera venida del Señor viene del tronco de David y se realiza con el nacimiento del Hijo de Dios, también llamado Hijo de David, sobre todo como expresión de la fe popular en Jesús (cf. Mc 10,48-49). La segunda parte de la profecía dice [2] y él practicará la justicia y el derecho en el país: anuncia lo que sucederá al fin de los tiempos, cuando el Resucitado venga a establecer su reinado definitivo sobre la humanidad. Algo así pedimos con las hermosas palabras del Salmo 82, que nos recuerdan nuestra pertenencia: “Levántate, oh Dios, y juzga la tierra / porque tú eres el dueño de todos los pueblos”.
La lectura del evangelio de Lucas que propone la liturgia trata sobre la llegada del Hijo del Hombre (cf. Lc 21,25-36) y se ubica en el contexto de un extenso discurso escatológico, que trata sobre el destino del templo y el fin de los tiempos (cf. 21,5-36). Hijo del Hombre es un título que Jesús refiere a sí mismo y que alude a su función (escatológica) futura, su acción presente y su pascua; en Lucas 21, la manifestación del Hijo del Hombre se refiere al fin de los tiempos o segunda venida y se separa de la destrucción del templo. La descripción de esta venida se realiza con imágenes provenientes de la tradición apocalíptica (cf. Dn 7,13-14), en la forma de una especie de sacudimiento del universo: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas” (Lc 21,25). Frente a este escenario de conmoción de la creación y venga el Hijo del Hombre lleno de poder y de gloria, Lucas agrega una indicación que es exclusiva de su evangelio: “Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegar la liberación” (Lc 21,28). Los verbos usados en el texto griego son ἀναύψατε, que significa enderezarse, levantarse y mirar hacia arriba y ἐπάτε, que quiere decir levantar, alzar.
A la luz de estos textos, podemos preguntarnos cómo entrar en Adviento, ¿cómo prepararnos ante el Señor que viene, en la Navidad y en su venida definitiva?, ¿cómo esperarlo? Para orientar nuestra meditación, quizás es útil recordar que Lucas remarca el tiempo de la Iglesia y la acción del Espíritu entre las dos venidas, para alentar a quienes seguimos a Jesús en la actitud de espera. Le pedimos al Espíritu que guíe este tiempo de la Iglesia, de la historia humana y de la creación, para que su venida nos renueve en la esperanza y nos anime en la desesperanza. La espera puede ser pedir al Señor que nos muestre sus caminos para recorrerlos: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos” (Sl 24,4). Muéstrame, Jesús, cómo estás viniendo a mi vida, en qué me pides enderezarme. La espera es quizás también preguntarse qué significado tiene este levantarse y mirar para arriba: “Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador, y yo espero en ti todo el día” (Sl 24,5). Que este tiempo de Adviento nos anime a esperar y a redescubrir, en la comunidad y la casa común, esa Presencia que nos hace esperar.
🕯 Comentario al Evangelio del 11 de Noviembre de 2021: paradojas del reino
por Virginia Azcuy
En medio de la crisis medioambiental que vivimos, nos preguntamos si es posible cantar al Rey de la creación, ¿qué sentido tiene alabar a Dios por todo lo creado? También estamos en un tiempo de crisis humanitaria sin precedentes, desde la esfera sanitaria hasta la migratoria a escala global, se nos presentan interrogantes sobre el modo de convivencia y el estilo de vida que llevamos. ¿Qué puede aportarnos la clave de la realeza de Cristo en estas circunstancias?, ¿cómo podemos celebrar la Fiesta de Cristo Rey en el tiempo presente?

El Salmo 93 (92), El Señor, Rey de la Creación, nos invita a redescubrir la presencia de Dios en lo creado. Pertenece a la colección de Himnos dedicados a la realeza del Señor, entre los que se encuentra el Salmo 47 (46), un Himno al Señor Rey del universo, proclamado como soberano y Rey de toda la tierra (Sl 47,3. b ) y los Salmos 96-99 (95-98), también centrados en la realeza divina. El Salmo 93 canta al señorío universal de Dios: “¡Reina el Señor, revestido de majestad!” (v.1a). Se trata de un señorío absoluto que se funda en la obra de la creación: “El mundo está firmemente establecido: ¡no se moverá jamás!” (v.1c). La descripción señala la victoria del Señor sobre el caos evocando las imágenes de las aguas primordiales: “más fuerte que las aguas impetuosas, más fuerte que el oleaje del mar, es el Señor en las alturas” (Sl 93,4). ¿Podrá el Señor vencer el caos actual que hemos causado en la creación?, ¿podrá vencer en nosotros nuestra falta de sentido de pertenencia a la creación y solidaridad con todo lo creado?, ¿cómo cantar a ese(a) Dios que habita y sostiene la creación?, ¿cómo aprender y practicar el cuidado de la creación?
El relato de la Pasión que nos propone el cuarto evangelio nos hace ver la realeza del Señor desde una óptica distinta: la Pascua (Jn 18-19). Conviene recordar que la muerte de Jesús no se entiende como un final trágico, sino como una vuelta al Padre; no es una humillación, sino una elevación; no es un acontecimiento vergonzoso, sino el momento de manifestación de su gloria (cf. Guijarro, Los cuatro evangelios, 505). La pasión es la gloria, la pasión es su reino: porque en este evangelio se contempla la pasión y la gloria en unidad. También ayuda situarse en el conjunto del capítulo 18 para comprender mejor el diálogo de Jesús con Pilatos: la primera escena es el arresto de Jesús, por traición de Judas, ante cuya presencia y su voz los soldados y los guardias retrocedieron y cayeron en tierra, en esta ocasión además aparece Pedro dispuesto a usar la espada (vv.1-11); la segunda escena presenta las negaciones de Pedro (afuera), mientras Jesús (adentro) comparece ante Anás, el suegro del Sumo Sacerdote Caifás (vv.12-27). La tercera escena, Jesús ante Pilatos (cf. Jn 18,33b-21), se desarrolla en el pretorio, lugar del tribunal del gobernador, al cual Jesús es conducido por los judíos con la acusación de “malhechor” (v.30). ¿Qué tipo de realeza muestra Jesús cuando llega su hora?
Jesús traicionado, abandonado y negado por los suyos, experimenta ciertamente la soledad. Caifás había aconsejado a los judíos que era preferible que un solo hombre muriera por el pueblo (Jn 18,14) y los judíos entregan a Jesús y aclaran a Pilatos que a ellos no les está permitido dar muerte a nadie (18,31). En este diálogo de Jesús con Pilatos, se manifiestan varias cosas: que Jesús se reconoce como “rey de los judíos” (Jn 18,33-34); que “[su] realeza no es de este mundo” (18,36); que Él es rey y ha venido “para dar testimonio de la verdad” (18,37) y tal vez, también, el contraste presente entre la persona de Jesús con su soberana libertad y la decisión de una condena que no encuentra un motivo que la justifique. La realeza de Jesús frente a Pilatos se asemeja a la belleza de la creación frente al caos primordial. Y Pilatos deja abierta la pregunta que solo encuentra respuesta en la Pascua: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38). La verdad es amor. Esa es la manifestación de la verdad de Dios en su Hijo, en el momento de la pasión y resurrección: que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16) y que habiendo llegado la hora y amado a los suyos, “los amó hasta el fin” (13,1). ¿Qué es la verdad? Jesús agrega: “El que o la que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18,37), así como las ovejas reconocen la voz del pastor (10,14-16). ¿Qué nos dice la vida de Jesús sobre el Reino de Dios?, ¿de qué manera nos enseña a vivir la realeza cristiana? Que las paradojas del reino anunciado por Jesús nos ayuden a vivir el cuidado de la creación y el amor hacia los demás como testimonio cristiano hoy.
🕯 Comentario al Evangelio del 31 de Octubre de 2021: amor que unifica
por Virginia Azcuy
En qué creemos los que creemos, qué dimensiones del creer nos orientan en la vida y qué dificultades se nos presentan a la hora de cultivar la espiritualidad, son preguntas que merecen un espacio en nuestra meditación. Quizás precisamente en estos tiempos, en los que la fe cristiana u otras formas del creer pueden marcar la diferencia en nuestra forma de entender la existencia, de relacionarnos y disponernos para madurar en el amor. Los evangelios y sobre todo algunas escenas, como la que leemos este domingo, pueden darnos orientación.

El diálogo de un escriba con Jesús, que trata sobre el precepto más importante, nos remite a estas cuestiones (Mc 12,28b-34). El episodio se presenta luego de dos discusiones mantenidas con Jesús por dos grupos que buscan darle muerte: una con los fariseos, que le preguntan sobre el tributo al César (Mc 12,13-17) y la otra con los saduceos, quienes lo interrogan sobre la resurrección sin percibir los límites de sus instituciones terrenas (12,18-27). En este contexto, la conversación que sigue, con un escriba, sin mayor especificación, tiene la función de suavizar la tensión y establecer un acercamiento y un puente con el destino de Jesús. Este relato puede entenderse como contrapartida del joven rico que se acaba yendo desanimado, puesto que el escriba sí dará asentimiento a las respuestas que el Maestro da a sus preguntas. Veamos con más detalle: un escriba se acercó y preguntó “¿cuál es el precepto más importante?” (Mc 12,28); la pregunta tenía sentido en el contexto de discusiones de escuela. Jesús, fiel a su estilo, cambia la pregunta y selecciona dos preceptos: “El más importante es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas [Dt 6,4-5]. El segundo es: Amarás al prójimo como a ti mismo [Lv 19,18]. No hay mandamiento mayor que éstos” (Mc 12,29-31). En su respuesta, Jesús unifica el amor a Dios y el amor al prójimo y a sí, en un mandamiento. Con esta enseñanza anticipa, a su vez, lo que él mismo va a realizar en la Pascua y nos deja aclarado el panorama para poder emprender el camino del seguimiento tras sus huellas. Como el escriba da muestras de haber entendido y estar conforme con la respuesta, el Señor lo bendice con estas palabras: “No estás lejos del reino de Dios” (Mc 12,34). Mercedes Navarro lo describe como un disidente público, porque se anima a separarse del grupo que intenta dar muerte a Jesús y mostrar su acuerdo con él (cf. Marcos, 446). En esta escena, el escriba disidente está cerca del reino de Dios; nos muestra que el reino es un don que puede recibirse o rechazarse personalmente, con independencia de las posiciones de grupo. La respuesta de Jesús, por su parte, manifiesta cierta cautela ¿por el contexto de discusión o por la exigencia que representa seguir a Jesús? No lo sabemos, pero el Señor es medido con sus palabras.
¿Qué nos deja este evangelio para meditar este domingo? Parece que la pregunta del escriba apunta a lo más importante y es bueno detenerse en ello: ¿qué es lo que realmente importa? Un amor de totalidad, que se dirige a Dios, al otro o la otra y a una/o misma/o a la vez. Un amor de unidad, que no separa el amor a Dios del amor humano y de sí, sino que los unifica retroalimentándolos uno con otro. La respuesta de Jesús, conforme a la tradición judía, no polariza el amor, sino que lo lleva a un horizonte de integración, que nos muestra que el creer y amar a Dios puede humanizarnos y comprometernos con los demás. Así, justamente, lo entendió y lo puso en práctica el Señor, enseñándonos que solo un amor que unifica es digno de fe, un amor que no divide lo divino y lo humano, sino que busca su relación. ¿Será que solo una fe que integra es digna de esperanza y comunicadora de amor? El escriba se alejó de su grupo para acercarse al reino anunciado por Jesús:¿qué nos aleja y qué nos acerca a un amor que unifica?
🕯 Comentario al Evangelio del 24 de Octubre de 2021: fe que sana
por Virginia Azcuy
La marginación y la exclusión siguen siendo, lamentablemente, realidades de cada día en el tiempo presente que nos toca vivir. Frente a ellas, como siempre, existen dos grandes opciones con diversas variantes, que son las de “hacer oídos sordos” o escuchar “el grito de los pobres”. Si bien las iglesias cristianas han hablado mucho de la segunda posición en las últimas décadas, este discurso no ha sido suficiente para transformar las estructuras sociales y religiosas. Y, sin embargo, la fe cristiana contiene un potencial de liberación: el anuncio del reino de Dios.

El evangelio de este domingo, la curación del ciego de Jericó (Mc 10,46-52), relata la historia de un excluido llamado Bartimeo, que significa “hijo de Timeo”, del honorable, lo cual es irónico porque la situación muestra la deshonra de su padre. Que se describa la identidad del ciego con la caracterización de “mendigo” y se diga que se encuentra “al borde del camino” señala, con claridad, su lugar de marginalidad (Mc 10,46). La incapacidad de ver representa, en este caso, el motivo por el cual Bartimeo ha quedado sentado ¿a la espera? en los bordes de Jericó.
Como en otras situaciones humanas, la falta de una capacidad puede impulsar el desarrollo de otras. En el relato de Marcos, las posibilidades de este ciego se vinculan con el sentido del oído, por cierto, más importante que la vista en la vida de fe: “Al oír que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ‘¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!’ ” (Mc 10,47). La escucha saca al ciego de su pasividad, quien proclama la identidad de Jesús con su grito: ¿quiere decir que Dios se manifiesta en los márgenes, en los límites de la realidad humana, social, medioambiental? Dos evocaciones se unen en este episodio para entender quién es Jesús: Jericó dice referencia a Elías y Eliseo, profetas sanadores (cf. 1Re 17,17-24; 2 Re 4,8-37) e Hijo de David podría representar una alusión a Salomón, que expresa también la figura de sanador y exorcista. Ambos detalles conducen hacia Jesús como Sanador, lo cual forma parte sin duda del mensaje del relato.
De todos modos, conviene mirar mejor la actividad desarrollada por el ciego y cómo la valora Jesús, para descubrir si el ciego tiene parte o no en su propia salvación. Es quizás este punto uno de los más conmovedores de la narración: el ciego pasa de estar sentado a gritar y, luego, a gritar más fuerte, mientras lo reprenden para que se calle (Mc 10,48). En esta escena se puede observar que el ciego quiere salir de su situación de borde, pero existe una resistencia social de otras/os que lo rodean que se lo impide. ¿Cómo se produce el cambio? El grito llega a los oídos de Jesús y hace que él se detenga: la fuerza del grito, que consiste en detener el paso del otro. ¡Cuánto nos enseña Jesús solo en este detalle! Hacerse eco del grito que llega de los bordes…Los mismos que tratan de acallar al ciego son enviados a llamarlo; estos no están en los márgenes, sino que son llamados a ser mediadores de una salvación que puede traspasar los límites que excluyen y construir los puentes que incluyen. Le dicen al ciego: “levántate” (Mc 10,49), el mismo verbo utilizado para hablar de la resurrección en la tumba vacía (16,6), dando al relato un sentido de fe pascual. El mendigo ciego, que está como “muerto” socialmente, va a recibir una curación que lo rehabilita para la vida de relación con los demás. Para ello, continúa con su actividad iniciada en el grito: “Él dejó el manto, se puso de pie y se acercó a Jesús” (Mc 10,50). Jesús le pregunta “¿qué quieres de mí?” y él contesta “que recobre la vista” (Mc 10,51); la respuesta final del Señor nos da la clave más importante: “Vete, tu fe te ha salvado” (10,52).
La historia del ciego de Jericó nos confronta con varios aspectos de nuestra vida de fe: nuestras experiencias de marginalidad o trato con las fronteras, nuestra actitudes y acciones, ante el grito que viene de los márgenes y tal vez, sobre todo, la pasividad y la actividad de nuestra fe. La escucha y el grito del ciego de Jericó parece indicar que no está conforme con ser mendigo; en el abandono de la identidad marginal, en el grito y el ponerse de pie, prepara esa fe que lo sana. En el camino por los márgenes, Jesús abrió los ojos de quienes lo seguían, para que pudieran ver al ciego y llamarlo hacia una forma de entender la fe que es capaz de sanar.
🕯 Comentario al Evangelio del 10 de Octubre de 2021: confianza
por Virginia Azcuy
De una u otra manera, los seres humanos vivimos buscando seguridades y, a la vez, posiblemente también podemos decir que vivimos experimentando inseguridades. La inseguridad ha llegado a ser, en efecto, un problema social y el deseo de seguridad se ha convertido cada vez más en un valor a promover, en una cuestión a garantizar. Lo cierto es que, desde el punto de vista religioso o espiritual, las inseguridades pueden representar la posibilidad de anclar la vida en mayor profundidad y las seguridades pueden bloquearla.

El relato del hombre rico (Mc 10,17-22), que da comienzo a un conjunto de episodios relativos a los bienes en el contexto de un llamado al seguimiento (10,17-30), nos introduce en esta temática. La escena tiene lugar en el camino, con la irrupción de “un hombre” que se acerca a Jesús: “corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?’.” (Mc 10,17). El gesto y la pregunta del hombre lo presentan: se muestra interesado y respetuoso, quizás al arrodillarse manifiesta su deseo de conversión, pregunta qué requisitos debe cumplir (=qué debe hacer) porque desea alcanzar la promesa de la vida eterna.La respuesta de Jesús pone distancia y recoloca la pregunta. Ante todo, muestra incomodidad con el halago público contenido en la expresión “Maestro bueno”: “¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es bueno” (Mc 10,18). La primera parte puede sonar algo así: “¿qué pretendes con llamarme bueno?” y la segunda corre la mirada hacia Dios y su voluntad, dejando el interrogante sobre la relación entre la bondad de Dios y Jesús. Lo que sigue a continuación, el recuerdo de los mandamientos sociales, pone el foco en lo que Dios pide poner por obra (cf. Mc 10,19). En este plano, el hombre se siente seguro y responde: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud” (Mc 10,20). Pero la historia no termina aquí, sino que se produce un giro inesperado.
En el tercer momento del relato, Jesús cambia de tono. Se puede pensar que el interés mostrado por el hombre al inicio y su rectitud de vida han calado en Jesús. El texto dice: “Jesús lo miró con amor y le dijo” (Mc 10,21); Mercedes Navarro lo entiende como un “le clavó la mirada” (Marcos, 359). En verdad, se puede pensar que la mirada y las palabras de Jesús son fulminantes en este versículo 21: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. ¿Exageró Jesús en sus expectativas con este hombre? Se puede pensar que no, en atención a su gesto de arrodillarse y su cumplimiento de los mandamientos, es decir, Jesús pide conforme a la posición del hombre y pone palabras a su búsqueda. Lo que posiblemente este hombre no sabe es que su búsqueda lo arroja más allá de sus seguridades y que él, en el fondo, no está dispuesto a soltarlas… “Al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes” (Mc 10,22). El final del relato muestra que la búsqueda del Reino de Dios supone desprendimiento de nuestras seguridades, en este caso los bienes materiales. ¿Qué nos dice hoy este relato a cada una y cada uno de nosotros? Podemos meditar sobre cuáles son nuestras seguridades o, mejor aún, en qué ponemos nuestras seguridades; también podemos revisar nuestras inseguridades en este tiempo y cómo estamos lidiando con ellas. En el fondo, la pregunta que nos deja este episodio está referida al fundamento de nuestra confianza, más allá de todas las inseguridades que nos trae la vida presente. Pidamos tener la valentía de confiar nuestra vida en las manos de Dios y de quienes nos quieren bien, para no necesitar vivir aferradas/os a otras seguridades que pueden convertirse en ataduras que nos impiden crecer. La confianza en la mirada y la palabra de Jesús es indispensable para seguirlo como discípulas y discípulos.
🕯 Comentario al Evangelio del 26 de Septiembre de 2021: autoridad inclusiva
por Virginia Azcuy
En las comunidades cristianas existen discusiones y tensiones, aunque en general no hablemos en público de ellas. Tal vez por un exceso de cuidado de imagen o porque nos esforzamos por valorar y mostrar lo positivo, más que quejarnos de los límites o debilidades que nos preocupan. Y en cierto modo puede ser comprensible que así sea… Sin embargo, también puede ser saludable tematizar estas cuestiones internas, buscar una mayor transparencia institucional que pueda colaborar a una fidelidad más profunda y responsable públicamente. El evangelio de este domingo nos ayuda.

En el capítulo 9 de Marcos, sigue la narración de un conjunto de discusiones internas que tienen lugar entre Jesús y los discípulos: quiénes tienen autoridad para expulsar demonios (vv.38-41) y la gravedad de escandalizar a los pequeños (vv.42-48). El tono de estos episodios es didáctico, Jesús aparece enseñando y de alguna manera, también, corrigiendo el rumbo, indicando cómo se pone en práctica la lógica del reino de Dios que corre por carriles distintos a la lógica humana. Importa recordar que estos relatos suceden a la discusión acerca de quién es el mayor o el primero, es decir, se vinculan a los puestos de liderazgo en la comunidad y a los apóstoles en particular.
El primer debate es introducido por Juan en nombre de los demás: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros” (Mc 9,38). Los discípulos entienden su autoridad de modo exclusivo: ellos pueden expulsar demonios y otros no pueden/deben hacerlo por no formar parte del grupo. Pero lo que Jesús enseña va en la dirección contraria: “No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí” (Mc 9,39). Lo importante es el obrar, no la pertenencia a un grupo. Y Jesús agrega un criterio muy claro todavía: “el que no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc 9,40). Se trata de mirar si se da el modo evangelio, una sintonía fina, de fondo, en el ser cristiano/a.
La escena evoca el pasaje de Nm 11,24-29, en el cual Moisés comparte su autoridad con setenta ancianos y un ayudante del profeta plantea su queja porque otros dos ancianos, que estaban fuera del grupo elegido, comienzan a profetizar. En este pasaje, que la liturgia propone como primera lectura de este domingo, Moisés responde: “¿Acaso estás celoso a causa de mí? ¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!” (Nm 11,29). En el evangelio de Marcos, de modo semejante a cómo le ocurrió a Moisés, Jesús se encuentra con un espíritu competitivo y excluyente que trata de reorientar mediante una razón inclusiva. ¡Qué mejor si hay otros que también expulsan demonios! ¡Qué mejor si la salvación del reino circula!
El segundo debate está referido a la gravedad del escándalo y, en él, se destacan dos elementos: la advertencia de no escandalizar a los pequeños, que parece referirse a los débiles o principiantes en la fe y el castigo reservado a quienes sean motivo de escándalo, que aparece representado con la impactante imagen de la amputación de diversos miembros del cuerpo: manos, pies, ojos: “Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehenna, al fuego inextinguible” (Mc 9,43). Y así con los otros miembros. Esta imagen de la automutilación parece expresar la exigencia de la radicalidad evangélica y a la vez la importancia central del testimonio, también aludido con el símbolo de la sal: “que haya sal en ustedes mismos y vivan en paz unos con otros” (Mc 9,50). ¿Cómo meditar estos debates?
Ante todo, nos preguntamos qué aprendizajes necesitamos hacer hoy: ¿Cómo reconocemos la autoridad que viene de Dios y a quienes la practican?, ¿logramos evitar el exclusivismo o caemos en la tentación de sentirnos superiores a los demás?, ¿nos hacemos responsables del don recibido y de anunciarlo con nuestra vida? El evangelio de Marcos tiene mucho para decirnos sobre cómo vivir una comunidad en hermanos y hermanas; la pregunta sobre quien es el mayor nos invita a crecer en un ejercicio inclusivo de la autoridad. ¡Qué mejor!
🕯 Comentario al Evangelio del 5 de Septiembre de 2021: escucha que habla
por Virginia Azcuy
La sordera lleva al aislamiento, genera dificultad para hablar y comunicarse. También hoy el aislamiento, por motivos de enfermedad o su prevención, afecta la comunicación y altera la integración social. El evangelio de este domingo nos acerca a estas temáticas, por medio de la historia de curación de un sordo que era tartamudo (Mc 7,31-37). Este relato puede ayudarnos en varios sentidos: ilustra la relación que existe entre la escucha y el habla, enseña a valorar la importancia vital de la escucha para la comunicación verbal con los demás y hace referencia a dos sentidos fundamentales en la vida de la fe y su transmisión.

El evangelio de Marcos se caracteriza por la narración de diversas curaciones y exorcismos que muestran el poder de Jesús: recuperar la salud es un signo de la presencia de Dios a través de sus mediadores. Entre los relatos de milagro, encontramos dos curaciones en el capítulo 7 de este evangelio: la hija de la mujer cananea (Mc 7,24-30) y el sordomudo (7,31-37). La primera escena se ubica en la ciudad de Tiro y la segunda en torno a Sidón, tal vez para indicar una forma de curación propia del contexto helénico, como la practicada en el templo del dios Asclepio situado en esta ciudad. En efecto, en este relato llama la atención el detalle dado por el narrador sobre el modo de curar empleado por Jesús: tocar, por separado, los órganos enfermos para obrar la curación y utilizar la propia saliva a la cual se atribuían propiedades curativas en este tiempo y espacio. El aislamiento sufrido por el sordo podría entenderse mejor, si recordamos que la Palestina antigua era ágrafa; hoy, en nuestra cultura, tenemos otros medios para comunicarnos, aunque esto no disminuye la dolencia que provoca la falta de audición.
Como en todo relato de curación, se repite el esquema: solicitud de curación y realización de la misma. En cuanto a la petición, cabe destacar que no la realiza el enfermo, sino otros que hablan por él: “le presentaron un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos” (Mc 7,32). El enfermo muestra una posición pasiva, en contraste con la mujer cananea que se manifiesta activa al interceder e insistir ante Jesús para lograr la curación de su hija (Mc 7,26.28). En cuanto a la acción curativa, presentada paso a paso, se observan dos etapas: en la primera se destaca el gesto de tocar el oído y la lengua; en la segunda, introducida con una mirada dirigida al cielo, la palabra ocupa el centro. Jesús dice: “Efatá, que significa ábrete. Y enseguida se abrieron sus oídos y se le soltó la lengua” (Mc 7,34-35). El orden de los gestos y los resultados indica que la afección principal era auditiva, generando una dificultad en el habla. El doble final del relato plantea la paradoja entre el pedido de secreto de Jesús y la difusión creciente de su mensaje.
Al meditar este evangelio podemos tomar diversos caminos: ante todo, el relato nos confronta con nuestra actitud ante la enfermedad, que puede ser pasiva o activa, sea que se trate de nuestra salud personal o de alguno de nuestros seres queridos. El aislamiento, no sólo a causa del covid-19 sino también por individualismo, es en cierta forma una enfermedad porque disminuye o entorpece la vida social, los vínculos con los demás. La historia del sordomudo también nos sitúa frente a nuestra propia sordera, nuestros límites para escuchar y por lo tanto para ser capaces de una comunicación adecuada con los demás. A nivel popular se dice que no hay peor sordo que el que no quiere oír, lo cual quiere decir que la escucha supone una actitud receptiva, una voluntad de acogida de la palabra de otro o ¡la de la propia vida! En verdad, la historia de este milagro nos muestra, además, un aspecto central de nuestra vida de fe: ser discípula o discípulo quiere decir estar dispuesta/o a ser sanada/o por Jesús para poder escuchar su palabra y proclamarla a la multitud de quienes lo buscan para recibir su mensaje.
🕯 Comentario al Evangelio del 29 de Agosto de 2021: confrontación
por Virginia Azcuy

En tiempos de pandemia, hemos escuchado muchas veces hablar sobre la importancia de lavarse las manos con frecuencia como medida de prevención para evitar el contagio, se ha indicado incluso el tiempo y el modo como se debe practicar esta recomendación y, de hecho, la hemos ido aplicando -de alguna manera- con el correr de los días. Este hecho se relaciona, en parte, con el evangelio de este domingo en el cual se plantea el peligro de la contaminación (Mc 7,1-23). En el caso del covid-19, el vector de contagio es en principio externo -al menos hasta que una persona contrae el virus-; en el evangelio que leemos, se plantea una discusión relacionada con ritos externos de purificación y con la pureza interior del ser humano.
Para facilitar la comprensión del relato, puede ayudar visualizar su organización que consta de dos escenas y una transición entre ambas: en la primera escena (Mc 7,1-13), los fariseos cuestionan a los discípulos de Jesús por incumplir los ritos de purificación de las manos antes de tomar los alimentos y Jesús les responde acusándolos de “hipócritas” (7,6); en la transición (7,14-16), Jesús da una explicación con principios generales: “ninguna cosa externa que entra en el ser humano puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale de él/ella” (7,15); en la segunda escena (7,17-23), ya en casa con los discípulos, prosigue su explicación de un modo más detallado: “porque es del interior del corazón humano de donde provienen las malas intenciones…” (7,20). El avance narrativo del relato va de la exterioridad de los ritos de purificación de las manos a la interioridad del corazón humano para honrar a Dios. La lectura nos abre a distintas cuestiones que pueden ser meditadas por nosotros hoy.
En la primera escena, los fariseos muestran cómo en nombre de la ley se puede perder de vista la ley. El tono irónico de los fariseos y algunos escribas que cuestionan a los discípulos da a entender que se creen en lo cierto: “¿por qué tus discípulos(as) no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados?” (Mc 7,5). Aferrados a la letra del precepto, los maestros de la ley olvidan que no hay agua disponible para purificarse fuera de las ciudades… Jesús va al fondo de la cuestión recuperando un texto de Isaías: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí (…) las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos” (28,13). Luego de esta acusación, retoma la Torah o Ley de Moisés para mostrarles cómo “anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido” (Mc 7,13). Las implicancias actuales de este tema merecerían una revisión muy profunda a la cual el Espíritu de Jesús nos invita, advirtiendo sobre las dificultades en la transmisión de la palabra.
El asunto se profundiza en la transición y la segunda escena mediante una enseñanza de Jesús, primero a la multitud y luego a los(as) discípulos(as) sobre la pureza o impureza del corazón humano. Se puede observar, decíamos, que Jesús corrige la mirada: la saca de la exterioridad escrupulosa y descalificadora de los fariseos hacia los(as) discípulos(as) para llevarla al ámbito de la interioridad moral y responsable que mueve el obrar humano. Jesús indica que la letra de las prescripciones es relativa frente a la palabra de Dios, en el fondo con esta explicación ofrece un criterio de discernimiento importante: en la vida de fe se nos invita a poner atención en el corazón, que es la sede de los pensamientos y las decisiones humanas. Con este desplazamiento de la mirada, el Señor prepara el camino para abrir su mensaje más allá de los judíos, como se ve en el relato siguiente dedicado a la mujer sirofenicia (Mc 7,24-30). Pidamos este domingo que Jesús nos regale un corazón limpio, para crecer en el amor a Dios y al prójimo y para saber distinguir entre las tradiciones humanas y la palabra de Dios. ¡Lo bueno de confrontar!
🕯 Comentario al Evangelio del 22 de Agosto de 2021: creer y comer para volver a nacer
por Virginia Azcuy

Pocas cosas son tan humanas y básicas como comer y beber, como lo muestra por ejemplo la escala sobre necesidades humanas fundamentales al mencionar, en primer lugar, la subsistencia que incluye la salud y la alimentación. Desde el punto de vista del desarrollo humano, muchas personas y poblaciones, sobre todo en algunas regiones del mundo marcadas por la pobreza y el hambre, sufren porque estas necesidades básicas están insatisfechas. ¿Qué puede significar, en este contexto, creer a Dios que se da como comida y bebida a la humanidad? El capítulo 6 del evangelio de Juan, dedicado a la multiplicación de los panes (vv. 1-15) y al discurso sobre Jesús como Pan de vida (vv. 26-51a y 51-58) nos invitan a explorar este interrogante.
Para este domingo, la liturgia propone la lectura de Jn 6,60-69, que podríamos ampliar en unos versículos para considerar los vv. 59-71 que alude a una crisis de los seguidores de Jesús, más propiamente a una crisis en el seguimiento de este Jesús que se ofrece como comida y bebida en su cuerpo y su sangre (6,53). Después de multiplicar los panes y dar el alimento material, Jesús cambia de registro, pasa al plano espiritual y hace teología sobre sí mismo y sobre Dios. Porque nadie ha visto jamás a Dios, pero el Hijo, que está en su seno, lo ha dado a conocer (cf. Jn 1,18). Podemos decir, a partir de este versículo del prólogo, que Jesús es “exégeta” de Dios, que en los evangelios se identifica con la persona de Dios Padre.¿Cómo entender la crisis de las mujeres y varones que siguen a Jesús, luego de la impresionante multiplicación de los panes? Como vimos en el relato de Nicodemo (cf. Jn 3,1-10), el camino de la fe en Jesús requiere entrar en la esfera espiritual, “nacer de nuevo” (3,3), pero esta invitación es exigente porque supone confiarse a las manos de un Otro. Por eso, Nicodemo no termina de entender cómo un adulto puede volver a entrar en el vientre de su madre (cf. 3,4). De manera semejante, cuando seguidoras y seguidores de Jesús escuchan que son invitados a comer la pascua con Jesús, a seguirlo hasta la cruz, se sienten sobrepasados: “después de oírlo, muchas de sus discípulas y discípulos decían: ¡Es duro este lenguaje!” (…) “Desde ese momento, muchas/os de sus discípulas/os se alejaron de él y dejaron de acompañarlo” (Jn 6,60.66). Es el momento de la crisis en el camino del seguimiento, porque la discípula y el discípulo son invitados a seguir a Jesús hasta el final, sin abandonar la fe, con disposición a un mayor amor.
Pero Jesús no se rindió y siguió invitando, ahora a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?” (Jn 6,66), con una pregunta que interroga por la experiencia discipular, mientras que en Mt 16,15 interroga a los discípulos por su experiencia sobre Jesús Mesías. Jesús nos pregunta también hoy a nosotros, como lo hizo aquella vez en la sinagoga de Cafarnaún, si queremos irnos y dejarlo… Las palabras de Pedro, que podemos hacer propias cada una/o, resumen o inspiran nuestros sentimientos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69). Como si Pedro hubiera sopesado las cosas y hubiera llegado a renovar su decisión de acompañar a Jesús: si te dejo, Señor, a dónde iría; no tendría a quien ir, porque Tú eres. Pedro acierta en ubicarse como un tú frente a Jesús, como también lo hace Marta ante la muerte de su hermano Lázaro: “Tú eres el Mesías. El Hijo de Dios, el que debía venir al mundo” (Jn 11,27). Pedro y Marta nos guían para reubicarnos en medio de las crisis de fe, nos ayudan para reencontrar a Jesús como el Tú que nos alimenta.
Para concluir este comentario, quisiera llamar la atención sobre el centro de nuestra fe: Dios de la Vida, Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu, ya que el cuarto evangelio y el texto que meditamos presenta rasgos trinitarios. “Nadie ha visto al Padre” y “nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre” (Jn 6,46.44); así como el Padre tiene Vida y Jesús vive por el Padre, quien come al Hijo, tiene vida (6,57) y “El Espíritu es el que da Vida” y “las palabras que les dije son Espíritu y Vida” (6,63). El Espíritu, la Santa Ruaj de Dios, puede explicar la dureza del lenguaje de Jesús, así como Jesús enseñó sobre el/la Dios que nunca nadie vio. Pidamos a esta Santa Ruaj que nos ayude a comprender el misterio de Jesús que se da como comida y bebida, la invitación a una vida de comunión y solidaridad. Que esta Santa Trinidad, fuente de toda comunión, sea el espacio materno en el cual podamos nacer de nuevo para tener vida, compartirla y comunicarla a los demás.
🕯 Comentario al Evangelio del 15 de Agosto de 2021: hoy celebramos la Fiesta de la Asunción
por Virginia Azcuy
Esta fiesta nos invita a celebrar que María, al final de su vida terrena, subió al cielo para unirse con su Hijo y que, junto a Él, intercede por nosotros con su mediación maternal. La lectura del evangelio, Lc 1,39-56, abarca el relato de la visitación que incluye el Magnificat y se sitúa en el relato de infancia lucano. Repasemos los elementos centrales del relato y del himno, para adentrarnos en su sentido teológico: la salvación definitiva se manifiesta en la historia y dos mujeres lo cantan…

En la visitación, la centralidad de María e Isabel, ambas movidas por el Espíritu, resulta extraordinaria: sus dos cuerpos grávidos y solidarios, en abrazo afectuoso, son la fuente que hace brotar la alabanza y la confesión (Ivoni Richter Reimer). El encuentro se da en la casa de Zacarías (Lc 1,40), quien permanece hasta el momento en un notable silencio, mientras la voz (ἡ φωνὴ) del saludo de Mariám (1,40.44) pone en marcha la dinámica de la comunicación. El espacio doméstico se inaugura como ámbito en el cual se proclama el evangelio; la casa se convierte en lugar del Espíritu, que llega a Isabel (1,41) por la presencia de otra mujer, portadora en su cuerpo del comienzo de una nueva casa y una nueva genealogía, ambas inclusivas (Mercedes Navarro).
Los versículos 39-41 introducen el himno pronunciado por Isabel con algunos elementos característicos: el viaje a la región de Judá, la casa de Zacarías y la voz del saludo de Mariám. La acción de María en v.39, indicada con el participio aoristo en femenino ἀναστάς (habiéndose levantado o puesto de pie), ha sido asociada a su obediencia por una lectura tradicional, mientras otra perspectiva –cada vez más frecuente– la interpreta como decisión libre impulsada por el Espíritu. Un elemento que pocos autores/as han destacado es la entrada de María en la casa de Zacarías y su saludo (vv.40-41), evocado en medio de la bendición de Isabel: “apenas oyó la voz de tu saludo” (v.44), para señalar los efectos de la voz del saludo de Mariám, dando a conocer la presencia del Señor en sus entrañas y poniendo de manifiesto su función profética como en el caso del arca de la Alianza.
La alabanza de Isabel se encuentra en los versículos 42b-45 y puede dividirse en tres fases: la bendición, el encuentro entre las mujeres y la bienaventuranza. La bendición se expresa con un participio pasivo en femenino: εὐλογημένη (bendita) en v.42, que recupera una fórmula dirigida a otras mujeres famosas en la historia de Israel, Jael (Jue 5,24) y Judit (Jdt 13,18). Al ser bendecida como otras matriarcas, María queda ubicada entre las mujeres que han tenido un papel decisivo en el plan de Dios, en solidaridad con aquellas que actúan creativamente la liberación que viene de Dios por el poder del Espíritu. El encuentro entre las dos mujeres, que ya ha comenzado con la entrada y el saludo de la visitante (v.40), se profundiza en los vv.43-44 dando lugar a la admiración y el reconocimiento de Isabel. La bienaventuranza proclamada por ella en v.45 es la primera del evangelio de Lucas y está dirigida a una mujer; en ella, se utiliza el adjetivo en femenino μακαρία (feliz), que indica un estado previo de felicidad o bendición; el macarismo se repite en el Magnificat con el anuncio de una alabanza futura dirigida hacia María (v.48) y, luego, en las bienaventuranzas (Lc 6,20-22) y al referirse a la fe de la madre del Mesías (11,27-28). Así, la segunda alabanza de Isabel incluye a María entre las bienaventuranzas lucanas: ella es la primera en actuar como discípula en razón de su fe (Lc 1,38) y se perfila como prototipo de los nuevos cristianos.
En el Magnificat, María canta a Dios Salvador, por lo que ha hecho en su vida y en la de su pueblo; su oración de acción de gracias es personal y comunitaria al mismo tiempo. La acción salvadora de Dios se manifiesta en el paso de la humillación a la exaltación, que tiene su icono principal en la inversión de suertes anunciada para los pobres y humildes. Con todo, también en la vida de María se da esta inversión: de la humillación de ser considerada adúltera por José (Mt 1,19) a su proclamación como feliz o bienaventurada por haber creído en el Señor (1,45). Que, en esta fiesta de la Asunción, María sea para cada una y cada uno la estrella en el camino que nos anime en la esperanza.
🕯 Comentario al Evangelio del 1 de Agosto de 2021: el enigma
por Virginia Azcuy
Vivimos perdiendo de vista el misterio y buscándolo sin cesar. Nos inquieta el misterio de la vida y el misterio de la muerte, el misterio del otro y la otra, el misterio de la fe y el misterio de D*s (una abreviatura propuesta para designar a Dios, para indicar que no tiene género). El misterio nos atraviesa y se nos escapa, nos inunda y lo olvidamos, nos orienta y a veces también nos deja perplejos, sin rumbos. El salmo que se nos propone este domingo, que evoca el pan dado al pueblo de Israel en el desierto (Sal 77,24), nos plantea un enigma vinculado a la historia de salvación y nos hace interrogar sobre nuestra relación con Dios, que es al mismo tiempo nuestra relación con la vida y con los demás. Veámoslo.

En el evangelio de Juan, luego de la multiplicación de los panes, se introduce el discurso sobre Jesús como Pan de vida: el signo sirve para mostrar quién es Jesús, el que dio de comer pan ahora se presenta como el Pan (cf. Jn 6,24-35). Aunque estamos acostumbrad*s a este relato y discurso, que D*s se presente como pan no debería dejar de sorprendernos e interpelarnos: ¿qué significa, en verdad, un D*s que se hace pan y se ofrece generosamente como tal? El texto nos dice que, quien lo reciba “jamás tendrá hambre” (Jn 6,35); vale decir, que el alimento que recibimos de D*s y que D*s en sí es, puede realmente saciarnos y dar plenitud a nuestra vida. Podemos preguntarnos si lo vivimos así y qué es lo que da sentido a nuestra existencia.El texto del Éxodo (16,2-4.12-15) da cuenta de la protesta que los israelitas dirigen a sus líderes Moisés y Aarón, por su falta de alimento en el desierto en comparación con lo que comían en Egipto. La respuesta del Señor a Moisés es inmediata: “Haré caer pan desde el cielo, y el pueblo saldrá a recoger su ración diaria. Así los pondré a prueba para ver si caminan de acuerdo con mi ley” (Ex 16,4). Entre las distintas interpretaciones del don del maná en el Antiguo Testamento, en este capítulo el pan que cae del cielo es comprendido como intervención especial de D*s para saciar el hambre del pueblo y también como prueba con respecto a la obediencia de los mandamientos. En el evangelio de Juan, luego de la multiplicación, Jesús habla con palabras semejantes: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn 6,26). Queda la impresión de un reproche o cuestionamiento del Señor.
El Salmo 77 no hace otra cosa que ampliarnos este misterio o enigma invitándonos a considerar nuestra relación con D*s, la maravilla de sus acciones y la (in)consistencia de nuestra fidelidad. Señala Hans-Joachim Kraus que, en muchos aspectos, este salmo es “una pieza única en el antiguo testamento” (Los salmos 60-150, 187); por eso, probablemente, puede ayudarnos mucho en nuestra oración, abriéndonos perspectivas para ahondar en el misterio de la salvación.
El Salmo 77 es considerado como un extenso poema didáctico, que combina diversas tradiciones libremente para explicar la acción salvífica de Dios y al mismo tiempo la historia de Israel, con el alejamiento del pueblo. A la cadena de actos divinos de salvación se opone la constante infidelidad de Israel; la historia de este pueblo es una historia de quebrantamiento de la alianza. El contraste resulta evidente, pero el mensaje del salmista queda en cierto modo oculto.
La exposición histórica del salmo 77 se concentra en los vv. 12-31. En ella se abordan los milagros obrados por D*s, en primer lugar, el milagro del mar: “abrió el Mar para darles paso y contuvo las aguas como un dique” (Sal 77,12). Este salmo utiliza una tradición que no aparece en el Pentateuco, aunque toma imágenes de Éxodo 14,16 y 21s. ¿Cuántas veces en la vida el Señor nos hizo cruzar el mar? Otro milagro se relaciona con el agua que manó de la roca en el desierto: “Partió las rocas en el desierto y les dio de beber a raudales: sacó manantiales del peñasco, hizo correr las aguas como ríos” (Sal 77,15-16). ¿Cómo olvidar la gratuidad de D*os manifestada en el don del agua en medio del desierto? Sin embargo, la reacción del pueblo fue de transgresión y caso omiso a la acción del Altísimo (cf. Sal 77,17). Ante el milagro del maná o pan del cielo (Sal 77,23,ss), se sigue el menosprecio o nula estima del milagro. El pecado está en la falta de fe y de confianza en el Señor, porque la fe y la confianza es lo que esperan producir los milagros. Si preguntamos cómo puede iluminar este salmo el evangelio de hoy, podemos plantearnos que la multiplicación de los panes contiene un mensaje. ¿En qué consiste el enigma de un D*s que se hace pan? Que los milagros nos conduzcan a una fe cada vez mayor.
🕯 Comentario al Evangelio del 25 de Julio de 2021: el exceso
por Virginia Azcuy
La Biblia nos relata la acción de diversos profetas y profetisas que anuncian tiempos mejores. Entre ellos, encontramos la historia de Elías y Eliseo, el primero de perfil intransigente y solitario, mientras que el segundo en estrecho contacto con las comunidades proféticas que se reunían en torno a los santuarios israelitas. Las narraciones sobre la actividad de Eliseo pueden agruparse en dos series: una en la cual el profeta aparece como un taumaturgo, con poderes extraordinarios para realizar milagros y otra que lo presenta comprometido con la vida política de Israel, como defensor de su pueblo contra sus enemigos.

La primera lectura de este domingo pertenece al capítulo 4 del segundo libro de los Reyes, dedicado a un conjunto de milagros de Eliseo en respuesta a las necesidades del pueblo: el aceite de la viuda, que pide la solidaridad de las vecinas (2Re 4,1-7); el hijo de la mujer de Sunam, que es devuelto a la vida por el profeta (4,8-37); el relato del caldo envenenado, convertido en alimento (4,38-41) y finalmente una multiplicación de los panes, que hizo posible que, de veinte panes de cebada, comieran cien personas dando paso de la penuria a la abundancia (4,42-44). Las palabras de Eliseo, ante la duda del servidor, son contundentes: “comerán y sobrará” y efectivamente así sucedió, “todos comieron y sobró, conforme a la palabra del Señor” (4,43-44).
A la luz de esta bella historia, se puede ampliar el horizonte para comprender el signo realizado por Jesús en el capítulo 6 del cuarto evangelio, con un sentido claramente eucarístico. Veamos. Jesús es seguido por una gran multitud y plantea a sus discípulos cómo darles de comer, los cálculos de los discípulos son poco optimistas: “doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan” y “aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?” (Jn 6,7.9). Jesús, que sabía lo que iba a hacer, los hizo sentar, tomó el pan, dio gracias y lo distribuyó; lo mismo hizo con los pescados (cf. Jn 6,10-11). Como en el caso de Eliseo, también en este caso alcanzó y sobró: “Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada” (Jn 6,12). ¿Qué significado puede tener que haya sobrado comida?
Como sabemos, la particularidad de este evangelio es la combinación de los signos y los discursos que hablan de la persona de Jesús. En este caso, el signo de la multiplicación del pan es uno de los modos que tiene Jesús de alimentar a quienes lo seguían y a la vez de revelarse, Él mismo, como alimento para la multitud. No importa que haya poco pan, el don de Dios siempre alcanza para ser repartido entre quienes lo necesitan. El largo discurso sobre el Pan de Vida que explica el signo dice referencia a la persona misma de Jesús y a la Eucaristía (cf. Jn 6,22-63). Jesús invita a traspasar el signo para crecer en la fe: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6,36). Las preguntas que abre el texto son qué nos da vida, qué sacia nuestra hambre y nuestra sed en este tiempo. Más precisamente, podemos preguntarnos en qué medida la vida de fe nos ofrece un horizonte de sentido, que nos abre a la fe en la oscuridad, la esperanza en la necesidad y el amor en la insatisfacción. ¿Puede la fe ser alimento en este tiempo?, ¿qué mediaciones pueden sostener nuestra esperanza hoy?
La multiplicación de los panes para la multitud constituye una hermosa figura para revisar la cualidad evangélica de la Iglesia de Jesús, la gratuidad del evangelio que estamos llamados a poner en práctica en nuestra vida. ¿Somos capaces de vivir del exceso que viene del reino de Dios para compartirlo con cada hermana y hermano que lo necesita y lo está buscando?
🕯 Comentario al Evangelio del 18 de Julio de 2021: la multitud dispone
por Virginia Azcuy

El dicho popular “el hombre propone y Dios dispone” no se cumple en el evangelio de este domingo, en el cual sucede al revés: Jesús propone y la multitud dispone, aunque es verdad que, otras veces, sí se cumple lo del refrán de nuestra cultura. Lo que se pone en evidencia parece ser la interacción “dramática” de dos libertades, la divina y la humana. Quizás podemos pensar más sobre ello, tal vez llegamos a descubrir que la libertad consiste en disponer y dejarse disponer, es decir, estar disponible ante la libertad del Otro y las/os otras/os. Los versículos propuestos para este domingo, Mc 6,30-34, hacen parte en realidad de dos pasajes diferentes unidos: el final del relato de la misión apostólica enlazado con la muerte del Bautista (6,6b-31) y el comienzo de la multiplicación de los panes en campo judío (6,32-44), aunque los vv.30-34 también pueden entenderse como introducción a la multiplicación de los panes. El hecho es que Jesús invita a los apóstoles a retirarse a descansar, lo que equivale a un Jesús propone: “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco” (Mc 6,31a). Se podría pensar en un gesto de “cuidado” de parte de Jesús hacia los apóstoles, que pretende sacarlos de la vorágine de la misión, de su exigencia de estar disponible para los demás. Esta situación -que, en general, conocemos por experiencia- está aludida de forma muy concreta en el versículo siguiente: “Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer” (Mc 6,31b).
Tenemos, entonces, que Jesús propone descansar. El narrador relata, en los versículos que siguen, dos escenas diferentes en simultáneo: una sobre el grupo de Jesús y otra que trata sobre la multitud que seguía al primer grupo: “Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto” (Mc 6,32) y “Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos” (6,33). Las expectativas se cruzan; la multitud, en su expectativa, parece disponer que no descansen, sino que continúen la misión. ¿Respetará la propuesta de Jesús a los suyos o perturbará su descanso? Parece que ninguna de estas dos cosas, porque la búsqueda de esos muchos y muchas, junto a la percepción que Jesús tiene de ellos/as modifica el plan inicial: “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato” (Mc 6,34). Conclusión: la multitud dispone y Jesús se deja disponer, es decir, si bien había dispuesto otra cosa para los discípulos, ahora asume lo que otras y otros disponen, aunque esto signifique postergar necesidades legítimas. ¿Por qué lo hace?
Algunos interrogantes: ¿el descanso era innecesario?, ¿la decisión de Jesús era dudosa?, ¿se trata de un cambio de planes sobre la marcha o de un cambio de ánimo en Jesús? La información que ofrece el narrador en el versículo 34 nos ayuda a entender lo que pasó por medio de tres verbos que tienen a Jesús como sujeto: ver, conmoverse o compadecerse y enseñar, los tres en relación con la multitud que lo sigue. ¿Qué sucedió? La irrupción de la multitud -inesperada por el Señor, en ese lugar- lo hace reorientar su mirada y su acción: que los vio significa que entendió sus necesidades y motivos, que estaban solos (=como ovejas sin pastor) y por eso se compadeció (=se le removieron las entrañas) y actuó como un profeta al ponerse a enseñarles. Lo hermoso y significativo de este breve relato es que Jesús suspende su disposición o decisión, para dejarse disponer por las necesidades de las muchas y muchos que lo siguen. Ser profeta o profetisa, pastor o pastora quiere decir estar atento y atenta a quienes desean escuchar una palabra que alimenta.
A esta altura podemos preguntarnos quién dispone las cosas, lo que sucede cada día, ¿Dios o la humanidad? ¿Cómo es nuestra experiencia al respecto, proponemos nosotros y Él dispone? Si contemplamos a Jesús al desembarcar, quizás podemos aprender algo importante para nuestra vocación y es que Dios nos llama en las necesidades y aspiraciones de la humanidad, de cada ser humano que es nuestro hermano y nuestra hermana. Que este domingo busquemos descansar, pero sobre todo estemos disponibles para amar y servir a los demás. En tiempos de pandemia, podemos percibir que muchas y muchos andan como ovejas sin pastor. Nosotros mismos/as nos sentimos así, en diversas situaciones de vida. ¿Cuál puede ser la misión de los bautizados en este contexto? El texto de Ef 2,13-18 puede ayudarnos, si nos descubrimos llamados a ser profetas y profetisas de paz y reconciliación, no solo en lo personal y familiar, sino en lo social y la construcción de la hermandad.
🕯 Comentario al Evangelio del 4 de Julio de 2021: tropiezo con Jesús
por Virginia Azcuy

Vivimos en tiempos muy sensibles a la propia identidad, a la definición de las relaciones familiares y a la revisión de los roles sociales asignados y elegidos con responsabilidad personal. El evangelio de este domingo nos introduce en los laberintos de la vocación profética de Jesús, que tiene un capítulo central en su identidad personal y su arraigo familiar. ¿Cómo entender el escándalo de Jesús?, ¿qué podemos aprender sobre la vocación profética de cada una/o?
El pasaje de Mc 6,1-6 contiene un indicio que nos lleva rápidamente a Mc 3,31-35, que trata sobre la verdadera familia de Jesús: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María…?” (6,3). La alusión a María solo aparece en Marcos en el capítulo 3, en un contexto de incomprensión hacia Jesús y de redefinición de los lazos de parentesco con Jesús. Tanto en Mc 3,20-21.31-35 como en 6,1-6 llama la atención que no se hable de José; la omisión del padre humano en la familia de Jesús no es ciertamente un dato menor y podría significar la prioridad de Dios (Padre) en la nueva familia (cf. 3,35). Hijo de María llama además la atención, puesto que la mención de Jesús como carpintero remitiría directamente a su padre José, el carpintero…
Ahora bien, la referencia a Jesús como carpintero también está cargada de sentidos ocultos, porque según el trasfondo de Ecle 38,25-39,15 un obrero se distingue por su trabajo manual y no por su conocimiento de la ley como los escribas (cf. Mercedes Navarro, Marcos, 212). La actividad de Jesús de narrar parábolas y curar enfermos/as no lo muestra como obrero, lo que hace pensar en la suspicacia y hasta hostilidad de la pregunta: “¿no es acaso?” (Mc 6,3), semejante al interrogante -aunque con otro tono- de los discípulos en medio de la tempestad: “¿quién es este?” (4,41). Quienes están más cerca de Jesús, su familia de sangre -incluso María-, los de su patria y sus discípulos se encuentran claramente desconcertados frente a Jesús.
Llegados al final de las preguntas de los suyos en torno a Jesús y su familia, el narrador agrega que “Jesús era para ellos un motivo de tropiezo” (Mc 6,3d). Los de su pueblo o patria estaban primero maravillados y se asombraban (Mc 6,2), pero luego se escandalizan y el que se asombra es Jesús por su falta de fe (6,6). La respuesta de Jesús se presenta en forma de proverbio o dicho popular: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa” (Mc 6,4); con estas palabras, Jesús apela a la libertad de oyentes y lectores/as y, por primera vez en el evangelio, dice de sí mismo que es un profeta. ¿Qué significa esta autodefinición? Se puede pensar que la vocación y misión profética no se hereda de la familia o la raza, por lo cual Jesús se sitúa -con esta respuesta- fuera del cuestionamiento que recibe de los suyos.
¿Cuál es el motivo de tropiezo? La relación con la familia y con el propio pueblo o patria es puesta en el tapete: en el capítulo 3, Jesús interroga “¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” (Mc 3,33), haciendo un llamado a los suyos a unirse a la nueva familia. En este caso, el tropiezo tiene que ver con una redefinición de los vínculos familiares. En el inicio del capítulo 6, Jesús se dirige a su pueblo con sus discípulos -que son la nueva familia- y entonces sus compatriotas muestran su rechazo hacia el proyecto de Jesús que contradice las expectativas socioculturales de su tiempo. El tropiezo sigue siendo la distancia de Jesús frente a sus raíces sociales y religiosas, que no impide a los suyos más cercanos seguir tras sus huellas. Que Jesús es un profeta no le viene de sus lazos familiares, no lo hereda de su padre o de su patria, de los cuales toma distancia para seguir con su propia vocación y misión.
Este evangelio nos invita a meditar en nuestro propio tropiezo con Jesús, si nos encontramos o queremos estar entre los suyos. ¿Quién es Él para cada una y cada uno?, ¿estamos dispuestas/os a redefinir nuestra relación con Él, más allá o más acá de los mandatos familiares y sociales? Que Jesús, el hijo de María, nos enseñe a crecer en libertad para ser profetisas y profetas de su reino.
🕯 Comentario al Evangelio del 20 de Junio de 2021: vida nueva
por Virginia Azcuy
El evangelio de este domingo trata de la “tempestad calmada” (Mc 4,35-41). La secuencia del vendaval, las olas y el miedo a la muerte, junto a la pregunta acuciante “¿no te importa que nos ahoguemos?” (v.39), da lugar a la acción de Jesús, quien increpó al viento y sobrevino la calma. En nuestra vida, como en la de quienes estaban en la barca, no faltan los momentos de angustia y temor, por eso la meditación de este relato puede ser muy oportuna y sanadora. También nos puede ayudar la lectura del Salmo 107 (106), porque trae a colación diferentes situaciones de necesidad y peligro en las cuales se puede experimentar la salvación y dar gracias por ella. El mensaje de salvación ofrece una vida nueva que podemos considerar.

El Salmo 107 (106) se divide en dos secciones principales que contienen una acción de gracias por los liberados/as (vv.1-32) y un himno o poema complementario (vv.33-43). Se piensa que este salmo pudo hacer parte de una liturgia de acción de gracias y que el himno agregado podría ser una ampliación secundaria de la celebración original. Si ponemos la mirada en la primera parte, vemos que trata de cuatro grupos diferenciados: los extraviados/as en el desierto (vv.4-9); los cautivos/as que fueron liberados/as (vv.10-16); los enfermos que fueron curados (vv.17-22); los navegantes que fueron salvados del naufragio (vv.23-32). Todos ellos/as, junto a nosotros/as, pueden sintetizarse bajo el concepto “redimidos/as del Señor” (Sal 107,2), redimidas y salvados, liberados y sanadas en diversas circunstancias ¿cómo puede ser esto?Las Escrituras nos comunican la experiencia de la salvación, nos invitan a celebrarla, nos animan a descubrir, pedir y agradecer la misericordia de Dios en situaciones difíciles. Volvamos a los grupos del Salmo 107 (106), a los y las errantes por el desierto (v.4), eran guías de caravanas y se encontraban en grave peligro, podían desorientarse y desfallecer, entonces clamaron al Señor en su angustia y él los libró (v.6). ¿Quiénes podría asemejarse a este grupo?, ¿cómo nos sentimos dentro del mismo? El segundo grupo invitado a dar gracias era el de los y las cautivas liberadas/os (v.10), que hace recordar la institución de encarcelamiento del Antiguo Testamento, consistente en arrestar y encarcelar no en una casa sino en una cisterna, a cuyo fondo embarrado se hacía descender al prisionero causando humillación y degradación. En este salmo, quienes sufren prisión están en la oscuridad y sienten agobio, claman al Señor pidiendo auxilio y él los/as escucha (v.13-14), quebrando los cerrojos de hierro (v.16); podría pensarse en la aplicación de esta descripción a la salida y liberación del destierro babilónico. ¿De qué transgresiones y cadenas necesitamos ser liberados hoy?, ¿cómo discernir y practicar una vida más digna y justa para cada una y cada uno?, ¿cómo sanear y transformar lo que nos hace mal?, ¿creemos en la posibilidad de trabajar por una vida nueva y mejor?
Llegamos en tercer lugar al grupo de los enfermos/as que fueron curados (vv.17-18), tal vez el que nos toca más de cerca en nuestros días. En la visión de este y otros salmos (cf. 32,1ss; 38,3ss; 39,9.12), la enfermedad aparece en conexión directa con la culpa y la amenaza de muerte: “estaban debilitados y oprimidos, a causa de sus rebeldías y sus culpas” (v.17). También el enfermo o la enferma que clamó, fue librado (v.19); el salmo dice que el Señor “envió su palabra y los sanó, salvó sus vidas del sepulcro” (v.20). El concepto de enfermedad y salud que se manifiesta en el salmo se vincula con la realidad del pecado y la gracia en nuestras vidas, sin negar la visión que nos ofrece el sistema biomédico actual. Podemos reconocer la autoridad de la medicina y a la vez implorar a Dios, con fe, para ser perdonadas/os y sanadas/os, para buscar una vida nueva.
Por fin nos encontramos con los y las navegantes en peligro; estamos todos en la barca, la misma o diferentes, no es el punto discutir eso. Sobrevivir a la tormenta, al naufragio, al extravío de la nave en medio de la noche es el tema puesto en escena. La ayuda de Dios en estas circunstancias es lo que mueve la acción de gracias y da motivo a la celebración de la fe. El Salmo 107 (106), en su primera parte, manifiesta que la salvación llega a distintos grupos y personas, en diferentes situaciones, a todos y a cada una, sin excepciones, el Señor le responde cuando pedimos su intervención, más allá del resultado concreto. La fe nos ofrece una ayuda para vivir en Cristo, que murió y resucitó, soltando lo caduco y llegando a ser nuevas criaturas (2Cor 5,17).
🕯 Comentario al Evangelio del 13 de Junio de 2021: una fe puesta al desnudo
por Virginia Azcuy
En estos últimos meses, la enfermedad y la muerte se han hecho muy presentes o conscientes, aunque también lo están la fe y la vida. Junto al hermoso evangelio de Marcos que nos habla en parábolas y nos pone a pensar en la comunicación del mensaje y el lenguaje adaptado que pide cada una y todos los destinatarios, la liturgia propone un sugerente texto paulino. Se trata de un fragmento de la Segunda Carta a los Corintios (2Cor 5,6-10), que habla de la precariedad de la vida humana ante la muerte y de la confianza que brota de la fe en la resurrección.
En realidad, el tema del temor ante la muerte comienza en el capítulo anterior (2Cor 4,16-5,10), dedicado a las tribulaciones propias de la vida apostólica. Como introducción, Pablo presenta la bella imagen del tesoro en vasijas de barro (4,7), que destaca la fragilidad; menciona cómo nuestra existencia corporal está asociada a la cruz de Cristo, al decir que llevamos en nuestro cuerpo sus sufrimientos (4,10) y, finalmente, hace una constatación que nos hace estremecer: “vivimos continuamente entregados a la muerte por Cristo Jesús” (4,11). Nuestro contexto es diferente: hoy tal vez diríamos que vivimos continuamente expuestos al contagio, la enfermedad y la muerte por el coronavirus, pero en el fondo -quienes somos bautizadas/os- también estamos inmersos en el misterio de la muerte y la resurrección del Señor (cf. Rm 6,4).

Los sentimientos presentes en esta carta se pueden resumir, en parte, con las palabras tribulación y aplastamiento, que Pablo opone a otras que incluyen la perspectiva de la confianza que brota de la fe: estamos perplejos, pero no desesperadas, perseguidos, pero abandonadas, derribados, pero no aniquiladas (2Cor 4,8) y esto es así porque sabemos que Dios resucitó a Jesús y creemos que nos resucitará (4,14). En el capítulo 5, el apóstol da un paso más y nos habla de nuestra existencia corporal con la nueva metáfora de la tienda de campaña que se desmorona, en contraposición con una casa firme que nos espera en el futuro (2Cor 5,1). La formulación se hace más directa en lo que sigue: se nos dice que, en el presente, “habitamos en el cuerpo” (2Cor 5,6), que es semejante a decir que somos cuerpo, vasija y tienda de campaña. Es en esta condición de personas corpóreas, en corporalidad y por lo tanto en vulnerabilidad, que estamos llamadas/os a vivir el ser cristiano, a caminar en la fe. Sufrimos, gozamos y creemos en un cuerpo, el propio individual y el compartido con la comunidad humana y la creación. El cuerpo eclesial que formamos los cristianos se basa en la condición humana corpórea que nos hace capaces de relación y en el cuerpo de Cristo, que nos edifica como cuerpo pneumático.
Para completar sus ideas, Pablo introduce otras imágenes que complejizan el asunto y nos obligan a pensar nuevos sentidos de nuestra vida de fe. Se trata de las metáforas del vestido que acompañan esta vida y la futura, claramente en tensión en la visión que se nos propone: no queremos ser desvestidos mientras vivimos en nuestra tienda de campaña, pero a la vez gemimos por la casa firme que no se desmorona (2Cor 5,2-4). Pero más allá de la contraposición entre esta vida terrena y la eterna, se abre el camino de la fe, en el cual no estamos totalmente “desnudos”, porque hemos recibido el anticipo de las “arras del Espíritu”. Por la fe, recibimos una dirección -una especie de brújula, podríamos decir- que nos orienta a vivir en este cuerpo en conformidad con los sentimientos de Jesús (Fil 2,5). Si Pablo dice preferir dejar este cuerpo (2Cor 5,8), nosotros nos encontramos más bien en una época que prefiere lo contrario y por eso tal vez estamos llamados a vivir más radicalmente la contingencia de nuestra vulnerabilidad. O bien, las reflexiones testimoniadas en este texto nos sugieren la oportunidad de animarnos a vivir nuestra fe más al desnudo, es decir, con lucidez frente a lo provisorio y confianza ante aquello que da sentido a nuestra vida en este cuerpo de barro. Que sepamos aprender a convivir con la desnudez de nuestra fragilidad para que podamos anunciar el vestido nuevo de la fe.
🕯 Comentario al Evangelio del 6 de Junio de 2021: ¿somos pan?
por Virginia Azcuy

Cena compartida, pan y vino, cuerpo y sangre, despedida y entrega son algunas claves para entrar en el tema de la fiesta que se celebra en este domingo. Las dos escenas que recordamos en la lectura del capítulo 14 del evangelio de Marcos, relatan los preparativos para la cena pascual (vv. 12-16) y la institución de la Eucaristía (vv. 22-26). Ambas narraciones están precedidas por la unción de Betania y la traición de Judas, una unción para la vida y una traición para la muerte (cf. Mercedes Navarro, Marcos, 509). Dado que este domingo la Iglesia celebra la Fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor, nos quedamos sobre todo con el relato de la última cena, que se encuentra en los tres sinópticos (Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,14-18.19-20) y en la primera carta a los corintios (1Cor 11,23-27). La ubicación de esta escena en los evangelios, al inicio de los relatos de la pasión y resurrección, nos muestra la íntima conexión que existe entre la cena y la pascua de Jesús, la continuidad entre una y otra.
¿Quiénes están en la cena? En Mc 14,17 se dice que Jesús llegó con los Doce, al lugar que había sido preparado. La indicación resulta significativa porque, al anunciarse la traición de Judas, queda patente que se trata de uno de los elegidos (Mc 14,20). Sin embargo, “no resulta verosímil que la comida pascual tenga lugar solo con los doce y, sobre todo, excluyendo a las mujeres, de cuya presencia permanente dará cuenta después el narrador” (Mercedes Navarro, Marcos, 516). Antes de las palabras de la institución (Mc 14,22-25), Jesús se refiere al que lo iba a traicionar. La reacción de los presentes, de tristeza y confusión, sin indignarse o discutir entre ellos, parece denotar inseguridad y miedo por parte del grupo; queda en evidencia la soledad de Jesús y su respeto a la libertad de Judas, al que alude sin decir su nombre (Mc 14,20).
¿Qué hace y qué dice Jesús en la cena? Luego de las palabras sobre la traición, el narrador pone el foco en las palabras que Jesús dirige a sus discípulas/os. Se puede observar una estrategia que rompe con lo esperado: se había hablado de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual y de la comida pascual (Mc 14,12), pero ahora en lugar del cordero se habla del pan y, en la bendición, en lugar del pan se encuentra el Cuerpo (14,22). Las acciones de Jesús rompen las expectativas de la pascua y transforman su significado: el “Cuerpo” es la persona de Jesús en su integridad física, espiritual e histórica; las palabras y el gesto de partir el pan y darlo a sus discípulas/os expresan el don de sí como rescate por muchas/os (Mc 10,45). El pan recibe, por las palabras de Jesús, un nuevo valor: ahora es el “Cuerpo de Cristo” y el vino, con las palabras de Jesús en la cena, pasa a representar la “Sangre de la Alianza” (Mc 14,24). Los verbos utilizados por el Señor: “tomar”, “bendecir”, “dar”, recuerdan la multiplicación de los panes (Mc 6,41), pero la ruptura o lo nuevo está en la frase explicativa: “Este es mi Cuerpo”, que identifica al sujeto Jesús con el objeto pan, en la cena. Jesús se ofrece como cuerpo ungido, entregado.
¿Cómo vivir este misterio? Sin duda, no podemos negar que somos cuerpo, habitamos una corporalidad humana que nos hace capaces de relación y comunión. En este día podemos preguntarnos si somos pan, si estamos dispuestas/os, como Jesús, a darnos a nosotras/os mismas/os para que otras y otros tengan vida. ¿Qué nos dice esta entrega del Señor sobre el sentido de nuestra propia vida?, ¿cómo vivimos el misterio de su presencia, en la Eucaristía, en la Palabra, en la comunidad y en los que sufren? ¿Cómo nos nutre el misterio del Cuerpo de Jesús en este tiempo de restricciones?, ¿cómo estamos viviendo la pascua hoy?, ¿somos pan? Que el Cuerpo del Señor, ungido, traicionado y entregado, nos transforme en pan para la vida.
🕯 Comentario al Evangelio del 30 de Mayo de 2021: preciosa herencia
por Virginia Azcuy
La Fiesta de la Trinidad nos pone de cara al fundamento de nuestra fe y nos hace experimentar la paradoja de su misterio. ¿Cómo comprender el misterio de la Trinidad, cómo hablar de ella y sobre todo cómo vivir, moverse y crecer en el dinamismo de este Dios trinitario? Las lecturas de este domingo, sobre todo el texto de Rm 8,14-17, que habla de nuestra vocación como hijas e hijos de Dios, puede ayudarnos a bucear en los insondables caminos de la salvación en la tradición judeocristiana y abrirnos perspectivas para la meditación personal y comunitaria.
Ante todo, recordemos que cuando las Escrituras hablan de Dios Trinidad lo hacen siempre en perspectiva histórica-salvífica, es decir, nos hablan de cómo actúan y se manifiestan las personas divinas del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Son frecuentes las llamadas “fórmulas trinitarias”, como es el caso precisamente al final del evangelio de Mateo en el mandato evangélico: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,19-20).Otros textos, como los discursos de despedida en el cuarto evangelio (Jn 14-16) o diversos textos paulinos, como el de este domingo (Rm 8,1-17), nos invitan a profundizar en las acciones de las personas divinas y las relaciones entre ellas. Estos textos, más extensos, revelan cómo son las “relaciones trinitarias” tal como se muestran y testimonian en la historia de salvación, sin entrar en el detalle sobre cómo son las personas divinas en sí mismas, en su realidad inmanente. Como a Dios nadie lo ha visto, sino aquel que lo ha dado a conocer (Jn 1,18), lo que sabemos inicialmente de la Trinidad lo hemos recibido de parte de Jesús, que nos lo ha revelado. En esta fiesta, volvemos a pedir a Jesús -como Felipe-: muéstranos al Padre (Jn 14,8) y, también, regálanos tu Espíritu, para que nos guíe hasta la verdad completa (14,16-17; 16,7).
Un tema importante que nos introduce el apóstol Pablo en el inicio del capítulo 8 es el de la encarnación: “Lo que no podía hacer la Ley, reducida a la impotencia de la carne, Dios lo hizo, enviando a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado y como víctima por el pecado” (Rm 8,3). En este versículo, encontramos un espléndido resumen de cristología salvífica, porque en él se nos explica claramente la misión de Jesús de redimirnos del pecado. Ante todo, está presente el tema central de la Carta a los Romanos: que la justificación o salvación no se da por la ley, sino por la fe en Jesucristo; por eso el texto dice que la ley era impotente con respecto al pecado, ya que solo podía señalarlo, pero no erradicarlo. A continuación, se anuncia lo nuevo: Dios envió a su Hijo, la forma más sintética de entender la relación entre el Padre y el Hijo; se trata de un texto muy semejante al de Gál 4,4-6, que también introduce nuestra filiación. Las fórmulas carne semejante a la del pecado y víctima por el pecado, explica que la encarnación es redentora y nos libra de todo mal y rechazo del plan de salvación. Dios quiere nuestra salud.

Los versículos 14-17, que han de entenderse en la sección mayor de 8,1-17, se apoyan en otro tema precedente del capítulo 8 que se podría enunciar con la afirmación: “El Espíritu de Dios habita en ustedes” (Rm 8,9). Vale la pena ver las relaciones trinitarias: es el “Espíritu de Cristo” (Rm 8,9) y el “Espíritu de aquel que resucitó a Jesús [=el Padre]” (8,11). Sin embargo, el tema paulino principal es que si el Espíritu habita en nosotros y nosotros en el Espíritu, somos hijos (Rm 8,14), somos “hijos adoptivos” e “hijos de Dios” (8,15,16). Se trata de la vida de los bautizados y en definitiva de la gracia del bautismo, ya descripta en Rm 6,1-11, como inmersión en la muerte y resurrección de Jesús. Entonces, ¿adonde apunta el tema de la filiación en este texto? Pablo lo resume así: “si somos hijas e hijos, también herederas y herederos” (Rm 8,17). La preciosa herencia es la pascua que se nos regala compartir y la oración que nos regaló Jesús, que nos hace pedir ser hermanas y hermanos, al llamar con el Espíritu: “¡Abba!” (Rm 8,15).
🕯 Comentario al Evangelio del 23 de Mayo de 2021: ¡Espíritu, viento y fuego, ven!
por Virginia Azcuy
El Libro de los Hechos es la única fuente del Nuevo Testamento que nos hace un relato detallado de la fiesta de Pentecostés (“día cincuenta” en griego), estando ella ausente en los Sinópticos, en los escritos de Pablo y Juan. En el caso del evangelio de Juan, que también se lee en estos días, el envío del Espíritu “Paráclito” (Abogado defensor), está en relación con Dios Padre y el Hijo (Jn 15,26-27 y 16,12-15). Como es sabido, Lucas da una gran importancia al Espíritu Santo, tanto en el evangelio que inicia con el Espíritu que actúa en la “venida del Mesías” (Lc 1,5-2,52) como en el Libro de los Hechos que prácticamente comienza con el relato de la “venida del Espíritu Santo” (Hch 2,1-13) para dar comienzo a la misión de la Iglesia y sigue con otras manifestaciones a lo largo de la vida eclesial. Un aspecto muy precioso en la obra lucana es el lugar fundamental dado a María: en la anunciación, el Espíritu la cubre con su sombra (Lc 1,35) y en la previa de Pentecostés, ella, en compañía de otras mujeres y discípulos, representa la comunidad que persevera en la oración a la espera de la irrupción misteriosa del Espíritu prometido (Hch 1,14). María es el icono de una comunidad de discípulas y discípulos movidos por el Soplo de Dios.

“Pentecostés es una experiencia continuada en la Iglesia” (Santiago Guijarro, Los cuatro evangelios, 420), aunque su fiesta se celebra una vez al año siete semanas después de la Pascua. El relato de la efusión del Espíritu, en el día de Pentecostés, tiene dos partes: la primera abarca Hch 2,1-4 y describe el acontecimiento del descenso del Espíritu utilizando imágenes que evocan las teofanías del Antiguo Testamento (el viento impetuoso y el fuego). Vale la pena detenerse en estas imágenes: la imagen del “viento” (en hebreo ruaj) evoca el aleteo de la ruaj sobre las aguas en la creación (Gn 1,2b), al comienzo de la Biblia. La imagen de las “lenguas de fuego” sobre los discípulos (Hch 2,3-4) expresan la realidad de la Iglesia como fenómeno de comunicación y audición (Hch 2,4.6-8.11-12). Los símbolos del viento y el fuego, para hablar de Espíritu, dan a la narración un carácter solemne y arcaizante, un tono misterioso. La segunda parte del relato, Hch 2,5-13, explica con más detalle en qué consiste “hablar en diversas lenguas” y cuál es la finalidad de este carisma. El fenómeno del lenguaje se relaciona con la proclamación de la buena noticia, de Jerusalén hasta Roma, como se anunció en el prólogo del libro: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). La presencia de personas venidas de todas las naciones expresa la universalidad de la Iglesia naciente (Hch 2,5.9-11).
Al final del capítulo de los Hechos que relata la fiesta de Pentecostés, Lucas ofrece un retrato de la comunidad cristiana ideal, en la cual se vivía la comunión compartiendo la fracción del pan y los bienes con los más necesitados (2,42-47). Si miramos la Iglesia real de nuestros días, limitada en sus celebraciones por el aislamiento social y en la solidaridad por nuestra dificultad de reconfigurar los vínculos interpersonales y sociales, percibimos que necesitamos ayuda… ¿Queremos hacer lugar a la Ruaj que es viento impetuoso que sacude y trae nuevos aires?, ¿estamos dispuestas/os a quedar llenas/os de Espíritu de fuego para renovar el lenguaje de nuestro tiempo, aprendiendo a incluir toda diversidad? Que en esta fiesta del “cumpleaños de la Iglesia”, renovemos la esperanza de ser comunidad cristiana porque, a pesar de nuestra debilidad, Dios, el siempre Fiel, no nos abandona. ¡Espíritu, viento y fuego, ven! ¡Ven!
🕯 Comentario al Evangelio del 9 de Mayo de 2021: la otra circulación
por Virginia Azcuy
En estos días de pandemia, escuchamos hablar mucho de la circulación del virus, de la importancia de evitar la circulación humana -en la medida de lo posible- para frenar la circulación de contagios del Covid-19. Las noticias varían entre los esenciales que pueden circular, los permisos necesarios para circular y las medidas que intentan contener la circulación. La situación que vivimos también nos hace pensar en lo que circulamos entre nosotros y en otra circulación, en la cual inscribimos nuestras vidas. El evangelio del domingo nos habla de ello.
La liturgia nos propone continuar leyendo el capítulo 15 de Juan, en especial los versículos que tratan del mandamiento del amor (vv.12-17). De alguna manera, esta exhortación, junto con la comparación de la Vid y las ramas (15,1-8), nos habla de una circulación de amor mutuo. Como ningún otro evangelio, el cuarto evangelio nos cuenta sobre el amor mutuo entre el Padre y el Hijo: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10,30) y muestra que este amor está circulando: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes” (15,9). Jesús permanece unido al Padre porque cumple su mandato o misión; del mismo modo, discípulos y discípulas estamos llamados a cumplir sus mandamientos para permanecer (cf. Jn 15,10). La vida de fe siempre lleva implícita una misión, que estamos llamados a descubrir paso a paso.
Para tener parte en la circulación del amor y permanecer en esta corriente, Juan nos invita a ser parte en el dinamismo del mayor amor o mayor salida de sí: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Esta formulación que nos recuerda a esta otra: “El buen Pastor da la vida por las ovejas” (Jn 10,11). El amor es dar-se, dar la vida quiere decir algo distinto que dar algo o por un intervalo corto de tiempo; este mayor amor se vincula con el permanecer, lo que significa una exigencia de fidelidad y de cultivo espiritual para que la llama no se apague. Para entrar en este amor y permanecer, el evangelio nos pone de cara a lo esencial: “Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15,12). La clave está en el amor mutuo, con la medida de Jesús: el mayor amor, la salida total de sí.

Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿cómo circula este amor?, ¿cómo entrar y permanecer en esta corriente de mutuo amor?, ¿qué dificultades se presentan en este camino? Algunas pistas para la meditación: el Salmo 97 nos recuerda la victoria y la justicia del amor de Dios por el pueblo de Israel y canta con alegría a la fidelidad y coherencia de este amor. Siempre es una buena ocasión para agradecer el amor de Dios en la historia humana, personal y común; nuestra vida se inserta en esta historia de amor del Señor a su pueblo (Sl 97,1-4). La exhortación al mandamiento nuevo, en el evangelio de Juan, nos enseña que para permanecer en el amor que viene de Dios se requiere vivir el amor a los demás, de unos a otros, circularmente (cf. Jn 15.17). Estas ideas están reforzadas en la lectura de 1Jn 4,7-16: sólo se puede conocer a Dios, si entramos en la corriente de este amor de donación a los demás o amor mutuo. Esta visión nos previene de la dificultad de separar el amor a Dios del amor de unos a otros, es el mismo amor como salida de sí al otro el que circula en esta corriente que viene de un más allá de nuestras fuerzas, capacidades y promesas. Permanecer significa apoyar nuestra fidelidad en el mayor amor que viene de Dios, brota en la Pascua de Jesús y se derrama en su Espíritu-Ruaj Santa.
En estos días que se encuentra limitada nuestra circulación exterior por el Covid-19, podemos poner la mirada en otra circulación, la espiritual, pidiendo a la Ruaj que renueve nuestro amor. Que seamos partícipes en el amor de unos a otros, base de la amistad social que pedimos hoy.
🕯 Comentario al Evangelio del 2 de Mayo de 2021: no sin ti, sí con ellos y ellas
por Virginia Azcuy

Muchas preguntas surgen en estos días, tensos e inciertos, de la segunda ola de Covid-19 en el país. ¿Quedarse en casa y no circular o circular para poder llevar el pan a la casa? ¿Presencialidad o virtualidad en las diversas actividades que realizamos habitualmente? Nos preguntamos, también, por dónde pasa la fidelidad en estos tiempos que corren y qué podemos hacer para aportar una nota de esencialidad en este momento. Una nueva comparación del cuarto evangelio, la Vid y los sarmientos (Jn 15,1-8), nos puede dar algunas pistas.
En el evangelio de Juan, se nos ofrecen dos alegorías o metáforas para hablar de la comunidad creyente: la que leímos el pasado domingo sobre el Pastor y las ovejas (Jn 10,1-18) y la de este domingo, centrada en la imagen de la vid o viña. En el Antiguo Testamento, Israel es la viña plantada por Dios, de la cual se esperan frutos; en Juan, Jesús es la verdadera viña (ἡ ἄμπελος ἡ ἀληθινὴ), su Padre es el viñador (ὁ γεωργός) y nosotros somos los sarmientos o ramas de la viña (τὰ κλήματα) según Jn 15,1 y 5. ¿Qué significa esta metáfora? Por lo que explica el texto, ella está al servicio de explicarnos que, sin Jesús, no podemos dar fruto (Jn 15,6), porque las ramas solo pueden tener vida y fructificar en la medida que permanecen unidas al tronco de la vid. De esta forma, el evangelista nos introduce en la realidad misteriosa y sencilla de la comunidad de fe.La propuesta de la comparación va más allá, por cuanto los creyentes no somos simplemente como las ramas… En esta elaboración teológica, se distingue sobre todo un verbo que vale la pena profundizar: se trata del verbo μένω (permanecer), que aparece unas 40 veces en este evangelio. Permanecer y quedarse representa una acción principal de cada discípula y discípula en su vida de fe; lo propio de Juan es que no solo nos invita a nosotros a permanecer en Él, sino que nos dice que Jesús también se queda con nosotros: “permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes” (Jn 15,4a). Jesús ha venido para quedarse; el Resucitado permanece por la fe y las obras de los creyentes en sus corazones. La comparación de la Vid y los sarmientos nos recuerda este camino del permanecer con él, de entender la fe como un estilo de vida con Él: no sin Ti. Esta conciencia nos lleva a la acción de gracias, a la vida de oración, a la fidelidad con sus palabras (Jn 15,7). Señor, no sin Ti.
La visión de la comunidad joánica se prolonga en las cartas de Juan, que nos traen un pasaje que también leemos este domingo y que está dedicado al amor fraterno (1Jn 3,11-24). El “no sin Ti” de la relación con Jesús y su Padre se verifica en el “no sin ellos”, porque no se puede amar a Dios, sin amar a los hermanos y hermanas (1Jn 4,7-21). Si seguimos la sugerencia de la comparación propuesta por el evangelio de Juan, estamos muy cerca de la idea de Pablo al hablarnos de la comunidad cristiana como un cuerpo con muchos miembros (1Cor 12,12-27). La Vid tiene muchos sarmientos y el fruto que estos están llamados a dar es el amor mutuo: si nos amamos unos a otros, permanecemos en Él, el amor a los demás nos une a Jesús y esta fidelidad nos envía a los otros. Este amor hoy se manifiesta de manera muy particular en el cuidado de la vida, de cada una y cada uno, en todos los sentidos y las dimensiones posibles. La llamada a permanecer en nuestro puesto, a ser fieles, parece traducirse también como un sí con ellos y ellas, en una perspectiva inclusiva, sin dejar a otros y otras afuera, al descubierto.
Que en este domingo sepamos hacernos las preguntas correctas y tengamos la generosidad para responder desde la realidad que nos toca vivir, con respeto por la vida de los demás y la confianza puesta en Aquél que se quedó con nosotros y permanece presente en medio nuestro, aún en medio de nuestras incertidumbres. Señor, no sin Ti. Jesús, sí con ellos y ellas.
🕯 Comentario al Evangelio del 25 de Abril de 2021: sentido de rebaño
por Virginia Azcuy
En estos días del Covid-19, venimos escuchando hablar de la “inmunidad de rebaño”, algo así como una inmunidad colectiva o de grupo que se daría cuando un gran porcentaje de una comunidad o población se contagia o se vacuna y genera inmunidad como para proteger al resto. El supuesto es que a medida que un sector o el conjunto de la sociedad se hace inmune a una enfermedad, sería más difícil que el contagio de ese virus se extienda y eso protegería a las personas y grupos que no son inmunes, pero todavía no existen certezas sobre cómo se daría esto en el caso del coronavirus. El evangelio de este domingo nos presenta la alegoría del pastor y las ovejas, que podríamos ver como una sugerencia para meditar sobre la unidad y el sentido de rebaño.

El cuarto evangelio presenta dos hermosas alegorías o comparaciones para hablar de la comunidad de discípulas y discípulos en torno a Jesús: el buen Pastor y las ovejas (Jn 10,1-18) y la Vid y los sarmientos (15,1-11). En el caso de la primera comparación, se habla de las ovejas como la suma de las individualidades o de cada oveja particular y también se alude a ellas como rebaño, es decir, como el conjunto unitario de las ovejas. Lo característico en la propuesta de Juan es que habla del “corral de las ovejas” (Jn 10,1) y de “otras ovejas que no son de este corral”, a las cuales el pastor debe conducir para que lleguen a ser, con las primeras, “un solo rebaño” (Jn 10,16). Con esta distinción se alude a los creyentes y al resto de la humanidad, pero también es posible dar otros significados a esta diferencia en un intento de actualización y pensar en la unidad del rebaño.
Para profundizar en la comparación, resulta imprescindible detenerse en la figura del pastor y su tarea con respecto a las ovejas, que se pone en el texto en contraste con otras dos figuras: la primera, explícita, es la del ladrón o asaltante (Jn 10,1.5) y la segunda, implícita, se refiere a los malos pastores (Ez 34,1-16), lo cual explica mejor el significado del “buen pastor” (Jn 10,11.14). En la comparación del evangelio, el buen pastor es Cristo, el que vino para que las ovejas “tengan vida y la tengan en abundancia”; la tradición cristiana ha visto en Cristo, buen Pastor, el modelo de la autoridad eclesial, que tal vez hoy también podríamos referir a toda autoridad sobre otros. A diferencia de los malos pastores “que se apacientan a sí mismos” (Ez 34,2), el buen Pastor “da su vida por las ovejas” (Jn 10,11) y lo hace en unión con Dios: “mi Padre me ama porque doy mi vida para recobrarla; nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo” (10,17-18).
Volviendo al rebaño, el texto de Ez 34 también presenta un juicio sobre las ovejas que vale la pena recordar: “¿no les basta con apacentarse con buenos pastizales, que pisotean el resto del pasto? ¿No les basta con beber agua limpia, que enturbian el resto con sus pies?” (Ez 34,18) y añade: “Porque ustedes han empujado con el costado y con la espalda, y han atacado con los cuernos a las más débiles hasta dispersarlas fuera del pastizal” (34,21). El texto profético se refiere a los sectores sociales y al abuso que ejercen los más poderosos sobre los más débiles; el juicio de Dios “entre oveja por oveja” (Ez 34,22) apunta a dar auxilio a sus ovejas y evitar su depredación, además de darles una autoridad que les haga de pastor, como es el caso del rey David (cf. 34,23-24). En el caso del evangelio de Juan, la comparación no contempla la relación entre las ovejas que representan a los seguidores y seguidoras de Jesús, pero a este tema se hace referencia en el contexto de la segunda alegoría: “este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado; no hay amor más grande que dar la vida por los/as amigos/as” (Jn 15,12-13).
Pidamos a Jesús buen Pastor que nos regale sentido de rebaño en estos tiempos, es decir, el cuidado por lo común y por los más débiles de la sociedad. Que Él que ha venido a darnos vida en abundancia nos ayude a discernir cómo hacernos inmunes ante cualquier forma de descuido de los demás. Que sepamos escuchar hoy su voz, que siempre debería pasar por estar dispuestos y dispuestas a sacrificar algo propio por el bien de los demás.
🕯 Comentario al Evangelio del 18 de Abril de 2021: emociones inteligentes
por Virginia Azcuy
En este tiempo que vivimos, nos invaden diversos sentimientos y emociones, que a veces se hacen difíciles de sobrellevar: cansancio, contrariedad, incertidumbre, miedo, tristeza. Cada una y cada uno necesita lidiar con cuestiones prácticas de la vida cotidiana y, a la vez, con estados anímicos nuevos, cambiantes, no exentos de perturbación e inquietud. ¿Qué mediaciones nos pueden ayudar a transformar positivamente nuestras emociones? Pienso que los relatos de la resurrección, las apariciones y la ascensión del capítulo 24 de Lucas pueden aportarnos varias luces.

El final del evangelio de Lucas y el comienzo del libro de los Hechos nos ubican en el tránsito entre la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesús, en el camino que va de la tristeza a la alegría, del temor a la paz, que precede a la venida del Espíritu Santo y al comienzo formal de la Iglesia. El capítulo 24 en particular, que trata sobre las mujeres en el sepulcro (1-8) y su testimonio (9-12), las apariciones de Emaús (13-35) y a los apóstoles (36-43) y la ascensión (50-53), expone diversos sentimientos y emociones vividas por las mujeres y los discípulos en este tránsito. Por algún motivo, Lucas no destaca el lugar de las mujeres como discípulas de Jesús, como se hace evidente al omitir la aparición de Jesús a María Magdalena, presente en Mc 16,9; Jn 20,16 y Mt 28,9 (ver Marinella Perroni, “Discípulas, pero no apóstoles: la obra de Lucas”, en La Biblia y las mujeres 4).
En cuanto a las emociones, en el sepulcro, se presenta a las mujeres “llenas de temor” (Lc 24,5); ese mismo sentimiento acompaña a los discípulos cuando se les aparece Jesús: “atónitos y llenos de temor” (24,37). Un primer elemento que interviene en los relatos para superar este estado interior es la invitación a la memoria de lo ya anunciado y prometido: los mensajeros del sepulcro piden a las mujeres que recuerden lo que Jesús les decía sobre su muerte y resurrección y ellas recordaron (24,6-8). Ellas contaron todo lo vivido a los apóstoles, pero ellos “no les creyeron” (Lc 24,11); los discípulos de Emaús, para creer, necesitan que Jesús les hable en el camino, les reproche su falta de fe en el testimonio de las mujeres y les explique las Escrituras (24,13-35). Pero este nuevo testimonio tampoco fue suficiente para los apóstoles, quienes al ver a Jesús resucitado se llenaron de temor hasta que vieron las manos y los pies de Jesús y se llenaron de alegría (Lc 24,38-41).
En un relato posterior dedicado a las últimas instrucciones de Jesús, se completa el panorama porque el Señor recuerda sus enseñanzas sobre el cumplimiento de las Escrituras y les abrió su inteligencia para que pudieran comprenderlas, sobre todo las referidas a su muerte y resurrección, así como a su predicación a todas las naciones (Lc 24,45-47). En ese contexto, Jesús les dice: “ustedes son mis testigos” (24,48) y preanuncia el don del Espíritu, que se retoma al comienzo de Hechos: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Ser testigo de la resurrección de Jesús exige transitar del temor a la admiración, animarse a recordar para entender y a tocar para creer. Quienes creemos apoyamos nuestro testimonio en otras y otros que hicieron este tránsito y se dejaron transformar en sus emociones negativas para creer. ¿Queremos testimoniar la resurrección?, ¿con qué emociones?, ¿Cuáles puntos de apoyo?
En este tiempo pascual, pedimos a Jesús que sane nuestras emociones de temor, incerteza y tristeza, para que seamos capaces de acoger la admiración, la alegría y lo nuevo e inesperado. También pedimos que se abra nuestra inteligencia, para que podamos comprender el llamado de Dios en este tiempo y mudar nuestras emociones ciegas en emociones inteligentes.
🕯 Comentario al Evangelio del 11 de Abril de 2021: formas de ver, itinerarios del creer
por Virginia Azcuy
En estos días de aceleramiento de los contagios de Covid-19, se ponen de manifiesto distintas formas de ver. Resulta difícil ponernos de acuerdo en los diagnósticos y en las medidas de cuidado, no sólo porque somos diferentes unos de otras, sino porque la situación que vivimos es delicada y compleja. Cada día nos preguntamos qué debemos creer y cuál es la forma más positiva y razonable de orientar nuestra vida en este momento crítico que nos toca transitar. En este contexto, los relatos de resurrección que presenta el evangelio de hoy pueden ofrecernos paz y consolación, en un domingo que se celebra la misericordia de Dios.

El evangelio de este domingo, Jn 20,19-31, nos anuncia que el Señor resucitado nos regala su Espíritu. Recordemos el conjunto del capítulo 20, que presenta la secuencia del sepulcro vacío (1-10), la aparición de Jesús a María Magdalena (11-18), la aparición de Jesús a los discípulos (19-29) y la conclusión del evangelio (30-31). Un elemento distintivo en estos relatos son las diversas modalidades y alcances del ver: un ver sin comprender y un ver que hace creer, como se observa en la escena del sepulcro, “María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada” (Jn 20,1); cuando llegaron los discípulos, Pedro vio las vendas en el suelo, pero solo el discípulo amado “vio y creyó” (20,8). En el mismo escenario, encontramos un ver sin reconocer, cuando la Magdalena habla con Jesús resucitado sin reconocerlo (Jn 20,14). Ya en la casa de Jerusalén, cuando Jesús se apareció a sus discípulos, se nos dice que ellos “se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (20,20) y finalmente en el relato de Tomás, se presenta un creer que pide ver y un creer sin ver.
El cuarto evangelio utiliza diversos verbos en griego para aludir a las distintas formas del ver: María Magdalena ve (βλἑπω) la piedra corrida y luego ve (θεωρέω) a los ángeles y a Jesús, sin ser capaz de descubrir lo que encierran esas presencias; pero después de encontrarse con el Señor, dice que ha visto (ὁράω). Estas dos formas del ver están en la escena precedente: Pedro entra y ve (θεωρέω), pero esta forma de ver no lo lleva a creer, mientras que el discípulo amado vio (ὁράω) y creyó. La fe es descripta en estos relatos como una nueva forma de ver (S. Guijarro, Los cuatro evangelios) o como una forma de ver que lleva a creer. El discípulo amado y María Magdalena poseen la mirada que lleva a la fe, a diferencia de Pedro y Tomás que necesitan del testimonio de otros y de nuevas oportunidades para creer. En conjunto, el capítulo 20 de Juan invita a meditar sobre diversos itinerarios en la fe, entre los cuales se destacan dos: el proceso espiritual de María Magdalena (11-18) y el de Tomás (24-29).
El itinerario de María Magdalena sobresale por ser mujer y la primera a quien Jesús le encomienda la tarea de transmitir a los discípulos que está próximo a subir al Padre como ya les había dicho en los encuentros de despedida (Jn 14,28; 16,28). Como primera en ser encontrada por el Resucitado, la Magdalena es un icono de la búsqueda de Dios y la comunicación de la buena noticia. ¿Qué nos dicen sus lágrimas en el sepulcro?, ¿qué significan el ver, el oír y el tocar en su proceso de fe?, ¿cómo entra y cómo sale esta discípula del sepulcro? Jesús toca el corazón de María, ella busca tocar su cuerpo resucitado y él la envía enseñándole una nueva forma de ver: el con-tacto de la fe. En el caso de Tomás, también aparece la necesidad de tocar, pero de una manera muy distinta: mientras que Magdalena está presente en el sepulcro desde “el primer día de la semana” (Jn 20,1), Tomás está ausente en la casa de Jerusalén cuando Jesús se presenta ante los discípulos y aparece en el lugar recién “ocho días más tarde” cuando Jesús vuelve a aparecerse (20,26). Ya cuando recibe el testimonio de sus hermanos, Tomás deja en claro su posición: “si no veo, no lo creeré” (20,25), pero Jesús lo sale a buscar: “Trae aquí tu dedo”, “acerca tu mano” y “en adelante no seas incrédulo” (20,27). Si María quiere tocar a Jesús y Él la invita a soltar, en el caso de Tomás se invierte la situación: Jesús lo invita a tocar, para que pueda creer; lo que une a ambos, discípula y discípulo, es que la fe les viene dada por el Señor. La confesión de Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28) es también un regalo de ese Jesús que se deja tocar. Y la bienaventuranza que nos propone nos hace pensar el discípulo amado, modelo en todo itinerario del creer: “Felices los que creen sin haber visto” (Jn 21,29).
🕯 Comentario al Evangelio del 4 de Abril de 2021: ¿dónde está?
por Virginia Azcuy

Cuando queremos a alguien de verdad, queremos verlo y estar con él, buscamos el contacto con esa persona querida. Cuando sucede la muerte de un ser cercano, quisiéramos no sólo retenerlo, sino también recordarlo y velarlo. ¡Lo sabemos muy bien en este tiempo de pandemia! En el relato del anuncio de la resurrección que se lee en la Fiesta de Pascua, situado en el sepulcro, nos encontramos con una situación de este tipo, salvando las distancias. Jesús de Nazaret fue crucificado, su cuerpo fue puesto en un sepulcro nuevo y tienen lugar los ritos funerarios del caso: la sepultura de Jesús (Mc 15,40-47) y la visita de las mujeres al sepulcro (16,1-8). Este último pasaje –que leemos hoy– puede considerarse como “epílogo” del evangelio de Marcos y está en relación con su “prólogo”.
Las mujeres ocupan un lugar central en estos relatos; tanto es así que, en ellos, no se habla de los discípulos –varones–. Se trata, más concretamente, de tres mujeres que se identifican como “María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José y Salomé” y son citadas tres veces en ambos relatos (Mc 15,40.47 y 16,1). De ellas, además, se dice por primera vez en el evangelio que son discípulas: “seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea” (Mc 15,41). Sí, esto resulta un poco raro… ¡que se diga por primera vez al final! Mercedes Navarro lo explica como una “reticencia narrativa” que quiere provocar la reflexión de la lectora o el lector de Marcos. En todo caso, es importante aclarar que las mujeres recién aparecen luego de la confesión del centurión: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 15,38); lo siguen y lo buscan a Él.
Para situar la visita al sepulcro, puede servir recordar el pasaje de la transfiguración en Mc 9,2-10 que se ubica en un monte, arriba y afuera; la resurrección, anticipada en la transfiguración, acontece en el sepulcro, abajo y adentro, en 16,1-8. En la primera escena, están los discípulos y se oye una voz que habla desde el cielo; en la segunda, se encuentran las discípulas y un joven les habla. Lo que más interesa, al final del evangelio, es que el sepulcro –como el desierto al comienzo– es un lugar de paso, la escena revela un movimiento que va de la muerte a la vida. Las mujeres del sepulcro están en el umbral entre la muerte y la vida, lo que parece coincidir con el ámbito liminal que recorre Jesús (Mercedes Navarro, Marcos, 572). La hora del suceso, de madrugada, refuerza la idea de tránsito y liminalidad. Ellas llevan perfumes para ungirlo, como ya sucedió con la mujer de Betania (Mc 14,3-9), pero encuentran la piedra corrida y la tumba vacía. Están sorprendidas y el joven trata de consolarlas y utiliza una fórmula típica de relato de anuncio: “No teman” (Mc 16,6). Y prosigue anunciando: “Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto” (Mc 16,6). Entonces, ¿dónde está?
Detengamos la meditación en esta pregunta: ¿dónde está el Resucitado? El texto remite a Galilea, el lugar en el cual Jesús compartió con sus discípulas y discípulos, donde lo verán después de la resurrección (Mc 16,7). Pero, en realidad, la cuestión queda abierta –si bien algo se aclara en el apéndice que sigue al epílogo del evangelio–; las mujeres salen corriendo del sepulcro: no está allí. Posiblemente, hacen la experiencia de lo imprevisible y de la novedad de la resurrección; como auténticas testigos oculares solo pueden adentrarse en ese movimiento de la muerte a la vida. La tumba vacía suscita miedo y a la vez sitúa en el umbral de la fe. ¿Dónde está el Señor Resucitado?, ¿dónde podemos encontrarlo hoy? Ciertamente, en el seguimiento y el servicio, en el paso del miedo a la fe, de la tristeza a la alegría. El sepulcro vacío nos recuerda que también cada una y cada uno, como Jesús, estamos llamados a vivir una transformación a partir de Su resurrección.
🕯 Comentario al Evangelio del 28 de Marzo de 2021: pasión según San Marcos
por Virginia Azcuy
Se acerca la Fiesta de Pascua y la liturgia cristiana nos propone leer el relato de la Pasión en el evangelio de Marcos. La pregunta principal de este evangelio es quién es Jesús y se plantea en un contexto de persecución y sufrimiento. En nuestro tiempo presente, por otros motivos, también se hace presente la tribulación y la cruz, por lo cual resulta oportuno meditar sobre su sentido. Una pista para entrar en el relato son sus diversos personajes, con los cuales podemos identificarnos alternativamente; otra pista, que es la propuesta en esta meditación, sigue los episodios centrales –los del medio– en los siete trípticos en los que está organizado el relato (Mc 14,1-16,8).
En el primer tríptico (Mc 14,1-11), entre la conspiración contra Jesús y la traición de Jesús, podemos contemplar la unción de Betania: una mujer unge la cabeza de Jesús con perfume como anticipo de su sepultura (14,3-9; 16,1-8). Se trata de un gesto clave para comprender la pasión, realizado por una mujer, que exalta el mesianismo sufriente de Jesús. ¿Somos capaces de anunciar con gestos?

El segundo tríptico se concentra en la cena con los discípulos (Mc 14,12-25) y pone en el centro el anuncio de la traición de Judas, siendo las palabras sobre el pan y el vino un agregado de Marcos. Este anuncio representa un rito que interpreta la muerte de Jesús, aunque los dos episodios que acompañan ofrecen una interpretación complementaria. ¿Qué tentaciones pueden llevarnos a traicionar la fe y la fidelidad al evangelio?
Un tercer tríptico se sitúa en el Monte de los Olivos (Mc 16,26-52). El episodio central en esta secuencia es añadido por Marcos: la oración de Getsemaní y está antecedida y precedida por escenas de rechazo y traición, interpretadas como cumplimiento de las Escrituras (14,27.49). La oración en el huerto abre a un nuevo sentido; la muerte no es el resultado de una conspiración, sino la consecuencia de haber aceptado la voluntad del Padre. La humanidad de Jesús resplandece en su oración: “Abba-Padre, todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc 14,36). Luego de orar, Jesús se dirige hacia quien lo va a entregar. ¿Cómo vivimos los momentos de tentación y aceptación del sufrimiento?, ¿encontramos a Jesús en la cruz?
El Palacio del sumo sacerdote es el espacio en el que se ubica el cuarto tríptico (Mc 14,53-72). Los episodios que enmarcan esta serie están relacionados con Pedro, quien sigue a Jesús (Mc 14,54), pero termina negándolo (14,66-72). En el centro se presenta la comparecencia de Jesús ante los jefes del pueblo (Mc 14,55-65); se trata de una escena crucial, pues en ella se revela la verdadera identidad de Jesús, el Mesías, el Hijo del Dios bendito (14,61-62). Posiblemente, la revelación ocurre ahora porque el camino a la cruz ya es irreversible; la negación, en este momento, se manifiesta como un fuerte contraste. ¿Qué sentimientos invaden a Pedro?, ¿en qué medida o en qué situaciones también nosotros decimos negamos conocer a Jesús?
El quinto tríptico nos lleva a la residencia de Pilato (Mc 15,1-20a), en la cual se repite el estribillo “Rey de los judíos”, que parece acentuar la inocencia de Jesús y la injusticia de la condena. El sexto tríptico, situado en el Gólgota, presenta la crucifixión y muerte de Jesús (Mc 15,20b-39). Marcos da a esta secuencia una clave discipular mediante los episodios de Simón de Cirene y el centurión (Mc 15,21.39). La oración de Jesús vuelve a estar en el foco de atención, inspirada sobre todo en los salmos 22 y 69: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Llegados a este punto solo podemos hacer silencio. Jesús asumió lo más tremendo de nuestra condición: la separación de su Padre por hacer propio nuestro pecado. La salvación cristiana no es otra cosa que el misterio de Jesús abandonado, Jesús acepta el lugar de los pecadores: lejos de Dios, para rescatarnos de allí. ¿Qué nos dice ese grito de Jesús?, ¿podemos descubrir su solidaridad con todos los abandonados?
En el séptimo y último tríptico del relato de la pasión, vuelven a aparecer las mujeres discípulas de Jesús (Mc 15,40-16,8). En el centro está la petición del cuerpo y la tumba vacía. ¿Crees que el Crucificado está resucitado?
🕯 Comentario al Evangelio del 21 de Marzo de 2021: en sus manos
por Virginia Azcuy
¿Quién quiere morir? Pareciera que, si amamos la vida de verdad, nunca llegaríamos a desear morir. Se trata de evitar la muerte y cuidar la vida, aunque no siempre sea posible realizarlo. En estos tiempos de crisis sanitaria, escuchamos hablar de estos temas y también del sufrimiento de morir solo cuando, para prevenir el contagio, se dan restricciones de compañía para la familia. Acercándonos a la pascua, podemos profundizar en el sentido de la vida y la muerte…
Pocos versículos del evangelio tienen la capacidad metafórica de expresar más claramente el misterio de la pascua de Jesús y sus discípulas/os: el grano de trigo que cae en tierra y muere puede dar mucho fruto (Jn 12,24). En el mismo versículo se advierte que, si este mismo grano queda solo –sin caer en la tierra–, no da fruto: se necesita el abrazo oscuro de la tierra para germinar. Esta imagen del grano de trigo también aparece en la parábola de la semilla, con el significado de la palabra de Jesús. En el evangelio de este domingo, que trata de la glorificación de Jesús por medio de la muerte (Jn 12,20-33), la metáfora del grano de trigo manifiesta la vida, la muerte y la glorificación del mismo Jesús. Al concluir la primera parte de este evangelio, llamado el “libro de los signos”, se introduce y prepara la segunda parte llamada “libro de la hora”, que no es otra cosa que el relato de la pasión y gloria de Jesús, su muerte y resurrección.

¿Qué dice Jesús en este discurso “existencial” sobre su muerte próxima?, ¿qué sentido da a su vida y la vida de quienes desean seguirlo?, ¿cuál es la oración de Jesús en la cercanía de su pascua? Antes de sus palabras, el evangelista ha presentado la unción de Jesús en Betania (Jn 12,1-11), que sugiere un ritual de perfume que anticipa su muerte y ha relatado la entrada de Jesús en Jerusalén (12,12-19), seguido por una multitud que lo sigue desde el signo de la resurrección de Lázaro. Con ese trasfondo, el evangelista Juan muestra a Jesús ante su muerte, que coincide con su glorificación o vuelta al Padre –por estar la muerte y la gloria unidas–: la muerte de Jesús no es final, sino comienzo; no es noche, sino luz. La muerte del grano de trigo no es inútil, sino posibilitadora del fruto. Esta paradoja de una muerte que da vida, también se expresa en otro principio: quien se apega a la vida, la pierde y quien la entrega la gana (cf. Jn 12,25), que no es otra cosa que la lógica del don. La vida se recibe para darla, no para acapararla o guardarla. El sentido está en darse y en el dar-nos podemos estar donde está Jesús (cf. Jn 12,26), junto a Dios y su Espíritu. Jesús también manifiesta que la angustia de la muerte no desaparece: “mi alma ahora está turbada”, pero dirige su oración a su Dios, su Padre y acepta que camina hacia su entrega final: “¡si para eso he llegado a esta hora!” (Jn 12,27). Jesús pasa por la agonía, pero sabe para qué y para quién vive.
Las palabras del evangelio de Juan nos hacen pensar en los sentimientos y pensamientos de Jesús ante su muerte. En el discurso de Jn 12,20-33, se revive la conmoción por la muerte de Lázaro (cf. Jn 11,33.38), que es un claro anticipo de la muerte de Jesús; ahora Jesús se turba ante su propia pasión, su agonía es verdadera, pero desde ella brota la súplica: “Padre, glorifica tu Nombre” (Jn 12,28). ¿Qué significa esta oración? Llamar a Dios “Padre” significa revelarse y reconocerse como “Hijo”, que es uno con su Padre. Así se profundiza en la oración sacerdotal de Jn 17,20ss. El pedido de glorificación, de Jesús a su Padre, indica quién es el sujeto que actúa esta acción. Según el cuarto evangelio, Jesús es enviado por el Padre para dar su vida en la cruz y el Padre lo glorifica en la cruz, elevándolo a una vida nueva –de resucitado– a su lado. Lo que distingue la oración de Jesús es que, en medio de la angustia de la muerte, sabe que está unido a Dios. En Sus manos. Que Jesús inspire nuestra oración en esta vida, en cada pascua y en la hora de nuestra muerte.
🕯 Comentario al Evangelio del 14 de Marzo de 2021: para alcanzar amor
por Virginia Azcuy

Una encuesta sobre las creencias en nuestro país indica que cada vez hay más habitantes que dicen “creer sin pertenecer”, es decir, como “cuentapropistas” de la fe y la religión. Otros estudios semejantes de la región señalan que crece la búsqueda de espiritualidad y disminuye la práctica religiosa. También existen observaciones durante la pandemia que sostienen la permanencia de las creencias y las prácticas de culto –volcadas al modo virtual a causa del aislamiento social–. Se registra asimismo el aumento de algunas prácticas como la contemplación y la meditación, entre otras. El evangelio de este domingo nos brinda la posibilidad de incursionar sobre la fe en Jesús.
La lectura de Jn 3,14-21 presenta una riqueza teológica excepcional que está vinculada al misterio de Cristo y la fe en él. La sección del capítulo 3 que leemos (vv.14-21) se ubica como parte de un monólogo o discurso en labios de Jesús (3,11-21) precedido por un diálogo entre Jesús y Nicodemo (3,1-10). La figura de Nicodemo, un judío que algo sabe (3,2), pero no termina de entender el nuevo orden que propone Jesús (3,3ss). La conversación gira en torno al nacimiento espiritual y está señalizada con las fórmulas “renacer de lo alto” (3,3) y “nacer del agua y del Espíritu” (3,5). Nicodemo se mueve en un plano literal: “volver al seno materno” (3,4), mientras Jesús habla en un plano simbólico y trata de llevar a su interlocutor al plano de la fe. La historia de Nicodemo nos ubica ante nuestro propio itinerario espiritual y nuestras dificultades en el creer.
En cuanto al discurso de Jesús –en el cual ya nada se dice sobre Nicodemo–, se trata de un desarrollo cristológico que apunta a esclarecer el misterio de la persona del Hijo y la fe en Él. La sección 14-21 contiene diversos elementos de interés: la imagen de Jesús “levantado en alto” (3,14), como la serpiente en el desierto, en alusión a la cruz; el amor de Dios al mundo “que dio a su Hijo único” (ὥστε τὸν υἱὸν τὸν μονογενῆ ἔδωκεν, 3,16), que resalta la relación Padre-Hijo; la explicación sobre la misión del Hijo, enviado no para juzgar, sino para salvar (3,17) y el juicio obrado por la fe –no por el Hijo–, porque la salvación depende de creer o no creer y de las obras (3,19-21). El mensaje de este discurso se podría resumir así: es necesario que Cristo sea levantado en la cruz, para que creamos y tengamos vida (Jn 3,14-15); el acceso a la vida eterna –en los Sinópticos, el reino de Dios– se da por medio de la fe en Él. En el encuentro de Jesús con Nicodemo, esta fe se muestra como un camino de asentimiento a las mociones del Espíritu (3,8). Las dificultades de este judío para creer contrastan con los progresos de la mujer samaritana, en el capítulo siguiente, que avanza en su comprensión sobre Jesús. ¿Qué pistas nos ofrece este evangelio para meditar sobre nuestra vida de fe en este tiempo?, ¿qué nos ofrece la fe en Jesús?, ¿necesitamos reorientar nuestra fe?
Con Nicodemo, podemos entrar en el diálogo con Jesús y preguntarnos cómo renacer de lo alto, en qué necesitamos volver a nacer y ser renovados/as, qué impulsos recibimos del soplo de la Ruaj para superar dificultades y profundizar en el camino de la fe. A partir del discurso en labios de Jesús, nos detenemos en la contemplación de la cruz, símbolo del amor de Dios (Jn 3,16) y del mayor amor de su Hijo (13,1). En definitiva, este evangelio nos ofrece una contemplación para alcanzar amor: mirando el amor de Dios y de Jesús, llegamos a comprender que el camino de la fe es un itinerario de entrega de sí, en libertad, que apunta a Dios y a los demás al mismo tiempo. La fe es un don y una elección para alcanzar amor o, mejor dicho, para ser alcanzados/as por Aquel que nos ama.
🕯 Comentario al Evangelio del 7 de Marzo de 2021: el Templo, ¿dónde está?
por Virginia Azcuy
En tiempos de Covid-19, tuvimos los templos cerrados y nos planteamos la pregunta sobre su necesidad y sentido. Sabemos, también, que el templo no es sólo el edificio, sino quienes lo habitan: Dios y su pueblo. El templo es una institución religiosa que reclama ser renovada en su vitalidad, tarea no siempre fácil en nuestra sociedad con aires seculares. El evangelio de este tercer domingo de Cuaresma (Jn 2,13-25) trata sobre una purificación del templo por parte de Jesús ¿a qué se refiere?, ¿qué significado puede tener la ira de Jesús en este relato?, ¿qué nos enseña?

El pasaje de Jn 2,13-25 se conoce como “la purificación del templo” (Biblia de Jerusalén) o “la expulsión de los vendedores del templo” (Libro del Pueblo de Dios). Algunos exégetas se interrogan acerca del título de este episodio, lo que equivale a una ponderación sobre su densidad teológica; se sugiere que el tema es cristológico y que el título podría ser: “Jesús y el templo” (cf. Xavier Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan, 200). Este episodio, en verdad, ubicado intencionalmente por el evangelista al comienzo del ministerio público de Jesús –a diferencia de cómo aparece en los evangelios sinópticos, Mt 21,12-13; Mc 11,15-17 y Lc 19,45-46–, sirve de anticipación de su pascua y ofrece una especie de réplica de su muerte y resurrección. Por este motivo, su lectura en cuaresma nos sitúa ante el acontecimiento clave de la misión de Jesús e invita a la fe de discípulos y discípulas.
Una mirada al relato requiere tener presente que, en el cuarto evangelio, siempre se habla en un doble registro: el histórico o concreto y el simbólico o espiritual. El episodio de Jn 2,13-25 sucede a las bodas de Caná (2,1-12), cuando el agua de las purificaciones se transforma en el vino del banquete escatológico; en este caso, la institución judía del templo se sustituye por Jesús como santuario escatológico. Veamos esto: los vv. 13-14 explican el contexto y los actores principales: la Pascua de los judíos, en el Templo, vendedores y cambistas. Los vv.15-16 detallan las acciones de Jesús, que son por cierto inusuales por el fuerte enojo que manifiestan. Él hizo un látigo, echó a todos, les desparramó las cosas a los cambistas y dijo a los vendedores: “saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Jn 2,16). Por primera vez son mencionados los discípulos, que recordaron la Escritura: “El celo por tu Casa me consumirá” (Sal 69,10).
Los vv.18-20 plantean el difícil diálogo de Jesús con los judíos, que está en función de la fe cristiana y que estos no alcanzan a comprender. Ellos le piden un signo que explique el obrar de Jesús; Él les responde: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Jn 2,19); ellos contestan, “han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” (2,20). Los judíos hablan del Templo de Jerusalén, una institución central para los judíos que Jesús se propone purificar y renovar; pero Jesús habla de otro templo, el de su propio cuerpo, como aclara el narrador a continuación: “Él se refería al templo de su cuerpo” (Jn 2,21). El texto griego distingue, en realidad, tres palabras: “templo” (τό ἱερόν), que designa el conjunto del edificio donde se reúnen los peregrinos; “la casa de mi Padre” (τὸν οἶκον τοῦ πατρός μου οἶκον) en 2,16, en labios de Jesús y “santuario” (ὁ ναός) en 2,19, que designa el lugar de la presencia divina en el interior del templo. En su respuesta a los judíos, Jesús opone a este santuario, un santuario venidero o escatológico; por su resurrección, su presencia será definitiva en medio de la comunidad eclesial. Cuando Cristo resucitó –agrega el texto–, los discípulos recordaron lo que les había dicho y creyeron en la Escritura y en su palabra. ¿Dónde encontramos a Jesús hoy?, ¿en el templo material, en la casa espiritual en la cual somos todos hermanos y/o en la casa común? ¿Dónde encontramos el cuerpo de Jesús hoy?, ¿en los sacramentos, en quienes dan testimonio y/o en los y las sufrientes?
🕯 Comentario al Evangelio del 28 de Febrero de 2021: ¿dónde está (tu) Dios?
por Virginia Azcuy
En tiempos difíciles, necesitamos una presencia o señal que nos ayude a seguir adelante. Así lo hemos comprobado en distintas etapas de la vida y también hoy, de manera particular, ante la incertidumbre y la falta de certezas que nos rodean en muchos sentidos. En estas situaciones, es fácil que busquemos o fabriquemos representaciones de lo absoluto –una posición política, una forma de satisfacción, una creencia hecha a medida de nuestra expectativa antropológica o simplemente imágenes religiosas mesiánicas, entre otras–. Podemos reconocer que no siempre acertamos a plantear de forma adecuada qué es absoluto y qué no: dónde está Dios y dónde no.
El segundo Domingo de Cuaresma nos propone la lectura del episodio de la Transfiguración (Mc 9,2-10), en el cual el Mesías se manifiesta en su gloria como anticipo de la resurrección. Marcos ubica la escena inmediatamente después del anuncio de la pasión, animando de este modo a las discípulas y discípulos a perseverar en la fe en medio del sufrimiento y la persecución. Con este relato, los Sinópticos quieren mostrar que Dios se manifiesta tanto en la resurrección como en la cruz. Una situación semejante aparece en el Salmo 115, cuyo contexto es el de una comunidad dispersa y diezmada después del destierro. Como canto litúrgico en el templo, es uno de los pocos salmos en los que se menciona de forma explícita “el nosotros” al principio y al final del himno (vv.1-2 y 17-18). Este salmo aporta elementos sobre la experiencia espiritual de Israel, su Dios y sus ídolos.
Una visión general del Salmo 115: vv.1-2 introducen la situación con una afirmación principal: “no a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu nombre da la gloria” (v.1), mientras las naciones se burlan preguntando “¿Dónde está su Dios?” (אַיֵּה־נָ֜֗א אֱלֹהֵיהֶֽם) (v.2); vv.3-8 presentan una confesión de fe, en el Dios que hizo el cielo y la tierra, un Dios con poder, que “todo lo que quiere lo hace” (v.3), en oposición a los ídolos y sus fabricantes que son “plata y oro”, “hechura humana” y no tienen vida (vv.4-8); vv.9-11 introducen una exhortación a la confianza, porque la comunidad se siente abandonada de Dios, con la antífona repetida a modo de estribillo: “Él es su auxilio y su escudo”; vv.12-15 expresan los deseos de bendición: “que Dios se acuerde de nosotros y nos bendiga” (v.12); vv.16-18 vuelven al nosotros inicial y se centran en la oración de la comunidad que reconoce la gloria de Dios a quien todo le pertenece y quiere bendecirlo, en el sentido que reconoce su poder y su realeza.

Algunos elementos que nos ofrece este salmo para la meditación: 1) la importancia de reconocer nuestros ídolos o representaciones inadecuadas de lo absoluto, para purificar la fe. Frente al absoluto de Dios, necesitamos reconocer que todo lo humano solo puede ser expresión del Dios Incomprensible de manera imperfecta e incompleta y, además, lo humano puede pervertirse y convertirse en su expresión contraria, de allí que es fundamental el testimonio de coherencia. ¿Dónde ponemos o reconocemos lo absoluto?, ¿cuáles pueden ser los ídolos de nuestro tiempo?, ¿qué cosas debilitan nuestra fe y cuáles la alimentan? 2) un criterio que nos propone este salmo es el discernimiento entre la vida y la muerte: la bendición de Dios que hizo el cielo y la tierra, se presenta como una fuerza que nos infunde vida, en cambio los ídolos –aunque tengan una fachada religiosa o incluso justificaciones humanas– solo producen muerte. Esta perspectiva se prolonga al final del salmo: los muertos –los que hacen ídolos o confían en ellos– no pueden alabar; los vivientes –los que ponen su confianza en el Señor y no en sus representaciones– sí pueden bendecir a Dios. ¿Qué nutre nuestra vida y nuestra convivencia humana? ¿qué elementos de nuestra vida humana pueden ser identificados como generadores de muerte? Por último, en esta Cuaresma, nos podemos preguntar como comunidad cristiana 3) qué elementos en la tradición de nuestra fe nos alejan de una vida en abundancia para todas y todos, y qué formas de hablar de Dios y practicar la fe son una fuente de vida, paz, justicia, reconocimiento, cuidado y compasión. Que sepamos renovar nuestra fe y nuestra confianza en la acción salvífica de Dios en medio de nuestras vidas, a pesar de las dificultades.
🕯 Comentario al Evangelio del 21 de Febrero de 2021: génesis de Buena Noticia
por Virginia Azcuy
En nuestros días, una buena noticia es “dar negativo” de Covid-19 y una mala noticia es “dar positivo” del virus; buena noticia podría ser “recibir la vacuna” y mala noticia no recibirla. Aunque parece simple, la realidad de las cosas es más compleja, porque puede tocarnos un “falso negativo” y estar contagiados/as o un “falso positivo” y no estar infectados/as. Así las cosas, queda claro que se debe profundizar en lo que es una buena o mala noticia; parece imprescindible verificar todas las noticias, sea que estas vengan del ámbito de cercanía, del periodismo, de las redes sociales o incluso de las fuentes escritas. Hoy podemos revisitar la pregunta sobre la “buena noticia” en la Biblia y en particular en el evangelio de Marcos, como nos lo proponen las lecturas.
En el primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a releer el prólogo del Evangelio de Marcos: Mc 1,1-13 o 1-15, según cómo se considere la “presentación de Jesús” que hace el evangelista en estos versículos. Ellos son, sin duda, muy importantes, si se tiene en cuenta que introducen el conjunto del evangelio y sus dos grandes partes. Las referencias geográficas en Mc 1,1-15 son tres y cada una tiene su significado: el desierto (Mc 1,2-3), que evoca el camino del pueblo de Israel y ubica, en continuidad, la predicación de Juan, el Bautista (1,4-8) y de Jesús, el Mesías (1,9-13). Este primer motivo se apoya en la figura del profeta que prepara el camino en el desierto y es el tema de la cita que hace Marcos de Isaías, aunque en realidad está combinando Ex 23,20; Mal 3,1 e Is 40,3 bajo el común denominador del camino. Segunda referencia: el río Jordán, memoria del Éxodo, se presenta como escenario del bautismo de Jesús por Juan; este episodio incluye una significativa revelación sobre la identidad del Señor: “Tú eres mi Hijo muy amado” (Mc 1,11; Sal 2,7). Galilea indica el comienzo del ministerio público de Jesús (Mc 1,14-15) y, al mismo tiempo, el inicio de la manifestación de Jesús como Mesías (1,14-8,30), el tema de la primera parte del evangelio.

Veamos cuál es la presentación de Jesús que hace Marcos: ante todo, cabe recordar que no hay referencias a la infancia o la familia de Jesús en el prólogo; en cambio, el evangelista asume la tradición profética y el tema de la palabra para hablar de Jesús, tal y como se observa en la cita de Isaías. Como señala Mercedes Navarro, “la palabra profética es aquí madre y matriz” (Marcos, 44); como los profetas, Jesús nace de la Palabra y vive para ella, su identidad y misión se explican a partir y al servicio de la Palabra. En este contexto, que la palabra griega εὐαγγέλιον (evangelio, buena noticia) presente en Mc 1,1 y 1,14.15 muestra dos cosas: la primera es que la vida de Jesús tiene que ver directamente con el evangelio=buena noticia y este evangelio con la vida de Jesús; la segunda, literaria, es que Marcos 1,1-15 conforman una unidad narrativa sobre Jesús. Se trata aquí, en Mc 1,1 del Ἀρχὴ τοῦ εὐαγγελίου Ἰησοῦ Χριστοῦ (comienzo de la buena noticia de Jesús Cristo) y, en 1,14.15, de Jesús que anunciaba la buena noticia de Dios (v.14) y pedía convertirse y creer en la buena noticia. Para cada seguidor/a de Jesús, cabe la pregunta de si somos mensajeros/as de buena noticia, si nuestra vida está al servicio del anuncio del evangelio.
¿Cómo podemos orientar la meditación de este evangelio al inicio de la Cuaresma? En primer lugar, el prólogo de Marcos nos sugiere presentar al Señor nuestra vocación de “megáfono” del evangelio de Jesús: ¿cómo lo estamos viviendo en este tiempo?, ¿cómo es nuestra relación con Jesús, buena noticia? Los diversos episodios de esta introducción sobre Jesús abren, además, otras perspectivas: los profetas y profetisas de Israel, el Bautista y Jesús en esta tradición, la dimensión profética de cada bautizado – qué puede significar hoy anunciar el evangelio de Jesús; en atención al bautismo de Jesús y a Él como “mi Hijo muy amado” (ὁ υἱός μου ὁ ἀγαπητός), ¿cómo es nuestra experiencia de hijos e hijas de Dios Padre-Madre? Si nos situamos, con Jesús, en el desierto: ¿cuáles son nuestras tentaciones y nuestras elecciones? Y, finalmente, ¿cómo nos preparamos para anunciar?, ¿qué necesitamos cambiar en nuestra vida y nuestras relaciones, para que la fe dé frutos que sirvan de buena noticia. Pidamos hoy que esta cuaresma sea, una vez más, “el comienzo del evangelio de Jesús Cristo” (Mc 1,1).
🕯 Comentario al Evangelio del 14 de Febrero de 2021: ¿lepra y género?
por Virginia Azcuy

¿Quién no quiere curarse?, ¿quién no está dispuesta o dispuesto a ponerse de rodillas y rogar para salvarse de la muerte? La búsqueda de la salud y salvación atraviesa nuestros días, de la mañana hasta la noche, colorea nuestra geografía de norte a sur y este a oeste. Como humanos intentamos resistir a la enfermedad y el mal, luchamos para vencer la soledad y el aislamiento. ¿Qué significado puede tener hoy la lepra?, ¿con qué situaciones actuales podría ser comparada?, ¿qué purificaciones está necesitando nuestra cultura?
La curación de un leproso, que leemos este domingo en Mc 1,40-45, nos sumerge en estas y otras acuciantes cuestiones, dándonos diversas perspectivas para meditar. Algunos detalles del texto merecen nuestra atención: el que se acerca no es Jesús, sino el leproso (v.40a); el enfermo apela a su voluntad: “si quieres (ὅτι ἐὰν θέλῃς), puedes purificarme” (v.40b); la acción de Jesús incluye tres pasos: se conmueve (o se llena de ira, ante el mal), extiende la mano y toca al que pide cura, diciendo: “lo quiero (θέλω), queda purificado” (v.41); la constatación del milagro llega en el v.42. Luego se detalla la despedida con un pedido ¿contradictorio? de guardar silencio, presentarse al sacerdote a dar testimonio y entregar una ofrenda en vv.43-44. En v.45 se presentan las acciones del curado, que sale a proclamar obligando a Jesús a salir de la escena pública y retirarse a lugares desiertos.
Las dinámicas presentes en la escena son varias: en la curación o purificación, se observa un cambio de situación del leproso que pasa de enfermo a misionero y, en Jesús, un cambio de ánimo ante la petición, que mueve su querer. En lo que sigue, el movimiento va de la orden de callar y cumplir con las prescripciones de la ley a la proclamación abierta, lo cual desencadena un nuevo cambio para Jesús, quien ya no puede actuar en público y debe quedarse en lugares apartados. Al no precisarse las coordenadas de tiempo y espacio en el relato y aparecer Jesús sin compañía de los discípulos y sin la multitud que acude a él de todas partes, se piensa en un carácter especial de esta narración. Se trata de la única curación de un leproso en Marcos; en la Biblia y en el judaísmo, la lepra es considerada como uno de los peores males que pueden afectar a los seres humanos (Joachim Gnilka, El Evangelio según San Marcos, 107). ¿Cómo podemos releer el texto?
El leproso de Mc 1,40-45 puede entenderse como un “personaje representativo”, como una figura singular, sin nombre propio, señas de origen ni localización precisa, que encarna a determinados grupos colectivos y su representatividad se indica a menudo con alguna alusión al AT. ¿Quién puede ser el leproso hoy?, ¿a qué se podría comparar la lepra en nuestro tiempo? Las características del contagio de la enfermedad y la consecuente prescripción del aislamiento social nos hacen pensar inmediatamente en el Covid-19, también las dificultades en cuanto a las estrategias de una curación. La liturgia de hoy también sugiere el texto de Lv 13,1-2.45-46, en conexión con Moisés y Aarón, que asocia la lepra a la impureza y por tanto al aislamiento por ley. Si evocamos también a la profetisa Miriam –hermana de los dos profetas mencionados–, encontramos otra pista de reflexión: la lepra asociada a la condición de género, porque Miriam queda leprosa por haber compartido con Aarón el cuestionamiento dirigido a Moisés y en consecuencia es confinada fuera del campamento (cf. Nm 12,1-2.10-16 y el estudio de Mercedes García Bachmann: “Miriam, figura política de primer plano en el Éxodo” (La Biblia y las mujeres 1). Miriam representa a todas las personas que cuestionan modelos tradicionales excluyentes y por eso son estigmatizadas y castigadas al asumir su compromiso profético.
¿Entonces? ¿De qué lepras podemos hablar hoy? ¿Qué necesita ser purificado en nuestra vida y nuestra sociedad? La respuesta está en cada una y cada uno, pero doy una sugerencia… La violencia que mata es una «lepra» del presente: la memoria de Dorothy Stang el pasado 12 de febrero, religiosa asesinada en 2005 por su compromiso evangélico en Amazonía lo muestra. Tal vez, en nuestro presente cercano, deberíamos interrogarnos por las recientes muertes injustas de Fabián Kreischer y Úrsula Bahillos, sucedidas el 7 y 8 de febrero pasados presumiblemente por violencia de género. ¿Podría entenderse la violencia de género como una de las formas de lepra actual?, ¿qué podríamos pedir y hacer para sanear este mal? Lo importante está en saber discernir el mal y tomar la decisión para pedir la ayuda necesaria: ¿lo quieres?
🕯 Comentario al Evangelio del 7 de Febrero de 2021: lo bueno y breve
por Virginia Azcuy
En tiempos de Covid-19, la fiebre –sobre todo si es alta– representa una verdadera alarma. Es verdad que ella siempre nos pone en alerta, porque manifiesta una reacción del sistema inmunológico del organismo, pero en el presente nos preocupa más por causa de la pandemia y el mal pronóstico de salud que se anuncia con un estado febril grave que puede comprometer la vida misma. El evangelio de este domingo habla precisamente de la fiebre como una especie de personificación de la enfermedad, con voluntad propia; muestra, asimismo, cómo Jesús rescata y libera de ella con un señorío que genera admiración.

La liturgia propone la lectura de Mc 1,29-39, que se refiere en realidad a tres pasajes distintos: 1,29-31 presenta la curación de la suegra de Pedro; 1,32-34 habla de diversas curaciones y 1,35-39 se refiere a la misión de Jesús. En esta meditación, nos ocuparemos de la primera escena y haremos algunas referencias a las otras dos, porque la brevedad y la belleza de esta primera curación propuesta por Marcos amerita detenerse en ella. Se trata del relato de milagro más breve de la tradición evangélica (Joachim Gnilka, El Evangelio según San Marcos). Sin embargo, en sus tres versículos contiene todo lo necesario para su género: 1,29 presenta a los discípulos que vienen con Jesús de la sinagoga, dando al relato un sentido de continuidad y familiaridad, en la casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan; 1,30 describe al familiar enfermo, la suegra de Pedro, postrada con fiebre y a los discípulos que hablan de ella a Jesús; 1,31 describe la curación y su confirmación: “Y se acercó a ella y la levantó tomándola de la mano. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles”.
Algunos detalles de Mc 1,29-31 merecen la atención: la suegra de Pedro no tiene nombre y no habla en el relato; la fiebre, en cambio, parece dominar la escena hasta que Jesús entra en acción; a partir de la curación, se observa un cambio de situación para la suegra, que pasa de postrada a servir. Inicialmente, la parienta de Pedro representa el comienzo de la actividad taumatúrgica –con poder de hacer milagros– de Jesús en un contexto doméstico, que luego se va haciendo pública. La expresión “postrada en cama con fiebre” da a entender la situación de enfermedad e impotencia que vive esta mujer. La presencia de Jesús desencadena la curación: “tomar (la mano)” (κρατέω) y “levantar” (ἐγείρω) son dos verbos típicos de la acción “terapéutica” de Jesús; ἐγείρω significa, además, resucitar, por lo cual tiene aquí un valor simbólico. La fuerza curativa no requiere de palabras. Lo más conmovedor se observa cuando “la fiebre la dejó” (καὶ ἀφηκεν αὐτὲν ὁ πυρετός), aunque algunas traducciones pierden de vista que la fiebre es aquí sujeto de acción y simplemente dicen que la enferma no tuvo más fiebre –como la Biblia del Pueblo de Dios o la Biblia de la Iglesia en América–. Y también lo que sigue resulta impactante: que “los servía” (καὶ διηκόνει αὐτοῖς), siendo que antes estaba en cama postrada. No es posible pasar por alto que esta es la primera vez en el evangelio de Marcos que aparece el verbo διακονέω (servir), que es típico del seguimiento, como recuerda Mercedes Navarro (“¿Discípulas en Marcos? Problematización de un concepto”).
Los episodios siguientes confirman que Jesús curaba enfermos y expulsaba demonios (Mc 1,34) y que realizaba su misión mediante dos acciones principales: la predicación en las sinagogas y la expulsión de los demonios (1,39). Su cualidad de exorcista daba a su enseñanza una autoridad inédita frente a los escribas, que solo se atenían a la ley escrita (cf. Mc 1,27). Ahora bien, ¿qué podemos meditar a partir de Mc 1,29-31? Ante todo, el texto nos pone frente a la enfermedad, representada por la postración y la fiebre. En la antigüedad, las enfermedades se atribuían a pecados, espíritus impuros o poderes sobrehumanos y sólo eliminando las causas era posible superarlas. Hoy la explicación de la enfermedad es algo diferente: alteración leve o grave del funcionamiento normal de un organismo por causas internas o externas. Lo que no cambia es el papel “sanador” que puede tener la fe frente a la enfermedad, no un papel mágico sino de confianza en la fuerza terapéutica que viene de Dios. Que en este tiempo de pandemia estemos dispuestos a sanar, para poder pasar de la postración al servicio.
🕯 Comentario al Evangelio del 31 de Enero de 2021: lo malo, una ocasion para sanar
por Virginia Azcuy
En estos días que tanto escuchamos hablar del inicio de las clases y “la vuelta a las aulas”, de modalidad presencial y virtual, protocolos y condiciones de la educación, también han surgido reflexiones sobre lo que es enseñar y aprender en tiempos de pandemia. En este contexto, la liturgia de este domingo propone una lectura que nos presenta a Jesús en la actividad de enseñar, como parte de un relato de exorcismo en la sinagoga de Cafarnaún (cf. Mc 1,21-28). La narración entrelaza las imágenes de Jesús como maestro, exorcista y terapeuta, dando la ocasión de entrar más a fondo en sus acciones salvíficas de enseñar, expulsar demonios y curar enfermos, como la suegra de Pedro en 1,29-31.Ante todo, se puede distinguir y explicar la diferencia que existe entre la “proclamación” del reino de Dios (Mc 1,14-15) y la “enseñanza” de Jesús (vv.21-22). En realidad, la proclamación acerca de la llegada del reino de Dios se va convirtiendo, progresivamente, en una enseñanza que resuena en el corazón de la comunidad. A Marcos le interesa mostrar que Jesús, con el tiempo, pasa de ser un proclamador de la buena noticia en su pueblo (judío) a un maestro de la comunidad (cristiana). Es decir, lo que hace el Maestro Jesús es recoger la proclamación del reinado de Dios y trasladarla al ámbito de la comunidad (Rudolf Schnackenburg, La persona de Jesucristo). Mc 1,21 presenta a Jesús enseñando en la sinagoga, conforme a las costumbres judías y entre los maestros judíos de su tiempo: “cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar”. El v.22 completa la información referida al perfil de Jesús maestro e introduce al exorcismo al mismo tiempo: “todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad (ἐξουσίαν) y no como los escribas (οἱ γραμματεῖς)”. La enseñanza, la expulsión del espíritu malo y el asombro forman una unidad.

Que Jesús enseñara con autoridad y no como los escribas requiere de explicación. Los escribas por entonces cumplían una triple función: continuaban el desarrollo teórico de las prescripciones generales de la torá, instruían a los alumnos en la ley y eran los encargados de administrar justicia en los juicios, por lo cual eran los maestros preferidos en las sinagogas. El Maestro Jesús, en cambio, habla con autoridad propia, sus palabras están acompañadas con acciones poderosas, mientras que los escribas se limitan a interpretar la ley y la tradición (Gnilka, El Evangelio según san Marcos). En distintos sumarios, Marcos nos muestra a Jesús curando enfermos y expulsando demonios (1,32-34; 3,7-12; 6,53-56) y estas acciones hacen visible su enseñanza sobre la llegada del reinado de Dios, la cual se vincula y aterriza en otros temas concretos que preocupan o hacen a la vida de la comunidad. De modo que el asombro mencionado en el v.22, que se repite luego del exorcismo en el v.27, manifiesta no solo una reacción ante lo que Jesús enseña, sino también su vinculación a la manifestación de su poder salvífico. Jesús es exorcista y terapeuta, además de maestro, no es un taumaturgo mágico, sino quien puede administrar el poder curativo de Dios y hacerlo con una cercanía humana particular.
En estos tiempos de Covid-19, puede ser muy oportuno enfocar la meditación en este Jesús Salvador que enseña, cura a los enfermos y expulsa demonios. En el relato del exorcismo, el protagonismo lo tiene Jesús frente al espíritu malo o demonio y la finalidad del evangelista es mostrar la soberanía de Dios y la irrupción de su poder sobre las fuerzas del mal. Ni la persona posesa ni los discípulos tienen un lugar significativo en la escena; todo se centra en la llegada del reino y su novedad. ¿Qué nos dice el relato del espíritu malo? Que grita en señal de defensa y confesión: la pregunta defensiva rechaza la comunión y la confesión sobre Jesús intenta adquirir poder sobre él, pero al decir que Jesús es el Santo de Dios (ὁ ἅγιος τοῦ θεοῦ), el relato se convierte en escena de revelación (Mc 1,24). Lo malo pone en evidencia lo bueno. Pidamos aprender de su enseñanza y sorprendernos de su acción.
🕯 Comentario al Evangelio del 24 de Enero de 2021: el sostén de la Palabra
por Virginia Azcuy

Por segunda vez este domingo, la Iglesia católica celebra el “Domingo de la Palabra”, para alentar a cada creyente a conocer la Biblia y darla a conocer en nuestro tiempo. En esta ocasión, el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización ha propuesto un subsidio litúrgico-pastoral, en el cual propone como tema la expresión paulina: λόγον ζωῆς ἐπέχοντες (Fil 2,19), que admite diversas traducciones, entre las cuales las más frecuentes son: “presentando la Palabra de vida”, “sosteniendo la Palabra de Vida” o “aferrándose a la Palabra de Vida”. ¿Qué puede significar esta fórmula en el contexto presente?, ¿cómo resuena en nuestra vida cristiana hoy?, ¿cómo estamos presentando-sosteniendo-aferrando esta Palabra cada día?
Pablo dedica unos versículos al tema de la obra de la salvación (Fil 2,12-18), justo a continuación del himno cristológico dedicado a la humillación y exaltación del Señor (2,6-11), por lo que puede ser oportuno entender las dos unidades en relación. El “trabajo de los cristianos por la salvación” tiene que ver, sin duda, con el modo de salvación elegido por Jesús, que “se vació” en la cruz por amor a la humanidad (Fil 2,8). El mismo apóstol está preso mientras escribe esta carta, por lo cual su exhortación a vivir luchando por la fe del Evangelio (Fil 1,27) está de acuerdo con la vida de Cristo. En el texto afirma que Dios da “el querer y el hacer” (Fil 2,13) y exhorta a una vida irreprochable, que brille “presentando la Palabra de Vida” (2,16). Como en los comienzos del cristianismo, hoy también es necesario el compromiso para anunciar la salvación. En tiempos de pandemia global, se puede pensar que la fe y el testimonio de cada bautizada y bautizado puede ser un bien para los más vulnerables. Quiere decir, que quienes creemos, podemos ser un signo de esperanza en el presente, si sostenemos la Palabra de Vida, si perseveramos.
El evangelio de este domingo nos hace volver la mirada al comienzo de la predicación de Jesús y la llamada de los primeros discípulos (Mc 1,14-20). Me detengo en el primero de los dos temas: luego de sus cuarenta días de desierto, Jesús se dirigió a Galilea para proclamar la Buena Noticia diciendo: “el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1,15). En el presente que vivimos, sentimos que se nos prolongó la estadía en el desierto –llevamos el peso de la cuarentena y queremos llegar a Galilea cuanto antes–. ¿Cómo percibir hoy la cercanía del Reino? La fe en la fidelidad de Dios, que cumple sus promesas a pesar de las vicisitudes de la historia y los signos de colapso del planeta, nos guía para percibir los signos de la salvación hoy. También, por cierto, esta fe necesita ser acompañada de conversión ¡cuántas cosas necesitamos cambiar! ¿cuántas cosas hemos percibido de des-amor, des-cuido, des-integración? Pidamos recibir el querer y el hacer para volver a empezar cada día, porque la Palabra nos sostiene.
🕯 Comentario al Evangelio del 27 de Diciembre de 2020: comprender el nacimiento
por Virginia Azcuy
Celebrar la Navidad en pandemia representa, realmente, una variante inesperada. Con todo, a pesar de esta y otras circunstancias, la Navidad es un acontecimiento con mensaje propio, que no admite excepciones o manipulaciones, sino que reclama una diversidad de intérpretes autorizadas/os.

En los domingos anteriores a Navidad, la liturgia ha propuesto la lectura del primer díptico lucano correspondiente a los dos anuncios de nacimiento, el de Juan, el Bautista y el de Jesús, el Mesías (Lc 1,5-56). En la fiesta de la Sagrada Familia que se celebra este domingo, la lectura del evangelio nos introduce en el segundo díptico que presenta los dos relatos de nacimiento, siendo el de Juan muy breve (Lc 1,57-80) en comparación con el de Jesús (2,1-52). La noticia del nacimiento de Jesús es sobria: “Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Sobre Jesús, se había dicho a María: “será llamado Hijo del Altísimo” (Lc 1,32); con palabras semejantes, se reitera en el bautismo: “Tú eres mi Hijo muy querido” (3,22). ¿Qué significado tiene hoy para cada una y cada uno de nosotros el nacimiento del Hijo de Dios? ¿Cómo es la familia de Jesús?
El relato lucano del nacimiento de Jesús muestra a un José activo, que se dirige a Belén con su esposa para inscribirse en el censo ordenado por el emperador, donde ocurre el nacimiento (Lc 2,1-7; cf. Mt 1,18-25). Dios manifiesta su salvación en la historia concreta, con nombre y apellido; también hoy sucede de este modo. En el relato de Lucas, luego de la visita de los pastores y la circuncisión de Jesús, se ubica la secuencia que leemos este domingo: la presentación de Jesús en el Templo, las profecías de Simeón y Ana, la infancia en Nazaret (Lc 2,22-40). Como en el primer díptico, en el segundo, Lucas da un lugar central a la madre del Mesías: “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19.51). Según Mercedes Navarro, el evangelista “sitúa a María en la misma línea de la tradición de los sabios de Israel, que escrutan la realidad cotidiana en el marco amplio del judaísmo y en la perspectiva de su fe para encontrar su sentido” (Los rostros bíblicos de María, 215). María pasa de ser testigo a ser intérprete, primera de otros como quien sabe comprender en profundidad. ¿Podemos encontrar en este modo de afrontar los hechos un motivo para nuestra meditación del evangelio? Tal vez se perfila, en ella, un modelo de la práctica de meditar, que va más que el mundo de los afectos.
La presentación del Niño en el Templo tiene una función de purificación de la madre, cuarenta días después del nacimiento de los hijos varones (Lv 12,2-5). La mención reiterada de la Ley del Señor (Lc 2,22-24) atestigua la continuidad entre Jesús y el judaísmo, mientras que el conjunto del relato destaca la novedad de la salvación para todos los pueblos por medio del Hijo. La continuidad y la novedad se expresan a la vez en relación con la ley, puesto que primeramente María es presentada como sometida a la Ley –con las normas patriarcales que la sociedad, la cultura y la religión habían dictado sobre las mujeres–, pero finalmente la trasciende: el hijo que se consagra a Dios ya estaba consagrado y la mujer que se presenta para ser purificada era la virgen llena de gracia.
Los acontecimientos del nacimiento se siguen de las profecías de Simeón y Ana (Lc 2,25-38), así como en el primer díptico se encuentran las profecías de Isabel y Zacarías. Cada una y cada uno de ellos se refieren a la salvación del Dios que viene, de su visita a Israel y a todos los pueblos. Simeón se dirige al Templo movido por el Espíritu, justo cuando los padres van a presentar al niño; el anciano habla a María sobre el futuro de contradicción que envuelve a su hijo (Lc 2,34-35); Ana es la otra profetisa que se presenta en el Templo para agradecer y anunciar (2,36-38). Todos ellos son presentados por Lucas como intérpretes del nacimiento, movidos por el Espíritu. Al llegar a este punto podemos preguntarnos qué se requiere para comprender a Jesús y el sentido de la Navidad. El evangelista nos recuerda que “su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 2,51). ¡Que el Señor nos regale, en estos días, comprender algo del nacimiento y su sentido actual para poder compartirlo! Que también sepamos comprender los sufrimientos y los anhelos más profundos de las familias de nuestro tiempo.
🕯 Comentario al Evangelio · Cuarto Domingo de Adviento · 20 de Diciembre: la promesa de la Navidad
por Virginia Azcuy
En los días que corren, una de las noticias candentes en los medios de comunicación y las redes sociales se relacionan con la llegada de las vacunas para el COVID-19. Las expectativas sobre ellas son diversas y suscitan tanta ansiedad como esperanza, aunque a ciencia cierta todavía sabemos poco acerca de los tiempos reales y la modalidad concreta de su distribución. También en estos días circula otra noticia, antigua y nueva a la vez, que se refiere a la Fiesta de Navidad: ¿nos suscita expectativa y esperanza?, ¿hemos pensado cuán efectiva puede ser su llegada?, ¿cómo podemos preparar su llegada a partir del testimonio de María en las Escrituras?

La liturgia nos propone la lectura de la anunciación en el evangelio de Lucas (Lc 1,26-38), la cual va unida a la visitación (1,39-45). En ambos relatos, el evangelista se inspira en diversos textos y figuras del Antiguo Testamento, para indicar a sus lectores que los hechos del nacimiento del Mesías están en continuidad con las acciones de Dios en la historia de Israel. Una de estas figuras es la de David-rey, quien recibe la promesa de una descendencia y un reino que no tendrá fin: “Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí y tu trono será estable para siempre” (2 Sm 7,16). La palabra “casa” posee en este texto un doble sentido: por una parte, señala el templo que David quiere construir para Dios; por otra, alude a la voluntad divina de constituir a David como fundador de una dinastía que será eterna (ver 2 Sm 7,1-5). ¿Qué significa que Jesús viene de la Casa de David?
En el relato de la anunciación, que generalmente leemos poniendo atención a María, Lucas presenta una serie de elementos que hablan de una cristología, porque se refieren al Mesías que viene. Ante todo, al presentar a María y José, el evangelista dice que ella estaba comprometida con José, que era “perteneciente a la familia de David” (Lc 1,27). Luego, cuando el ángel Gabriel comunica a María el mensaje de parte de Dios dice: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1,30-33). A través de José, Jesús fue comprendido como miembro del linaje de David, a quien Dios había prometido un reino definitivo; en el anuncio a María, se da el cumplimiento de las promesas divinas hechas a David: María es el “nuevo David”, de la cual viene Jesús a traer un reino nuevo (Severino Croatto).
La misión de recibirlo en esta historia y en su propia vida es de María; por eso, Lucas, compone su relato de anuncio y al mismo tiempo como un relato de vocación, con las típicas fórmulas de “el Señor está contigo” (Lc 1,28) y “no temas” (1,30), a semejanza del llamado a los profetas (ver Ex 3,1-12). La acción creadora de Dios se manifiesta en esta historia, como en la de Israel, por medio de su Espíritu: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35); los verbos utilizados por Lucas indican elección y protección divinas y no una relación sexual, vale decir que lo acontecido en María es más misterioso y milagroso que el paso de esterilidad al embarazo en la vida de Isabel, quien fue librada de la vergüenza de su situación (1,7.23-25). Como en la creación y en la resurrección, Dios Padre obra en la encarnación por la fuerza del Espíritu, para que el Verbo venga en la carne, en la condición humana (ver Jn 1,14). ¿Cómo es posible?
Toda la meditación de este domingo puede concentrarse en la respuesta que da María al ángel Gabriel en el v.38 del relato del anuncio: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. Un sí que cambió la historia, porque fue pronunciado en plena libertad y con la confianza puesta en la promesa de Dios. Un sí que brota del silencio receptivo y se configura como palabra profética que anuncia los tiempos mesiánicos esperados por Israel (Mercedes Navarro). ¿Qué significa este sí mariano en el tiempo próximo a Navidad? Que Dios anuncia su plan de salvación, nos llama a ser parte activa, pero no avanza sin nuestra respuesta. ¿Quieres la misión que te doy? No temas, Yo estaré contigo, el Espíritu actuará en tu vida si lo dejas pasar… ¿Qué podemos decirle? Ven Señor, dame tu santo Espíritu, sé Tú el coraje que no tengo, para que pueda proclamar. Sé Tú el amor que no alcanzo, para hacer comunidad. Ven Señor, vuelve a nacer en nuestra vida, para que tu promesa se renueve en esta Navidad…
🕯 Comentario al Evangelio · Tercer Domingo de Adviento · 13 de Diciembre: María, profetisa del nacimiento del Salvador
por Virginia Azcuy

En un año atravesado por la pandemia que nos hace experimentar la humillación en distintos sentidos, nada parece más apropiado que confesar la fe y cantar la venida del Salvador. Por eso, la meditación para este tercer domingo de Adviento se inspira en el Magnificat, un salmo que narra la experiencia de la acción salvífica en la historia de Israel y en la Iglesia primitiva. Cabe recordar, además, el nombre dado por Lucas a la madre de Jesús: Μαριάμ (Mariám), que en hebreo corresponde a Miryam y la ubica entre otras profetisas de Israel: Miriam (Nm 12; Ex 15,1-18.20-21), Debora (Jue 5,1-31), Ana (1Sm 2,1-10), Judith (Jdt 16,1-17). De hecho, el inicio del himno retoma las palabras del cántico de Ana: “Mi corazón se regocija en el Señor, tengo la frente erguida gracias a mi Dios. Mi boca se ríe de mis enemigos porque tu salvación me ha llenado de alegría” (1Sm 2,1).
El cántico de Mariám, puesto en sus labios por Lucas en el relato de infancia de su evangelio, puede entenderse como un himno de acción de gracias, con una introducción, un cuerpo que resume los motivos de la alabanza y una conclusión que recapitula la oración. De modo semejante a lo anunciado en la misión el profeta Isaías, “el Espíritu está sobre mí” (Is 61,1), el relato que anuncia el nacimiento de Jesús dice, por medio del ángel Gabriel, a María: “el Espíritu descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35; ver Ex 40,34-35). Esta acción de la Ruaj creadora en Mariám, evocadora del aleteo del Espíritu en el Génesis, hace posible la venida del Hijo de Dios en la carne. En el Magnificat, “la alegría toma la palabra por boca de María” (L. Alonso Schökel y J. Mateos), sobre todo en la introducción del himno que se hace eco de la alegría de Sión descripta en Is 61,10: “yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios”. El acento propio del himno lucano está en que María se alegra en Dios τῷ σωτῆρί μου (mi Salvador) (Lc 1,47) dando la ocasión para introducir el nombre divino σωτῆρ (Salvador), por vez primera en el evangelio y la única que se atribuye Dios. El himno en boca de María, ubicado justo antes del nacimiento del Bautista y de Jesús, señala hacia Él: “hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador” (Lc 2,11). ¿Lo seguimos esperando?El cuerpo del himno se estructura en dos estrofas: la primera presenta los motivos de la acción de gracias (vv.48-50) y la segunda alaba a Dios por la salvación y la misericordia expresada con poder en las μεγάλα (grandes cosas, v.49) obradas por Él en la historia de Israel (vv.51-54a). Con el v.48a se enuncia la primera fundamentación –personal– de la acción de gracias, en la cual se alaba a Dios porque pone sus ojos sobre la ταπεíνωσις (humillación) de su sierva (v.48a; ver 1Sam 1,11). La humillación de Mariám puede referirse a su situación social y religiosa, pero también se reconoce un sentido más concreto: “José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto” (Mt 1,19). De acuerdo con este testimonio, la humillación de Mariám consistía en que su esposo la consideró una “adúltera” y, por ser justo, había decidido repudiarla en secreto hasta que conoció el plan de Dios (Luise Schottroff y Mercedes Navarro). A esta humillación el v.48b opone la proclamación de una bienaventuranza futura, que evoca la anterior pronunciada por Isabel (v.45), anticipa las bienaventuranzas (6,20-23) y pone de manifiesto un elemento central de la teología del Magnificat: la inversión de destinos que trae el reino de Dios. El segundo motivo o fundamentación de la acción de gracias es comunitario (v.50), anuncia una inversión de destinos en la historia de Israel: “derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (vv.52-53). El mensaje central del cántico es Dios y su acción salvífica dirigida a los pobres: la presencia de lo social no significa una reducción, porque viene de Dios; el Magnificat es “históricamente relevante” y “teológicamente determinante” (Clodovis Boff y Lina Boff). ¿Cómo esperamos que venga el Salvador?, ¿cómo se manifiesta hoy su misericordia?
En su humillación personal, María queda asociada a los ταπεινούς (pobres y abajados), a quienes el Señor también mira y ambos son agraciados con un cambio de suertes. Se trata de una verdadera revolución, propia de la misericordia (v.50 y 54b), centrada en el reino de Dios. En el Magnificat resuena la voz de una matriarca cantando, junta a las profetisas Isabel y Ana (Lc 1,25; 2,38), su alabanza en nombre de los patriarcas y su descendencia (Ivoni Richter Reimer). ¿Cómo cantar hoy la salvación, en solidaridad con los pobres y las mujeres?
🕯 Comentario al Evangelio · Segundo Domingo de Adviento · 5 de Diciembre: la fragilidad como tarea
por Virginia Azcuy
¡Cuántas veces nos sentimos frágiles a lo largo de la vida! ¡Cuántas más experimentamos este rasgo esencial de la condición humana en este año de pandemia! En el sentido común, la fragilidad es la facilidad de una cosa para romperse o su debilidad para deteriorarse; en sentido más técnico, se dice que un material es frágil cuando posee capacidad de fracturarse debido a su escasa o nula deformación permanente, mientras que los materiales dúctiles y tenaces se rompen solo tras sufrir sucesivas deformaciones. Si aplicamos estas descripciones a la vida humana, podemos preguntarnos qué significa la fragilidad en sentido espiritual y cuáles son las tareas que nos plantea.

La liturgia de Adviento vuelve a proponer una lectura del Libro de Isaías que puede ayudarnos, más concretamente el comienzo de la segunda parte del libro (Is 40-55), llamada “Deuteroisaías” o “Libro de la consolación de Israel” en razón de sus primeros versículos: “¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo (נַחֲמ֥וּ נַחֲמ֖וּ עַמִּ֑י), dice su Dios!” (Is 40,1). La unidad Is 40,1-11 puede entenderse como un relato de envío del profeta, que combina diversos elementos teológicos. Los vv. 1-5 presentan un oráculo introductorio en el cual resuenan varias voces para anunciar la liberación, con la invitación de prepararse para recibirla: “¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!” (40,3). Los evangelistas han tomado este texto y lo han aplicado a Juan el Bautista que invitaba a convertirse y creer en el reino a la vez que anunciaba la próxima venida del Mesías (cf. Mt 3,3 y Jn 1,23). Junto a la imagen del preparar el camino, se destaca otra imagen que orienta la importancia de la humildad: “que se aplanen todas las montañas y colinas” (Is 40,4). Una tarea para preparar la venida es aplanar las montañas, es decir, renunciar al orgullo y aprender la humildad.
Los vv. 6-11 describen en parte un diálogo entre una voz y el profeta Isaías, que pone de manifiesto cuál es el mensaje que se ha de anunciar. El profeta pregunta: “¿Qué proclamaré?” (v.6a) y la voz responde: “Toda carne es hierba (כָּל־הַבָּשָׂ֣ר חָצִ֔יר) y toda su consistencia, como la flor de los campos (…) La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre (וּדְבַר־אֱלֹהֵ֖ינוּ יָק֥וּם) (Is 40,6.8). La metáfora de la hierba sirve para indicar la fragilidad de la condición humana (v.6), que también se predica de Israel: “el pueblo es la hierba” (v.7b). Sin la palabra de Dios, el pueblo se seca y se marchita (cf. Is 1,10-11). ¿Cuál puede ser la tarea sugerida en estas imágenes de la hierba? Tal vez el texto nos sugiere dos tareas: primero, reconocer que toda carne y todo pueblo es hierba, en otras palabras, abrazar la fragilidad y, segundo, descubrir lo que permanece: la Palabra de Dios.
Un último comentario a la estrofa final (v.9-11). Al comentar el v. 9 La Biblia del Pueblo de Dios llama la atención sobre el texto hebreo: “el profeta” se ha tornado “la profetisa”: los dos vocativos dicen literalmente “anunciadora de Sión” y “anunciadora de Jerusalén”, indicando una posible alusión a ministerios realizados por parte de mujeres. Tal vez este detalle explique, en parte, los rasgos claramente femeninos que acompañan la imagen del pastor que anuncia la venida del Señor: “Como un pastor, él apacienta a su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz” (Is 40,11). ¿Qué tareas pueden inspirar estas imágenes? A mí me resuena esta: dejarnos pastorear por la Palabra y que Ella cuide nuestra fragilidad.
🕯 Comentario al Evangelio · Primer Domingo de Adviento · 29 de Noviembre: súplica a Dios fiel
por Virginia Azcuy
¿Dónde está Dios?, ¿por qué no actúa para salvarnos?, ¿podemos seguir esperando? ¿Cómo hablar del Dios cristiano en tiempos de pandemia?, ¿cómo se manifiesta su salvación en este presente? Lo que estamos viviendo en los últimos meses, en distintas partes del mundo, nos confronta una y otra vez con estas preguntas, que tratamos de ir respondiendo de distintas maneras. A ellas podemos agregar ahora al menos una más: ¿cómo vivir el Tiempo de Adviento, de preparación a la Navidad, este año?, ¿qué elementos podemos llevar a la oración y la meditación?

Una lectura de algunos aspectos del poema de Isaías 63,7-64,11 ofrece un material muy apropiado para guiar esta meditación. Se trata de un salmo de súplica colectiva, que contiene una evocación de la historia pasada (63,7-14) incluyendo la liberación de Egipto como primer gran acto liberador de Dios y prenda de la salvación futura (vv.11-14) y la súplica propiamente dicha, que está encuadrada por las dos evocaciones de 63,15 y 64,11: “¿Dónde están tus celos y tu valor, tu ternura entrañable y tu compasión? (…) ¿vas a permanecer insensible, Señor? ¿Te quedarás callado y nos afligirás hasta el fin?”. El texto invita a hacer memoria de la historia de salvación y a renovar nuestra relación con Dios, con una oración que sea capaz de invocar la salvación y confesar la infidelidad.
En la memoria orante de la Alianza y el Éxodo, se destaca la fidelidad de Dios que nos redimió en persona (Is 63,9), como pedido de un nuevo Moisés y quizás también otra Miriam: “¿Dónde está el que hizo subir de las aguas al pastor de su rebaño? (…) el que separó las aguas delante de ellos, para ganarse un renombre eterno? (…) ¿Dónde está el que los condujo por el fondo del Océano, como a un caballo por el desierto?” (Is 63,11b.12b.13). La evocación pone de relieve la necesidad de la salvación de Dios, pero falta admitir la infidelidad a la Alianza para que Dios salve a su pueblo sumido en la desolación. ¿Cómo se manifiesta esa presencia salvadora en la súplica? Con una insistencia en la paternidad divina: “Tú, Señor, eres nuestro padre, «nuestro Redentor» es tu Nombre desde siempre” (63,16b). Pero también con otra metáfora muy preciosa, que supone reconocer nuestra debilidad y dependencia del Señor: “tú, Señor, eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla y tú nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!” (64,7). Y, para completar todavía mejor la imagen de Dios en este libro, parece oportuno avanzar hasta el capítulo 66, que nos habla de Dios como madre: como uno es consolado por su madre, así los consolaré a ustedes (v.13).
Al comenzar el Adviento, en definitiva, recordamos que la vida de fe no es otra cosa que confesar la acción salvadora de Dios y nuestra dependencia de Él para una vida fiel. Nos hace bien volver a meditar la historia de salvación y dar gracias “por todo el bien que él nos hizo” (63,7), recordar el Éxodo y contemplar cómo Dios condujo a su pueblo para que atravesara las aguas, para tomar aliento en nuestras propias travesías. En este tiempo de Adviento, que sepamos redescubrir a este Dios que actúa en persona, siendo padre y madre, salvador y alfarero, para renovar la esperanza y vivirla de modo activo, con la súplica de la fidelidad al Dios fiel (1Cor 1,9).
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 22 de Noviembre: el reino en cada hermana o hermano
por Virginia Azcuy
La fiesta de este domingo nos invita a poner la mirada en Cristo Rey del Universo. En un contexto de crisis mundial a causa de la COVID 19, en el cual lo universal irrumpe con fuerza inesperada, esta celebración puede aportarnos claves para nuestro vivir cotidiano. Al mismo tiempo, el Espíritu/la Ruaj nos inspira preguntas en el presente que podemos vincular a esta solemnidad: ¿qué sentido puede tener hoy nuestra fe en Cristo Rey?, ¿cómo se hace presente su reino entre nosotros?, ¿qué obras estamos llamados/as a realizar para entrar y permanecer en su dinámica de salvación?
Ante todo, vale la pena detenerse en el evangelio de Mt 25,31-46, que sucede a tres parábolas dedicadas a la fidelidad y completa el quinto libro de este evangelio. El relato presenta una escena impresionante del juicio final, en el cual se da entrada al reino a unos/as y se deja afuera a otros/as (Mt 25,32-33); se puede establecer una correspondencia entre este pasaje del juicio definitivo y las maldiciones en la versión lucana de las bienaventuranzas (Lc 6,24-26). Así, la perícopa de Mt 25,31ss. traza un arco con las bienaventuranzas en este evangelio (5,3-12) y muestra las consecuencias de la puesta en práctica o no del estilo de vida propuesto por Jesús: quienes lo siguieron ahora reciben el reino como herencia (Mt 25,34). Antes de iniciar el relato de la pasión y resurrección, el evangelista quiere resumir el camino del discípulo o la discípula y proyectarlo hacia el momento del juicio. Lo central es la persona de Jesús y su obra (cristología) como criterio de comportamiento actual (ética). ¿Cómo es el Jesús de Mt 25,31ss? Jesús es el criterio para obrar una nueva justicia y por ello Él está presente en cada uno y cada una. Se trata de un Jesús presente misteriosamente en cada creatura y en especial en la humanidad indigente. Las obras de caridad mencionadas en esta escena, agrupadas conforme a la concepción judía, evocan el horizonte de la misericordia, aunque no se hable de ella. En Mt 25,31-46, reluce la misteriosa identificación de Jesús con cada ser humano, fundada en la encarnación del Hijo de Dios y fundamento de toda dignidad humana.

Si pensamos en el contexto latinoamericano del último medio siglo y el camino eclesial y teológico recorrido, resulta notable la prioridad que ha tenido este pasaje. Se puede afirmar que, sin lugar a dudas, esta escena decisiva del evangelio de Mateo ha venido a expresar la urgencia con la cual se ha vivido la fe cristiana en diversas situaciones que afectan la dignidad humana en la región. Esto no quiere decir que el texto tuviera menor relevancia en otras áreas geográficas y culturales, sino que en la nuestra ha hecho resonar con fuerza la voz de Dios para nuestro tiempo: “Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento/a y te dimos de comer; sediento/a y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso y te alojamos; desnudo/a y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo/a o preso/a y fuimos a verte?” (Mt 25,37-39). El servicio de la religión cristiana, como el de otras religiones, debe medirse en relación con la irrupción de lo definitivo en la historia y por la dinámica de salvación que genera. Por tanto, podemos pensar que el pasaje del juicio final, destinado por Mateo a señalar que la fe en Jesús se manifiesta y realiza en una vida de justicia hacia los demás, ha tenido un sentido eco en nuestra región porque en ella –lamentablemente– se profesa la fe, pero falta la justicia.
Entonces, ¿qué podemos esperar en tiempos que profundizan las brechas de la desigualdad? ¿Cómo podemos resignificar nuestra fe en Cristo Rey del Universo? Que Jesús está presente en el otro y la otra representa un llamado concreto a vivir la fe en clave de hermandad y proximidad. Porque en el reino de Dios somos todos hermanos y hermanas de Jesús y el juicio se juega en cada hermano/a
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 15 de Noviembre: la moneda enterrada
por Virginia Azcuy

Muchas veces hemos leído o escuchado sobre la parábola de los talentos (Mt 25,14-30 / Lc 19,12-27), una nueva exhortación a la vigilancia y la fidelidad en el evangelio de Mateo. Tal vez hoy podemos meditar esta parábola deteniéndonos más en el talento (moneda empleada en tiempos de Jesús) que fue enterrado. Porque estos tiempos de pandemia y crisis pueden ser la ocasión de profundizar en la (in)fidelidad y descubrir nuevas oportunidades de esperanza activa.
La parábola de los talentos es una “parábola del reino” (cf. Mt 25,14) que introduce el relato de un señor que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les repartió sus bienes según sus capacidades (cf. 25,14-18). En un segundo tiempo, el texto nos ofrece un detalle acerca de lo que sucedió cuando este señor regresó para arreglar sus cuentas: quienes habían recibido cinco y dos talentos, se ocuparon y duplicaron la suma, por lo que fueron reconocidos como “siervo bueno y fiel” (δοῦλε ἀγαθὲ καὶ πιστέ) e invitados a “participar en el gozo de tu señor” (εἴσελθε εἰς τὴν χαρὰν τοῦ κυρίου σου) (Mt 25,20-21.22-23). El que había recibido solo un talento, conociendo la exigencia de su señor, tuvo miedo y decidió enterrarlo para poder devolver lo mismo que había recibido (cf. Mt 25,24-25). El señor lo considera “siervo malo y perezoso” (πονηρὲ δοῦλε καὶ ὀκνηρέ), no sólo lo reprocha: “si sabías que…”, sino que le hace quitar el talento y lo hace echar afuera (cf. Mt 25,26-30). La enseñanza se resume en las palabras puestas en labios de Jesús: “a quien tiene se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene” (Mt 25,29). Quiere decir que quien no hace fructificar el don que recibe, lo pierde (cf. Mt 13,12). ¿Qué nos dice este siervo que enterró la moneda?, ¿Qué dimensiones de nuestra vida nos pide revisar hoy el Señor?
Si miramos más detenidamente al siervo que enterró el talento que había recibido, se lo describe ante todo como “malo” y además “perezoso”. Como los otros siervos, este es un tipo de cristiano/a que está invitado a hacer fructificar sus dones para hacer avanzar el Reino de Dios. Tal vez su dificultad está en su modo de entender la omnipotencia de Dios y la escasa importancia de sus acciones, por lo cual decide “congelar” todo: ni siquiera se le ocurre ir al banco para obtener una mínima ganancia. Enterrar el talento equivale a compromiso cero, en el fondo, a falta de amor. El siervo que entierra la moneda representa una religiosidad pasiva, que no es compatible con el discipulado de Jesús y por eso no es digna del gozo de la comunión. Ahora bien, el siervo da una razón de su obrar que podemos atender: “tuve miedo” (φοβηθεὶς) (Mt 25,25); miedo de cómo ve a Dios y cómo se ve a sí mismo. ¡Cuántas veces necesitamos cambiar la mirada para vencer los miedos y otros obstáculos o tentaciones que nos impiden ser fieles al don de Dios! ¿Qué bienes o sueños hemos enterrado y necesitamos desenterrar hoy?, ¿estamos dispuestos/as a superar los miedos o miradas que nos impiden amar más plenamente a Dios, a nosotros mismos/as y a los demás? La moneda enterrada es un llamado a despertar esperanzas sepultadas y fidelidades compartidas.
Este domingo 15 de noviembre Francisco invita a la Iglesia católica a celebrar la IV Jornada Mundial de los pobres, con el lema: “Tiende tu mano al pobre” (Sir 7,32). La celebración tendrá lugar mañana en la Basílica de San Pedro a las 10hs, con la presencia de 100 personas que representarán simbólicamente los diversos rostros de la pobreza. En su Mensaje del 13 de junio de este año, dedicado a esta jornada, Francisco nos anima a superar los miedos para extender nuestras manos y abrir nuestro corazón a quienes más sufren hoy: “No se trata de una exhortación opcional, sino que condiciona la autenticidad de la fe que profesamos”, como lo recuerda Mt 25,31ss. que leeremos el próximo domingo. Cada vez que, como el siervo malo que guardó la moneda para sí, sentimos la tentación de encerrarnos y debilitar la comunión hasta excluirnos, también tenemos la oportunidad de un nuevo comienzo, si cambiamos la mirada, creemos en Él y tendemos la mano a los demás.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 8 de Noviembre: descuido o cuidado
por Virginia Azcuy
¿Podríamos considerar el cuidado como una fórmula abreviada de la fe? La teología contemporánea se ha preguntado acerca de aquellas palabras capaces de responder con más certidumbre y elocuencia a los retos de nuestro tiempo. Su objetivo ha sido poder proponerlas como claves de lectura y orientaciones para la acción, en contextos de grandes transformaciones sociales y culturales. Si aceptamos que vivimos en una época atravesada por situaciones inéditas que plantean la necesidad de respuestas nuevas y urgentes, podemos coincidir en la utilidad de volver una vez más este domingo al interrogante sobre las fórmulas abreviadas de la fe.

La liturgia del domingo XXXII durante el año nos propone la lectura de la parábola “de las vírgenes prudentes” o de las amigas de la novia (Mt 25,1-13). El contexto del discurso de Mt 24-25 parece captar la situación de los destinatarios del evangelio, inquietos ante el retraso de la nueva venida del Señor, al proponer la espera vigilante como actitud principal para los discípulos/as. El texto habla de diez vírgenes (δέκα παρθένοις) que indican la celebración de un matrimonio judío en el cual tenían lugar grandes festejos en la casa de los futuros esposos por separado; se trata, por tanto, de las amigas de la novia –algo semejante a lo que hoy entendemos como una despedida de soltera–, con las cuales ella esperaba al novio y sus amigos para ser conducida a la casa de este. La costumbre consistía en esperarlo con las lámparas encendidas, en aquellos tiempos gracias al aceite que alimentaba la llama; tanto el aceite (ἔλαιον), que permite mantener las lámparas encendidas, como la boda (γάμος) son posibles referencias a la fidelidad.
La parábola que comentamos presenta una notoria comparación entre las diez jóvenes: cinco son necias o descuidadas y cinco sabias o prudentes, en relación con la previsión de aceite para sus lámparas. Cuando llega el novio se observan los resultados: “Las necias dijeron a las prudentes: ‘¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?’. Pero estas les respondieron: ‘No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado’.” (Mt 25,8-9). ¿Falta de solidaridad o consecuencia de la responsabilidad personal? La severidad del novio es aún mayor con las mujeres descuidadas, quienes llegaron tarde y cuando pidieron entrar recibieron esta respuesta: “les aseguro que no las conozco” (Mt 25,12). La falta de preparación y previsión no logra improvisar una salida exitosa. La parábola quiere advertir que el descuido en la fidelidad a una tarea encomendada no se puede reparar a última hora. De este modo, el evangelista ofrece un elogio a una fidelidad concreta en una misión recibida. De una forma más explícita, encontramos una enseñanza semejante en el Libro de la Sabiduría, que nos invita a “meditar en ella (como) la perfección de la prudencia” (Sab 6,15a).
Nuestro contexto es claramente distinto al de la comunidad mateana, puesto que no estamos esperando una venida inminente de Jesús sino al final de la historia. Con todo, la alabanza para quienes se encuentran preparados o se preparan cumpliendo fielmente con las acciones propias del Reino de Dios tiene vigencia en nuestros días. La sabiduría parece estar ahora, no ya en el aceite para encender las lámparas en la despedida de la novia, sino en la prudencia necesaria para cuidar la vida –propia, de los demás y del medioambiente– en todas sus dimensiones. Podemos imaginar una actualización de esta parábola auto-implicándonos en ella: ¿Cómo empezaríamos? El Reino de los Cielos es semejante a diez familias… o el Reino de Dios es semejante a diez jóvenes… ¿en qué situaciones se mediría el descuido o el cuidado?, ¿Cómo redescubrimos hoy el valor de la fidelidad en las pequeñas y las grandes misiones de la existencia de cada uno y cada una?
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 1 de Noviembre: santidad: estilo de vida alternativo
por Virginia Azcuy

Hoy se habla de un cambio en el estilo de vida, de una interrupción en nuestra forma de vivir y relacionarnos, de la irrupción de nuevos hábitos de comportamiento social en diversos ámbitos de la vida. También en el espacio de las prácticas religiosas nos encontramos ante el reto de reinventarnos, tanto en lo personal como en lo comunitario, por lo cual resulta muy oportuno volver a nuestra identidad y nuestras creencias. El evangelio de este domingo, en la fiesta de todos los santos, nos ayuda en esta tarea…
El evangelio de Mateo dedica varios capítulos al anuncio de la buena noticia del Reino (4,17-11,1): “Jesús comenzó a proclamar: «conviértanse porque el Reino de los cielos está cerca»” (4,17); presenta la actividad de Jesús en relación con dos círculos en torno a él: los discípulos (vv.18-22) y la multitud (vv.23-25). Este domingo la lectura se concentra en esta multitud que recibe el anuncio del Reino y en la enseñanza de las bienaventuranzas (5,1-12) que puede entenderse como una invitación a un estilo de vida alternativo. En el sumario que trata sobre la multitud, Mateo hace referencia a un grupo de personas –no solo judíos– venidas de muy diversos lugares; la mención a las curaciones realizadas por Jesús, que pone de manifiesto la realidad del pecado y la necesidad del perdón, explica por qué muchos se movilizan de distintas ciudades para ver y escuchar a Jesús. También se ofrece una caracterización de la actividad de Jesús por medio de tres verbos: enseñar, predicar y curar; la enseñanza a la muchedumbre, fuera de la sinagoga, suele ser posterior a la prédica en ella, pero en este caso se da una excepción: Jesús enseña antes de predicar (4,23-25). ¿Cómo nos experimentamos ante la actividad de Jesús y los círculos que lo rodean?
El Sermón de la montaña o las bienaventuranzas (5,1-12) forma parte de la primera instrucción del evangelio (5,1-7,28) e introduce la enseñanza con una promesa de felicidad y concluye con una exhortación de ponerla en práctica. El estilo de vida propuesto en las bienaventuranzas no apela a un voluntarismo sino a una vida de oración capaz de pedir y recibir el don de Dios; la felicidad está en relación con la persona de Jesús y su anuncio del Reino de los cielos. En las bienaventuranzas, Jesús promete la llegada del Reino para quienes practican un estilo de vida radical y alternativo (Santiago Guijarro). En el Padrenuestro, pedimos: “que venga tu Reino” (6,10), para poder vivir como hermanos y hermanos, recibiendo y dando el perdón. Cabe recordar que Mateo propone las bienaventuranzas como estilo de vida a un grupo que se encuentra en minoría, frente al judaísmo fariseo y al mundo del Imperio y que centra su esperanza en el cambio de situación que Dios va a realizar. ¿Pedimos que venga su Reino?, ¿somos capaces de alegrarnos con la vida que Jesús nos ofrece y nuestro estilo de vida alternativo, de seguimiento?, ¿pedimos ser santos/as?
Elegir un estilo de vida radical puede significar una opción por los márgenes, en el sentido que el ser seguidores y seguidoras de Jesús nos ofrece una forma de vida alternativa. “Felices los pobres de espíritu, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos” (Mt 5,3) se refiere a quienes, luego de pasar por una larga experiencia de miseria económica o social, han aprendido a contar solo con la salvación que viene de Dios. ¿Cómo alcanzar la alegría, en medio de nuestras circunstancias de indigencia de distinto signo, si no es por la confianza en la salvación que viene de Dios? ¿Pedimos crecer en esta esperanza cada día? Y cuando leemos “Felices los artesanos/as de la paz, porque serán llamados hijos/as de Dios” (5,9), ¿nos comprometemos con crear las condiciones para la paz y la reconciliación?, ¿somos conscientes de la importancia de la práctica de la no-violencia activa, en una cultura atravesada por distintas formas de micro- y macro-violencia? Que la enseñanza de Jesús nos ayude a descubrir la alegría escondida en una santidad cotidiana y en un estilo de vida alternativo para hoy.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 25 de Octubre: operacion rescate
por Virginia Azcuy
Posiblemente hoy más que en otros tiempos sentimos la necesidad de la salud y la salvación. Con frecuencia, nos invade el temor ante el coronavirus, que aumenta por ser este desconocido e invisible. Por momentos, nos sentimos abrumados y no sabemos cómo seguir adelante. La experiencia del Dios que salva puede ser un camino eficaz para rescatarnos del encierro y la angustia, por el camino de la confianza y la fidelidad.
El Salmo 17, entre las lecturas de este domingo, sea posiblemente la mejor ayuda para entrar a fondo en esta experiencia, puesto que nos presenta la acción de gracias de un rey después de la victoria –con un notable paralelo en 2 Sam 22–. Aunque nuestra realidad vital difiere mucho de la de un rey, la experiencia de la opresión, junto al anhelo de salvación, nos acerca a él. Además, el rey David –a quien se atribuye el canto de este salmo– como ungido es figura de Jesús y de este modo todo cristiano o cristiana puede comprenderse desde este salmo, que se dirige a Dios como “mi fuerza”, “mi Roca, mi fortaleza y mi libertador”, “mi escudo y mi fuerza salvadora” (Sal 17,2-3). El salmo comienza con palabras de confianza y nos invita a ponernos en manos del Señor.

A continuación, nos presenta la experiencia de salvación en dos momentos: primero, en la descripción del peligro o desgracia (vv.4-7), que se refiere a la situación concreta del orante, de aflicción, entendida como lejanía de Dios y a la vez ubicada más allá de toda situación histórica, es decir, como suceso arquetípico. La descripción del peligro es realmente pavorosa: “las olas de la muerte me envolvieron, me aterraron los torrentes devastadores, me alcanzaban los lazos del abismo” (17,5-6). Las imágenes propuestas –que Sieger Köder ilustra muy bien en la pintura adjunta– nos ayudan a sintonizar con aquellas situaciones en las cuales sentimos amenazada nuestra propia vida, como bien podría ser en la pandemia actual. Esta situación activa la confianza y surge la petición desde lo más hondo de nuestra vida: “en mi angustia invoqué al Señor, grité a mi Dios pidiendo auxilio y él escuchó mi voz desde su templo” (17,7). Lo más llamativo, en esta oración, es la casi inmediata respuesta de Dios: “mi grito llegó hasta sus oídos” (17,7); sabemos que hay peticiones que son hechas en silencio, pero el grito destaca la urgencia que vive quien pronuncia este salmo. ¿Podemos encontrarnos en situaciones semejantes?
Un segundo momento –en la primera parte del salmo– está dedicado a la intervención salvadora de Dios (vv.8-16). Tal intervención presenta rasgos de teofanía y pone en contraste el poder de Dios, que se expresa en diversos elementos naturales, con la situación de muerte que vive el salmista. Como Dios se manifiesta y se oculta al mismo tiempo, su presencia se expresa por medio de diversos fenómenos naturales como el terremoto, el temblor y los nubarrones: “entonces tembló y se tambaleó la tierra” (v.8). Sin duda, su rasgo más impactante es su descendimiento: “el Señor inclinó el cielo y descendió con un espeso nubarrón bajo sus pies” (v.10). En este contexto, se produce lo que voy a llamar una operación rescate: “él tendió su mano desde lo alto y me tomó, me sacó de las aguas caudalosas; me libró de mi enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo” (v.17). La intervención de Dios consiste en sacar de las fuerzas del caos a quien se halla perdido o perdida; los enemigos pueden ser externos o también internos… Llegados/as a este punto nos preguntamos: ¿De qué nos rescata Dios?, ¿Cuáles son nuestras angustias hoy?, ¿De qué necesitamos que nos saque su mano?
Por último, podemos acompañar al salmista en su interrogante acerca de por qué ha intervenido Dios, por qué prestó su ayuda en el peligro y podría hoy venir en nuestro auxilio (cf. 17,21-23). La respuesta está en relación con el pacto que ha hecho Dios con su pueblo y el compromiso del justo de serle fiel, como lo recuerda el Salmo 14, una liturgia de Torá que enumera las condiciones para entrar en el santuario. El evangelio va en este mismo sentido: amar a Dios y al prójimo, resumen de la Ley, para pedir con confianza la intervención salvífica de lo alto en los momentos de peligro, angustia y desesperación. Por el camino de la confianza y el amor, con todo el corazón, podremos decir: “¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca! ¡Glorificado sea el Dios de mi salvación!” (17, 47).
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 18 de Octubre: el reino del revés
por Virginia Azcuy
Entre la grieta y la costumbre de polarizar y etiquetar que nos atraviesa, podría ser muy constructivo detenerse a mirar cómo se manifiesta el Dios cristiano en términos de poder y relación. Las lecturas de este domingo nos dan pie para ello. A veces pienso si realmente necesitamos sumar la contienda política y la disputa ideológica, a la incertidumbre y los límites que la pandemia nos plantea hoy. ¿Qué hay detrás de nuestras interminables –e inútiles– enemistades en pos de las posiciones hegemónicas?, ¿quién se beneficia de la eterna impugnación del que piensa diferente?, ¿cómo hacer la autocrítica en el reino del revés del que todos somos parte?

Al leer el evangelio de este domingo, la parábola del impuesto debido a la autoridad (Mt 22,15-21), me quedó resonando ante todo lo dicho a Jesús por los fariseos y herodianos: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie” (22,16). Jesús no hace diferencias entre las personas; no discrimina ni excluye a nadie, por ningún tipo de razón. ¿Cómo vivimos esta enseñanza nosotros hoy?, ¿en qué punto se nos complica la aplicación de este modelo?, ¿qué podemos aprender para nuestra convivencia social?En la parábola que leemos, se observa a los fariseos en un conflicto creciente con Jesús, buscando tenderle una trampa al pedirle que tome partido por uno de los dos grupos que se le acercan: el de los fariseos, contrarios al pago del tributo por razones religiosas y, a favor del mismo, el de los herodianos –partidarios de Herodes Antipas que gobernaba con el apoyo del imperio romano–. Ellos van a Jesús con esta pregunta: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?” (22,17). Si decía que no –como sostenían los fariseos–, quedaba como rebelde frente al imperio; si contestaba que sí –como pensaban los herodianos– se enfrentaba a los fariseos y a muchos que no estaban de acuerdo con el pago del impuesto. La respuesta de Jesús los sorprende porque –como hace otras veces– cambia la perspectiva de la pregunta y les dice: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (22,21). Es decir, con su nueva lectura del tema, Jesús evita caer en la polarización y disuelve el dilema: en realidad, se debe dar a cada uno lo que se le debe (Rm 13,7), el tributo al César y a Dios el reconocimiento de su soberanía en la historia. Ambos grupos, fariseos y herodianos, necesitan aprender de esta lección. Con su respuesta, Jesús alerta sobre el poder limitado de toda autoridad terrena y posibles abusos de poder, a la vez que plantea una exigencia religiosa, que es fruto de la llegada del reino, una justicia nueva que no discrimina personas (Mt 5-7).
Para profundizar en la respuesta de Jesús, el Salmo 95 viene en nuestra ayuda. Porque mientras en mucho de nuestra sociedad vivimos en el reino del revés, este salmo nos invita a cantar que el Señor es el Rey del Universo. ¿Cómo cantar a la realeza de Dios en tiempos de pandemia? ¿Debemos esperar a la post-pandemia o es precisamente hoy que cobra un nuevo sentido nuestra oración con este salmo? La Palabra nos guía, nos pastorea y nos abre siempre nuevos caminos para cimentar la fe. En este caso, el Salmo 95 propuesto por la liturgia nos anima a redescubrir lo que debemos a Dios. Nos invita a la alabanza, a cantar al Señor (1-3), a recordar los motivos para alabar: la grandeza del Señor que hizo el cielo (4-6), insiste en convocarnos para celebrar su santidad (7-9) y a proclamar que ¡el Señor reina!, que viene a gobernar la tierra con su justicia (10-13). La belleza del salmo no logra evitar que nos asalten las preguntas: cuando leemos “entren a sus atrios trayendo una ofrenda” (8), nos preguntamos por las celebraciones comunitarias en este tiempo de COVID-19, o al leer “griten de gozo los árboles del bosque” (12), recordaremos la dramática y extendida situación del incendio de los bosques… Sin embargo, como salmo dedicado a Dios Rey, nos renueva en la vida de fe. Aunque nos pueda parecer extraño, en el reino del revés, rezar este salmo que nos habla del reino de Dios, este poema nos infunde confianza y consolación porque sabemos que Dios está actuando su salvación en nuestra historia y podemos ser parte de esa corriente en el día a día. Que el Señor Jesús, que ni discrimina ni excluye a nadie, nos enseñe a vivir el evangelio hacia toda persona sin excepción y nos sane el corazón para poder colaborar a esa justicia nueva que es propia del reino de Dios.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 11 de Octubre: una mesa al final de los caminos
por Virginia Azcuy

Al revés de lo que sucede en este tiempo de aislamiento a causa del coronavirus, en que muchos quieren reunirse o encontrarse para comer juntos a pesar de los riesgos de contagio existentes, en el evangelio de este domingo se trata de un banquete al cual los invitados no desean asistir. Tal vez como nunca, en los tiempos que corren, estamos comprendiendo el valor de la mesa compartida y de la comensalidad como experiencia humana fundamental. ¿Cómo podemos recrear hoy el sentido de la mesa común, del encuentro con los otros y otras? ¿Qué significado puede tener que Jesús compartía la mesa con pecadores y pecadoras? ¿Puede compararse la vida cristiana con la invitación a un banquete, en qué sentido y cómo se puede vivir hoy esta comida compartida?
La parábola que propone la liturgia, comúnmente denominada “del banquete nupcial” porque en ella un rey celebraba las bodas de su hijo (Mt 22,1-14), también podría ser rebautizada como parábola “del final de los caminos” para destacar un motivo interesante que aparece en el texto. Como los invitados al banquete no tuvieron en cuenta la invitación (vv.3-6), el rey pidió a sus servidores que fueran “al final de los caminos” (τὰς διεξόδους τῶν ὁδῶν) para invitar a todos los que encontraran (v.9). El final de los caminos, traducido en general como “cruce de caminos” o “encrucijadas”, designa el lugar donde se acaba el camino y la calle desemboca en el campo o el despoblado, cruzando el límite de la localidad. La imagen sugiere un cambio de plan en el banquete: los invitados de la primera hora –en la parábola, los judíos– no quieren asistir y los invitados de última hora son los alejados –los paganos– y por eso se los va a buscar donde se acaba el camino, a una zona liminal que expresa la dimensión de apertura misionera que vive la comunidad mateana.
La parábola “del final de los caminos” sigue el tono polémico de las dos parábolas anteriores –la de los dos hijos y la de los viñadores homicidas– en referencia al rechazo de Jesús por parte de los judíos y la apertura a los paganos que son invitados a reunirse (συνήγαγον) –para formar la comunidad de fe– (v.10). Salvando las distancias entre el contexto del evangelio de Mateo y el actual, la imagen nos invita a reflexionar sobre pertenencia a la comunidad y otras situaciones como las experiencias de alejamiento y/o exclusión de las prácticas de la fe. En la versión lucana de la parábola que comentamos, se da un matiz interesante al especificarse las características de los invitados en las plazas y las calles de la ciudad: “los pobres, los lisiados, los ciegos y los paralíticos” (Lc 14,21). Parece claro que, para Lucas, los invitados del borde de los caminos pertenecen a un estrato social más bajo, pero algunos exégetas recuerdan que en Qumrán el acceso a la comunidad estaba prohibido a toda persona con defectos físicos y la parábola invierte esta restricción. Podemos preguntarnos sobre los límites que fijamos los cristianos/as “practicantes” para pertenecer a la comunidad, cómo nos comportamos ante los cristianos/as “autónomos” –que creen sin pertenecer– o están alejados o marginados por diversas razones. Y en estos tiempos vale hacerse la pregunta acerca de cómo salir al final del camino, para descubrir nuevas formas –provisorias, de contingencia– de convidar al banquete de la celebración de la fe. Porque una “Iglesia en salida” como pide hace tiempo Francisco a los creyentes católicos, no puede quedarse solo en el templo, sino que está llamada a salir a la calle y hacerse presente en medio de las periferias existenciales.
En estas travesías, no olvidemos las palabras de san Pablo a los cristianos de Filipos: “todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,13). A pesar del aislamiento y las limitaciones del tiempo presente, que seamos capaces de vivir la pertenencia a la familia, a la comunidad de fe, a la ciudad que habitamos. En él, que nos conforta en la mesa de su amistad, lo podemos todo…
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 4 de Octubre: la crisis de Jesús
por Virginia Azcuy
Se dice que los tiempos de crisis son tiempos de oportunidad. Tal vez porque cada crisis, la tuya o la nuestra, esconde la posibilidad de un cambio, un turning point. El secreto o la clave de toda crisis parece estar en saber leerla y para poder hacerlo necesitamos de los demás. ¿Qué aprendimos y qué esperamos aprender de esta crisis, a la cual nos empuja la pandemia?, ¿qué leemos y qué pedimos hoy para que la crisis que nos atraviesa nos transforme para bien?
La parábola de “los viñadores homicidas” (Mt 21,33-46) nos sorprende este domingo, desde el comienzo, con un acento polémico, pero al final nos ofrece una alternativa. Ante todo, el relato de la parábola (Mt 21,33-39): el dueño de una tierra (Dios) plantó en ella una viña, la alquiló a unos viñadores y se fue al extranjero (v.33). Al llegar el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores (profetas) a percibir los frutos, pero los viñadores los mataron y lo mismo hicieron con un segundo grupo de servidores (vv.34-36). Finalmente, el propietario envió a su propio hijo (Jesús) pensando que lo respetarían, pero los viñadores –viendo que era el heredero– también lo mataron (vv.37-39). Jesús pregunta, entonces: “cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?” (v.40). Le responden que acabará con ellos y alquilará la viña a otros que le darán su fruto a su tiempo (v.41). ¿Con quién polemiza Jesús? Se piensa en los jefes del pueblo, los sumos sacerdotes y los fariseos (v.45), como en la parábola de los dos hijos (Mt 21,28ss), que rechazan a Jesús. Esta fue la mayor crisis del cristianismo: vino la luz y las tinieblas no la recibieron (cf. Jn 1,5), lo cual tuvo su punto máximo en la muerte de Jesús en la cruz. La crisis de Jesús fue su pascua; Él nos regaló su pascua para que pudiéramos leer nuestras crisis. ¿Podemos hacer esta lectura?

La continuación del relato de Jesús nos da una clave al explicar el destino del hijo en la parábola: “la piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular” (Mt 21,42). Probablemente, la piedra angular no es la del ángulo inferior, sino la clave de bóveda que da sentido a la construcción. Rechazar esta piedra angular (el Hijo) significa perder la amistad de Dios y su reino: “Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que lo hará producir sus frutos” (Mt 21,43). Jesús se refería a los jefes del pueblo judío, pero hoy también existen muchas formas de rechazar a Dios, incluso en nombre de la religión. La alternativa es disponernos para recibirlo, estar a la escucha de su Palabra, que se comunica a nosotros por distintos caminos, para llegar a ser ese pueblo fiel, de seguidores y seguidoras que aspiran a vivir las bienaventuranzas (el pueblo de 21,43 podrían ser los pobres de las bienaventuranzas).
La carta de Pablo a los Filipenses nos apoya en esta búsqueda: “No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios” (Fil 4,6). La crisis trae angustias… ¿las compartimos?, ¿recurrimos lo suficiente a la oración?, ¿nos detenemos a pensar nuestra acción de gracias cada día?, ¿confiamos al Señor nuestras peticiones? El encuentro con Dios y con los demás nos conduce a la paz, porque nos sabemos cuidados por otros. Por eso tiene sentido recordar y meditar otra exhortación del apóstol, aunque sea difícil de vivir en estos días: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense” (Fil 4,4). Enséñame, Señor, los caminos de tu alegría. Concédenos producir los frutos de la paz y rechazar las acciones de violencia. Cuida nuestros corazones y nuestros pensamientos. Y quédate con nosotros, para que la luz de tu pascua, ilumine nuestra crisis.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 27 de Septiembre: sentimientos desconcertantes
por Virginia Azcuy
Los tiempos de pandemia son largos, duros y difíciles. Parece que nuestros desencuentros –a nivel relacional, social, económico o político– los alargaran, endurecieran y dificultaran todavía más. ¿Seremos capaces de hacer que estos tiempos sean vividos –en algún sentido o en más de uno– como más cortos y algo más suaves y mejores?, ¿tendremos la imaginación que se necesita para facilitar lo que ya es complicado?

La liturgia de este domingo nos ofrece lecturas muy oportunas para adentrarnos en los sentimientos de Jesús, que pueden ser los nuestros, si redescubrimos el llamado de la vida cristiana y la invitación a renovar nuestra fe. El texto de Fil 2,1-11 contiene una sentida exhortación a la unidad, a permanecer unidos y lo hace nada menos que “en nombre de Cristo” (v.1). Las palabras del apóstol Pablo quieren llevar a esta comunidad más allá, para que pueda llegar a decir “para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21) y por eso no vacila en radicalizar su pedido: “tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5). Sean como Él. Lo que sigue es una explicación, que Pablo realiza insertando un bello himno que era recitado o cantado en las asambleas litúrgicas del antiguo culto cristiano. Este himno pre-paulino, que el autor de la carta retoca un poco, nos permite contemplar el misterio; está compuesto de acuerdo a un doble movimiento de descenso y ascenso, como cristología de humillación y exaltación: en resumen, siendo de condición divina, se abajó (ἑαυτὸν ἐκένωσεν), tomó la condición de siervo (μορφὴν δούλου λαβών) / por eso Dios lo exaltó (Fil 2,6.7.9). ¿Cuáles serían estos sentimientos de Jesús que podemos aprender? Tal vez otro texto paulino, que sirve de fórmula abreviada de este pasaje, puede ayudar: “conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico se hizo pobre por nosotros a fin de enriquecernos con su pobreza” (2Cor 8,9). Misterio insondable el de este Dios que se abaja, se hace servidor y entrega la vida con generosidad, todo por amor –lo que está dicho con ese por nosotros, que significa por nuestra salvación–. Entonces, la invitación es a mirar el amor de Dios en Jesús, su vida humilde al servicio de la salvación humana.
Lo menos que podemos pensar es que estos sentimientos son desconcertantes: ¿cómo puede Dios hacerse siervo y desprenderse de la manifestación de su gloria? La respuesta es simple: por amor, puesto que solo el amor se abaja, se humilla y se entrega a sí mismo. Y esta tan alta teología se practica en la humildad requerida por las relaciones personales, comunitarias, sociales y medioambientales, sobre todo cuando cada uno/a busca no solo su propio interés, sino también el de los demás (Fil 2,4). Lo mejor de todo esto está en que Dios levanta y enaltece al que o a la que se abaja: “por eso Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre” (Fil 2,9). El Dios cristiano prefiere a los/as humildes, no los/as defrauda.
La parábola de los dos hijos, que representa a dos partes del pueblo judío, constituye también una invitación a la fe y al arrepentimiento (Mt 21,28-32). Ante la invitación de un padre a sus dos hijos para que vayan a trabajar a su viña, el primero en v.29 dice que no y luego se arrepiente y va –representa a los pecadores, quienes no observan la ley, pero creen– y el segundo, en v.30, dice que sí y luego no va –caracteriza a los justos de la religión oficial, que siguen la ley sin creer en Jesús–. La pregunta de Jesús en v.31a busca una primera aplicación del relato: “¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. La respuesta que da Jesús en 31b realmente es chocante: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas =pecadores/as llegan antes que ustedes al reino de Dios” –la polémica se dirige a los jefes del pueblo judío, quienes no reconocen al Bautista y a Jesús–. Por eso, en el v.32 se realiza una segunda aplicación de la parábola, que menciona de forma explícita a Juan el Bautista: Juan vino y no creyeron; publicanos y prostitutas creyeron. Esta parábola y las de Mt 21,33-46 y 22,1-14 forman una trilogía y tematizan el rechazo a Cristo; hoy cada uno y cada una podemos escribir la parábola de estos hijos e hijas que aceptamos a Cristo y pedimos con fe, aunque somos pecadores/as, tener sus mismos sentimientos.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 20 de Septiembre: ese otro punto de vista
por Virginia Azcuy
En los contextos actuales, en los que muchas veces falta el trabajo o el que se da puede estar lejos de ser uno digno, la relación de generosidad entre propietarios y jornaleros que se propone en la parábola de los obreros de la viña resulta realmente sorprendente (Mt 19,30-20,16). También lo es, en un mundo altamente competitivo y desigual, encontrarnos en este texto con una llamativa inversión de suertes: “muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros” (πολλοὶ δὲ ἔσονται πρῶτοι ἔσχατοι καὶ ἔσχατοι πρῶτοι, Mt 19,30). Esta idea se repite –de modo semejante, aunque más enfática– al final de la parábola (20,16). ¿A qué se refiere este texto?, ¿dónde está la clave para comprender el sentido del cambio de situaciones?, ¿dónde estamos nosotros?

Las parábolas parten de aspectos conocidos de la vida cotidiana y a la vez presentan elementos inusuales para llamar la atención de los oyentes de Jesús. La parábola de los obreros de la última hora se destaca sobre todo por traer un elemento del todo inhabitual: los obreros incorporados en distintos horarios de la jornada reciben todos, al final del día, igual retribución (Mt 20,9-10). Este hecho es totalmente inesperado, entre otras cosas, porque nada se dice acerca de una especial cualidad del trabajo realizado por los obreros que se integraron ya empezada la jornada. El reclamo de los obreros de la primera hora, hecho tal vez desde el punto de vista de la justicia o el mérito, no tarda en llegar: “estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada” (Mt 20,12). Por un momento, resuenan las palabras del hermano mayor en la parábola del hijo pródigo: “Hace tantos años que te sirvo…” (Lc 15,29). Ante la queja recibida, el propietario responde desde otro punto de vista: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti” (Mt 20,13-14). Primero parece aclararse que ahora rige la dinámica del don y no la del mérito o el esfuerzo personal, pero el texto va más allá para explicar –con palabras del dueño de la viña– que la bondad sobrepasa la justicia: “¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno ἀγαθός? Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” (Mt 20,15-16). La parábola retrata muy bien la situación de una comunidad judeocristiana que se abre a los paganos, que reconoce como suyos a los pecadores. En esta parábola, la irrupción del reino invita a ensanchar la propia identidad religiosa superando la tentación de creer pertenecer al grupo de los elegidos/as, llama a revolucionar los parámetros de nuestro comportamiento social desde un punto de vista otro, anclado en nuevas relaciones de igualdad y gratuidad.
Ahora empieza la tarea de aprender el otro punto de vista. Porque, como nos recuerda el Señor, nuestros pensamientos no son los suyos, ni nuestros caminos los suyos (cf. Is 55,8). Nos preguntamos cómo conocer sus caminos, cómo conocerlo a Él/Ella. La alabanza de los salmos puede ser una ayuda para entrar en este conocimiento, al recordarnos que “El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y rico en misericordia” y que “El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones” (Sal 144,8.17). También la invocación y la búsqueda sincera, como exhorta el profeta Isaías: “Busquen al Señor mientras se deja encontrar” (Is 55,6). ¡Y que sepamos dejarnos encontrar por Dios y su punto de vista para reorientar la vida siempre de nuevo! Ese punto de vista es el amor compasivo. Si aprendemos a mirar como Él/Ella, seremos capaces de ver que otro mundo es posible: un mundo con menos cálculo y más don, menos exclusividad y más inclusión, menos psicología de elite y más sentido de pueblo, un mundo en el cual la bondad sea la mirada…
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 13 de Septiembre: el peso de las manos vacías
por Virginia Azcuy
Las distintas posiciones políticas e ideológicas dan lugar a diferentes visiones y comprensiones de la realidad, como queda en evidencia en estos tiempos críticos y revueltos de pandemia. Sería ilusorio creer que en las iglesias cristianas u otras instituciones religiosas no existe una diversidad de posiciones que son, no pocas veces, desde antagónicas y contrarias hasta excluyentes y condenatorias. Las disputas, los juicios y las descalificaciones no ocurren solo en la sociedad, sino que se trasladan con distintos formatos y mecanismos a la vida eclesial; que este hecho resulte doloroso, sobre todo para quienes son incomprendidos, no lo hace menos presente y real…
La carta de Pablo de Tarso a los Romanos nos ayuda a mirar las cosas desde un punto de vista que me parece muy saludable en el presente, porque hoy aspiramos a un discernimiento y una reforma en la Iglesia: “ninguno/a de nosotros/as vive para sí, ni tampoco muere para sí” (Rm 14,7). La clave de la liberación proviene de anteponer a Cristo, “porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos” (εἰς τοῦτο γὰρ Χριστὸς ἀπέθανεν καὶ ἔζησεν, ἵνα καὶ νεκρῶν καὶ ζώντων κυριεύσῃ. Rm 14,9), porque es la relación con Él la que crea comunidad por encima de las barreras particulares. Que nadie vive para sí mismo constituye una crítica hacia el individualismo y la autorreferencialidad; lo más novedoso, en sentido cristiano, está posiblemente –como ha señalado Ulrich Wilkens– en que nadie muere para sí. Si la muerte es la experiencia radical de la soledad humana, no es así para un cristiano o una cristiana que ha unido su vida a Cristo por el bautismo. Por eso, “tener la muerte ante los ojos cada día”, como recomienda la Regla de San Benito, es en realidad tener la mirada en la mirada de Cristo, Señor de los vivos y de los muertos, cada día. ¿Qué significa esto en concreto?, ¿cómo podemos meditar hoy sobre el sentido de una vida y una muerte cristiana?, ¿puede el vivir y morir por Cristo conformar una base nueva para la convivencia cristiana? Si nuestra vida cristiana estuviera realmente fundada en Cristo, nuestras diferencias se volverían pequeñas e irrelevantes.
Por eso dice el evangelio de Mateo que cuando dos o más se reúnen en su nombre, Él está presente en medio de ellos (18,20). Para este domingo, la liturgia nos invita a proseguir la lectura de este evangelio en dos pasajes relativos a la centralidad y la exigencia del perdón. Una vez más la relación con Dios se verifica el concreto amor al prójimo, de un modo particular en la práctica de perdonar: “¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿hasta siete veces?” (Mt 18,21). Con esta pregunta, Pedro da comienzo al tema del perdón (18,21-22) e introduce la parábola del servidor sin entrañas (18,23-35). En la carta a los Romanos, se exhorta a no juzgar a los demás, a dejar de juzgarnos mutuamente, porque sobre esto se nos pedirá rendir cuentas (Rm 14,10ss). En el evangelio, somos invitados al perdón y la misericordia con los demás (Mt 18,35). En ambas lecturas aparece el tema del juicio, que en realidad se obra por nuestra libertad; Mateo ya lo anuncia al comienzo de su evangelio: “no juzguen, para no ser juzgados; porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará con ustedes” (1Μὴ κρίνετε, ἵνα μὴ κριθῆτε· 2 ἐν ᾧ γὰρ κρίματι κρίνετε κριθήσεσθε, καὶ ἐν ᾧ μέτρῳ μετρεῖτε μετρηθήσεται ὑμῖν, Mt 7,1-2). ¿Vivir sin juzgar para morir sin ser juzgado?, ¿cómo rendiremos cuentas al final?, ¿cómo esperamos ser mirados cuando llegue nuestra hora? Tal vez la respuesta a estas preguntas nos oriente para vivir, para no caer en la tentación de vivir para nosotros/as mismos/as…
Por todo lo dicho, me parece elocuente recordar a Teresa del Niño Jesús en esta meditación, quien estando próxima a su muerte atinó a orar con estas palabras: “En la tarde de esta vida, compareceré ante Ti con las manos vacías, porque no te pido, Señor, que cuentes mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Vos mismo” (Acto de Ofrenda, 9 de junio de 1895). El peso de las manos vacías está en la confianza que ponemos en la misericordia de Dios, para poder recibirla como gracia y practicarla en nuestra vida con los demás.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 6 de Septiembre: la deuda del amor mutuo
por Virginia Azcuy
Vivimos en un mundo atravesado por desigualdades de distinto signo, desigualdades que en muchos casos se superponen y que hoy, en tiempos de pandemia, se agudizan. Una de las desigualdades del presente consiste en el reparto desigual de responsabilidades frente a las tareas de cuidado, tal como nos lo recuerdan -al pedirnos solidaridad- los médicos directivos de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva. ¿Responsabilidades de cuidado que recaen en mayor medida sobre las mujeres, encargadas de los adultos mayores y enfermeras, entre otras? Sin ninguna intención de negar el compromiso de los varones en el ejercicio del cuidado, podemos reconocer que la cultura actual asigna a las mujeres principalmente estas tareas. Entonces, nos preguntamos con las lecturas de este domingo XIII de la liturgia, qué significa el amor mutuo en un mundo desigual, qué significa pensar la corrección fraterna y la conversión en estas condiciones históricas en las cuales vivimos.
Si tomamos como punto de partida el texto de la Carta a los Romanos, nos encontramos con la enseñanza sobre el amor al prójimo como resumen de toda la ley (Rm 13,8-10). El prójimo, en el pensamiento paulino, son todos los miembros de la familia humana unificada en Cristo. En este pasaje, en el contexto de las exigencias prácticas de la fe (Rm 12-15), San Pablo insiste en el amor (al cual ya había exhortado en 12,9-10) como distintivo de la comunidad cristiana. El horizonte eclesial es la idea del Cuerpo de Cristo, en el cual participan los bautizados siendo “miembros los unos de los otros” (Rm 12,5), es decir, que ser cuerpo no consiste solamente en vincularnos con Cristo, sino entre nosotros, en un mismo cuerpo. En el capítulo 13, el apóstol pide respeto a las autoridades suponiendo que su poder sea ejercido para bien y a continuación, al invitar al amor, también apunta al cumplimiento de la ley (que está escrita para realizar el bien y no el mal). Lo más importante, me parece, es que se habla del amor al prójimo: “Que la única deuda con los y las demás sea la del amor mutuo (τὸ ἀλλήλους ἀγαπᾶν): el que o la que ama al prójimo (τὸν ἕτερον) ya cumplió toda la Ley” (13,8). Este amor mutuo también puede traducirse como amor de uno al otro o la otra. Nada tiene que ver con el “amor líquido” de Zygmunt Bauman, sino más bien con un “amor sólido”, fundado en la Ley de Dios y forma de cumplir con ella. La idea se completa: “El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley” (13,10).

El evangelio de este domingo, que sigue la secuencia del evangelio de Mateo que estamos leyendo los domingos, nos presenta el tema de la corrección fraterna y la oración en común como elementos claves de la instrucción dada a los discípulos y las discípulas de Jesús (Mt 18,15-20). La instrucción parece estar dirigida a los pastores como responsables del cuidado pastoral de la comunidad e invita a adentrarse en las orientaciones para la vida en común. En el pasaje sobre la corrección fraterna (18,15-18), se muestra tanto la función de cada hermano o hermana en la comunidad como la del pastor en situaciones de pecado. Con los verbos “atar y desatar” (semitismo que significa retener los pecados o perdonarlos), se alude a la función de los ministros que comparten el don de las llaves conferido a Pedro según el relato de su confesión de fe (16,18-19). La instrucción del capítulo 18 se completa con una enseñanza sobre la oración en común (18,19-20): “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (18,20). En el siglo pasado, Chiara Lubich –fundadora del Movimiento Focolar– contempló en este texto el misterio que denominó como “Jesús en medio”: Jesús resucitado obra la unidad en la comunidad. Y así es, el perdón, la reconciliación y la unidad, son un don que necesitamos pedir. La comunidad se hace de “amor mutuo”, el amor mutuo es lo que nos hace “miembros unos de otros por amor”.
Pero en la sociedad desigual que vivimos, nos preguntamos qué creencias y qué prácticas nos impiden concretar el amor mutuo, qué lugar ocupa el bien de los otros en nuestra vida. El amor mutuo exige revisar la desigualdad en nuestras relaciones, extirpar las pretensiones de dominar al otro y repensarnos de forma nueva en vínculos de reciprocidad y cuidado mutuo. ¿No estamos en deuda con los demás?
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 30 de Agosto: ¿bajarse de la cruz?
por Virginia Azcuy
¿Quién no quisiera bajarse de la cruz y evitar el sufrimiento? En nuestra cultura y en nuestro tiempo, sobre todo en esta crisis que atravesamos por la pandemia, puede parecernos razonable que se rechace el sacrificio y la cruz. Los motivos psicológicos y sociales que se presentan en forma de demanda en estos días, a causa de diversos límites y padecimientos de todo tipo, son humanamente muy comprensibles: vivimos tiempos difíciles y esto no puede ocultarse porque es evidente. Sin embargo, esto no quiere decir que no podamos descubrir un sentido en estos sufrimientos; tal vez incluso deberíamos reflexionar más sobre el valor del padecer. ¿Cuándo o de qué manera la cruz puede ser un camino hacia la luz?, para recordar la enseñanza cristiana per crucem ad lucem.

El evangelio de este domingo XXII del año, que continúa el pasaje de la semana pasada, nos introduce precisamente en esta cuestión, en el contexto de un diálogo central entre Jesús y los discípulos, en el cual se destaca la voz cantante y disonante de Pedro (Mt 16,21-28). Como sabemos, Pedro es presentado en los evangelios como líder dentro del grupo de los doce apóstoles; él protagoniza, junto a Jesús y los discípulos, las escenas de la confesión de fe (16,13-20) y del primer anuncio de la pasión (16,21-23). En la primera, Pedro confiesa su fe en Jesús y recibe las llaves del reino de los cielos; en la segunda, Jesús anuncia que va a sufrir, Pedro se opone a esta idea y Jesús rechaza a Pedro. Estos dos relatos puestos uno seguido del otro suscitan perplejidad: ¿cómo es posible que Pedro, que ha recibido una misión tan importante como la de ser portador de las llaves del reino, ahora termina siendo un escándalo para el Señor?, ¿cuál es la intención de Mateo, semejante a la de Marcos (Mc 8,31-33), al presentar esta fuerte confrontación entre Jesús y Pedro?, ¿mantendrá Jesús la promesa dada a Pedro en el relato anterior?
Para comprender la segunda escena (Mt 16,21-23), recordemos que antes de ella Mateo recuerda que la confesión de fe en el Mesías es un regalo de Dios para Pedro y no el fruto de su condición humana (v.17), vale decir que solo con la ayuda divina podemos estar a la altura de nuestra misión. En el relato del primer anuncio de la pasión, Pedro actúa humanamente: “Dios no lo permita, Señor. Eso no sucederá” (v.22). Pero Jesús habla de su pasión como su misión mesiánica y no puede aceptar que Pedro trate de sacarlo del camino y lo rechaza como ha rechazado la tentación en el desierto: las palabras de Jesús en Mt 16,23, “retírate, ve detrás de mí, Satanás” (ὕπαγε ὀπίσω μου, σατανᾶ), son muy parecidas a las que él mismo pronuncia cuando es tentado: ὕπαγε, σατανᾶ (Mt 4,10). Entonces, no se debe entender la escena como si se tratara simplemente de una charla entre amigos, sino como una conversación fundamental en un momento central de la vida de Jesús. Es decir, el foco de atención no es Pedro (en quien todos estamos de algún modo representados), sino el destino de Jesús y su seguimiento. En efecto, la expresión maravillosa en labios de Jesús es el llamado (algo sutil) que está dicho en medio de la reprimenda: “ve detrás de mí” (ὀπίσω μου). La perícopa que sigue trata precisamente de las condiciones para seguir a Jesús: “el que o la que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo/a, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24).
La tentación de Pedro fue querer bajarse de la cruz, es decir, salirse de la perspectiva de la fe y del seguimiento; quizás Pedro se comportó de acuerdo a como pensaban y sentían muchos de su tiempo, que no esperaban un Mesías sufriente. Pero Jesús enseñó y vivió algo distinto: “el que o la que quiera salvar su vida, la perderá; y el que o la que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt 16,25). La clave está en el amor como salida de sí: quien asume la cruz y está dispuesto/a renunciar a sí mismo/a por amor a los demás, puede seguir a Jesús y anunciar el evangelio. La tentación es siempre autorreferencial, la misión en cambio nos impulsa a salir hacia los otros/as. Al final de su vida, Pedro aceptó morir como su Señor. Su testimonio nos anima a ir detrás de Jesús.
🕯 Comentario al Evangelio del Domingo 23 de Agosto: el secreto de las llaves
por Virginia Azcuy
La llave de nuestra casa nos permite entrar y salir, si la perdiéramos u olvidáramos en alguna parte realmente estaremos en problemas. Una llave también hace posible abrir o cerrar otras cosas, pequeñas o grandes, pero en general siempre importantes. La simbólica de las llaves resulta muy interesante, ya que adquiere connotaciones de autonomía como en el caso de recibir las llaves de tu casa paterna o materna y también puede expresar poder, como cuando con ella tienes la posibilidad de acceder o dar acceso a un lugar o negarlo para otros. En tiempos de aislamiento social, las llaves podrían asociarse a sentimientos de sentirse “encerrados” o a la necesidad de protegerse ante las repetidas situaciones de inseguridad que se viven en el presente, pero tal vez podrían ser indicadoras de otras dimensiones positivas de la vida personal o social. ¿Qué sentidos damos a las llaves?, ¿qué significan en concreto “las llaves de San Pedro” en la fe cristiana?

La liturgia de este domingo, tanto en el evangelio como en la lectura del libro de Isaías, nos presenta el tema de las llaves y su significado. El tema central de este evangelio está en conexión con Jesús y los discípulos, el sufrimiento y el seguimiento (cf. Mt 13,53-17,27), pero las llaves nos sirven para entrar en escena y poner el relato en relación con la lectura del profeta Isaías. En el evangelio de Mateo, las llaves aparecen en una perícopa que reúne la confesión de fe de Pedro con la promesa de Jesús de darle las llaves y el primer anuncio de la pasión (Mt 16,13-23). En el libro de Isaías, en el contexto de un oráculo sobre Judá y Jerusalén que se desarrolla en el capítulo 22, nos encontramos con la historia de Sebná y Eliaquim, cuyo nombre significa “Dios lo ha creado” y ha recibido las llaves (Is 22,15-25). Las notas de la Biblia de Jerusalén comentan que Sebná era un advenedizo que había llegado al puesto más elevado, de encargado del palacio de Ezequías y que solo Isaías menciona su destitución y sustitución por Eliaquim, quien queda como encargado del palacio mientras que Sebná solo es secretario. Según el mencionado oráculo de Isaías, el único del libro que se dirige a una persona, el motivo de la destitución de Sebná es su orgullo y su confianza puesta en las armas y en su política pro-asiria. Eliaquim es designado como “mi siervo” y “padre para los habitantes de Jerusalén” y recibe las llaves, pero también cae porque busca seguridades y esperanzas humanas en lugar de apoyarse en Yhwh. ¿Es que las llaves corrompen?, ¿se puede tener la llave y ser fiel?
La enseñanza en este oráculo de Isaías se puede resumir así: el orgullo y la búsqueda de glorias y seguridades humanas reemplaza la confianza en el único Señor de la historia. La lectura de Isaías ilumina el evangelio de Mateo porque, en este, también queda en evidencia la debilidad humana que no es capaz de confesar a Cristo: Pedro puede confesar su fe en el Mesías por gracia de Dios y Jesús lo proclama feliz (=bienaventurado) por este don que no es fruto de su condición humana sino un regalo del cielo. También se ve la fragilidad de Pedro en la escena del anuncio que Jesús hace de su inminente pasión, porque en esta ocasión el discípulo se opone al maestro queriendo impedir que éste sufra (Mt 16,21-23). En el caso de Pedro, se trata de una misión que se sitúa entre el rechazo de Jesús en la sinagoga (Mt 13,53-58) y el anuncio de la Iglesia (16,13-20); vale decir que la misión de Pedro será la de servir a Jesús en su Iglesia y por eso recibe las llaves (16,18-19).
Abrir y cerrar las puertas de la casa del rey era la función de un visir egipcio, cuyo equivalente en Israel era la de un maestro del palacio (Is 22,22). Esa misma función recibirá Pedro en la Iglesia de Jesús que es el reino de Dios (Mt 16,19); el secreto de estas llaves, que simbolizan el poder de perdonar los pecados, está en entender que todo ministerio es servicio y que el orgullo conduce a la mundanidad espiritual. De Pedro, tanto mujeres como varones, podemos aprender el misterio de las llaves.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 16 de Agosto: ¿una mujer hace teología?
por Virginia Azcuy
La petición de salud, de ser sanado/a, constituye una práctica frecuente que acompaña las creencias actuales, sean ellas de personas religiosas o no. La vinculación entre salud y salvación hace que muchas veces el pedido de sanación sea parte del camino de la espiritualidad cristiana. En este tiempo de pandemia, algunos se han preguntado si tiene sentido la oración de petición, en concreto si es valedero pedir a Dios que cure a los enfermos y qué significado tiene esta oración. El relato evangélico de este domingo, la curación de la hija de una mujer cananea (Mt 15,21-28), ofrece algunas perspectivas interesantes para la meditación personal, familiar o comunitaria.

El relato de la mujer cananea se entiende en el contexto de una orientación, dada por Mateo a la comunidad cristiana, sobre el acceso de los pueblos paganos a la salvación. Lo mismo que en el caso del centurión que pide la curación de su sirviente (Mt 8,6), así también la historia de la cananea se abre con una petición: “Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio” (Mt 15,22b). Sin embargo, mientras que el centurión recibe una respuesta inmediata, no sucede así en la situación de la mujer que pide por su hija y los discípulos se sienten urgidos de intervenir para dar fin a sus gritos. Lo más sugerente en esta narración ocurre en el diálogo con Jesús: “no sólo porque (la cananea) es prácticamente la única fémina que tiene voz en dicho evangelio, sino también porque es la única persona que establece un diálogo con Jesús de modo que no solo le expone su suplica, sino que también se muestra capacitada para argumentar y discutir con él, debatiendo su posición y ampliándole su discurso (Inma Eibe Guijarro, La cananea modelo de mujer creyente, 24). La secuencia muestra un verdadero contrapunto: primero, Jesús proclama que no ha sido enviado (ἀπεστάλην) para los judíos, ante lo cual la mujer se postró (προσεκύνει) para repetir su pedido. Luego, Jesús declara que no está bien dar a los paganos lo que corresponde a los judíos, pero ella responde matizando esa posición: “Jesús le dijo: ‘No está bien (οὐκ ἔστιν καλὸν) tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros’. Ella respondió: ‘¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!” (Mt 15,24-25). Ante todo, Jesús deja claro que su misión se dirige a Israel y da una explicación sobre la prioridad de los judíos (hijos) sobre los cachorros (judíos); en su respuesta, la cananea acepta una parte de la visión de Jesús (que los judíos son como los dueños), pero propone una argumentación para extender la salvación a los paganos (cachorros). Se puede pensar que el protagonista del relato es Jesús, invocado por la cananea: “Señor, Hijo de David” (Mt 15,22); pero sin duda la mujer cananea también lo es y merece una alabanza de parte de Jesús por su fe: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” (15,28a). Algunos exégetas han destacado la humildad de esta mujer, al reconocer primero no tener ningún derecho a la ayuda de Jesús (Mt 15,27a); sin embargo, el elogio apunta a la fe de la cananea, una fe que se despliega como razón de la salvación y acción en orden a la curación (15,28).
El relato de la cananea, como el del centurión y muchos otros, ponen de manifiesto la petición de salud como búsqueda de salvación; los evangelios destacan la centralidad de la fe, más allá de cómo pueda darse la respuesta de Dios a cada uno en cada circunstancia. La oración de petición, lejos de ser un escape de la acción responsable, supone la capacidad de reconocer los propios límites y el ejercicio de confiar en la ayuda que nos viene por manos de Otro. En la petición insistente de la mujer cananea, resplandece que Jesús es Señor y que la fe es la mejor manera de confesarlo. También se muestra a la mujer que toma la palabra, pide a gritos y hace teología. En definitiva, la fe vuelve eficaz el deseo de la oración, aunque esto se realiza misteriosamente, más allá o más acá de la forma concreta en que hacemos nuestras peticiones y recibimos las respuestas.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 9 de Agosto: travesía por la tormenta y el agua
por Virginia Azcuy

En este tiempo, se han escuchado planteos acerca de si estamos o no “en la misma barca”, como una forma de aludir a las desigualdades que nos separan y a la pertenencia común que nos hermana. La afirmación “estamos en la misma barca” se ha repetido, además, para invocar la importancia de afrontar juntos, colaborando responsablemente unos con otros, este momento inédito y difícil que nos toca transitar. Con respecto al uso lingüístico de la figura de “la barca”, a diferencia de la imagen de la “la casa”, que es estática, la imagen de la barca es dinámica y se utiliza en los evangelios para indicar un desplazamiento o un viaje, la barca se usa para trasladarse o movilizarse y para expresar ciertos aspectos de una comunidad humana. El evangelio de este domingo, que contiene el relato de la tempestad calmada (Mt 14,22-33), transcurre prácticamente entre una barca y el agua del lago de Genesaret, apartado de “tierra firme”. Las coordenadas temporales de la escena, entre el atardecer y la madrugada, adquieren todo su significado al asociarse a las aguas embravecidas por la tormenta: “la barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra” (Mt 14,24). Se manifiesta una semejanza entre el relato anterior, en el cual la multitud que seguía a Jesús se encontraba hambrienta (Mt 14,14) y esta narración en la que los discípulos están solos en una barca amenazada por la noche y la tormenta (14,24). ¿Cómo resuenan en nosotros estas situaciones de necesidad?, ¿qué esperamos del Señor en el tiempo presente?
Luego de darnos las coordenadas del relato, el evangelista invita a poner la mirada en Jesús. Su presencia marca la diferencia: primero, al tener compasión de la multitud y darles de comer en el relato de la multiplicación de los panes (Mt 14,16) y, ahora, al hacerse presente en medio de la tormenta: “A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos al verlo caminar sobre el mar, se asustaron (…). Pero Jesús les dijo: ‘Tranquilícense, soy yo, no teman’.” (14,25-27). Algunos detalles del texto griego ayudan a entender: a la madrugada, literalmente “a la cuarta vigilia de la noche” (τετάρτῃ δὲ φυλακῇ τῆς νυκτὸς), quiere decir entrada la noche, acercándose el amanecer y señala el tiempo de la intervención de Dios. La acción de Jesús de “caminar sobre el mar” (περιπατῶν ἐπὶ τὴν θάλασσαν), señalada en el v.25 y repetida en el v.26, junto a la alusión del agua como “mar” en lugar de “lago”, manifiesta el dominio sobre la muerte. Caminar sobre el agua constituye una manifestación de soberanía del Hijo de Dios sobre la creación, un mensaje para la experiencia de los discípulos y las discípulas de Jesús de todos los tiempos que están llamados a poner la confianza en el Señor. La referencia al mar, que conecta el episodio con el primer éxodo o cruce del Mar Rojo, sirve para presentar la labor de Jesús como un éxodo o salida de una tierra de esclavitud u opresión, pero también para mostrar que el éxodo de Jesús se hace en un sentido nuevo: hacia tierras paganas, es decir, como salida de Israel hacia el mundo entero. El relato se completa con la reacción de Pedro de salir de la barca para ir hacia Jesús: “Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él; pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: ‘Señor, sálvame’; enseguida Jesús extendió la mano y lo sostuvo” (Mt 14,29b-31a). En el centro de la escena quedan Pedro y el Señor sobre el agua, cuya ambivalencia se resuelve en la acción salvadora del Señor que no deja que el discípulo se hunda. El reproche de Jesús lo llama a fortalecer la fe en la adversidad: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,31) y Pedro hace su confesión de fe, a sabiendas de su debilidad: “tú eres el Hijo de Dios” (θεοῦ υἱὸς εἶ). Como líder del grupo de los discípulos, Pedro es modelo por su seguimiento desde su condición humana débil, con una fe necesitada de seguir creciendo. Que en la travesía por la tormenta y sobre el agua sepamos descubrir el llamado a crecer en la fe, una fe “en salida”.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 2 de Agosto: comer y dar de comer
por Virginia Azcuy
Para muchos adultos mayores, niños/as o enfermos/as en este tiempo, que otro/a pueda prepararles y darles de comer es un asunto de vital importancia. Para muchos otros/as, la comida ha pasado a ser un lujo que no pueden darse cada día y pasan necesidad. Sólo en algunos casos la compasión solidaria alcanza a dar respuesta a esta situación humana, mientras que en otros tantos la herida del hambre y la indigencia golpean la vida poniéndola al borde del abismo. Comer es una dimensión fundamental de la vida humana que, no por ser una necesidad cotidiana, puede pasar a un lugar secundario. Dar de comer, por su parte, puede resumir la acción primordial de sostener a otro en la vida, aunque también ciertamente puede expresar la acción de socorrer al necesitado/a o la de hospedar ofreciendo de comer. El evangelio de este domingo, dedicado al relato de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-21), alude a esta realidad humana central, presenta a un Jesús que sana, tiene compasión y pide a los discípulos dar de comer a la multitud. ¿Cómo entender el sentido de comer y dar de comer en este pasaje?, ¿cómo nos descubrimos en medio de esta multitud que sigue a Jesús?, ¿cuáles son nuestras necesidades más profundas en este tiempo?

En el relato del evangelio de Mateo, la centralidad de Jesús como pastor de Israel es innegable y recuerda al Dios de Israel que guía a su pueblo “por verdes praderas” (Sal 23,2). En Mateo, ya antes se ha hecho referencia de los muchos que siguen al Señor: “al ver a la multitud tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas sin pastor” (Mt 9,36). Compasión significa, para este evangelista, compadecerse de alguien, ejercer una compasión con hechos; aplicada a Cristo, la compasión indica el servicio a la humanidad que Él ha venido a realizar. En el texto que leemos, se dice que Jesús “compadeciéndose de la multitud, curó a los enfermos” (Mt 14,14), es decir, tuvo compasión de sus dolencias. La compasión lo movió a hacer algo concreto ante el dolor de la multitud, a este Jesús que se había retirado para estar a solas al enterarse de la muerte de Juan el Bautista (Mt 14,12-13) se le presenta una multitud doliente que le cambia el rumbo. ¿Qué significa para nosotros hoy este relato sobre un Jesús que se deja cambiar los planes por la presencia de una multitud que sufre? El relato parece indicar que no es tan fácil comprender lo que mueve a Jesús: los discípulos hacen una propuesta en sentido contrario: “este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos” (Mt 14,15). La lectura de la realidad hecha por los discípulos y las discípulas era razonable, pero los sentimientos de Jesús iban por otra frecuencia de onda: “No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos” (Mt 14,16). Como buen pastor, Jesús sugiere un cambio de perspectiva también para los discípulos ayudándoles a sintonizar con la multitud. Las necesidades de la multitud se anteponen a la propia necesidad de estar a solas y así se manifiesta el dinamismo salvífico de la compasión, que cuenta con mediadores/as que facilitan el acceso de la salvación para quienes la buscan.
Comer y dar de comer pueden condensar el sentido de la vida. En el relato de la multiplicación de los panes, Jesús que mira las necesidades humanas y no las deja sin respuesta. Él es el que da de comer y el que propone dar de comer. En este Jesús de Mateo, vemos que la compasión se hace carne, que es posible la realidad de la solidaridad compasiva en medio de las dolencias que nos aquejan. La alternativa cristiana encuentra un camino en la renuncia generosa de nuestra tranquilidad para ejercitar una hospitalidad humana que sostiene a otros/as en la vida. Ante la multitud, Jesús no piensa en mandarla de vuelta a sus casas, sino que abre su corazón de tal modo que lo convierte en una casa sin fronteras en la cual entren todos: “vengan a mí, escuchen bien y vivirán” (Is 55,3). Buena noticia, porque “nada podrá separarnos del amor de Cristo” (Rm 8,35).
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 26 de Julio: la brújula del tesoro escondido
por Virginia Azcuy

¡Quién no quisiera encontrar un tesoro! ¡Quién no querría ser feliz! Una pregunta verdaderamente importante sobre todo hoy, en los tiempos críticos que nos tocan vivir a causa de la pandemia. En estos días escuchamos que se está avanzando en una vacuna para el covid 19, pero todavía hace falta un tiempo para que esté lista y podamos tener acceso a ella. Sin embargo, ¡cuánto quisiéramos que ya estuviera disponible! Y se podría pensar que daríamos lo que fuera por conseguirla… Salvando las distancias, esta situación tiene un “aire de familia” con el mensaje de las parábolas del tesoro y la perla del evangelio de este domingo (Mt 13,44-46), precisamente porque encontrar un tesoro o una perla fina significa un hallazgo muy valioso por el cual seríamos capaces de dar todo a cambio. El tesoro y la perla de valor son motivos frecuentes en los cuentos orientales y representan el sueño cumplido y el gran hallazgo que llena de sorpresa. Estas imágenes están presentes en las dos pequeñas parábolas mencionadas y destacan la alegría desbordante e inaudita de encontrarse con lo máximo imaginable. El mensaje es enigmático y consiste en indicar que el campo esconde un tesoro: feliz quien se atreva a encontrarlo. Este tesoro, que en la parábola es la persona de Jesús, está a la vuelta de la esquina, pero hay que saber encontrarlo; quien lo logra, se llena de alegría y vende todo lo que tiene para quedarse con él. De manera semejante, en la parábola de la perla fina, quien la encuentra vende todo lo que tiene. Es muy oportuno recordar el comentario que hace el exégeta P. Bonnard cuando afirma que la renuncia no es el medio para acceder al reino, sino la consecuencia del hallazgo (Evangelio según San Mateo, 315). Porque la decisión de dejar todos los bienes o de vivir el desapego se sustenta en el encuentro de un bien mayor, que puede ser la fe, el amor u otro valor absoluto: quien encontró el tesoro, se llenó de alegría (Mt 13,44) y vendió todo porque lo percibió como nada en comparación con el tesoro encontrado. ¿Podemos reconocer la fuente de alegría en nuestras vidas, aquello que nos da felicidad cada día? ¿Cómo podemos re-encender el corazón conectándonos con aquello que nos vivifica y da sentido? Tal vez hoy más que nunca necesitamos redescubrir de un modo nuevo lo que nos mueve en esta vida…
La liturgia nos regala también algunos fragmentos del impresionante salmo 119, un canto que elogia el valor de la torá o ley: “Felices los que van por un camino intachable, los que siguen la ley del Señor” (119,1). Para un israelita, la felicidad está en seguir los caminos señalados por Dios y para ello se necesita intensificar la búsqueda: “Felices los que cumplen sus prescripciones y lo buscan de todo corazón” (119,2). Como bien señala Hans-Joachim Kraus, buscar de todo corazón designa la intensidad de quien se entrega al empeño de evitar todo mal (Los Salmos II, 610). Empeñar el corazón en la búsqueda de la palabra de Dios significa, de este modo, el camino de la fidelidad. En definitiva, la santidad no es otra cosa que una vida de totalidad, de intensidad en el amor. Pero en la vida cristiana no se trata solo de tener una vida intensa, sino de intensificar la búsqueda: “porque tu ley es toda mi alegría” (Sal 119,77b). Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (cf. Dt 6,5). Buscarás el tesoro escondido, día y noche sin cesar, hasta encontrarlo y cuando lo encuentres te alegrarás y soltarás todo lo que te impide amar más y mejor.
Las pistas para meditar son la búsqueda del tesoro, la alegría del encuentro y la vivencia de la fe con todo el corazón. El relato del rey Salomón nos recuerda la importancia de tener una brújula para el camino: el don del discernimiento para saber juzgar entre el bien y el mal (1Re 3,5-6.7-12). Que la Ruaj/Espíritu nos guíe para ser buenos discípulos y discípulas de Jesús, sabiendo que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman (cf. Rm 8,28). Confiemos en su misericordia.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 19 de Julio: la impaciencia tiene un límite
por Virginia Azcuy

En este tiempo de pandemia, justo cuando parece que la cuarentena ya no se puede sostener y comienza una etapa de flexibilización en la región, la liturgia cristiana propone la parábola de la cizaña y su explicación a nuestra meditación (Mt 13,24-30.36-43). Una parábola que, junto a la parábola del sembrador (Mt 13,4-8), se rige por la figura de un sembrador y alerta con respecto a los fracasos y la impaciencia. Las parábolas son comparaciones, proverbios o enigmas que utiliza la Escritura y que Jesús adopta para explicar realidades espirituales como el reino de Dios. En el caso de las parábolas del sembrador y la cizaña, se explica que el reino o la presencia de la salvación acontece en medio de la adversidad, la salvación llega en medio de cosas que salen mal: la parábola del sembrador afirma que una parte de la semilla se pierde –por el sol y las espinas– y la parábola de cizaña señala que no hay que adelantarse a los tiempos del juicio –porque se corre el riesgo de sacar el trigo al querer arrancar la cizaña–. El trigo y la cizaña crecen juntas y está bien que así sea. Ambas parábolas, en definitiva, representan una crítica a la impaciencia, en el sentido que la llegada del reino no puede ser inmediata, sino en la dinámica del ya sí y todavía no. La impaciencia parece, así, contradecir la irrupción del reino que se desarrolla en forma progresiva; la impaciencia in-comprende el reino, porque el reino de Dios está lleno de paciencia.
El mensaje de la parábola de la cizaña me recordó un texto de Romano Guardini que leí hace más de veinte años atrás y que dice –según conservo en mi memoria– que el mundo descansa en la paciencia de Dios y que la paciencia de Dios sostiene el mundo. Ese texto, como el de la parábola de la cizaña, llaman la atención porque en el fondo acostumbramos pensar que “la paciencia tiene un límite”. Pero en el reino de Dios no es así: nuestra impaciencia es la que tiene un límite, porque no puede abarcar la paciencia de Dios. Posiblemente, estos pensamientos teológicos se acercan a lo enseñado en el capítulo 12 del Libro de la Sabiduría sobre la omnipotencia de Dios como fuente de su justicia: “como eres dueño absoluto de tu fuerza, juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia” (Sab 12,18). ¿Qué sería de nosotros si Dios no tuviera paciencia?, ¿qué nos puede enseñar este Dios cuya fuerza es principio de justicia y cuyo dominio sobre todas las cosas lo hace indulgente con todos (Sab 12,16)? La fortaleza de Dios está en su amor y moderación; de modo semejante, la paciencia nos hace fuertes y posiblemente esto podría ser muy útil e importante en estos tiempos que vivimos, en los que se juegan decisiones personales y ciudadanas tan delicadas.
¿Cómo podemos juzgar sobre lo que nos pasa en el horizonte de la paciencia de Dios? La Ruaj/Espíritu nos puede ayudar si la dejamos orar en nosotros (Rm 8,26): sobre todo en nuestra debilidad, cuando no sabemos orar como es debido, Ella ora en nuestros corazones y en nuestros vínculos. Cuando no encontramos las palabras o las situaciones nos sobrepasan, Ella intercede por nosotros con gemidos inexplicables. Porque el Espíritu de Dios, su Ruaj Santa, sondea nuestra vida y nos conduce según el plan de Dios (cf. Rm 8,27). El discernimiento es un don del Espíritu y podemos pedirlo especialmente en este tiempo; el evangelio de Mateo nos recuerda, en este sentido, un principio que nos puede guiar en este camino: “el árbol se conoce por su fruto” (Mt 12,33). Pareciera que, en estos tiempos de crisis, la impaciencia se manifiesta como un límite y la paciencia ante lo adverso como un camino que puede posibilitarnos vivir mejor la incertidumbre del presente. Contener la impaciencia, en este momento, puede contribuir a sostener el cuidado de los débiles y a mantener la calma de ánimo que se requiere en tiempos sociales difíciles. Que el evangelio de este domingo nos anime a descansar en la paciencia de Dios que sostiene el universo.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 12 de Julio: el grito y la espera
por Virginia Azcuy
Vivimos días de desconcierto y sufrimiento como humanidad. La crisis sanitaria ocasionada por la pandemia nos confronta con nuestros límites y nuestras aspiraciones. En este contexto lleno de interrogantes, la liturgia cristiana nos recuerda la esperanza que brota de la tribulación por medio de la fe: “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no solo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la plena filiación adoptiva, la redención de nuestro cuerpo” (Rm 8,22-23). Hoy podemos constatar el grito de la creación, maltratada y herida por nosotros mismos, atravesando el apremio y la dificultad de renacer. También es posible escuchar los gritos de la humanidad, entre la amenaza y la lucha por vivir, en el debate por lo prioritario en el presente. El grito esconde la esperanza que suplica, la oración que no se rinde, el anhelo que resiste. Simplemente el grito y el tremendo desafío de saber escuchar y entender de qué se trata…
En su capítulo sobre la Ruaj/Espíritu, el apóstol San Pablo nos ofrece una especie de brújula para poder orientarnos: aprender a distinguir lo que viene de nuestros intereses humanos y aquello que viene de Dios o manifiesta su salvación, que está presente misteriosamente en la historia. La invitación que nos hace se vincula con nuestro bautismo y consiste en descubrir que estamos llamados a vivir como hijos e hijas de Dios: “Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14). Esta vida de fe es un camino de atención y escucha de las voces del Espíritu en el tiempo presente, para saber reconocer cómo Él nos habla, qué nos pide y cómo podemos vivir como hijos e hijas del mismo Padre/Madre, es decir, como hermanos y hermanas. La Ruaj/Espíritu nos anima, en medio de nuestra debilidad, para sostener firme la esperanza en todo tiempo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31). Esto no quiere decir que no nos pasará nada, sino que cualquiera sea la situación que nos toque vivir, Él está y estará con nosotros. Esto es lo que Jesús vino a comunicar a la humanidad y que tan bellamente el Evangelio de Mateo resume en el breve sumario que introduce su capítulo 13, cuando nos dice que el Señor salió de la casa y se sentó para enseñar a la multitud en parábolas (Mt 13,1-3a). ¿Qué enseñaba Jesús? Que el reino de Dios es como el sembrador que salió a sembrar las semillas; la salvación ya está presente en nuestra vida, pero todavía no de forma plena. Nuestro anhelo nos impulsa desde el “ya sí” al “todavía más”, porque aun en medio del grito se abre paso una esperanza. Vivimos dolores de parto, pero confiamos en la ayuda del Dios que rescata y perdona.

Las lecturas del Libro de Isaías y del Salmo 65 nos impulsan a orar con imágenes muy bellas. El profeta compara la eficacia de la Palabra del Señor con la lluvia que hace fecunda la tierra y permite que esta dé la semilla al sembrador (Is 55,10-11). El Salmo 65, que es un himno de alabanza, dedica su tercera parte a la figura del Dios labrador, que se abaja a trabajar la tierra (Sal 65,10-14). Se trata de “un fragmento descriptivo notable de la poética bíblica” (Alonso Schöckel, Salmos, 851), que describe la vida de forma impresionante (cf. Kraus, Los Salmos II, 55). Este trozo de poesía expone diversas figuras de una esperanza siempre actual: la visita de Dios, como agua en la tierra, fertiliza, colma y desborda; riega, empareja y ablanda. El agua de la lluvia representa la promesa de la fecundidad y por ello expresa la bendición del cielo. Hoy podemos preguntarnos ¿qué sufrimientos claman por la bendición de Dios y la solidaridad de sus hijos e hijas?, ¿cómo nos visita Dios en este tiempo?, ¿qué caminos nos sugiere la Ruaj para renovar y compartir la esperanza?
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 5 de Julio: una espiritualidad ¿sin ley?
por Virginia Azcuy
En estos días, escuchamos palabras de cansancio y angustia… Con frecuencia se pone el énfasis en la cuarentena, las normas de restricción y las pautas de aislamiento o cuidado que se espera que sigamos. Lo estricto y lo obligatorio parecen costar demasiado, pero posiblemente sea importante redimensionar las cosas más allá de las posiciones políticas, para sacar provecho de esta situación. Las lecturas de este domingo podrían ofrecernos algunas pistas para reflexionar sobre el presente y acerca de nuestra vida cristiana en este contexto particular de pandemia. Sirvan como introducción las siguientes palabras de Jesús: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11,28-30). Estos versículos, como parte de la perícopa 11,25-30 que trata de la revelación del evangelio a los humildes, se refieren probablemente al legalismo judío que pone el acento en las exigencias morales, al cual Jesús opone la alegría de la salvación. Esto no significa que Jesús exija menos que los rabinos: “exige más, pero de otra manera” (P. Bonnard, Evangelio según San Mateo, 262).

El evangelio nos anima así a repensar la función de la ley y las normas, para no sobredimensionarlas y sobre todo para trascenderlas sin suprimirlas. ¿Cómo es esto? Aunque en el texto no se utiliza la palabra, parece quedar indicado el camino de una “espiritualidad” que nace del encuentro con Jesús. Su formulación programática se encuentra en el mensaje de las bienaventuranzas (Mt 5,3ss). Ante una religión centrada en la ley, Jesús contrapone el evangelio de la alegría: la exigencia no desaparece para el discípulo o la discípula que quiere seguir al Señor, sino que se transforma porque puede ser recibida como don e interiorizada con aceptación en la propia vida. La espiritualidad puede ofrecernos un camino para descubrir el sentido y la profundidad de la ley o la norma; el espíritu de las bienaventuranzas constituye un programa espiritual que, de la mano de Jesús “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29), puede conducirnos a una “justicia mayor”. Que el yugo de Jesús es liviano y su carga ligera quiere decir que, con Él, la práctica de la justicia en nuestras relaciones (con Dios, con los demás, nosotros mismos y la creación) es posible por su misericordia hacia nosotros, porque su salvación llega a nuestra vida en forma gratuita e inmerecida. La espiritualidad que propone Jesús no es algo indeterminado, sino que posee un contenido preciso que es una vida de justicia: “si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt 5,20). Esta justicia mayor, que supone la ley y la trasciende, consiste en amar a Dios y a los otros según un orden de relaciones justas como aparece al hablarse del juicio final (Mt 25,31ss). En definitiva, Jesús como maestro de justicia y la espiritualidad como acción por la justicia son el nuevo criterio a seguir en la vida cristiana. No se trata de una espiritualidad sin ley o una fe sin justicia, sino de la suavidad de un camino movido por la fuerza del amor.
Las lecturas de este domingo me hacen pensar en la importancia de atravesar lo difícil y trascender la lógica de la ley, para ir a mayor profundidad y darnos la oportunidad de encontrar más sentido. En el plano de la espiritualidad, me parece imperioso transitar hacia una experiencia más honda de la libertad humana al servicio de la convivencia social y el cuidado medioambiental. En la vida cotidiana que nos toca hoy, puede orientarnos el motivo de llevar las cargas unos/as por otros/as por amor y unos/as con otros/as para hacer más llevaderas las dificultades y exigencias de cada día. Esto significa desactivar el “sálvese quien pueda” y conjugar el “nos salvamos juntos/as”. Ese Jesús manso y humilde del evangelio nos anima. Su Espíritu-Ruaj, que nos habita (Rm 8,9), nos ayude a morir a todo aquello que nos oprime y nos haga renacer a una vida más plena.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 28 de Junio: mi cansancio que a otros/as descansa
por Virginia Azcuy

Las lecturas del Domingo XIII durante el año nos hablan del discípulo y la discípula de Jesús, de las exigencias y las promesas de esta vocación. También nos aportan luces para este tiempo de pandemia, por cuanto hacen referencia a nuestros vínculos primarios, nuestros bienes y la hospitalidad a la cual estamos llamados para con Dios, su trascendencia y sus amigos/as. ¿Pueden nuestros vínculos humanos ser reflejo de nuestras creencias, del Dios en el cual creemos? ¿Pueden nuestras creencias y el Dios en el cual creemos configurar nuestros vínculos? ¿Se trata de un mismo amor, el que nos une a Dios, a los demás y a la creación?, ¿cómo se relacionan mutuamente el amor a Dios y a los demás?, ¿será que uno lleva al otro y lo perfecciona? Y, por último, ¿puede una crisis global ser una oportunidad para revisar y purificar nuestros vínculos?
Hace días que resuena en mi interior esa frase de la canción “Pescador de hombres” que dice: “mi cansancio que a otros/as descansa” y las lecturas de este domingo la evocan para mí. Sí, muchos expresan su cansancio ante la larga cuarentena que vivimos; es como la tristeza de la mujer sunamita evocada por el Segundo Libro de los Reyes: “Lamentablemente no tiene un hijo y su marido es viejo” (2Re 4,14). Ella –como nosotros hoy– siente que no puede florecer, le falta un hijo, un futuro, un vínculo que la ate a la vida. Una mujer definida por la falta, que en este libro se representa con la escaséz de pan o descendencia (cf. Kyung Sook Lee, Compendio de interpretación feminista de la Biblia, 140) y, junto a eso, un marido insolvente que evidencia la necesidad de Dios. Un Dios que es fiel y cumple su promesa: se dona a nosotros, pero nos pide estar dispuestos/as a entregar el don ¿no es esto agradecer? La sunamita recibe a su hijo como regalo de Dios, pero luego se siente “obligada” a dirigirse a Él para actualizar este don, cuando su hijo enferma y muere. En esta pandemia, ¿se nos estará pidiendo purificar el don, revisar nuestros vínculos, volver a reconocer a Dios en medio de las contingencias humanas locales y globales? ¿Dónde está Dios? Y ¿dónde estamos nosotros? ¿Dónde están nuestros vínculos?
El relato del Evangelio nos pone de lleno en este asunto: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). Un texto enigmático, difícil, si no fuera porque nos sitúa en la perspectiva del seguimiento: “El o la que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (cf. 10,38). No se trata, por cierto, de no amar a nuestros progenitores, sino de no olvidarnos del Dios Padre-Madre que es el Autor de la vida. El dilema planteado no se resuelve por la oposición, sino por el ordenamiento que da prioridad al Evangelio en la vida de cada discípulo. Una primera lectura hace pensar en la prioridad del amor a Dios por sobre el amor a los demás, pero en verdad podemos pensarlo de un modo más dinámico: el amor de Dios manifestado en su Hijo Jesús nos muestra cómo vivir nuestro amor a los demás y a su vez, este amor a los demás es punto de partida para dimensionar el amor de Dios. Si miramos a Cristo, como fuente de inspiración de los cristianos y de toda la humanidad, encontramos una perfecta unidad entre el amor a Dios y el amor a los demás. Pero, si miramos nuestra experiencia humana, vemos nuestra dificultad de quedarnos en el plano humano y perder de vista la trascendencia de Dios. Esto es precisamente lo que nos recuerdan los maestros y maestras del Espíritu: que necesitamos estar atentos/as para dejar que Dios sea Dios y darle su lugar. Como estas enseñanzas son algo escurridizas, el mensaje evangélico nos pone algunos ejemplos que ayudan a comprender que la prioridad dada a Dios o a la trascendencia se debe manifestar en nuestros vínculos concretos como al recibir u hospedar, dar de beber y otras acciones (cf. Mt 10,40-42). Seguir a Cristo hoy, en esta cuarentena, puede significar “mi cansancio que a otros descansa”…
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 21 de Junio: ¡No podemos callar!
por Virginia Azcuy
Las lecturas de este XII Domingo durante el año litúrgico cristiano nos invitan a profundizar en la dimensión profética de la vida cristiana, en la dimensión pública de la fe y la tentación de ocultar, acomodar o suavizar la radicalidad contenida en el Evangelio: Jesús. Estas lecturas trajeron a mi memoria cómo, en tiempos de gobierno militar en Chile, un grupo de cristianos se sintió llamado a editar un diario clandestino para informar sobre la violación a los derechos humanos que estaba ocurriendo, con las noticias que llegaban a la Vicaría de la Solidaridad de la Iglesia santiaguina. El diario tuvo, al principio, el nombre “No podemos callar” y, más tarde, continuó con el nombre “Policarpo”, en referencia al obispo mártir de la Iglesia de Esmirna que fue quemado en el año 155 de la era cristiana. San Policarpo es venerado por la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa y la Iglesia luterana.
La tentación de callar, ante las consecuencias que puede traer el anuncio del mensaje cristiano, aparece bellamente en el relato del libro de Jeremías, al presentarnos el drama interior del profeta: “Me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir”, pero soy motivo de risa, por eso “dije: No lo voy a mencionar, no hablaré más en su Nombre” (Jr 20,7.9). Pero, aunque decide callar, no puede: “había en mi corazón como un fuego abrasador” (20,9). Un fuego incontenible, que quema por dentro, es la imagen que expresa la imposibilidad de callar porque hacerlo significa quemarse y hablar es, quizás, ¿la posibilidad que arda el fuego del Evangelio en medio de la casa común? La fuerza del profeta y de todo aquel o aquella que toma la palabra en nombre del bien está en Dios mismo, de quien el libro de Jeremías dice que es “El Dios de los ejércitos, como un guerrero temible” (20,11). Entre el temor a los perseguidores y el temor que puede inspirar un Dios que defiende a los justos, parecen jugarse las opciones que encuentra Jeremías y otros buscadores de justicia.

Los discípulos y discípulas de Jesús enfrentan la misma tentación y por eso, en las instrucciones dadas en el Evangelio de Mateo para la misión, se repite como estribillo la exhortación: “no teman” (Mt 10,26.28.31). No tengan miedo, porque Dios (el de los ejércitos, las protestas y toda otra forma de reclamo por dignidad) está con ustedes. El discipulado se presenta, así, como una forma de vida alternativa, que no sucumbe ante el temor sino que lo asume para dar razón de la fe. El temor se vence por la fe. No podemos callar, porque el fuego de la fe nos quema y nos mueve. La lectura de este domingo, Mt 10,26-33, presenta la exhortación de Jesús a los apóstoles a confesar sin miedo: “lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas” (10,27). Quienes siguen a Jesús no pueden esperar una suerte distinta a la de su Maestro crucificado, pero cuentan con la fuerza y el cuidado de Dios: “ustedes tienen contados todos sus cabellos” (10,30). Dios no se muda, aunque vengan tiempos de persecución o pandemia. La fe en este Dios, por Él, deviene inconmovible. Como lectores y lectoras de este tiempo, podemos preguntarle a este Evangelio qué nos dice de las mujeres y buscar una respuesta en la genealogía de Jesús. Allí aparecen Tamar, Rajab, Rut y Betsabé, todas con “situaciones matrimoniales irregulares”, pero al servicio del plan de salvación como María (Mt 1,1-17). Podemos pensar que ellas también fueron llamadas a anunciar con gestos o palabras. Y recordar con La Biblia de las mujeres que “las mujeres que siguen a Cristo son, como las que aparecen en la genealogía, independientes y andarinas” (Amy-Yill Levine, Los Evangelios, 151).
Recordemos: ante todo, ¡no podemos callar! No podemos callar ante la buena noticia del Evangelio y los ídolos que causan víctimas. No podemos callar ante la búsqueda de mayor justicia. No podemos callar ante todas las formas de abuso, dominación masculina y tráfico humano. No podemos callar, si realmente creemos en un Jesús que se hizo cargo de la historia y dio la vida por toda criatura.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo 13 de Junio: ¿solo un Dios-que-da-pan o que-se-hace-pan-para-darse?
por Virginia Azcuy

La liturgia nos invita a celebrar este domingo la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que a veces se abrevia en latín “Corpus Christi”. La primera lectura, del Libro del Deuteronomio, nos ayuda a entrar en el misterio del Dios presente a nuestra vida, al relatarnos cómo Él se ha manifestado a su pueblo como única fuente de vida, al salir de Egipto y en el largo camino del desierto (Dt 8, 1-20). El texto nos habla de los “cuarenta años” que el pueblo estuvo peregrinando y podría iluminarnos en este tiempo que estamos atravesados por la “cuarentena”. Un tiempo de riesgos y protección, de preguntas por la subsistencia y la colaboración, la memoria y la promesa. ¿Cómo celebrar esta fiesta de la comida y la bebida, habiendo tantos hermanos y hermanas que pasan necesidades y no tienen acceso al agua?, ¿cómo hacerlo en medio del distanciamiento social, que cambia particularmente los modos de celebrar la fe cristiana?, ¿qué perspectivas nos pueden ayudar en la oración? El Evangelio de Juan, en el capítulo 6, ofrece un largo discurso sobre el Pan de Vida (6,30-58) en labios de Jesús que tiene su punto de referencia en la anterior multiplicación de los panes (6,1-15). Jesús es el Pan de Vida que se da ante la multitud que lo sigue, como Dios se hizo cercano a su pueblo en tiempos de hambre y aflicción (Dt 8,3). Lo primero que llama la atención es que la salvación se hace presente en la comida y, además, que Jesús se identifique con el alimento: “Yo soy el Pan de Vida” (Jn 6,35.48). Evocando la revelación de Dios en el Antiguo Testamento: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14), que en sentido dinámico quiere decir el Dios que está presente, en el cuarto evangelio Jesús elige esta misma expresión “Yo soy” para presentarse y manifestar su origen divino: “este es el pan bajado del cielo” (Jn 6,58). Jesús no es cualquier pan, sino uno que viene de Dios (cf. Jn 1,1). ¿Cómo se nos da este pan?, ¿dónde y cómo recibimos el alimento a través de Él? La respuesta está en la fe: “el que cree o la que cree tiene Vida eterna” (Jn 6,47); aunque “nadie lo ha visto” (v.46). La fe es el camino, por la fuerza del Espíritu/Ruaj (si bien el texto no lo dice), para ir a Jesús (cf. Jn 6,45-46). Creer nos conduce al reposo que regala la presencia de Dios; creer en tiempos de aflicción y necesidad nos ayuda a buscar su presencia y luchar por la vida. No se trata, por cierto, solo de recibir, porque precisamente este Dios en el cual creemos se da a sí mismo. No es el Dios que simplemente da pan, como en la multiplicación de los panes, sino un Dios que se hace pan para darse a nosotros. La multiplicación de los panes es un signo de la acción vivificadora de Dios en la historia, que busca ser prolongada en la fe y las obras de quienes queremos seguir a Jesús.En la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, hacemos memoria agradecida de este Dios que se dio a sí mismo y se hizo alimento para sus discípulos y discípulas: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna” (Jn 6,54). Celebramos la fe en un Dios hecho pan y vino para su pueblo, compartimos la fe en este Jesús que multiplica el pan para mostrarnos que su vida entregada es esperanza en la aflicción y fuerza en la necesidad. La lectura de Pablo a los Corintios completa la dimensión eclesial de esta fe: la participación sacramental del Cuerpo de Cristo, en la Eucaristía, nos hace comunidad, cuerpo eclesial (1Cor 10,16-17). Unidos a Cristo, estamos llamados a vivir la unidad con nuestros hermanos y hermanas, en especial con quienes sufren. La memoria de la muerte y la resurrección de Cristo, en cada celebración cristiana, es también memoria solidaria de todos los que más padecen la aflicción, el hambre y la desprotección. ¿Seremos capaces de senti-pensar nuestra vocación de ser un solo cuerpo con los demás?, ¿Tendremos la fe necesaria para impulsar la reunión de todas las sangres, sin olvidar a quienes luchan por sobrevivir, en la casa común? Los tiempos de pandemia nos invitan a dar gracias por el Dios-que-se-hace-pan y a vivir como pan-para-los-demás.
🕯 Domingo de la Santísima Trinidad
por Virginia Azcuy
Este domingo, los cristianos/as celebramos la Fiesta de nuestro Dios Trinidad, un Dios familia, de nuestros padres y madres, un Dios de nuestros hermanos y hermanas. La pregunta es, entonces, ¿quién es la Trinidad?, ¿qué significa creer en este Dios hoy?, ¿cómo podemos orar al Dios Trino?
El Evangelio de Juan, con un texto del capítulo 3, nos presenta el diálogo entre Jesús y Nicodemo y nos ubica en la perspectiva espiritual del “nacer de nuevo” (Jn 3,3ss). Hablar de Dios, sobre él, nos pone siempre en camino, nos invita a un itinerario espiritual, en nosotros y en cada una de nuestras relaciones cotidianas. Los versículos 16-18 condensan maravillosamente toda la historia de la salvación en gruesas pinceladas, van a lo esencial: Dios nos amó tanto que nos dio a su querido Hijo, para que tengamos vida en abundancia (3,16; 6,22ss; 10,10), envió a su Hijo a salvar, no ha juzgar (3,17) y la salvación está en creer, según la óptica de este evangelio (3,18). Creemos en un Dios de Vida, quien nos ama entregando a su Hijo Único y quiere nuestra salvación.

El texto de Pablo nos ayuda a comprender qué significa en la práctica creer en este Dios cristiano y nacer de nuevo como sugiere el cuarto evangelio. La clave parece estar en la generosidad de Cristo, quien siendo rico se hizo pobre (2Cor 8,9). Inspirados y participantes en la gracia o don de Cristo, quienes profesamos la fe cristiana estamos llamados/as a vivir con generosidad. Pero ¿qué tiene que ver esto con la riqueza y la pobreza de este mundo? Mucho. Porque si lo propio de este Dios es darse, creer-le y entregar-le la confianza es optar por el camino de la generosidad. El contexto del texto paulino 2Cor 8,14-17 es la realización de una colecta para la comunidad de Jerusalén, es decir, se trata sobre el sentido cristiano de una colecta, de compartir los bienes materiales y espirituales, lo que en la Iglesia se llama “communio sanctorum” o comunión de bienes entre los cristianos. Lo que enseña el texto es una exhortación a la generosidad y a compartir los bienes, algo fácil de decir y difícil de vivir, pero no imposible si contamos con la gracia de Dios. Porque si Dios nos amó y nos ama incondicionalmente, recibimos la fuerza para darnos a los demás. El texto de Pablo habla de la importancia de la igualdad en las relaciones interpersonales: que nuestra abundancia socorra a la necesidad de los que no tienen, para que un día la abundancia de quienes hoy no tienen nos socorra en nuestras necesidades. Todos necesitamos, somos necesitados, vivimos intercambiando bienes, pero el norte debe ser la igualdad, no la des-igualdad y para ello la guía es la generosidad. ¿Cómo se relaciona la Trinidad con la generosidad? Dios da a su Hijo, el Hijo se da al Padre y a la humanidad, la Espíritu-Ruaj es Don y reparte sus dones a cada uno/a, de ellos aprendemos a vivir en relaciones de mutua donación, que es lo contrario de dominar y aprovecharnos de los otros y otras.
Por último, nos falta meditar cómo invocar el nombre de Dios y su misericordia, como hizo Moisés en el monte Sinaí (Ex 34,5). La lectura del profeta Daniel, inspirada en los salmos 136 y 148, puede ayudarnos con sus invocaciones dirigidas a Dios “en clave misericordia”. Marianne Schlosser (2018, 32-33) destaca tres textos oracionales en el libro de Daniel: 3,26-45 sobre la confesión de la culpa, 3,52-56 como alabanza celestial y 3,57-90 la alabanza de toda la creación y la humanidad. Este domingo se propone leer 3,52-56, una alabanza que se canta en la oración de la mañana cada dos semanas (laudes del II y IV domingo), pero no deberíamos olvidar la alabanza universal de la creación entera, hoy gimiente, una creación y humanidad que en su gemido reconoce su necesidad y confía en la abundancia de vida que viene de Dios. Creemos en el Dios de nuestros padres, madres, hermanos y hermanas, creemos en la fuerza de un gemido y una alabanza de todas las criaturas.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo de Pentecostés: El/la Espíritu/Ruaj obra un cuerpo
por Virginia Azcuy
“Pentecostés” significa el día cincuenta desde la Pascua, cuando los discípulos y las discípulas de Jesús recibieron el Espíritu Santo para realizar la misión de anunciar la buena noticia de la resurrección (Hch 2,1-11 y Jn 20,19-23). ¿Cómo podemos celebrar esta fiesta hoy?, ¿qué le pedimos al Espíritu que obre en nosotros?, ¿cómo dejamos que Él o Ella, porque Espíritu en hebreo es femenino =la “ruaj”, ore en nosotras? Tal vez el capítulo 8 de la Carta a los Romanos puede ser una buena introducción: “el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (8,26).

La magnífica metáfora del cuerpo, utilizada por el apóstol Pablo en sus epístolas mayores, puede ayudarnos a dimensionar lo que puede obrar el Espíritu. Hoy que el cuerpo se manifiesta herido, vulnerado y roto, el Espíritu nos abre caminos para sanar, cuidar y reparar; no de forma mágica, claro está, sino a la manera de una espiritualidad en medio de lo real y contingente. La lectura paulina que nos propone la liturgia nos plantea la relación entre el Espíritu y el cuerpo de Cristo: “en cada uno y cada una, el(la) Espíritu se manifiesta para el bien común” (1Cor 12,7). Pablo toma la idea de Menenio Agripa, quien plantea la figura del cuerpo para explicar la infructuosa protesta de los miembros (el pueblo) contra el estómago (la élite) según explica el exégeta J. N. Aletti. Sin embargo, el apóstol invierte y adapta la metáfora a la realidad de los carismas en la Iglesia y desarrolla una luminosa orientación pastoral: la necesidad de una solidaridad con los miembros más débiles e indignos del cuerpo (cf. 1Cor 12,22-25). Esta clave puede ser muy útil para reflexionar sobre los desafíos que nos muestra el tiempo presente: en el cuerpo de la creación y la humanidad, de la sociedad y la familia, estamos convocados/as a vivir una solidaridad urgente y creciente. ¿Cómo puede el(la) Espíritu obrar este cuerpo?, ¿cómo hace el(la) Espíritu para defenderlo, sanarlo y transformarlo? No sin nosotros, no sin cada uno y cada una. El(la) Espíritu pide actores y actoras de una solidaridad entrañable, corpórea, que se mueve sin detenerse en medio de la fragilidad.
Si consideramos este texto en el contexto de los capítulos 11-14 de la Primera Carta a los Corintios, también encontramos la idea del cuerpo vinculada a las relaciones entre mujeres y varones dentro de la comunidad cristiana. La exégeta alemana Luise Schottroff alude, en estos capítulos, a una visión de la feminidad que complica la liberación de las mujeres (Compendio de interpretación feminista de la Biblia, 584ss). Por tanto, podemos indagar de modo abreviado cómo el(la) Espíritu puede orientarnos a sanar, cuidar y reparar la unidad entre mujeres y varones, en un presente marcado a menudo por el desamor del maltrato, la violencia y la herida. La mujer y el varón, como así también las mujeres y los varones entre sí, estamos llamados como humanidad a formar un cuerpo, pertenecemos al género humano y esta realidad nos hace hermanos. Los mencionados textos de Pablo, en el contexto de su preocupación por las asambleas litúrgicas y los dones del Espíritu, son algo contradictorios porque presentan una reflexión pastoral que trata de armonizar el mensaje cristiano con una comunidad con diversos carismas, pero deudora de una situación cultural patriarcal que piensa la iglesia a partir de los códigos domésticos vigentes. Así encontramos indicaciones restrictivas para las mujeres en cuanto al uso del velo e incluso la recomendación para ellas de callar en la asamblea (1Cor 14,34), junto al reconocimiento paulino de la práctica de la oración profética de las mujeres en esa misma asamblea, aunque deba usar el velo: “la mujer que ora y profetiza” (1Cor 11,5). La clave está en que: “la mujer no existe sin el varón ni el varón sin ella; porque si la mujer procede del varón, a su vez, el varón nace de la mujer y todo procede de Dios” (1Cor 11,11-12). Que el(la) Espíritu obre en nosotros y nuestras relaciones la solidaridad que hace posible el cuerpo humano, social y eclesial.
🕯 Comentario al Evangelio – Domingo de la Ascensión: ¿Dónde esta Dios?
por Virginia Azcuy

En estos días de crisis, nos preguntamos con frecuencia ¿dónde está Dios? Una pregunta que pone a la vista nuestros sentimientos de inseguridad, incertidumbre y desaliento. Como si creyéramos o pensáramos que Dios se ha ido lejos, a alguna parte, si es que acaso realmente ha estado cerca en algún momento. El tiempo pascual, que desemboca en la fiesta de la Ascensión –que se celebra en este domingo– y de Pentecostés –la próxima semana–, memoria de los misterios de la “subida” del Hijo y la “bajada” del Espíritu, nos muestra de modo particular un Dios que sigue “arriba” y se queda “abajo” al mismo tiempo. El Dios cristiano está en el cielo y en la tierra a la vez, viene a reconciliar lo divino y lo humano, a llevar a plenitud la creación como obra del Creador. En este tiempo litúrgico, también podemos contemplar al Dios de nuestros padres y nuestras madres en movimiento, podemos verlo “en tránsito” con los ojos de la fe: la pascua manifiesta a Dios que pasa y es atravesado por la muerte y la resurrección; la fiesta de la ascensión de Cristo nos invita a poner la mirada en el Hijo de Dios que habiendo venido a la humanidad vuelve al Padre después de la pasión y glorificación; en la fiesta de Pentecostés, celebramos la venida del Espíritu Santo que nos acompaña para continuar la misión iniciada por Cristo. El secreto de todos estos movimientos está escondido en las entrañas misericordiosas de Dios: Dios se mueve por compasión hacia la humanidad, por eso podemos contestar al dónde está Dios, diciendo que está en el movimiento. ¿Qué tipo de movimiento? El movimiento del amor, del abajarse para comunicar el bien. Allí está Dios, en el estilo de Jesús, cada vez que se actualiza el milagro de la solidaridad y el cuidado del otro y la otra.
Estos misterios de la fe cristiana se explican muy bien en las lecturas de este domingo: creemos en un Dios que es Señor y Rey del universo (Sal 47), que después de su pascua envía a los apóstoles a bautizar y enseñar a todos los pueblos y les promete su presencia (Mt 28,16-20), que también les promete la fuerza de su Espíritu para esta misión antes de la ascensión (Hch 1,1-11) y que, por el Padre, fue hecho “Cabeza” y “Plenitud” (Ef 1,17-23). Algunos aspectos que merecen ser destacados: el salmo 47 canta el señorío de Dios ¿dejamos que el Señor ser el Señor?, ¿lo dejamos reinar?; Jesús promete que siempre está con nosotros ¿cómo alimentamos la fe en esta promesa?, ¿qué nos hace tambalear? (Mt 28,20); mientras Jesús subía, los discípulos se quedaron mirando al cielo ¿por qué nos quedamos mirando al cielo y nos cuesta descubrir su presencia en esta tierra?, ¿cómo discernir su presencia aquí y ahora? (Hch 1,10-11) y, finalmente, el poder y la realeza de Jesús recibido en la impotencia de la crucifixión ¿confiamos en el fruto del amor y en la vida que brota de la muerte? (Mt 28,18). Como Dios resucitó a Jesús por la fuerza del Espíritu, así sostiene nuestra fe en tiempos de crisis, haciéndose presente misteriosamente.
¿Dónde está Dios? Indisolublemente unido a la humanidad y a la creación, gimiendo dolores de parto y ansiando en nosotros la plenitud. ¿Dónde estamos nosotros? Señor, haz que estemos unidos a ti, nuestra Cabeza, ya que somos tu cuerpo herido que espera subir.
🕯 Comentario a Jn 14,15-21: Simposio sobre dónde y cómo habitar
por Virginia Azcuy
Para el VI Domingo de Pascua, la liturgia nos propone leer el pasaje de Jn 14,15-21, que hace parte de un “simposio” o conversación sobre la promesa del Espíritu Santo que Jesús hace a sus discípulos y discípulas. Una perspectiva para meditar este texto puede ser la referida al dónde y cómo habitar, teniendo en cuenta que este es un tema que nos preocupa en la actualidad y que en este diálogo ocupa un lugar central. El capítulo 14 del evangelio de Juan, cuyos versículos 1-12 se leyeron el pasado domingo, habla de la Casa del Padre con muchas habitaciones, de Jesús que va a prepararnos un lugar y de estar donde Jesús esté (14,2-3). Discípulos y discípulas son invitados a la Casa de Dios, ¿significa eso que deben morir para llegar allá? ¿o existe un modo de habitar, de este lado, que nos permite estar en comunión con Dios? A quienes creen en Jesús, Él les dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (14,6). Esto quiere decir que la fe nos regala un modo de habitar, creer en Cristo es habitar en Él y dejar que Él habite en nosotros: “ustedes están en mí y yo en ustedes” (14,20). Pero Jesús pone una condición, que se repite en el cuarto evangelio, creer es obrar: “si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos” (14,15.21). Las relaciones de amor y cuidado nos otorgan un modo de habitar, de estar en la Casa de Dios, de vivir la fe; esta misma forma de habitar, si es vivida con responsabilidad nos convierte a nosotros/as mismos/as en un lugar de Su presencia.
En este sentido, la promesa del Espíritu Santo (Jn 14,15ss) también da respuestas a nuestra pregunta acerca de dónde y cómo habitar. Por el camino del amor, con paciencia y servicio, sin envidia ni enojo (cf. 1Cor 13,4ss), podemos habitar y dejarnos habitar por el Espíritu: somos y podemos llegar a ser como un templo habitado por el Santo Espíritu. El cuarto evangelio denomina al Espíritu como otro Paráclito: Parákletos, en griego (14,16.26), que significa abogado defensor, es decir, quien tiene la función de defender a los discípulos y las discípulas para que no queden huérfanos/as (14,18). Cabe recordar que Espíritu en hebreo es femenino Ruaj, “la” Espíritu, quien permanece con quienes creen y quieren vivir el discipulado de Jesús: esta Ruaj/Espíritu que está con nosotros es quien nos recuerda, enseña y ayuda a vivir en “modo Jesús”, amando y dejándonos amar. Por cierto, este camino no es exclusivo de los creyentes, pero el evangelio se refiere en este simposio a ellos; la oferta de la amistad con Dios como modo de habitar está abierta a todo ser humano.

Para que no haya dudas con la enseñanza que propone el evangelio de Juan, esta comunidad de fe propone un criterio de discernimiento muy importante en la primera carta de Juan: el que no ama, no conoce a Dios y si alguno/a dice que ama a Dios y no ama a su hermano/a, es un mentiroso/a (cf. 1Jn 4,7-16.20). Sin amor, no existe posibilidad de habitar en la Casa de Dios; en cambio, si vivimos buscando el amor y esforzándonos por aumentarlo cada día, con justicia, verdad y perdón (1Cor 13), podremos llegar a ser mediadores y mediadoras de Su presencia. Entonces, ¿dónde y cómo habitar? La lectura del evangelio de Juan no vacila en la respuesta: habitemos en el Otro/a y en los otros/as, vivamos en relación de amor con Dios y la comunidad de fe, extendamos este modo de habitar y relacionarnos con la comunidad humana y la creación. El don de la Ruaj/Espíritu nos acompaña a recorrer este Camino que es Cristo, a comprender su Verdad y a gozar de la plenitud de su Vida, siempre que sepamos sintonizar el “modo amor”. Precisamente en tiempos de cuarentena, que nos exigen estar en casa lo más posible, puede ser muy oportuno seguir meditando este evangelio. Algunas pistas para profundizar: se dice que la caridad bien entendida empieza por casa, entonces podemos preguntarnos ¿dónde está mi corazón en casa?, ¿cómo me relaciono con los demás?, ¿qué tiempo dejo para Dios? Si la meta del cristiano es habitar en la Casa de Dios, es bueno interrogarnos sobre cómo la casa de cada uno y cada una puede ser un lugar para recibirlo y dejarlo venir hoy.
🕯 Comentario a Jn 14,1-12: La fe supera la inquietud, como la alegría del nacimiento el dolor del parto
por Virginia Azcuy
“No se inquieten” (Jn 14,1a). Una palabra muy oportuna en la situación de pandemia que estamos viviendo. ¿Cómo no hacerlo?, ¿qué podría ayudarnos a eliminar la inquietud? Una respuesta la da el mismo versículo primero del capítulo 14 de Juan: “Crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14,1b). La fe en un Dios que está con nosotros, que no se muda, aunque todo parezca moverse y cambiar, puede ser un camino para serenar el espíritu y encontrar la paz en tiempos difíciles. Esto no quiere decir, por cierto, que la fe suprima la realidad o nos exima de ella, sino que nos ofrece un horizonte de sentido y una ayuda preciosa para afrontar la inquietud y las contradicciones. El Evangelio de este domingo (Jn 14,1-12) nos introduce en los así llamados discursos de despedida que Jesús dirige a sus discípulos, llegada la hora de su vuelta al Padre (cf. Jn 13,1). En estos discursos que se despliegan entre el capítulo 14 y el 17, incluyendo la alegoría de la Vid y los sarmientos (15,1-11) y la oración sacerdotal (17,1-26), Jesús prepara a los suyos para su partida: no se inquieten por mi pasión, porque voy a ser glorificado, no se inquieten por mi muerte porque voy a resucitar. Creer significa entrar en esta dinámica pascual de la existencia: no inquietarse por la muerte, sino centrarse en la resurrección. Pero, ¿creemos verdaderamente que Cristo resucitó?, ¿cómo es esta experiencia personal de la resurrección del Señor?, ¿cómo vivirla hoy? Una pequeña comparación puesta en labios de Jesús, en estos capítulos de consolación, puede iluminarnos:
“Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un ser humano al mundo. También ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn 16,20-22).

Jesús alude a su muerte próxima y lo hace primero en términos de llanto, lamentación y tristeza refiriéndose a los discípulos. Pero enseguida introduce la figura de una parturienta, que siente angustia y dolor cuando está por dar a luz; con esta magnífica comparación, se propone una enseñanza para los discípulos y discípulas: seguir y acompañar a Jesús en su pascua es recorrer un camino semejante al de la mujer que afronta la hora del parto. La vida de fe nos invita a abrazar la cruz y la muerte para llegar a gozar de la resurrección y la vida. Como la mujer que da a luz, supera el dolor en la alegría del nacimiento, quienes siguen a Jesús son invitados/as a una travesía espiritual: del llanto a la alegría, de la desolación a la consolación. Lo más bello y conmovedor de lo dicho por el Señor Jesús está en que nadie podrá quitarnos la alegría de la resurrección; quiere decir que la fe se vuelve como una roca firme e inquebrantable, la fe vence sobre la inquietud.
No se inquieten. Crean en Dios y crean en mí. La fe que nos libera de la inquietud, nos ayuda a sobrellevarla, no es totalmente oscura sino apoyada en mediaciones. El hermoso diálogo de Jesús con Felipe nos recuerda cómo Dios siempre se deja encontrar, aún en los tiempos difíciles: “Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta. Jesús le respondió: Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto ha visto al Padre. ¿Cómo dices: Muéstranos al Padre?” (Jn 14,8-9). La humanidad de Jesús es el espacio de la manifestación de Dios; también nuestra humanidad lo es, en su inquietud existencial y su búsqueda de sentido.
La fe nos abre un horizonte definitivo en la vida, en el cual podemos habitar; de eso habla Jesús con sus discípulos: “en la Casa de mi Padre, hay muchas habitaciones (…) voy a prepararles un lugar” (14,2). Él se refiere a la vida futura, pero por la fe podemos anticipar esa vida. El evangelio nos invita a renovar la fe en un Dios hospedero que acoge y que nos da a luz en su pascua. Que sepamos ser hoy un signo de su presencia en la práctica de la hospitalidad y la capacidad de dar vida.
🕯 Domingo del buen Pastor, Comentario a Jn 10,1-10: ¿un Dios con entrañas de madre?
por Virginia Azcuy
Este domingo la Iglesia celebra el “Domingo del buen Pastor” y la liturgia nos propone la lectura y meditación de textos inolvidables. Imposible pasar de largo ante el salmo 22, conocido con el título “El Señor es mi pastor” y también “Protegido/a por la bondad y la misericordia de Yahvé”, en atención a la experiencia del salmista. Un salmo que se encuentra, sin duda, entre los favoritos y se cuenta entre los más populares y que, por lo mismo, corre el riesgo de ser absorbido por la emoción y la espiritualización. Para evitar estos riesgos, L. Alonso Schöckel recomienda mantener el realismo del salmo, la cruda situación de la oscuridad y la persecución padecidas por el salmista. En efecto, recuerda H.-J. Kraus, la confianza en este salmo brota precisamente de un “peligro concreto” (Los Salmos, I 2009). Sí, se cree que este poema pertenece al género “oración de confianza” y no tanto al de “acción de gracias”; ante todo porque comienza y termina con una confesión de fe: “El Señor es mi pastor” (Sal 22, 1), que más exactamente puede traducirse como “Mi pastor es el Señor” (por tratarse de una oración nominal), pero que incluso me animo a traducir respetando el participio: “El que me pastorea es el Señor”. La idea de un Dios que me pastorea parece magnífica, mucho más potente que el simple sustantivo “pastor”. Al final de la oración se confiesa que “Tu bondad y tu misericordia me acompañan” (22,6) y en el centro de la pieza se proclama: “nada temo, porque tú vas conmigo” (22,4b). En el Domingo del buen Pastor, damos gracias porque Él está con nosotros.

El salmo 22 se estructura en torno a dos imágenes que tienen mucho para decirnos: primero, la del pastor que venimos comentando; además, en segundo lugar, la del hospedero. Ambas imágenes hacen referencia a un lugar: el pastor se vincula a las verdes praderas y el hospedero a la casa de acogida; las escenas de cada imagen se interrumpen para poner al salmista en movimiento: “me guía por el sendero justo” (22,3) y “habitaré en la casa del Señor” (22,6) hasta el encuentro que no tiene fin. El tono de todo el salmo es la experiencia de intimidad y unidad con el Señor; en este salmo, ¡mi pastor es el Señor! En la figura del hospedero, el salmista pasa a ser un huésped que es recibido, alimentado y protegido: ¡mi hospedero, el que da casa y comida, es el Señor! Las dos imágenes se unifican en las tradiciones del Éxodo, según las cuales Dios guía a su pueblo en el desierto como a un rebaño (Sal 76,21; 77,52). El salmista se inspira en la experiencia del pueblo de Israel y por ello se puede decir, en referencia a los salmos 21 y 23, que representa a Israel.
El Dios de Israel es el Dios que hace camino con su pueblo, un Dios rico en bondad y misericordia, que cuida y alimenta a su pueblo como una madre se preocupa y dedica a los hijos. En el Domingo del buen Pastor, el salmo 22 nos ayuda a crecer en la confianza en un Dios que nos pastorea y nos protege con entrañas maternas.
En el Nuevo Testamento, la persona de Jesús lleva a plenitud la presencia de un Dios que nos pastorea: mi pastor es Jesús, Jesús es “el pastor, el bueno” (Jn 10,11). En el cuarto evangelio, la comparación del buen Pastor y las ovejas señala la relación entre Jesús y los discípulos y discípulas. Él es la puerta (10,9), para entrar y salir, el medio de acceso a la salvación; Él es también el buen pastor (10,11), el que da su vida por las ovejas. Que este domingo, aprendamos de él el arte de pastorear, de cuidar la vida de los demás.
🕯 Comentario a Lc 24,13-35: Jesús se apareció a los discípulos de Emaús
por Virginia Azcuy
El evangelio de Lucas concentra en el capítulo 24 diversos episodios acerca de la resurrección, entre los que encontramos el relato que la liturgia nos propone leer en el III Domingo de Pascua: la aparición a los discípulos de Emaús (vv.13-35). Antes de ese relato, Lucas presenta el anuncio de la resurrección (vv.1-8) y el testimonio de las mujeres (vv.9-12); después del relato de Emaús, Lucas propone otra aparición a los Apóstoles (vv.36-49) y una noticia sobre la ascensión (vv.50-52), que inaugura el tiempo de la Iglesia. En conjunto, los materiales presentados por el evangelista se apoyan en el testimonio de Mc 16,7, agregan nuevos materiales y se emparentan con los relatos del evangelio de Juan, posiblemente por basarse ambos en tradiciones comunes.

Conocemos el relato de Emaús, que nos cuenta la historia de dos discípulos descorazonados por la muerte de Jesús, que iban de camino a ese pueblo y tuvieron la gracia de ser encontrados por Jesús (24,14-15). Cuando Jesús se les acerca, entran en conversación, pero algo impedía a sus ojos reconocerlo (24,16). El resucitado se muestra, pero no llega a ser visto. Ellos iban con el semblante triste, se les notaba la desolación que los aplastaba… y le hablan de eso a Jesús, quien aparenta ¡no saber lo ocurrido! (vv.17-24). Los discípulos relatan los hechos de la pasión de Jesús, pero no pueden encontrarle un sentido, no alcanzan a comprender lo que ha sucedido. Las mujeres les habían dado testimonio de la tumba vacía (24,11), pero ellos no les habían creído ¿Porque no lo habían visto? (24,22-24). Jesús, quien camina junto a los discípulos en su itinerario tanto exterior como interior, les reprocha su incredulidad y les explica las Escrituras (24,25ss). El resucitado se manifiesta como Intérprete de las Escrituras; Él puede hacerlo porque es el Intérprete o Exégeta de Dios y una vez que suba al Padre, nos deja al Espíritu para que nos explique lo enseñado por Jesús.
Al llegar al pueblo donde iban y habiéndolos acompañado un tramo, Jesús se dispone a seguir camino y los discípulos le dicen: ¡Quédate con nosotros, que el día ya se acaba! (24,29). Parece una oración de petición: ¿qué habrán sentido estos dos discípulos para expresar este ruego? “¡Quédate!, ¡no te vayas!”. Ante semejante rogatoria, Jesús accede a quedarse con ellos y comparten la mesa: bendijo el pan, lo partió y se los dio. Entonces, en ese gesto pascual, se abrieron sus ojos y lo reconocieron (24,30-31), pero Jesús ya no estaba con ellos. Cuando puede ser visto por la fe, deja de ser visto en la materialidad de su cuerpo; la fe les permitió releer lo que habían vivido en el camino: “¿no ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba?” (24,32). El encuentro con el Resucitado les hizo abrir los ojos, pudieron conectarse con la experiencia vivida y salieron a dar testimonio a los demás: “verdaderamente ha resucitado el Señor” (24,34).
Como los discípulos de Emaús no tienen nombre en este relato, todo discípulo y discípula puede sentirse aludido en este camino en el cual el Señor nos sale al encuentro. Vivimos tiempos de desolación e incertidumbre, sentimos miedo porque la muerte nos abruma, entendemos poco sobre lo que está pasando. En este tiempo de pascua, estamos invitados e invitadas a descubrir la presencia del Resucitado, para dejarnos renovar en la fe y en la esperanza. En Emaús, Jesús habla en el camino, a nosotros nos habla en lo cotidiano y en el curso de los acontecimientos de la historia. Los signos de la presencia del Señor resucitado en Emaús son las Escrituras y la fracción del pan; en los tiempos de crisis sanitaria que vivimos, recordamos que cuando dos o más nos reunimos en su nombre, allí está Él en medio nuestro, sea que compartimos la Palabra, buscamos discernir su llamada o queremos hacer memoria de su pascua en comunidad. ¡Que sepamos reconocerlo en el camino, en la mesa compartida y en todas las formas de vivir la fe cada día! ¡Quédate con nosotros!
🕯 Comentario a Jn 20,19-31: Resucitó y se apareció primero a María Magdalena y luego a los discípulos
por Virginia Azcuy

El capítulo 20 del cuarto evangelio pone la mirada en la resurrección de Jesús y nos presenta dos apariciones: la aparición a María Magdalena (vv.1-18), leída el martes de la octava de Pascua y la aparición a los discípulos (vv. 19-31), que es el relato propuesto por la liturgia para este domingo. El capítulo 21, a modo de apéndice o epílogo de este evangelio, completa la secuencia de las apariciones presentando la narración de una tercera aparición junto al mar de Tiberíades (vv. 1-14), que antecede al diálogo de Jesús con Pedro (vv.15-19). Conviene tener en mente estas distintas escenas, puesto que están en relación; el protagonista principal en cada una de ellas es Jesús resucitado, que invita a ver y creer en Él. Ése es precisamente el sentido de las apariciones: que discípulos y discípulas puedan ver al resucitado para que, creyendo en Él, puedan salir a anunciarlo. Las escenas del capítulo 20 nos sitúan en dos escenarios diversos: el sepulcro (abierto), que vincula con la sepultura (19,38-42) y una casa de Jerusalén (con puertas cerradas); la escena de 21,1-14 nos ubica en un segundo escenario abierto que es el lago de Galilea. Jesús se manifiesta y se deja encontrar en distintas circunstancias por distintas personas que se encontraban entre quienes lo seguían, para que ellas a su vez dieran testimonio de la resurrección a otros y otras. María Magdalena y Pedro son discípulos destacados.
Se puede observar que, en estas escenas, el evangelio de Juan propone una cadena de testimonios: “El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada” (20,1). A diferencia de los Sinópticos que hablan de varias mujeres (Mc 16,1-8; Lc 24,1-11), Juan habla solo de una mujer en el relato del sepulcro; cualquiera sea la explicación, lo cierto es que María Magdalena queda en primer plano y esta prioridad se refuerza en la escena siguiente en la cual Jesús se le aparece a ella, siendo la primera en descubrir la tumba vacía y también la primera en ser encontrada por el resucitado y ser llamada a anunciarlo. El evangelio de Juan propone a María Magdalena como primera testigo y mensajera de la resurrección: un hecho teológicamente muy, muy relevante, aunque no siempre tenido suficientemente en cuenta a la hora de pensar en el lugar de las mujeres en la comunidad discipular. Por cierto, ella no es presentada de manera aislada, sino todo lo contrario: “Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba y les dijo: «se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto»” (20,2). Ellos atienden a su mensaje, puesto que “salieron y fueron al sepulcro” (20,3). En lo que sigue de esta escena, se puede destacar la importancia del discípulo amado – modelo de todo discípulo y discípula-, de quien se afirma que, al entrar en el sepulcro, al ver creyó (20,8). La escena del sepulcro vacío nos sitúa frente a la resurrección como misterio de ausencia del cuerpo y presencia en la fe; la tumba abierta prepara el envío misionero, aunque los discípulos todavía están en proceso: ellos se vuelven a casa y María Magdalena se queda afuera, junto al sepulcro, llorando: no quiere volverse, sigue pegada al cuerpo ausente (20,10-11). La escena de la aparición de Jesús a María Magdalena forma una unidad contrastante con el relato del sepulcro porque si, en este, falta el cuerpo de Jesús muerto, en el nuevo episodio reluce el cuerpo de Jesús resucitado; en el sepulcro los discípulos “todavía no habían comprendido”, pero ahora, al ser llamada por su nombre, María Magdalena comprende, lo reconoce y lo llama también a él: “«Raboní», es decir, «Maestro»” (20,16). Jesús introduce a su discípula ¡también amada! en el camino de la fe, que implica desapegarse de la cercanía cotidiana del cuerpo del amado, para ir tras Él anunciando que vuelve al Padre (20,17-18). Lo que la fe del discípulo amado alcanzó a vislumbrar en el sepulcro vacío, ahora se vuelve manifestación palpable y semilla de una fe llamada a abrazar la ausencia y la salida. Por último, la escena de las apariciones a los discípulos, sigue la cadena de testimonios: María Magdalena fue enviada por Jesús para anunciar a los discípulos que había visto al Señor y los discípulos a su vez dan testimonio a Tomás, quien no estaba con ellos cuando Jesús se les presenta, les da el saludo de la paz y los envía (20,24). El itinerario interior de estas escenas es de transformación pascual: en María Magdalena se puede ver cómo el llanto se convierte en movimiento, en los discípulos el temor (a los judíos) cedió paso a la alegría y en el caso de Tomás, el itinerario va de la incredulidad a la fe. El camino de la resurrección se recorre por la fe, Jesús resucitado busca despertar la fe en el corazón de su discípula y sus discípulos, por eso hace un reproche a Tomás que pide ver para creer y pronuncia una invitación desafiante: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (20,29). Que podamos confesar que Él resucitó.
🕯 Comentario a Mateo 28,1-10: el anuncio de la resurrección y la aparición a las mujeres
por Virginia Azcuy
A diferencia del final enigmático del evangelio de Marcos en el cual las mujeres no le dijeron nada a nadie porque tenían miedo (Mc 16,8), Mateo ha modificado la escena para reforzar el testimonio de la resurrección de Jesús: mientras en Marcos se relata que “Jesús se apareció primero a María Magdalena” (Mc 16,9) y ella fue a contarlo, el evangelio de Mateo dice que las mujeres se alejaron del sepulcro y corrieron a dar la noticia, pero en ese trayecto sucedió lo inesperado: “de pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó diciendo: «Alégrense»” (Mt 28,9); luego les pidió que avisen que lo encontrarán en Galilea. Lo que llama la atención, en la comparación entre los dos relatos evangélicos, es que Marcos repite el nombre de María Magdalena al hacer mención de la primera aparición del Señor y en cambio Mateo (sin negarlo) incluye a María Magdalena en el genérico “mujeres” de su relato de aparición. Si bien se podría pensar que se trata de un detalle menor, no lo es teniendo en cuenta el lugar central que tienen los relatos de la resurrección y las apariciones como testimonios directos de ella. El “detalle” reviste mayor importancia si se tiene en cuenta que Mateo es considerado el evangelio de la Iglesia y que, por eso, estos relatos podrían ser expresión de una eclesiología, en la cual la figura de Pedro ocupa un lugar principal (Mt 16,18). Los tres episodios centrales del capítulo 28 de Mateo están vinculados narrativamente a través de la referencia repetida al encuentro en Galilea (Mt 28,7.10.16) y constituyen la trama principal del final de este evangelio. De todos modos, cabe mencionar que, en paralelo, se narran dos escenas que buscan desmentir el rumor que explicaba el sepulcro vacío diciendo que Jesús no había resucitado, sino que los discípulos habían robado su cadáver (27,62-66 y 28,11-15). La resurrección apunta a la misión que es la última palabra del evangelio: “Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (28,19).

En esta fiesta de Pascua, la liturgia propone la lectura del pasaje de Mt 28,1-10, en el cual se destaca el protagonismo de las mujeres, en concreto María Magdalena y la otra María -la madre de Santiago y de José-. La mención de ellas por su nombre se repite en Marcos y Mateo en las escenas anteriores: la muerte de Jesús, la sepultura y el anuncio de la resurrección (Mc 15,40-41.47; 16,1; Mt 27,55-56.61; 28,1). Esta repetición parece intencional, por cuanto estas mujeres cumplirían una función de “enlace entre el Jesús crucificado y el resucitado” (Andrea Taschl-Erber, “María de Magdala, ¿primera apóstol?”, en La Biblia y las Mujeres 4, 443). La ausencia de repetición en Mt 28,9 no impide establecer la conexión, aunque relativiza la importancia de María Magdalena como primera testigo de la resurrección. Se trata de un tema que debería ser profundizado, precisamente junto a la buena noticia de la resurrección del Señor, como lo recomienda la total omisión de toda referencia a María Magdalena y las mujeres en el relato de la resurrección y las apariciones dado por San Pablo: “Se apareció a Pedro y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y a todos los apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto” (1Cor 15,5-8).
El misterio de la resurrección de Cristo se presenta en el movimiento que se establece entre el sepulcro vacío y la salida al camino. Ante el sepulcro abierto, los guardianes quedan como muertos ¿aferrados al cuerpo muerto del Señor? María Magdalena y la otra María, atravesadas a la vez por el temor y la alegría, reciben el anuncio del mensajero: “no está aquí, porque ha resucitado” (Mt 28,6) y salen corriendo a dar la noticia. Jesús sale al encuentro de las mujeres y las saluda como a elegidas: “Alégrense” y en ellas reluce el testimonio ¿apostólico? de las discípulas: “se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él” (28,9). ¿Qué significa hoy creer que Jesús ha resucitado?, ¿qué significa para la Iglesia y la sociedad el primer lugar que el Señor ha dado a las mujeres en el anuncio de su resurrección?, ¿cómo renovar una espiritualidad desde el sepulcro vacío y una pastoral de la salida al camino? El resucitado nos sale al encuentro: ¡dejemos de lado nuestros temores, tristezas y fracasos para dejarnos encontrar por Él en el camino!